Capítulo 30
Sin que nada nos estorbe
Vanesa
El sonido de la puerta de mi dormitorio al cerrarse retumba en el silencio de la casa como si fuera el disparo de salida de una carrera de fondo.
Me acerco a ella despacio, saboreando el trayecto. Hoy nada es como la primera vez, hoy soy mucho más consciente de lo mucho que me desea y lo mucho que me necesita a su lado. Mi corazón late con prisas, pero se desboca salvajemente cuando sujeto sus mejillas y la beso con intensidad.
Mi boca se abre sobre la suya, mi lengua busca la suya con ímpetu y la saboreo en profundidad.
Adriana responde con la misma hambre; sus dedos se enredan en mi pelo y me atrae hacia ella con tanta fuerza que casi me hace perder el equilibrio.
Soltamos una risita ahogada contra nuestras bocas, pero la risa se evapora al instante absorbida por el calor del contacto.
Mientras nos devoramos a besos, mis manos bajan lentamente por el contorno de su espalda, buscando la cremallera del vestido y cuando la encuentro, la bajo con lentitud.
La tela resbala por sus hombros, baja rozando sus caderas y cae al suelo, quedando sepultada a nuestros pies.
Adriana se queda parada delante de mí vestida únicamente con un conjunto de lencería de encaje negro y yo me quedo sin aire, paralizada frente a ella, guardándome la imagen en la mente para el resto de mi vida.
Elena, la desalmada de su exmujer, tendría que estar encerrada en un psiquiátrico por haber ignorado y menospreciado a semejante pedazo de mujer.
—Adriana, eres… —empiezo a decir, pero la voz se me rompe en la garganta y soy incapaz de terminar la frase.
«Preciosa», logro formularla en mi mente.
Camino hasta ponerme en su espalda, busco el broche de sujetador mientras le beso y lamo el cuello, y dejo caer los tirantes por sus brazos hasta el suelo.
Mis manos sujetan sus pechos con intensidad, pellizcan con suavidad sus pezones y le muerdo el lóbulo de la oreja.
Después, meto los pulgares en el elástico de sus bragas y las voy bajando por sus muslos, arrodillándome para que ella levante primero un pie y luego el otro.
La miro sin el más mínimo disimulo. Mis ojos se deslizan por la curva perfecta y generosa de sus pechos; su cintura estrecha; el suave y tentador vello entre sus piernas; la piel que se le eriza bajo la intensidad de mi mirada.
Siento una ola de posesividad y ternura que me quema las tripas.
Quiero que esta noche se sienta como una diosa, quiero barrer de su mente cada comentario ruin, cruel y despectivo de Elena.
Quiero marcar cada rincón de su cuerpo con mi boca, con mis dedos, con mis mordiscos y mi deseo, hasta que no le quede la más mínima duda de que la amo y la deseo con locura.
La agarro suavemente de las caderas y la empujo con delicadeza hasta que su espalda choca contra la pared.
Empiezo a recorrer su cuello con besos y pequeños mordiscos que le arrancan gemidos bajos, ahogados y deliciosos de los labios.
Bajo lentamente hasta llegar al valle entre sus pechos; sostengo uno con la palma de la mano, apretándolo y me llevo el pezón a la boca.
Lo chupo con ganas, lo acaricio con la punta de la lengua, lo muerdo suavemente con los dientes hasta que Adriana se arquea contra la pared y suelta un «joder» que retumba en la habitación.
Mientras tanto, mi mano libre recorre su costado, baja por la curva pronunciada de su cadera y se adentra en la cara interna de su muslo, acariciando su piel sin llegar todavía a su sexo.
Cuando por fin abro sus piernas suavemente y mis dedos se frotan entre sus pliegues, levanto la vista un segundo para mirarla. Adriana tiene los ojos entreabiertos y los labios hinchados de mordérselos; está mojada y húmeda, completamente lista para mí.
Sin decirle una sola palabra, pego la cara a su sexo y paso la lengua de abajo a arriba con lentitud, saboreándola.
Está empapada. Absolutamente inundada de su propio deseo.
