Capítulo 33
Las mentiras caen por su propio peso
Vanesa
Cuando llego de nuevo a mi casa, lo hago con el corazón bailando salsa en mi pecho y una caja de cartón blanco decorada con un lazo dorado en la mano derecha.
Después de casi media hora buscando aparcamiento cerca de una famosa pastelería de Madrid, conseguí unos milhojas de hojaldre rellenos que sé que a Adriana le apasionan.
Una vez que estoy frente a mi puerta, suelto un suspiro e intento tranquilizar mis nervios. Sé que le va a sentar mal, que debería habérselo contado todo antes de habernos metido a ambas en este lío, pero el mal ya está hecho y solo debo dar la cara.
Meto la llave en la cerradura, giro y abro la puerta con una sonrisa boba dibujada de oreja a oreja.
—¡Hola, hola! ¡Ya está en casa tu abogada favorita! —anuncio a viva voz desde el recibidor, quitándome los zapatos y dejando las llaves en la entrada—. Además, traigo provisiones dulces que sé que te van a encantar.
Nadie me responde y por un segundo, lo único que me rodea es el aroma azucarado de los dulces que llevo en la mano. Hasta que una sensación extraña me acaricia la nuca y me recorre el cuerpo entero.
—¿Adriana? ¿Estás en casa?
Con los pasteles en la mano, camino hasta el salón y cuando cruzo el umbral, me topo con ella sentada en el sofá; sus piernas están encogidas contra su pecho, tiene la cara desencajada y los ojos hinchados e inyectados en sangre.
Quiero preguntar qué ha pasado, pero mis ojos recorren toda la escena hasta dar con la tablet .
La pantalla sigue encendida y puedo ver el perfil de Siren_9 ocupándola.
Doy un paso hacia adelante y noto como las piernas me flaquean. «Mierda». El aire se me atasca en la garganta y estoy a punto de dejar caer la caja de pasteles al suelo. No hace falta que pregunte, lo sabe todo y lo peor no es eso, lo peor es que no he sido yo la que se lo ha contado.
—Adriana, déjame que te lo explique… —alcanzo a articular con un hilo de voz tan miserable y tembloroso que apenas se escucha.
Ella levanta la cabeza y sus ojos se clavan en mí. En su mirada no hay rastro de la Adriana dulce y tímida. Puedo ver la decepción bailando sus pupilas, el asco y la rabia que ha apagado su sonrisa y que a mí me atraviesa el corazón.
—¿Te has divertido mucho? —me pregunta. No suena alterada y eso me da mucho más miedo—.
Dímelo, por favor. ¿Te lo has pasado bien estas semanas mientras fingías ser mi amiga y por las noches te trasformabas en Siren_9 ?
¿Te lo has divertido observando cómo me desnudaba anímicamente ante ella y me dejaba arrastrar por…
por mi necesidad de conectar mental y físicamente con alguien?
Niego con la cabeza una y otra vez, sintiendo como el pánico me estruja el corazón.
Avanzo hacia ella, dejo los pasteles sobre la mesa y me dejo caer de rodillas sobre la alfombra del salón, justo delante de ella, inclinándome hasta quedar a la altura de sus ojos, porque no se me ocurre ninguna otra postura en este planeta que refleje mejor lo miserable y pequeña que me siento en este instante.
—No. Adriana, no fue así, por favor… solo…
escúchame. Déjame explicarte cómo fue —le suplico, estirando las manos para sujetar las suyas, pero ella las aparta—.
Te juro que todo empezó como un impulso estúpido y desesperado.
Sé que yo fui la que te obligó a entrar en esa app, pero cuando regresé a casa y supe lo que había hecho me entró el pánico.
Tú estabas mal y no quería que nadie se aprovechase de ti.
Lo hice para protegerte. ¡Te lo juro! Nunca pensé que la app nos iba a juntar y mucho menos que me iba a enamorar mucho más de ti a través de ella.
—¿Protegerme? —repite ella y de pronto, suelta una risa amarga y seca—. ¿Tú a mí? ¿Llamas a esto proteger, Vanesa? ¡Me has manipulado de la forma más rastrara y miserable posible! ¡Sabías cómo me sentía emocionalmente y lo aprovechaste!
Se pone de pie, abrazando la tablet contra su pecho como si fuera el escudo protector de su propia dignidad. Se coloca a un metro de mí, mirándome desde arriba mientras yo sigo de rodillas en el suelo como una penitente.
—Jugaste con mi falta de autoestima, con la sensación de rechazo que me dejó Elena y me hiciste creer que tenía suerte, que el destino me había puesto delante a una mujer increíble, una mujer que me deseaba, que me encontraba atractiva, que me leía la mente y me hacía feliz…
¡Y resulta que eras tú! ¡Tú! La misma mujer que me daba consejos, que estuvo ahí abrazándome cuando firmé el divorcio, que me dijo hace unas horas que estaba enamorada de mí desde hace años. ¿¡Todo eso también es mentira!?
—¡Mis sentimientos por ti son reales, joder!
grito, poniéndome de pie de golpe porque la desesperación me está devorando viva.
Las lágrimas empiezan a resbalarme por las mejillas sin control, empañándome la vista—.
Todo lo que te dije desde Siren_9 era real, todo lo que yo te he dicho, es real Adriana.
