El match perfecto Capítulo 29
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Capítulo 29

La primera cita de verdad

Vanesa

Confesarle a Adriana mis verdaderos sentimientos, era algo que debería haber hecho hace muchísimo y ahora que lo hice, no sé cómo he podido vivir con ese peso constante en el pecho.

A pesar de que aún tengo mucho que contarle, puedo respirar sin sentir que me va a dar un colapso en cualquier momento.

Es por eso mismo que he decidido organizar una cena romántica e íntima en mi apartamento.

Solo nosotras dos. Una mesa elegante, un par de velas encendidas, un buen vino blanco y uno de sus platos favoritos.

El pollo al limón se va asando despacio en el horno, desprendiendo un olor glorioso; las patatas gajo se van dorando en su punto justo con romero y tomillo; y la ensalada de queso de cabra, nueces y granada espera pacientemente en la parte alta de la nevera.

Intento no pensar en la amenaza de Sonia, en cómo se me va acabando el tiempo conforme pasan los días.

Apenas me quedan unos pocos para hacerle saber a Adriana toda la verdad, pero esta noche no será.

Hoy quiero regalarle algo mágico, algo bonito antes de que todo se desmorone.

Quiero que recuerde, para el resto de sus días, que lo que hay entre nosotras es de carne y hueso.

Cuando el timbre de la puerta retumba en el recibidor a las nueve en punto, el corazón me pega un brinco tan fuerte que estoy a punto de tirar la copa de vino que me serví hace unas horas para calmar los nervios.

«Tranquila, Vanesa. Todo va a ir bien». Me paso las palmas de las manos por la falda del vestido, me recoloco el pelo, respiro profundamente y abro la puerta con mi mejor sonrisa.

Adriana está justo delante de mí, luciendo un vestido sencillo de tirantes azul claro que le resalta el tono tostado de la piel.

Su pelo cae suelto en ondas y sus labios, de un color coral precioso, me regalan esa sonrisa que lleva volviéndome loca desde los veinte años.

La miro de arriba abajo y siento que la boca se seca de repente.

—Hola… —le digo, haciéndome a un lado para dejarla pasar mientras el aroma de su perfume me inunda las fosas nasales.

Adriana entra despacio, echando un vistazo a su alrededor, hasta que se topa con la mesa, las velas ya encendidas y las dos copas de cristal sobre la mesa del salón. Deja salir una risita baja, entre incrédula y fascinada, mientras se gira a mirarme con los ojos muy abiertos.

—Vaya, vaya. No sabía yo, señora abogada que se le daba tan bien organizar estas noches románticas —bromea, rodeándome el cuello con sus brazos—. Si hubiese un cuarteto de cuerda, parecería una de esas escenitas de película romántica de Hallmark.

—La verdad es que estuve pensando lo del cuarteto, pero me cobraban un riñón y preferí invertirlo en un vino que sé que te va a gustar —respondo, apoyando mi mano en su cintura—. Siempre podemos poner algo de música en Spotify… ¿no te parece? Además, así solo estamos tú y yo.

—Me parece sencillamente perfecto —murmura ella, y veo cómo un rubor precioso y encantador le baña las mejillas.

Una vez que tomamos asiento y sirvo un poco de vino, la conversación avanza como siempre ha ocurrido entre nosotras.

Desde que llegamos de la sierra apenas hemos hablado porque yo he estado muy liada en el bufet, y porque, para qué vamos a mentir, me he pasado las horas organizando mis ideas y buscando el mejor momento para contarle todo.

Pero poco a poco dejamos las cosas del día a día a un lado y nos centramos en los recuerdos, en nuestra historia.

—¿Te acuerdas de aquella vez que nos perdimos por Segovia buscando un bar de tapas que tú jurabas que existía? —pregunta Adriana, apoyando los codos en la mesa y sosteniendo la copa con ambas manos mientras me mira con chispas de diversión en las pupilas.

—¡Claro que me acuerdo! —suelto una carcajada, negando con la cabeza—. El bar había cerrado tres años atrás. Pero como Google Maps decía que estaba abierto, mi tozudez nos llevó a comernos unos bocadillos a la sombra del acueducto.

—Estaba agotada, el sol quemaba y las deportivas me estaban matando los pies —añade ella, riéndose con ganas—. Y a ti no se te ocurrió otra cosa que quitarte las tuyas y cedérmelas.

—Es que daba pena verte andar como un pato mareado. Además, esas deportivas eran una mierda —le digo señalándola con un dedo—. Hasta a mí me salieron ampollas. Y eso que solo tuvimos que caminar unos metros hasta el hotel.

—Aprendí la lección —me guiña un ojo y a mí se me eriza la piel.

Seguimos tirando del hilo, recordando aquellas noches maratonianas de series en el sofá del piso que compartíamos durante la universidad, comiendo toneladas de palominas. O esos planes absurdos que surgían de madrugada cuando estábamos borrachas y que nunca llegamos a ejecutar.

