Capítulo 28
El primer beso real
Adriana
Me duele la cabeza, tengo la garganta seca como la estepa castellana y unas ojeras tan marcadas que asustaría a cualquiera.
Sonia no está, así que imagino que estará fuera desayunando.
La sola idea de volverme a cruzar con Vanesa me altera, aunque me altera mucho más que Sonia y ella hayan podido hablar.
Aunque quiera, no me puedo quedar aquí encerrada, así que me visto con la ropa que llevaba puesta ayer y salgo hacia el salón con el corazón latiendo a toda prisa.
Vanesa está en el porche, con una taza de café entre las manos, dándole un sorbo largo con la mirada perdida en el manto de pinos que se extiende más allá.
El sol de la mañana recorta su silueta con una luz dorada y cálida.
Tiene el pelo suelto en ondas despeinadas, la camiseta algo arrugada y una expresión en el rostro que no sé si clasificar como cansancio, remordimiento o puro miedo.
El olor reconfortante a café, que se mezcla con el aroma a la naturaleza que se cuela por la puerta me reconforta un poco.
Tengo miedo de abrir la boca, preguntar y que su respuesta confirme mis dudas o que, por el contrario, solo quede como una desquiciada que busca problemas ahí donde no los hay.
Así que decido obviar todo el problema y esperar que regresemos a Madrid para hablar de ello.
—Ya era hora, Bella Durmiente, no has parado de moverte en toda la noche —comenta Sonia al salir del baño y cruzarse conmigo. Vanesa, al escuchar nuestras voces, gira la mirada en mi dirección—. ¿Cómo estás? ¿Mejor?
—Sí, bueno. Todo lo bien que puedo estar.
—Ahora no pienses en eso. Desayuna y ya está. Te hará bien —comenta y me regala un cálido abrazo—. Que de galletas de chocolate una no sobrevive.
Yo le dedico una sonrisa, y camino hasta atrapar una tostada de un plato que aguarda sobre la encimera de la cocina.
—Gracias. Por todo. No sé qué habría hecho sin ti.
—Sumirte en tus penurias —responde ella sinceridad, arrancándome una pequeña risa—. Pero para eso están las amigas. Yo iré a ver a Shrek. Tampoco se ha levantado muy animada que digamos.
Vanesa aparece de pronto y en ese instante, antes de que una de las dos hable, puedo ver el miedo en la profundidad de su mirada. Las dos necesitamos hablar de esto. De todo. Pero su cuerpo y sus gestos me hacen ver que está tan aterrorizada como yo.
—Bueno, yo voy a… ordenar las cosas. Si me necesitáis, estoy en la habitación.
Sonia se marcha y Vanesa deja la taza en el fregadero y se pasa una mano por el pelo, echándoselo hacia atrás. Un gesto nervioso que lleva delatándola desde que la conozco.
—¿Se te pasó el dolor de cabeza? —pregunto la primera, rompiendo ese ambiente tenso que se ha instalado entre las dos.
—Más o menos. Hacía mucho que no me daba tan fuerte.
No sé ni qué decirle. Por primera vez desde que la conozco, puedo notar la tensión que existe entre nosotras. Una tensión que me roba la capacidad de conversar ligeramente con ella.
—¿Y tú? ¿Has dormido bien? —pregunta sin apenas mirarme a los ojos—. Ayer te esperé en la cama, pero… bueno, supongo que…
—Sonia y yo estuvimos hablando hasta tarde —le miento—. Y al final decidí dormir con ella para no molestarte.
Doy un par de pasos hacia ella, acercándome a la encimera para servirme algo de café. El silencio entre las dos se carga de una electricidad estática insoportablemente densa. Vanesa inhala con fuerza, apoya una de sus manos en mi brazo y me mira fijamente a los ojos.
—Adriana… llevo años enamorada de ti. Años.
Al principio intenté convencerme de que lo que sentía era solo cariño, pero no lo era.
Nunca lo fue. Y estas últimas semanas… no sé qué pasó que no pude controlar mis emociones de ninguna manera —confiesa tomándome por sorpresa.
No es lo que esperaba escuchar, pero, a pesar de ello, algo dentro de mí se expande hasta hacerme volar—.
Mis miedos, mis putas dudas, la idea de estropearlo todo, de perderte…
Eso es lo último que quiero en este mundo.
