Capítulo 25
Creo que me estoy volviendo loca
Adriana
La conversación en el baño de esta mañana me ha dejado el corazón hecho un nudo marinero.
Llevo toda la santa mañana, mientras caminamos las tres por el monte, con la voz de Vanesa resonándome en la cabeza con insistencia, repitiéndose una y otra vez, como una de esas canciones ochenteras que escuchas en todas partes y a todas horas del día.
«Lo que pasó anoche no fue por el alcohol, simplemente pasó porque lo deseaba, y tú también lo deseabas... Te juro que, si pudiera repetir una noche de mi vida, sería la de anoche, sunshine».
Ese apodo. Sunshine . Siren_9 me llamaba así y yo ya no sé si es que estoy viendo fantasmas, si tengo la mente hecha un lío o si al final va a resultar cierto que detrás del seudónimo se escondía Vanesa, la mujer que más me conoce sobre la faz de la tierra.
Quiero pensar que estoy tan afectada por esta marejada de emociones que ya veo conexiones donde no existen.
Soy incapaz de asimilar que Vanesa pudiera hacerme algo así.
Ella que lleva doce años cuidándome y protegiéndome como si fuera mi escudo contra el mundo.
El sendero de tierra serpentea cuesta arriba entre pinos, rocas cubiertas de musgo seco y matorrales de cantueso. El aire fresco de la sierra me entra limpio por los pulmones a cada bocanada, pero no me sirve para calmar esta sensación de angustia que llevo conmigo desde hace horas.
«¿Y si al final me he vuelto loca y lo he entremezclado todo?
», me pregunto mientras miro a Sonia, que camina un par de metros por delante, marcando el ritmo con brío.
No ha parado de darnos la vara sobre algunas flores que hemos visto, sobre lo bien que se está en el monte lejos de la contaminación, y sobre lo muchísimo que las tres necesitábamos esta escapada.
Vanesa, por su parte, camina a mi izquierda con las manos enterradas en los bolsillos de su pantalón, la visera de la gorra encasquetada hasta las cejas y la mirada fija en las piedras del suelo.
Cada vez que nuestros ojos amenazan con cruzarse, ella aparta la vista con una rapidez torpe, casi despavorida.
Y yo hago exactamente lo mismo. El silencio que se ha instalado entre las dos pesa toneladas; pesa infinitamente más que las mochilas que llevamos a la espalda y que el calor que empieza a apretar a medida que el sol sube en el cielo.
Sé que no es la primera vez que se me cruza por la mente esta locura.
Había detalles sueltos, momentos aislados a los que en su día no les di importancia, pero que ahora se van ordenando en mi cerebro de manera clara e incómoda: su gesto extraño aquella mañana en el Retiro el mismo día que le propuse a Siren_9 conocernos en persona; el mensaje frío y la posterior ruptura justo después de eso; el casi beso que estuvimos a punto de darnos en su sofá; lo que ocurrió la noche de la galería en mi casa…
lo de anoche ... Y ahora, el broche final: ese « sunshine » que se le escapó justo antes de que le diera un ataque de pánico, tropezara torpemente contra el váter y saliera huyendo del baño dejándome completamente helada.
Todo encaja. Todo encaja como un puzle terroríficamente perfecto, y lo único que faltaba para abrirme —desgraciadamente— los ojos, fue su desliz frente el espejo.
Sigo queriendo creer que estoy loca, pero cuanto más le doy vueltas, las dudas que antes eran simples chispas de paranoia se han transformado en una sospecha que me roe por dentro como una rata con dientes afilados.
«¿Qué pasaría si fuera ella? ¿Y si todo este tiempo he estado explorando mis fantasías más salvajes y enamorándome de mi mejor amiga a través de una máscara virtual?
». No sé qué pensar de esto, ni sé tampoco cómo tomármelo.
Tengo miedo de estar tan confundida que mis emociones estén apuntando en la dirección equivocada.
Tengo pánico de que, si esta teoría es cierta, nos estalle en la cara y ya no exista forma humana de recomponer los pedazos de doce años de amistad incondicional. No quiero perderla.
El sendero se estrecha bruscamente entre dos rocas grandes. Sonia se detiene en seco, se gira y nos mira alternativamente mientras saca su cantimplora.
—A ver, ¿hacemos una paradita para beber agua y respirar, o queréis seguir persiguiéndome como si fuerais dos fantasmas en pleno Halloween? —nos pregunta, alzando una ceja con ironía.
—Agua, por favor —consigo articular sin muchas ganas.
Vanesa se limita a hacer un gesto vago con la barbilla, evitando mirarme. Sonia nos tiende la cantimplora y bebemos en silencio. Esquivando en todo momento hablar y, sobre todo, mirarnos a los ojos y descubrir la verdad.
· ·
Horas más tarde, tras haber hecho una pausa para comer, regresamos a la cabaña.
Nada más cruzar el umbral, Vanesa nos cuenta que le ha entrado un dolor de cabeza terrible y que necesita retirarse al dormitorio a descansar un rato.
Apenas espera a que digamos algo. Se mete en la habitación y cierra la puerta con una suavidad extrema que suena a huida desesperada.
Y no me extraña, supongo que ella también se ha dado cuenta del error.
Sonia y yo nos quedamos a solas en el porche.
El sol inclinado de la tarde cae de lado entre las copas de los pinos, proyectando luces y sombras sobre las tablas de madera de la terraza.
