Capítulo 31
La calma antes de la tormenta
Adriana
Me despierto flotando en una nube de felicidad absoluta.
Tengo el cuerpo agotado de una forma tan dulce, deliciosa y adictiva que me recuerda, con exactitud, cada caricia, mordisco, beso y orgasmo de la noche anterior.
Vanesa duerme plácidamente a mi lado, tumbada boca abajo, con su maraña de pelo revuelto sobre la almohada y una mano extendida hacia el espacio vacío que yo ocupaba hasta hace un segundo.
Me quedo un momento inmóvil, mirándola en la penumbra.
La luz incipiente de la mañana de este lunes se cuela por las lamas de la persiana, dibujándole líneas doradas y calientes a lo largo de su espalda desnuda.
Sonrío como una auténtica idiota. Creo que, si alguien me pusiera un espejo delante ahora mismo, me daría vergüenza la cara de empalagosa que llevo puesta.
Pero es que no puedo evitarlo. En todos mis años de vida, jamás me he sentido así de completa, así de deseada, así de viva.
Elena me hizo creer que yo era un cero a la izquierda, una mujer apagada.
Y resulta que solo necesitaba los labios y las manos de Vanesa para volver a encenderme como un fuego artificial.
Abandono la cama con cuidado de no despertarla y echo un vistazo rápido al suelo. Recojo del parqué mis bragas y me coloco una camiseta de Vanesa que estaba apoyada en una silla, y que huele intensamente a cedro y jazmín.
Salgo del dormitorio descalza. La casa está en silencio.
Abro la nevera y saco un cartón de huevos, pan de molde, un par de tomates maduros que huelen a huerta y algo de jamón.
Después de encontrar el café, pongo la cafetera a calentar sobre los fogones y me pongo manos a la obra con el desayuno.
Mientras las lonchas de pan se van dorando en la tostadora y los huevos revueltos van cuajando despacio en la sartén con una pizca de mantequilla, me descubro a mí misma sonriendo como una pánfila frente al fuego.
Lo que pasó anoche, a pesar de no ser la primera vez, cambió todo.
Mandamos las dudas, los miedos y nuestra amistad a tomar por saco.
Sus manos y su boca, no solo me hicieron sentir la mujer más deseada del universo, sino que me recordaron lo que significa sentirse amada. Y eso no creo poder olvidarlo.
Minutos más tarde, cuando estoy sirviendo el café en dos tazas blancas enormes y cortando los tomates en rodajas finas para colocarlos en un plato con el jamón y un chorrito de aceite, siento como sus brazos me rodean la cintura desde atrás.
Vanesa se pega a mi espalda y sin decir esta boca es mía, empieza a llenarme el cuello de besos lentos, húmedos y perezosos, que me arrancan una carcajada ahogada y un escalofrío que me recorre la espalda.
—Buenos días, dormilona —susurro, ladeando la cabeza para facilitarle el trabajo en mi cuello y buscando sus labios a ciegas.
—Buenos días, ladrona de camisetas —murmura ella contra mi piel, y noto la vibración de su sonrisa sobre mi carne—.
¿Desde cuándo te levantas tú a las siete de la mañana tan fresca como una lechuga?
Si no me equivoco, normalmente a estas horas estás peleándote a muerte con el despertador y pidiendo cinco minutos más de prórroga.
—Desde que tengo una razón de muchísimo peso para preparar un desayuno muy especial —respondo, dándome la vuelta entre sus brazos para apoyarme contra la encimera y mirarla de frente—. Además, si no me levanto de la cama, me impedirías escapar y no saldríamos a la calle en lo que queda de semana.
Vanesa suelta una risa baja muy rasgada por el sueño, y me aprieta un poco más contra su cuerpo, rodeándome por completo la cintura con los brazos.
Nos quedamos así un rato largo, meciéndonos despacio en el centro de la cocina al ritmo de nuestro propio bamboleo, mientras la cafetera termina de gorgotear y el aroma a pan tostado, café recién hecho y huevos revueltos lo inunda todo.
Sé perfectamente que ella tiene que irse a trabajar.
Pero me niego en redondo a soltarla todavía.
Apago el fuego de la cocina, me giro del todo entre sus brazos, le tomo el rostro con las dos manos y la beso con ternura.
Vanesa responde profundizando el beso con una voracidad que me demuestra que ella tampoco tiene ganas de ir a trabajar.
—Empecemos a desayunar o te juro que llegaré tarde —protesta, aunque no me suelta—. O me van a poner de patitas en la calle como me presente en el despacho después de las nueve.
