Capítulo 34
Piensa con la cabeza fría
Adriana
Han pasado tres días desde que descubrí la verdad.
Setenta y dos horas interminables que se me han clavado en el alma, y apenas me dejan respirar.
He intentado por todos los medios borrar a Vanesa de mi vida, hacer como que nunca existió y que nuestros caminos jamás se cruzaron.
La he bloqueado en el teléfono y en todas mis redes sociales.
He vaciado mis álbumes en el teléfono para guardar las fotografías en conjunto y no tener que volver a verla, He evitado salir a la calle a las horas en las que sé que ella podría cruzarse conmigo y me he sentado en el sofá a ver películas sin parar.
Pero no ha servido de nada. Doce años de relación no se pueden borrar solo porque yo lo desee con todas mis fuerzas, y sé que no lo olvidaré.
No importa lo decepcionada o frustrada que me sienta.
Ni cuan dolida me sienta. Y lo peor de todo no esto, es que no sé qué narices hacer que el amor que siento por ella.
Porque, aunque me joda admitirlo, nunca he sido más feliz con nadie que con ella.
Es lunes por la tarde, son casi las seis y afuera hace un calor de mil demonios.
Madrid parece un horno crematorio y yo estoy tirada en el sofá, con una tarrina de menta con chocolate a medio derretir sobre la barriga.
No recuerdo cuándo fue la última vez que me duché, ni si he dormido más de cinco horas seguidas.
Estoy agotada y se me han acabado las lágrimas de tanto llorar.
Ni siquiera tengo ganas de levantarme cuando el timbre suena.
Tampoco es que espere a nadie, pero la insistencia es tan estridente que me obliga a ponerme en pie.
Cuando observo por la mirilla lo que hay en el pasillo, me encuentro con Sonia y suelto un bufido.
Su cara de pocos amigos lo dice todo, y por las bolsas que trae colgando del brazo, puedo asegurar que viene dispuesta a rescatarme.
—¡Si no me dejas pasar tiraré la puerta abajo! —anuncia a gritos desde el otro lado de la puerta—. ¿¡Adriana!?
Giro el poco y me apoyo en el borde de la puerta, abrazando el bote de helado.
—Sonia, de verdad, no tengo ganas de... —Sin dejarme terminar, empuja la puerta con una mano y se cuela en mi casa como si nada—… de visitas. Pero ya veo que te da igual.
Camino de regreso hacia el salón, llevándome una cucharada de helado a la boca mientras ella deja las bolsas sobre la isla de la cocina.
—No necesitaba nada. Tengo la nevera llena de comida…
—Será mejor que te calles un poquito —me corta ella mientras lo coloca todo—. Ni en tus peores momentos con Elena te he visto así. Así que es mejor que no digas nada y comas un poco de comida normal. No esa mierda de helado que te estás zampando sin piedad.
Yo hago un mohín con los labios antes de llevarme otra cucharada de helado a la boca. Tiene razón, hace tres días que no como nada que no sean guarrerías. Sonia saca tápers de cristal plagados de comida que mete en la nevera y cuando todo está listo, se gira hacia mí y se cruza de brazos.
—He estado en casa de Vanesa hace un par de horas —suelta a bocajarro y yo intento mantenerme impasible a sus palabras—.
Lleva tres días encerrada en su casa sin salir.
No ha ido a trabajar al bufete, lo cual en Vanesa es el equivalente a que se está acabando el mundo.
Está hecha un auténtico desastre, Adriana.
Me siento mejor en el sofá, encojo las rodillas debajo de mi cuerpo e intento que no se me note lo mucho que me afecta saber que Vanesa está igual o peor que yo.
La parte más vil de mi cerebro me dice que se lo tiene merecido por mentirosa, pero mi corazón —que es un blando— se me encoge de dolor solo de imaginarla sufriendo.
—No quiero hablar de ella, Sonia. De verdad. Necesito estar tranquila —digo, intentando que la voz me suene firme y madura, aunque las palabras me salen flojas y temblorosas.
—Pues vas a tener que escucharme te guste o no —replica Sonia con un tono que, se parece mucho al tonito que ponía mi madre cuando se venía una de esas conversaciones que acababan cambiándote la vida—.