Te lo juro. Preferiría seguir callando lo que siento por ti antes de hacerte el mínimo daño.
No sé qué decir. Pero mi corazón aletea con rapidez al tiempo que una corriente de calor me acaricia la piel. Tengo la sensación de haber esperado escuchar sus palabras mucho tiempo, y que han llegado en un momento en el que no soy capaz de valorarlas.
Me quedo de pie, sin saber muy bien qué hacer con las manos o cómo reaccionar.
El corazón me retumba en los oídos con fuerza, tan desbocado que estoy convencida de que Vanesa puede ver cómo me late la vena en el cuello.
Por un microsegundo, las sospechas sobre Siren_9 se asoman de nuevo en mi mente.
«Vanesa jamás te haría eso y lo sabes. Así que deja de pensar en tonterías, Adriana».
Así como lo pienso, aparto las dudas y lo mando todo a lo más hondo de mi mente; el fantasma de la app se evapora dando paso a la mujer que tengo delante y a esas emociones que, sin saberlo, yo también cargaba conmigo y que han ido creciendo en silencio, disfrazándose de rutina, risas, complicidad y abrazos.
Camino hacia ella y con su mirada puesta en mí, soy consciente de que no podría vivir sin ella por mucho que me lo propusiera.
—Vane… —susurro, y la voz me sale temblorosa, cargada de una emoción que apenas soy capaz de controlar—.
La verdad es que estoy cagada de miedo y que todo lo que me ha pasado, no ha hecho más que sacar a relucir lo rota que me siento.
Solo puedo decirte que yo también siento algo por ti y que te quiero.
Tengo miedo a estropearlo todo y perder a mi mejor amiga, pero no quiero seguir fingiendo que no pasa nada cuando te tengo cerca.
Vanesa traga saliva y por un segundo, observo como lleva la mirada hacia el teléfono que descansa sobre la encimera de la cocina.
—Siempre he creído que sería feliz mientras tú fueras feliz —responde, desviando la mirada hacia mis ojos—.
Pero la realidad es que, después de lo de Elena, de lo que te hizo, no puedo permitirme perderte de nuevo.
No quiero seguir ocultando que te quiero, Adriana, no cuando eres en lo único que pienso.
Sonia me aconsejó que me tomase mi tiempo, que sanara, que pensase en mí misma por encima de cualquier otra cosa. Pero es que yo quiero sanar pegada a su boca, con sus manos recorriéndome la piel y sus brazos rodeándome en las noches.
Quiero pensar que la aparición de Siren_9 me ayudó a abrir los ojos y verla como la mujer a la que veo hoy, esa mujer que ha estado ahí para mí y que, a pesar de sus sentimientos, nunca me ha empujado a hacer algo en su favor.
Y entonces, sin apenas pensar en nada más, acorto la distancia que nos separa, sujeto su rostro entre mis manos y la beso.
Es un beso desesperado, fresco, hambriento y cargado de amor hasta los.
Es la respuesta visceral a todos los «casi» que se nos quedaron a medias, a todas las miradas furtivas, a todas esas veces en las que, sin saberlo, pensaba en ella.
Me aferro a su cuello con ambas manos, hundiendo los dedos en su pelo desordenado, respondiendo de golpe a la urgencia física que nació en mí hace días y creció exponencialmente hasta llegar a la otra noche, cuando sus manos y su boca me llevaron directamente al cielo.
El mundo exterior se reduce a la nada más absoluta.
El beso se profundiza de forma inevitable.
Siento el calor abrasador de su cuerpo pegado al mío, el leve temblor de sus dedos marcándose en mi espalda y el ritmo salvaje de su corazón compitiendo con el mío.
Mis manos bajan hasta su cintura, apretándola contra mí como si temiera que fuera a evaporarse entre mis brazos si aflojo el agarre.
Tengo ganas de ella, pero las ganas se me pierden cuando Sonia aparece y nos pilla la una pegada a la otra.
—Bueno, bueno, bueno… —susurra, alternando la mirada entre Vanesa y yo—. Ojalá todos los problemas se solucionasen con un beso.
Tiene razón. Aún queda mucho por solucionar, pero en lo único que pienso es en regresar y volver besarla, esta vez, sin pensar en nada más.