Capítulo 35
Lo amargo de mentir a quien se ama
Vanesa
El silencio de Adriana me está matando por dentro. Llevo tres días intentando contactar con ella, pero al parecer me ha bloqueado en todas partes y la única forma que tengo de acercarme a ella, es presentándome en su piso. Algo que solo un loco en mi situación haría.
«Hazte a la idea de que la situación no cambiará, Vanesa», me digo a mí misma mientras remuevo con el tenedor un táper de comida que Sonia me trajo hace horas.
A mi alrededor, todo son sombras. A pesar de que Sonia ventiló mi casa, yo tardé apenas unos minutos en cerrar todo y tumbarme de nuevo en el sofá.
Estoy agotada, tanto que soy incapaz de respirar sin sentir que me duele hasta el músculo más pequeño del cuerpo.
Apenas he dormido estos días y si lo he hecho, me he despertado sobresaltada buscando su cuerpo junto al mío.
Tendría que haberle contado que estaba completa y desesperadamente enamorada de ella, no haberme escondido y haber aprovechado una oportunidad para sacarlo todo.
No sé qué esperaba, la verdad. Al final, las mentiras caen y las verdades salen a la luz.
Pero lo que siento por ella… es real y no creo que pueda olvidarlo jamás.
Nada de lo que hice o dije a través de Siren_9 fue para hacerle daño o mofarme de sus sentimientos.
Al contrario. Cada maldito mensaje que le envié fue una forma desesperada de decirle que la amaba, la deseaba y la soñaba.
Pero nada fue tan real como sentir en mi propio cuerpo que ella sentía lo mismo por mí.
Dejo a un lado la comida y me dejo caer en el sofá con el móvil entre las manos. Vuelvo a desbloquear la conversación y miro los mensajes apilados preguntándome si en algún momento los leerá o escuchará.
Me llevo las dos manos a la cara y respiro hondo, intentando que el nudo gigantesco que tengo atravesado en la garganta no termine por ahogarme en mi propia culpa. No sé qué más hacer. No sé qué demonios hacer para llegar hasta ella cuando ha tomado la firme resolución de alejarse de mí.
Solo sé que mi amor por ella sigue aquí, intacto, feroz, doloroso y terroríficamente real. Y que, si la vida o el destino me concediera una sola oportunidad más, la emplearía para hacerle ver que Siren_9 era real.
Me levanto del sofá a duras penas, sintiendo las articulaciones entumecidas por la inactividad. Camino descalza hasta la cocina y me lleno un vaso de agua que bebo de un solo trago. Hace tan solo unos días, Adriana y yo ocupábamos este espacio con nuestros besos.
«Tengo que mover el culo», me digo a mí misma en un arranque repentino.
«No me puedo quedar aquí tirada esperando a que el tiempo se lo lleve todo.
Si tengo que ir a su casa y tirar la puerta abajo para que me escuche, lo haré.
Y si tengo que pedirle perdón de rodillas, lo haré.
Porque perderla sin haber luchado no es una opción para mí».
Dejo el vaso en la encimera y camino hacia el cuarto de baño. Es hora de dejar de compadecerme y empezar a actuar como la mujer que está dispuesta a todo por recuperar al amor de su vida.
· ·
A penas han pasado veinte minutos desde que salí de la ducha y conseguí quitarme de encima la mugre y el olor a autocompasión que llevaba pegado al cuerpo.
Estoy en la cocina, vestida con un pantalón corto gris y una camiseta blanca que he sacado de la montaña de ropa limpia sin doblar.
He decidido salir de mi montaña de compasión y ponerme a fregar todos los cachivaches que he ido acumulando, encender la radio y animarme un poco.
Las cosas van mal, es cierto, pero por mucho que me encierre en mi misma, la situación no va a cambiar. Tengo que darle tiempo a Adriana para que asimile bien todo lo que ha pasado y coloque cada pieza en su lugar. Yo la quiero, sé que ella lo sabe, así como también sé que ella me quiere a mí.
De pronto, el timbre de la puerta suena y de la tensión, se me escapa un vaso que acaba haciéndose añicos contra la porcelana de una de mis tazas favoritas.
—Me cago en la p… —exclamo con el corazón latiendo a prisas. No sé el tiempo que pasa hasta que soy consciente de que bien podría ser Adriana y es por eso que salgo a prisas, corriendo descalza, chocando mi hombro contra una columna del pasillo—. ¡Joder…!
Cuando observo a través de la mirilla, suelto un suspiro al ver que es Sonia de nuevo. Me comentó que iría a ver a Adriana, y algo me dice que ha venido para contarme cómo se encuentra ella.
Respiro hondo, me paso las manos por el pelo y quito el cerrojo para abrir la puerta.
—Hola otra vez… ¿no fue suficiente la charlita que me has dado esta mañana? —digo a modo de bienvenida, haciéndome a un lado para dejarla pasar—. Te alegrará saber que he comido y me he dado un baño.
—Menos mal, porque esta mañana olías fatal —confiesa, arrugando la nariz.
Sonia me regala un beso en la mejilla y se cuela en mi casa sin más.
—¿Has ido a verla? —pregunto sin rodeos después de cerrar y seguirla hasta el salón. Todo está igual que esta mañana. Por eso debo darme un poco de brío en acomodar algunos cojines que están destartalados y mal colocados—. ¿Cómo está?
—¿Tú qué crees?
