Capítulo 27
El ultimátum de Sonia
Vanesa
El domingo amanece silencioso, espeso, pesado y asfixiante. No he pegado ojo en toda la maldita noche, dándole vueltas una y otra vez a todo lo que pasó ayer y a la espiral de mentiras en la que me he atrapado sola.
Me quedo un rato largo mirando el techo del dormitorio, sumida en un silencio absoluto.
Cada vez que cierro los ojos un segundo, me asalta en bucle la imagen de Adriana llorando en el baño, el temblor incontrolable de sus labios y ese rayo de sospecha que le cruzó la mirada al escuchar esa palabra de mi boca.
«Las mentiras caen por su propio peso, Vanesa; no sé qué esperabas», me dice una vocecilla implacable desde algún rincón de mi conciencia. Y sí, las mentiras siempre salen a la luz y lo hacen de la peor manera posible.
Me paso las manos por la cara y dejo escapar un suspiro amargo. La he cagado y si existiera un premio a la cobardía, me darían la medalla de oro. No puedo seguir así. Decido abandonar la cama y caminar hacia el aseo, donde me lavo la cara.
Una vez fuera, camino por el pasillo en dirección al a cocina.
Abro la nevera, saco el paquete de pan de molde, la mantequilla y el tarro de mermelada de fresa.
Pongo la cafetera grande sobre el fogón y, en cuestión de minutos, el aroma a café recién hecho invade el aire fresco de la mañana.
Necesito estar ocupada para no pensar, pero los recuerdos me invaden una y otra vez.
Estoy untando con furia la segunda tostada cuando escucho unos pasos por el pasillo. Sonia aparece en el umbral de la cocina. Trae una expresión severa que no promete nada bueno; se apoya contra el marco de la puerta y cruza los brazos sobre el pecho, clavándome una mirada inquisidora.
—Necesito ver tu teléfono móvil —suelta a bocajarro, sin rodeos, con la voz todavía tomada por el sueño, pero con la firmeza implacable de un fiscal de la Audiencia Nacional.
Me quedo totalmente paralizada a mitad de camino entre el plato y el tarro de mermelada, con el cuchillo de untar congelado en el aire. El corazón me da un vuelco tan violento contra las costillas que casi se me cae el bote al suelo.
—¿Qué? —consigo articular, parpadeando torpemente.
—Tu teléfono, Vanesa. Ahora mismo. Y no me hagas repetirlo, que no estoy para tonterías.
—¿Se puede saber qué bicho te ha picado tan temprano?
Sonia avanza y cierra la puerta con cuidado, asegurándose de que el pestillo encaje suavemente para que el sonido de nuestras voces no viaje más allá.
—Lo que me pasa, es que después de la conversación que tuve ayer con Adriana mientras tú te encerrabas a «descansar», ya no me queda ni la más mínima duda de que tú tienes la culpa de todo.
Está rota, Vanesa. ¡Está hecha un maldito lio!
—me grita—. No para de hablar de coincidencias y… Enséñame el puto móvil. Ahora.
Lo último que esperaba era tener que enfrentarme a esta conversación con Sonia.
—No. No tienes ningún derecho a cotillear en mis cosas.
—Por favor, Vanesa —insiste ella, dando un paso más hacia mí—. Te lo pido por favor. O me enseñas el teléfono por las buenas, o te juro por lo más sagrado que me pongo a dar gritos aquí mismo hasta que Adriana se despierte y lo aclaremos las tres.
El tira y afloja entre las dos se alarga durante unos minutos eternos e insoportables.
Me niego sin parar, pero Sonia no cede. M acorrala contra la encimera, me recuerda con los ojos enrojecidos lo muchísimo que quiere a Adriana, lo sumida en la mierda que la dejó Elena y lo mucho que le importo.
Y al final, con las manos temblando, meto la mano en el bolsillo del pantalón y saco mi teléfono móvil.
—Anoche borré la aplicación de SapphoMatch en un ataque de pánico... pero da igual —murmuro, y la voz me sale tan baja y rota que parece el susurro de un fantasma—. Descárgala de nuevo si quieres. El usuario es Siren_9 . Te doy la contraseña.
Sonia me quita el teléfono de las manos y, en cuestión de unos minutos —que se hacen demasiado largos por la falta de red— reinstala la aplicación y accede a la cuenta. Se queda completamente inmóvil en el centro de la cocina, leyendo en silencio.
Veo perfectamente cómo se le van abriendo los ojos a medida que desliza el pulgar por la pantalla.
Veo cómo se lleva la mano libre a la boca tapándose los labios en un gesto de puro shock.
Pasa de una conversación a otra; lee desde los primeros mensajes, pasando por los textos explícitos y ardientes de las madrugadas, hasta los últimos mensajes —esos donde hui cobardemente para no tener que dar la cara—.
Deja el teléfono sobre la mesa de la cocina y se lleva las dos manos a la cabeza.
—Hostia puta, Vanesa... —susurra, dejando salir el aire de golpe. Acto seguido, suelta una risita incrédula, corta y nerviosa que le dura medio segundo—. Hostia... pu-ta. ¿¡En serio!?
Asiento en silencio. La voz simplemente se me ha extinguido. Me apoyo con pesadez contra el borde de la encimera porque siento que las piernas me flaquean y que el suelo de la cocina ha empezado a moverse.
Sonia vuelve a soltar otra carcajada corta, entre histérica y desencajada, pero la risa muere de golpe en los labios cuando es consciente de la locura, se pone seria y me apunta con el dedo índice a un centímetro de la nariz.
—Adriana daría todo por ti, Vanesa. ¡Tú no tienes ni idea de cómo te mira, de cómo se deshace cada vez que te tiene cerca o lo mucho que sufre cuando te pones distante y te alejas!
Y por culpa de tu cobardía y de este juego de mierda, la tienes metida en un lío mental monumental.
La pobre ya no sabe si lo que siente por ti es fruto de lo que tú misma le hiciste experimentar como Siren_9 o si lleva sintiéndolo por ti desde hace años.
¡La tienes confundida! Ayer por la tarde se derrumbó en mis brazos.
Así que o le cuentas toda la verdad, o te juro por la memoria de mi abuela que lo hago yo.
Tienes una semana. Solo una. No voy a permitir que la sigas haciendo sufrir. ¿Me has oído?
Me trago el nudo gigante que tengo atascado en la garganta.
Sé perfectamente que ya no me queda escapatoria.
Se me ha acabado el margen de maniobra. Lo único que estoy consiguiendo con mis miedos es destrozarle el corazón a la mujer que amo y no puedo permitirlo.
Ni aunque tenga un miedo atroz a perderla y no volver a verla nunca jamás.
—Hablaré con ella —prometo en un murmullo firme pero roto—. Le contaré toda la verdad antes de que acabe la semana. No tengo ni la menor idea de cómo coño lo voy a hacer... pero se lo diré todo.
Sonia me sostiene la mirada durante dos segundos más y finalmente, suelta un resoplido largo y pesado.
—Ahora termina de preparar el desayuno antes de que se despierte. Procura ponerte un poco de corrector o disimular esa cara de cadáver que traes. Yo me voy a meter en la ducha a ver si se me quita la tensión del cuerpo. Y por lo que más quieras... no la cagues más. Por favor te lo pido.
Se da media vuelta y sale de la cocina cerrando la puerta tras de sí. Dando por iniciada una cuenta atrás que ya no hay forma humana de detener.