Mira. Yo también estoy profundamente cabreada con ella.
Lo que hizo fue una estupidez de dimensiones bíblicas.
Se metió donde nadie la llamaba, te mintió y actuó con una cobardía que roza lo infantil.
Por no decir lo estúpido que fue la idea de crearse ese perfil de mierda.
No voy a mover ni un solo dedo por defender esa parte.
Pero… tienes que abrir los ojos de una vez.
Sonia se acerca a mí y se sienta justo a mi lado, mirándome a los ojos.
—Aunque Vanesa se hiciera el perfil de Siren_9 y te mintiera, lo que te hizo sentir…
no era irreal. Ella estaba detrás de la pantalla escuchándote, empoderándote, explorando contigo un mundo nuevo que ni siquiera conocías —me recuerda—.
Era la misma Vanesa que te ha recogido del suelo más de una veintena de veces.
La misma que, a su manera torpe y estúpida, ha intentado velar por ti todo este tiempo.
No quiero mirar a Sonia porque siento un escozor rabioso en los ojos.
—Eso no borra la traición, Sonia —insisto con amargura y con las mejillas repentinamente húmedas—. Me hizo sentir como una imbécil. Estoy segura que mientras yo me deshacía en elogios sobre Siren_9 , ella estaba al otro lado partiéndose de risa o compadeciéndose de mi falta de autoestima.
—¡Nadie ha dicho que una cosa borre la otra, leñe! —exclama Sonia alzando las manos al cielo con desesperación—. Pero tampoco puedes olvidarte de todo lo demás, Adriana. No puedes borrar doce años de amor incondicional por una decisión estúpida.
—No es tan fácil, Sonia…
—Sé que no lo es, pero está destrozada —añade Sonia, sujetando mis manos entre las suyas—.
Vanesa está convencida de que te ha perdido para siempre.
No puedes seguir aquí encerrada comiendo helado mientras te mueres de amor por ella.
¿Te das cuenta que estás a punto de mandar a la mierda al amor de tu vida por una estupidez?
Yo suelto un suspiro largo y apoyo mi cabeza en su hombro. No es una estupidez, pero comparado con el amor que siento por Vanesa y con todo lo que hemos vivido juntas desde que nos conocimos, sí.
—No sé si puedo perdonarla, Sonia —susurro por fin, mirando fijamente la madera de la mesa, con la voz rota—. Te juro que cada vez que cierro los ojos y me acuerdo de lo vivido con Siren_9 , siento tanta rabia y vergüenza que me abrasa por dentro.
—No te pido que la perdones hoy mismo —responde Sonia con ternura, besándome la frente con cariño—.
Solo te pido que pienses con la cabeza fría y con el corazón abierto.
Porque la Vanesa que te hizo volar de amor y te hizo sentir mariposas en el estómago, y Siren_9 son exactamente la misma persona.
Ella no te mintió porque todo lo que sentía por ti, todo lo que te hizo sentir, era real.
Y Vanesa te quiere con locura, Adriana. Te quiere de verdad.
Sonia decide ponerse en pie e ir hacia la cocina para buscar uno de los tápers, quitarle la tapa y traerlo consigo junto con un tenedor.
—Ahora, hazme el favor de comer algo.
Cojo el tenedor sin muchas ganas, pero el aroma de la comida casera me abre el apetito de golpe. Pincho un trozo de pollo y me lo llevo a la boca despacio, en silencio, poniendo orden al caos que llevo desatado en pecho. Sonia aparca el tema y se queda a mi lado, haciéndome compañía.
Doce años de recuerdos, de complicidad y de amor no se borran con una rabieta ni con un bloqueo.
El daño y la humillación que me ha provocado su engaño tampoco van a desaparecer de la noche a la mañana.
Pero ahí, en mitad de la tormenta, entre el rencor y la decepción, mi corazón sigue latiendo cada vez que escucho su nombre.
Un nombre que ahora mismo me duele enormemente pronunciar, pero que se ha convertido en el único destino al que mi cuerpo y mi alma desean regresar.