El match perfecto Capítulo 32
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Capítulo 32

Cuando la verdad sale a la luz

Adriana

El ambiente del salón todavía huele al café que preparé esta misma mañana.

Tal como me invitó Vanesa antes de marcharse, decidí quedarme en su casa y disfrutar de esta burbuja de felicidad un poco más.

Mientras pongo en orden el dormitorio, que aún guarda el rastro de lo que pasó anoche, no dejo de sonreír; la sonrisa boba que hay dibujada en mis labios, es inconfundible e irrefrenable.

Descalza, camino hacia el cuarto de baño y sonrío al toparme con la bañera.

Abro el grifo, ajusto la temperatura hasta que el vapor caliente empieza a elevarse y echo un poco de jabón al agua.

Sí, en verano, darse una ducha caliente es extraño, pero el cuerpo necesita también un descanso relajante como esto.

Mientras la bañera se llena, cojo mi teléfono y busco una lista de reproducción de jazz y pop acústico que te invita a cerrar los ojos, soltar los hombros y dejarse llevar.

Me despojo de la camiseta de Vanesa con parsimonia, la dejo doblada con mimo sobre un taburete de madera que tengo cerca y me meto despacio en el agua.

Suelto un gemido ahogado de puro placer al sentir el calor envolviéndome las piernas, la cadera y la cintura, y dejo caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.

Hacía mucho que no me sentía así: ligera de equipaje, ridículamente segura de mí misma, amada… Por primera vez todo encaja: yo, mi vida y mis emociones. Y es maravilloso cerrar los ojos y solo verla a ella.

Me quedo en el agua un buen rato, sumergida en esa burbuja de paz, hasta que los dedos se me arrugan como una uva pasa y el agua va perdiendo progresivamente la temperatura inicial.

Salgo del baño con una pereza infinita, me enrollo en una toalla enorme que huele a suavizante de lavanda y regreso al dormitorio tarareando la canción que suena en el móvil.

Camino hacia su armario y el olor familiar a su perfume me recibe. Busco entre las baldas hasta dar con una camiseta holgada y un pantalón corto de chándal oscuro, y una vez que me visto, sonrío ante el pensamiento de que nuestras vidas, ahora están más entrelazadas que nunca.

Regreso al salón. Estoy tan eufórica que no sé muy bien qué hacer con mi propio cuerpo para canalizar tanta energía.

Camino hacia el balcón y me quedo unos minutos observando la calle y los coches que circulan, camino hasta la cocina y cojo un puñado de uvas que me llevo conmigo, y me siento en el sofá encontrándome con la tablet de Vanesa.

—¿Tendrás alguna serie interesante aquí que ver? —le pregunto como si estuviera presente.

Pulso el botón lateral y la pantalla se enciende mostrándome un paisaje del Retiro en otoño.

Me dispongo a buscar el icono del navegador de internet, pero de pronto, justo en el centro de la cuadrícula de aplicaciones, entre los iconos del banco y del correo electrónico, parpadea un cuadrado de color rosa fucsia con el dibujo de una llama dorada: el logo de SapphoMatch , la app de citas.

—No lo hagas, Adriana… —me digo a mí misma a la vez que una punzada helada y visceral que nunca he sentido antes, me atraviesa el corazón.

Me quedo paralizada con el dedo índice suspendido a un milímetro de la pantalla de cristal, debatiéndome entre lo que debo hacer y lo que necesito hacer.

Tengo la posibilidad de quitarme de encima todas las dudas sin necesidad de hablar con ella, descubrir si estoy equivocada o si, por el contrario, mis sospechas son ciertas.

«Y si son ciertas, ¿qué vas a hacer?», me pregunto a mí misma. No tengo la respuesta.

Impulsada por el morbo, la paranoia y el instinto, presiono el icono y la aplicación se ejecuta.

En un primer momento, el sistema no muestra ningún perfil de usuario abierto.

La interfaz se queda estancada en la pantalla de bienvenida de la app, solicitando un nombre de usuario y un código de acceso.

Respiro un poco más aliviada. «¿Ves, Adriana?

Eres una paranoica de mierda. Seguro que la probó en su día y se la dejó instalada», me digo a mí misma para intentar calmar el temblor incipiente de mis manos.

Coloco la yema del dedo sobre la casilla en blanco de Usuario y el aparato activa la función de autocompletar de la memoria del sistema.

El cuadro de texto se completa solo, letra a letra, a una velocidad que en mi mente se ralentiza como si fuera una película de terror a cámara lenta: Usuario : Siren_9 Password: *******

El mundo entero se detiene de golpe y el aire se me congela dentro de los pulmones.

Las manos me empiezan a temblar, el pulso me zumba en los oídos y durante unos diez segundos eternos, lo único que alcanzo a hacer es parpadear, esperando desesperadamente que sea una alucinación visual, un mal sueño del que voy a despertar. Pero no despierto y nada desaparece.

Con los nervios a flor de piel, las tripas revueltas y la boca seca, presiono la casilla de Entrar antes de que el pánico me paralice los dedos.

El perfil de Siren_9 se abre ante mis ojos, con todos sus datos, con todas las conversaciones que hemos tenido: llena de conversaciones, fotografías, videos, mansajes de voz. Me deslizo por la pantalla y leo sin parar todo lo que me decía, todo lo que me aconsejaba… y los archivos de video y audio.

—¿Cómo es posible…? —pregunto a nadie, cuestionándome la razón por la que no pude reconocerla a través del teléfono—. No, no, esto es imposible.

Le doy a una nota de voz que ella me envió y busco mi teléfono para así, compararlas. Vanesa moduló su voz para que no la reconociera, como una experta de la mentira, como una de esas personas que son capaces de engañar a otras a través de una pantalla y conseguir todo lo que buscan.

—No puedes haberlo hecho… —El impacto emocional es tan devastador que siento como si me hubieran atropellado y roto todos los huesos.

La tablet se me resbala de las manos y cae al suelo de golpe. Me llevo las dos manos a la boca para ahogar un gemido de rabia y las lágrimas, calientes, furiosas y borrosas, me brotan de los ojos a borbotones.

De pronto, todo lo que viví con Siren_9 se mezcla con los últimos días vividos con Vanesa.

La decepción, la incredulidad, se mezcla con el amor y todo lo que siento por ella.

No sé cómo pudo engañarme así, no sé cómo pudo mirarme a los ojos después de haber pasado esas noches conmigo, no sé cómo fue capaz de fingir que no sabía nada de lo que estaba pasando y hacerse la tonta conmigo.

Me pongo de pie, hiperventilando. Camino de un lado a otro del salón, pasándome las manos por el pelo, acariciándome el cuello con intensidad, sintiendo que el estómago se me revuelve hasta darme ganas de vomitar.

En el espejo del salón choco con mi reflejo y al verme con su ropa puesta, envuelta en su perfume, me siento sucia. Me arranco la ropa quedándome de nuevo desnuda y busco mi ropa, vistiéndome con la ropa que llevaba puesta la noche anterior.

«Tengo que salir de aquí», me repito una y otra vez mientras el llanto explota de manera amarga y dolorosa. Y mi corazón, el mismo que hace una hora estallaba de orgullo y de amor, se rompe en mil pedazos afilados que me van perforando el pecho por dentro.

Tengo que salir de aquí, sí. Pero no puedo hacerlo sin mirarla a los ojos de nuevo.