El sabor me vuelve loca. La lamo con ritmo; me introduzco levemente entre sus labios dibujando círculos rápidos y precisos alrededor de su clítoris hasta que sus caderas empiezan a moverse solas de forma espasmódica contra mi cara, buscando más fricción.
Tengo que sujetarla con fuerza para evitar que las piernas le fallen y se me caiga al suelo.
La devoro. Me la como con avaricia y cada gemido agudo que sale de su garganta, cada «por favor» desarticulado me empuja a ir más profundo, más rápido, con más intensidad.
Quiero que sienta hasta la última fibra de su ser que esta noche me pertenece, que nadie en este planeta la ha tocado jamás con semejante devoción.
Que la miserable de Elena no es más que un mal recuerdo y que Siren_9 no era más que una pálida sombra de la mujer de carne y hueso que se la está comiendo viva en este instante.
—Vanesa… joder, no pares… por lo que más quieras, no pares —suplica ella, con la voz totalmente rota por el placer.
La llevo al borde del abismo una vez, bajando el ritmo bruscamente cuando siento que va a correrse para volver a subir la intensidad de golpe.
Cuando Adriana se corre por primera vez, lo hace de pie, convulsionando, con las piernas temblándole de manera incontrolable y gritando mi nombre al aire.
La sostengo con firmeza entre mis brazos para que no se desplome.
La dejo bajar de la nube poco a poco, besándole el vientre, el ombligo y la cara interna de los muslos mientras va recuperando el aliento.
Luego me pongo en pie para guiarla hasta la cama y tumbarla sobre la cama. Me despojo de mi propia ropa con prisa y me subo inmediatamente encima de ella. La vuelvo a besar en la boca, dejándola probar su propio sabor dulzón en mi lengua.
Adriana entorna los ojos, sonríe con una malicia preciosa y recorre mi espalda desnuda con sus manos, bajando por mis pechos, moldeando mi cintura hasta llegar a mi culo, donde clava las uñas con una firmeza que me eriza la piel.
Ese lado desenfrenado, atrevido que despertó gracias a Siren_9 florece de golpe y Adriana se vuelve exigente, juguetona, demandante y maravillosamente apasionada.
Me gira sobre el colchón y se sitúa encima de mí, a horcajadas sobre mis muslos, y hace uso de una de sus manos para follarme con sus dedos mientras mueve sus caderas y marca el ritmo.
—Dios mío… —gimo al aire, agarrándome a las sábanas para no perder el sentido.
Sus caderas empiezan a moverse sobre las mías con un ritmo fluido, perfecto y enloquecedor.
Sus dedos rozan mi clítoris una y otra vez en un baile que hace que el placer aumente ahogándonos a las dos.
Le sujeto las caderas con las dos manos, ayudándola a mantener el compás, fascinada por la visión que tengo sobre mí y me muerdo el labio inferior con los ojos cerrados de puro gozo.
Mis manos la buscan de nuevo y cuando noto que su respiración se entrecorta y está a punto de volver a alcanzar el clímax, la giro sobre las sábanas y la penetro con dos dedos de golpe mientras muerdo su cuello y lamo sus pezones.
La hago correrse por segunda vez y yo lo hago seguido a ella, con una sonrisa de placer dibujada en mi cara.
Adriana no me da tiempo a respirar y su boca desciende por mi pecho, deteniéndose a juguetear con mis pezones hasta ponérmelos duros como piedras, baja por mi abdomen y, cuando llega a mi sexo, me come con la misma hambre y desesperación con la que yo la he devorado a ella minutos antes.
Sus caricias se vuelven una tortura y el placer se arrastra por mi espalda obligándome a apretar los para no despertar a todo el vecindario con mis gemidos.
—Adriana, joder…
Ella me clava las uñas en los muslos y al final me corro como nunca lo he hecho en toda mi vida. Con lágrimas de placer en los ojos y temblores deliciosos acariciándome el cuerpo, la abrazo y cierro los ojos intentando apartar el miedo a lo que pasará, centrándome solo en ella y en su calor.