La química que fluye entre nosotras se hace cada vez más evidente y con cada pequeño contacto, percibo como mi cuerpo conecta con el suyo en apenas unos segundos. Soy consciente de lo mucho que nos deseamos cuando ella pone sus ojos en mí y de las ganas que tengo yo de llevarla a la cama.

—Oye… ¿te acuerdas de ese cumpleaños de Sonia, cuando nos quedamos encerradas en el baño del pub? —me pregunta de pronto, dibujando una sonrisa pícara en los labios que se oculta tras el cristal de su copa.

Yo imito su gesto y le doy un trago al vino, recordando perfectamente ese momento.

—Cómo para no acordarme. Tuvieron que venir a rescatarnos porque se había quedado bloqueado el pestillo y no había manera de abrir la maldita puerta.

—Estuvimos a punto de besarnos… —suelta ella, mirándome fijamente a los ojos—. Estábamos un poco borrachas, pero… te juro que, cuando te me acercaste, estuve a muy poco de besarte y perder la cabeza en tu boca.

Dejo la copa sobre la mesa y le dedico una sonrisa boca.

—¿Y por qué no lo hiciste? —pregunto con curiosidad—. Te hubieses llevado una sorpresa al saber que en lo único que pensaba era cómo sería escuchar tus gemidos retumbar mientras te hacía mía.

Puedo ver como un rubor exagerado le tiñe las mejillas de golpe.

—Es más, sino me acerqué fue porque no podía concentrarme con los gritos de Sonia —añado y suelto una risilla—. Aunque, para serte sincera, me daba miedo la idea de que huyeras.

—La verdad es que con lo confusa que estaba, no sé cómo habrían acabado las cosas.

—Nunca lo sabremos.

La risa de Adriana rompe el silencio y cada recuerdo que compartimos, se convierte en una llave que abre las puertas que mantuvimos cerradas a lo largo de los años.

Cuando terminamos de cenar, nos levantamos para recoger la mesa entre las dos.

Ella se ofrece a lavar los platos y mientras se pone a ello, me acerco por detrás y me pego por completo a su espalda, rodeando su cintura con los brazos y regalándole un beso lento, húmedo y profundo justo donde le late el pulso en el cuello.

—Vas a hacer que se me escurran las cosas de las manos —comenta y se encoge de hombros para evitar las cosquillas que le causa mis besos por el cuello, y al final, se gira entre mis brazos con las manos mojadas y llenas de espuma—. Eres muy peligrosa...

—Solo contigo.

Nos besamos, lo hacemos paladeando el sabor del vino en nuestra boca, con sus manos húmedas en mis mejillas y el corazón latiéndome a prisas en el pecho.

Todo lo que nos rodea se desvanece y mientras disfruto de la suavidad de sus labios sobre los míos, me siento la mujer más afortunada del mundo.

Aunque mi mentira sigue ahí, y su sombra sigue postrada a mi espalda.

Cabe la posibilidad de que estos besos sean los últimos que nos demos, pero tengo que ser valiente, mirarla a la cara y confesarle que Siren_9 soy yo en algún momento.

Sé que no lo puedo posponer más, pero la cobarde que hay en mí, decide aferrarse a esta burbuja de felicidad con todas sus fuerzas.

No quiero hacerle daño. No quiero ver cómo su mirada llena de adoración, colapsa de rabia, decepción y desprecio.

Una vez que regresamos al salón, nos sentamos en el sofá pegadas la una a la otra. Adriana apoya cómodamente la cabeza sobre mi hombro, estira las piernas apoyándolas sobre la mesilla del centro y yo paso mi brazo por encima de sus hombros, acariciándole el pelo.

El reloj de pared marca casi la una de la madrugada, pero si por mí fuera me quedaría aquí despierta, disfrutando un poco más de la sensación de estar viviendo un sueño.

—Esta noche ha sido sencillamente perfecta, Vanesa —murmura, regalándome una caricia en la mano—. De verdad. No tenía ni idea de lo mucho que necesitaba esto hasta que lo he tenido delante.

—Yo tampoco —confieso en un susurro sincero, apretándola un poco más contra mi costado—. Llevo demasiado tiempo esperando la oportunidad de poder quererte así, abiertamente, sin tener que esconderme y ahora que te tengo aquí... todo me parece irreal.

—Pues es muy real… —Adriana se incorpora un poco, levanta la cabeza y me mira fijamente a los ojos—. ¿Me puedo quedar a dormir esta noche? —me pregunta con curiosidad y yo apenas me puedo negar.

—Por supuesto que sí… —respondo en apenas un hilo de voz—. Es más, puedes quedarte todas las noches que quieras.

Adriana me regala una sonrisa radiante y yo le beso la frente antes de incorporarme, sujetarla de la mano y llevarla conmigo a mi habitación.