Capítulo 36
La historia que vivimos
Adriana
La noche ha caído sobre Madrid, y a pesar de los casi veintisiete grados que hacen, no consigo sacarme de encima esta sensación fría y desoladora que cargo por dentro.
Estoy en la cama, son las cuatro de la madrugada y soy incapaz de pegar ojo a causa de la ansiedad; cada sonido, por pequeño que sea, altera mis sentidos y he empezado a creer que voy a tener que recurrir de nuevo a los somníferos que tomaba cuando estaba con Elena.
No he dejado de pensar en lo que hubiese pasado si no la hubiese conocido nunca, si por el contrario, me hubiese dejado llevar por lo que empezaba a sentir por Vanesa por aquel entonces.
Quizá no habríamos llegado hasta donde hemos llegado, o quizá simplemente no seríamos amigas.
Nunca sabremos qué habría pasado de haber sido más atrevidas, más valientes…
pero lo único que sé es que ahora estamos aquí, revueltas.
La visita de Sonia no me alivió en nada. Saber que se está ahogando por culpa de lo que hizo, por el miedo a perderme, me tiene hundida en una nube confusa de sentimientos. Yo la quiero, estoy enamorada de ella, pero… después de lo que ha hecho, ¿puedo perdonarla?
Sí, sé que todos cometemos alguna estupidez, pero su locura me ha hecho daño.
Tumbada en el sofá del salón, apoyada entre los cojines, me doy cuenta de que todo a mi alrededor me recuerda a ella.
El jarrón de cerámica azul que compramos en el rastro el verano pasado; los cuadros que adornan los lados del espejo junto a la mesa principal; la camiseta que llevo puesta…
Todo. Absolutamente todo en mi espacio vital tiene la huella de Vanesa grabada a fuego.
No puedo negar que la extraño, que echo de menos sus abrazos, su risa, su voz.
Ahora que descubrí a qué sabe su boca me muero por volver a ella, por volver a esas manos que me hicieron vibrar y volar alto.
Da igual si estoy molesta, decepcionada o triste, porque todo me lleva de vuelta a Vanesa.
A nuestra relación de amistad, a lo que pasó a través de la app y lo que pasó aquella noche en la caballa.
Con el teléfono móvil fuertemente apretado en la palma de la mano y los ojos irritados por falta de descanso, busco el icono de la app de SapphoMatch . Meto mi contraseña, la app me da la bienvenida de nuevo y entro en mi cuenta, donde encuentro mi chat con Siren_9 .
No sé por qué tengo la necesidad de leerlo todo, de volver a escuchar su voz, de ver esos videos en los que… bueno, nos entregamos la una a la otra sin rendición. Lo hago con tranquilidad, sin miedo, como si estuviese explorando un libro en el que yo soy la protagonista de la historia.
—¿Cómo no me di cuenta antes de que eras tú…? —me pregunto, releyendo las preguntas que le hacía para intentar conocerla un poco más.
Siren_9 fue mucho más que un simple perfil y una aventura acalorada, fue ese impulso que necesitaba para desligarme de Elena y volver a buscar mi felicidad.
Y ella… bueno, Vanesa, nunca me empujó a hacer algo que no quisiera, tampoco se rio de mí o usó mi vulnerabilidad para manipularme de algún modo.
Solo estuvo ahí, recordándome durante cada interacción que yo era una mujer maravillosa, inteligente, llena de fuego y deseable.
«Eres una diosa, Sunshine , y el mundo entero debería pedirte perdón por no habértelo dicho antes», leo en uno de sus mensajes.
Sigo bajando con el pulgar por la pantalla y llego a una oleada de audios.
La voz de Vanesa brota y soy consciente de que las rasgaba para que yo no me diese cuenta de que era ella.
Sin embargo, hay algo común en ambos tonos, su sensualidad…
y esa seguridad que siempre me fascinó. Incluso ahora, después de saber que era ella, me arranca una sonrisa y me eriza la piel escucharla.
No, Vanesa no me manipuló, simplemente tomó una decisión que en un principio iba a ser inofensiva y acabó siendo una oportunidad para llegar a mí y hacerme saber que me quería, que me deseaba.
De pronto, el enfado y la decepción que siento por lo que ha pasado, empieza a agrietarse hasta disolverse como un azucarillo en un café caliente.
No puedo ponerme en su lugar y preguntarme qué habría hecho yo, pero sí sé que ella nunca me quiso herir, jamás hubo maldad en sus actos, ni se rio de mí o me tomó el pelo.
Todo lo contrario. Me permitió redescubrirme a mí misma.
Me ayudó a descubrir una versión de mí que llevaba años dormida, sepultada bajo los escombros de un matrimonio gris, apático y castrador con Elena.
Vanesa me devolvió las ganas, la chispa, el deseo, la fogosidad y la certeza de que sigo estando brutalmente viva.
El amor de Vanesa hacia mí siempre estuvo ahí y ahora soy capaz de verlo con claridad... eso no se puede fingir, ni siquiera esconder bajo un perfil falso.
Apoyo el teléfono móvil en mi pecho y me quedo mirando fijamente la moldura del techo del salón, donde las primeras luces del amanecer empiezan a filtrarse en franjas doradas a través de las lamas de las persianas.
Sé perfectamente lo que tengo que hacer.
Ya no puedo seguir en pijama un día más y lloriqueando por los rincones como si tuviera quince años.
Bajo ninguna circunstancia quiero perder a Vanesa.
No pienso tirar a la basura doce años de relación porque las dos hayamos terminado metidas en este embrollo.
Y, desde luego, tampoco pienso renunciar a esta oportunidad de ser feliz, de amar y de ser amada.
La quiero con locura. La he querido durante muchísimo tiempo y esta vez no pienso dejar que la estupidez, el miedo o el dolor me la quiten.
Me pongo en pie de un brinco y me encamino hacia el baño, donde abro el grifo y me lavo la cara con insistencia.
—Se acabó el drama, Adriana —me digo a mi misma, secándome con la toalla mientras se me dibuja una sonrisa decidida y juguetona en los labios—. Es hora de enseñarle a cierta abogada cómo se resuelve un caso de amor.
Sin pensarlo dos veces, me desnudo y me meto de lleno en la ducha.
El calor del agua me arranca de encima estos días de puro agotamiento y lágrimas.
Después, me visto con algo sencillo, cojo el bolso, meto el teléfono móvil y salgo por la puerta de mi piso con los primeros rayos de sol cayendo de lleno sobre mi cara.
Ya no soy la mujer rota, asustada e invisible que firmó un divorcio con la cabeza agachada. Soy una mujer renovada, empoderada, que ha aprendido a disfrutar de su propio cuerpo y de sus propios deseos, y que no tiene el menor miedo de ir a buscar exactamente lo que quiere.
Llego a la parada del autobús que me llevará directamente hacia el piso de Vanesa.
Me subo, me acomodo junto a la ventanilla y saco el teléfono del bolso para desbloquear nuestro chat en WhatsApp y recibir de lleno todos sus mensajes y audios.
Y cuando terminan de llegar, sin haberlos leído o escuchado, comienzo a teclear:
Adriana : Pon a calentar la cafetera, señora abogada. Tenemos que tratar un asunto importante que no se puede retrasar más. Llego en veinte minutos. Y más te vale no estar en pijama.
Le doy al botón de enviar. Contemplo cómo la pantalla marca por fin el doble check azul y sonrío, imaginándola de pronto corriendo de un lado a otro en su casa.