—Cinco minutos más… —insisto, plantándole un beso picajoso en la comisura de los labios, otro en la barbilla y un tercero justo en el cuello—. Solo cinco minutos de reloj. Prometo que luego te dejo marchar a hacer cosas de adulta responsable y aburrida.
—Eres absolutamente imposible —se queja ella, poniendo los ojos en blanco, pero apretando los dedos en mis caderas con posesividad.
—Tú te lo has buscado solita, guapa —le recuerdo, guiñándole un ojo y robándole otro beso rápido en los labios—. Que yo recuerde, anoche no estabas precisamente pidiéndome que me fuera a mi casa a dormir.
Al final la suelto, pero sintiendo que me cuesta la misma vida despegarme de su piel.
Mientras ella se mete en el cuarto de baño a ducharse a toda prisa —dejando la puerta entornada— y se viste con esa ropa que le queda de infarto, yo termino de colocar todo en la mesa del comedor.
Pongo el plato con las tostadas cruzadas, los huevos, los tomates con el jamón, la mantequilla para untar y las dos tazas de café humeante.
—Puedes quedarte en el piso todo el tiempo que quieras, ¿vale?
—me dice una vez que sale del baño, pintándose los labios—.
No hay ninguna necesidad de que te marches corriendo.
La casa es tuya. La llave de repuesto está en el cajón de la consola de la entrada, la de la izquierda.
Quédatelas. Así podrás venir cuanto quieras y cuando quieras.
—¿Hablas en serio? —pregunto, y noto cómo la sonrisa se me ensancha tanto que me empiezan a doler las mejillas de la pura felicidad.
—Totalmente en serio —responde ella, acercándose a la mesa para dar un trago rápido a su café—.
Aprovecha la bañera, que lleva meses pidiéndome a gritos que alguien le dé un uso decente.
Y si te apetece, prepárame la cena para cuando vuelva.
O no hagas nada y pedimos pizza. Haz lo que te dé la gana.
Solo… quédate. Me chifla la idea de saber que estás aquí esperándome mientras yo estoy metida en el despacho.
Me acerco a ella, le coloco bien las solapas de la chaqueta del traje con dedos y le robo el último beso de la mañana, este un poco más breve porque el minutero del reloj aprieta sin piedad.
—Pienso aprovechar esa bañera, tu cama, tus camisetas y absolutamente todo lo que se me pase por la cabeza mientras tú estás ahí fuera.
Vanesa suelta una risa rasgada, me da un azote suave y juguetón en el culo con la mano abierta.
Se encamina decidida hacia la puerta de entrada con el maletín en una mano y el bolso colgado del hombro, y una tostada con huevos revueltos y jamón en la otra.
Justo antes de cruzar el umbral, se gira una última vez y me sonríe.
—Te escribo un mensaje en cuanto me libere de la primera reunión. Y Adriana…
—¿Dime, fiera?
—Lo de anoche fue… sencillamente perfecto.
—Lo sé, amor —respondo con descaro, sintiendo cómo el pecho se me hincha de orgullo—. Vete ya, que no quiero que te despidan por mi culpa. Y vuelve pronto.
Cuando la puerta se cierra, me quedo unos segundos parada en mitad del recibidor, descalza, con el sabor de su café y de su boca impregnado en mis labios y vistiendo su camiseta.
Camino de vuelta hacia la mesa del comedor. El desayuno me espera solo, humeante y apetitoso. Me siento en la silla de madera que ella debería haber ocupado, cojo la taza de café con ambas manos y sonrío como una boba mirando la silla vacía que tengo justo enfrente.
La magia del romanticismo, cuando estalla de verdad en la vida real tiene exactamente este sabor: a café, a pan crujiente con aceite, tomate y jamón, a la promesa de una mañana entera de relax en una bañera de burbujas y a la certeza maravillosa de que, por primera vez en muchísimos años, no estoy interpretando ningún papel para complacer a la persona que amo.
Desayuno despacio, saboreando cada bocado y recreándome en los fotogramas de la noche anterior.
Las miradas cargadas de electricidad, los besos robados contra la encimera de la cocina, las sonrisas tontas que no podíamos frenar de ninguna manera…
todo sigue flotando en el ambiente de este piso madrileño como una presencia cálida, envolvente y protectora.
Es un momento dulce, increíblemente dulce.
Y pienso dejarme arrastrar por él sin ningún tipo de freno ni remordimiento.