Ella se dedica a limpiar las migas de pan de la comida con un trapo y recoge los vasos vacíos mirándome de reojo un par de veces.
A la tercera, tira el trapo sobre la mesa y se apoya sobre sus caderas, clavándome la mirada.
—¿Vas a contarme ya qué es lo que te ocurre o vas a esperar a que caiga un milagro del cielo?
—me pregunta sin rodeos—. Llevas toda la mañana pálida.
Cómo si te hubieses encontrado de frente con un fantasma.
Y Vanesa está igual. ¿Qué narices os pasa?
Y no me salgas con tonterías porque no me las trago.
Me paso las dos manos por la cara, arrastrando la piel con fuerza, e intento tomar aire, notando como el nudo en mi pecho se aprieta hasta hacerme daño.
Durante un segundo considero la opción cobarde de mentir...
Pero Sonia no es imbécil. Nos conoce desde hace tiempo, nos ha visto interactuar y ha sido, en parte, la que nos empujó a vivir la noche pasada.
Si hay una persona en este mundo a la que le pueda confesar el desbarajuste mental que llevo encima sin miedo a que me juzgue, es a ella.
—Creo que Vanesa es Siren_9 —suelto de golpe y sin anestesia.
Las palabras salen volando de mi boca. Me tiemblan las manos y soy incapaz de decir nada más. Sonia se ha quedado pasmada y aunque no dice nada, en su mirada descubro que ella también tenía la ligera sospecha sobre lo mismo. Al final se sienta y busca una de mis manos:
—La verdad… es que yo llevaba unos días sospechando que algo le ocurría —me dice, buscando mi mirada—. Pero no imaginaba que fuese esto. Aunque ahora que lo dices, explica el porqué de su actitud, ¿no crees?
Decido contarle todo lo que llevo dentro; las pruebas y detalles que he ido acumulado y que ahora se me presentan transparentes como el agua.
Le hablo de lo que pasó anoche y de esa breve charla frente al espejo, y de cómo se le escapó ese sunshine que impactó contra mi conciencia y que a ella le trasformó la cara.
—No tengo idea de qué hacer, pensar o decir. No sé si debo echarme a llorar o salir corriendo para no sentirme la persona más ridícula e ingenua del planeta.
—No eres ingenua Adriana, es… —Ella levanta una mano, y me aparta el pelo de la cara, regalándome un mimo en la mejilla—. Es que yo en tu lugar tampoco lo habría previsto.
—Me siento muy estúpida —confieso, y ella toma cercanía conmigo para así, regalarme un abrazo.
—Yo no soy la indicada para decirte si es cierto o no lo que piensas —murmura, apoyando su barbilla sobre mi pelo—.
Aunque mi sexto sentido y los ocho sentidos extra que me sobran, llevan pitando como una alarma de incendios.
Sé que hay algo raro y gordo entre vosotras dos.
Lo que sí voy a decirte es que te centres en ti de una vez, en lo que tú sientes, deseas o necesitas.
—Eso ya lo hago…
—No, no lo haces —me dedica una mirada dulce—.
Elena te dejó el corazón hecho trizas, te machacó la autoestima, te hizo creer que no eras suficiente para nadie.
Y tú, porque la querías, lo aceptaste. Por eso mismo te enganchaste a esa maldita aplicación.
Porque necesitabas que alguien te hiciera sentir bien.
Y está bien. Yo había hecho lo mismo, pero eso no implica que tú estés bien y que todo se haya solucionado. Necesitas tiempo.
Sonia se separa un par de centímetros para mirarme fijamente a los ojos, tomándome la cara entre las manos.
—Y tienes toda la vida para hacerlo. Así que respira, sana y toma el tiempo que necesites para reconstruirte. Porque eres una mujer absolutamente increíble. Inteligente, divertida, valiente y atractiva como la que más. Te mereces todo lo bonito que te pueda pasar en esta vida. Todo.
Las lágrimas que llevaba reteniendo en la garganta durante toda la mañana terminan por brotar. Me sujeto a Sonia y me hundo en su abrazo. El viento estival mueve las copas de los pinos y a lo lejos, el canto de los pájaros parece marcar el ritmo de la tarde.
No sé qué es verdad y qué es producto de mi imaginación.
No sé con certeza si Vanesa es Siren_9 .
no sé si lo que siento por ella es amor de verdad o simplemente un espejismo nacido de la confusión, del deseo y de las heridas sangrantes que dejó Elena en mí.
Solo sé que me merezco respirar, perdonarme, sanar mis heridas y disfrutar poquito a poco de esta nueva etapa en mi vida.
Sonia se separa y me limpia las lágrimas de las mejillas, poniéndome esa sonrisa maternal y pícara que reserva para las ocasiones verdaderamente especiales.
—Y ahora, mi sol, vamos a entrar a la cocina, vamos a prepararnos un café y nos vamos a zampar esas galletas de chocolate que trajiste —sentencia guiñándome un ojo—.
Y luego, si te apetece, me sigues contando lo que sientes.
Pero se acabó eso de llevarte estos disgustos. No estás sola. ¿Te ha quedado claro?
Asiento con la cabeza y me saco los restos de humedad de la cara con la mirada puesta en el interior de la cabaña; donde está Vanesa y la respuesta definitiva a la pregunta que no tengo el valor suficiente de formular.