Cada beso, cada caricia, todo… Siren_9 nació para protegerte, pero se convirtió en un escudo tras el que yo te hacía saber lo mucho que te amaba.
¡Me equivoqué y soy una imbécil! ¡Lo sé!
Pero lo que siento por ti no es mentira.
Te amo, Adriana y llevo amándote así media vida.
Adriana niega una y otra vez, dando pasos hacia atrás, alejándose de mí como si fuera un monstruo apestado.
—No tienes ningún derecho a decirme eso ahora.
No te atrevas a usar el amor para justificar lo que me has hecho —me espeta con una frialdad que me congela las tripas—.
Has convertido doce años, doce años de amistad pura en algo inservible e insignificante…
Me has engañado, me has dejado llorar y pasarlo mal, ¡has visto que estaba confundida y no has hecho nada!
¿Te haces idea de cómo me siento? ¡Me siento humillada e idiota!
Las acusaciones que salen de su boca, queman tanto como la lava de un volcán.
Intento defenderme cómo puedo, pero nada me sirve para defender semejante crimen.
Le hablo de mi pánico a confesarle lo que sentía, de la pavorosa posibilidad de que me rechazara y perdiéramos la amistad para siempre, del miedo a que me echara de su vida.
Le explico una y otra vez que lo que me pasó con Siren_9 me sobrepasó y que al final, no supe dónde estaban los límites.
—¡Solo una cobarde hace lo que hiciste tú!
¿¡De verdad me amabas!? ¡Una persona que amas lucha por ti!
—me grita mientras las lágrimas le caen por las mejillas—.
¡Yo también sentía cosas por ti antes de conocer a Elena!
¡Si me lo hubieses dicho…! ¿¡Tú te das cuenta cómo habría cambiado mi vida!
? Nos habríamos ahorrado esta puta pesadilla.
Porque sí… sé que habría sido inmensamente feliz contigo.
Pero preferiste callar, y cuando encontraste la oportunidad, jugar y obtener lo que querías.
—¡No fue así! —intervengo, dando un paso desesperado hacia ella y levantando las manos en señal de paz—.
Me moría de ganas de contártelo. Estuve a punto de decírtelo mil veces.
Y anoche… Dios, tenía tanto miedo de que te marcharas y me dejaras con el corazón roto que preferí disfrutar de ti una noche más.
¡Te lo prometo por lo que más quieras! Sonia me había dado una semana de máximo para contártelo y tenía la intención de decírtelo hoy.
Adriana se me queda mirando y la mención de Sonia parece ser la chispa definitiva que hace estallar la última barrera de su paciencia.
—¿Sonia lo sabía?
—Lo supo gracias a mi desliz en la cabaña —trato de contarle—. Vino a mí después de hablar contigo y… —niego un par de veces y me acerco a ella—. Nadie se ha reído de ti. Adriana, mírame, por favor. Mírame a los ojos.
—¡No me toques! —alza la voz, dando un paso hacia atrás para evitar que mis dedos la toquen—. ¡Ni se te ocurra volver a ponerme una mano encima en tu puta vida, Vanesa!
Su grito me obliga a quedarme en mi sitio. Ambas estamos llorando; el ambiente del salón se ha llenado de rabia y decepción, de amor y dolor.
Adriana limpia las lágrimas con el dorso de la mano, abraza la tablet con fuerza y al final, se mueve con prisas, recoge sus cosas y sin dedicarme ni una sola mirada, abre la puerta de mi casa para marcharse.
—¡Adriana, espera! —Me abalanzo tras ella y la sujeto del brazo—.
No te vayas así, te lo suplico. No nos hagamos esto.
Hablemos. Grítame si quieres, insúltame, dame un bofetón, rompe la caja de pasteles contra la pared, haz lo que te dé la gana…
pero no cruces esa puerta. Podemos arreglarlo.
Te prometo que podemos buscar la forma de solucionarlo…
—No —me corta ella en seco—. Ya no hay nada más que hablar entre tú y yo.
Has arruinado lo que teníamos, te has cargado doce años por no tener ovarios de ser sincera conmigo y me has roto por dentro.
Elena me hizo sentir que no valía nada como mujer…
pero tú me has hecho sentir que mi vida entera a tu lado ha sido una farsa.
Y eso… eso no se arregla con una caja de pasteles.
—Adriana… no me hagas esto, sunshine —sollozo de forma patética, cayendo de nuevo sobre mis rodillas a sus pies, agarrándola del bajo del vestido con desesperación—. Te amo. Te amo tanto que me muero.
—Olvídate de ese apodo. Para ti ya no soy Sunshine . Para ti ya no soy nada.
Abre la puerta de un tirón y la puerta se cierra tras de sí de golpe, haciendo que las paredes y los marcos, tiemblen.
Yo me quedo arrodillada en el suelo, con los puños cerrados, la cara empapada en lágrimas y una sensación de vacío en el corazón.
A unos metros de mí, sobre la mesa baja del salón, la caja de cartón blanco de la pastelería descansa intacta, con su lazo dorado brillante, guardando los pasteles preferidos de la mujer que acabo de perder para siempre.
La he cagado. He metido la pata hasta el fondo. La he perdido, y ya no me queda absolutamente nada que pueda decir o hacer para recuperarla.