No quiero ni hablar. Conociendo a Adriana estoy segura que estará destrozada, que no habrá comido, que se habrá metido en la cama con un bote de helado y no querrá saberse nada del mundo.
—Cuando llegué a su casa estaba zampándose un bote de helado así de grande —gesticula con las manos, y a mí me aflora una pequeña sonrisa, diminuta—. No está bien. Está dolida, decepcionada, desilusionada. Cree que la has engañado, que te has burlado de ella, que eres una cobarde.
Soy incapaz de aguantarle la mirada a Sonia por vergüenza. Adriana está en su derecho de sentirse así, aunque desde mi perspectiva las cosas sean muy diferentes.
—¿Te ha preguntado por mí? Dios, dime que no me odia.
Sonia resopla, pone los ojos en blanco y se deja caer en el sofá, haciendo un gesto para que me siente con ella. Yo obedezco sin rechistar y me acomodo inclinándome hacia delante, temblando de pura ansiedad.
—A ver, por dónde empiezo… —empieza Sonia, clavándome la mirada—.
Cuando he llegado a su piso, la estampa con la que me he encontrado era la de mujer enamorada, despechada y traicionada.
Ni siquiera quería abrirme la puerta —prosigue, suavizando un pelín el tono al ver mi cara—.
Tuve que amenazarla con que tiraría la puerta abajo, pero me abrió.
Yo me imagino toda la escena, incluso soy capaz de visualizar a Adriana y cada uno de sus gestos.
—Llevaba alimentándose de galletas, chocolate y helado vete tú a saber desde cuándo, pero por suerte, le llevé algo y la obligué a comer algo casero.
—Sonia se pasa una mano por el pelo y la deja apoyada en su cuello—.
Mira. La cagaste. Eso lo sabemos todos en este hemisferio.
Cometiste un error garrafal y lo que hiciste es para darte de comer aparte, pero…
Me trago el nudo que me quema en la garganta y la miro con los ojos empañados.
—Pero sé que serías capaz de hacerle daño a nadie.
Yo niego un par de veces y me río con sorna de mí misma.
—Me merezco su odio, Sonia —intervengo con amargura, estrujándome los dedos de una mano—. Soy un monstruo que se escondió tras una imagen falsa. Ahora mismo me siento como esos que salen en el programa de Catfish; enamorando a cualquiera por la red para divertirse y después desaparecer.
—Bueno, si lo miras por ese lado…
—¿Qué te ha contado…? —pregunto intentando centrarme en otra cosa que no sea mi propia estupidez.
—Que se siente humillada. Siente que te has reído de ella —explica Sonia, observando minuciosamente mi reacción—.
Tiene el orgullo herido, Vanesa. Y después de lo de su divorcio…
descubrir que su mejor amiga ha estado jugando a las escondidas con ella, por muy real que fueran tus emociones, no le ha sentado nada bien.
Cierro los ojos con fuerza, apretando los dientes hasta que me duele la mandíbula. Escuchar la verdad en boca de otra persona es un tormento que no le deseo ni a mi peor enemigo.
—Pero… —añade Sonia, dejando la palabra flotando en el aire con una pausa calculada—…
te alegrará saber que le es imposible dejar de pensar en ti.
Así que le he soltado uno de mis discursos y le he dejado claro que por mucho que la mintieras, nada de lo que dijiste o hiciste, era una mentira.
Que esa tal Siren_9 era la misma Vanesa de carne y hueso, abriéndose en canal y dejando ver lo que de verdad sentía.
No sé por qué, pero esas palabras de Sonia se abren paso dentro de mí, ayudándome a respirar.
—¿Y…?
—No sabe si va a poder perdonarte. Pero claro, es su orgullo hablando.
No le pidas peras al olmo el tercer día —responde Sonia, acomodándose mejor en el sofá—.
Solo te puedo decir que está tan enamorada de ti que el dolor que siente es aún peor por eso mismo.
No sabe gestionar que la persona que es el amor de su vida, le haga jugado una mala pasada como esta.
Me cubro la cara con las dos manos, soltando un suspiro.
—Tengo que ir a verla —digo de pronto, levantándome del sofá—. Tengo que plantarme en su casa, pedirle perdón de rodillas si hace falta y no moverme de allí hasta que me deje mirarla a los ojos.
—Ni se te ocurra, pedazo de idiota —me frena Sonia de golpe, poniéndose de pie y plantándome una mano en el pecho para detener mi avance—.
Si te presentas ahora en su casa, te va a cerrar la puerta en las narices y vas a tirar por la borda el caminito que te he estado allanando para ti.
Adriana necesita respirar. Necesita digerir lo que le he dicho, pasar del estado de rabia ciega al estado de echarte de menos.
Le he pedido que no tome decisiones todavía. Dale un par de días más.
La miro con impotencia, sintiendo el impulso salvaje de salir corriendo, pero sé que tiene razón. Sonia es la voz de la cordura en mitad de nuestro terremoto particular.
—¿De verdad crees que tengo una oportunidad? —le pregunto con la voz cortada, clavando mis ojos en los suyos.
Sonia me mira durante unos segundos, dibujando una sonrisa cálida y sincera en sus labios.
—Eres una cobarde y una mentirosa, Vanesa… pero eres su cobarde. ¡Claro que tienes una oportunidad! —exclama dándome un pequeño empujoncito—. Solo no la vuelvas a cagar, porque si lo haces, la que te remata voy a ser yo con mis propias manos.