Capítulo 24
El reflejo de la verdad
Vanesa
La mañana del sábado amanece con un cielo limpio y una brisa fresca que se cuela por las rendijas de la ventana del dormitorio.
Llevo desde bien temprano con la mirada puesta en el techo, intentando contener los latidos de mi frenético corazón.
Recuerdo con pulcritud todo lo que pasó anoche; el sabor de Adriana sigue pegado a mis labios y el sonido de sus gemidos, se reproduce en bucle en mi mente.
Hemos cruzado la línea O, mejor dicho, le hemos pegado una patada y la hemos mandado a tomar por saco.
Ambas lo deseábamos, lo sé. Lo vi en la mirada de Adriana, en el brillo fogoso de sus ojos y las caricias demandantes de sus manos.
Debería sentirme feliz, espléndida, plena; por fin he hecho realidad un sueño, pero la culpa y el miedo me roe las entrañas y me impide disfrutar.
Adriana duerme a mi lado. Las sábanas conservan el aroma de nuestros cuerpos y aunque me siento en una burbuja extraña, sé que si me quedo más minutos en la cama… no voy a tener fuerza de voluntad alguna, y acabaré de nuevo perdida en su piel, en su boca, en cada rincón de su cuerpo.
«Debes controlarte, Vanesa», me digo a mí misma una vez que estoy en pie. Me paso las manos por el pelo, recojo la ropa esparcida por el suelo y me visto en silencio y cómo puedo. Porque soy incapaz de no perderme en su cuerpo desnudo y escondido bajo las sábanas.
Salgo corriendo del dormitorio y una vez que abro, el aroma a café recién hecho, conecta mis sentidos. Sonia está pululando por la cocina, con un pijama estampado de tucanes.
—Buenos días, dormilona —me saluda con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Qué tal la cama continental? ¿Habéis tenido espacio suficiente?
Un sofoco de calor se desliza desde mi estómago hasta las mejillas. Camino sin prestar atención a Sonia y abro el frigorífico para meter la cara frente al chorro de aire fresco y de paso, buscar un poco de agua.
—Bien. Hemos dormido bien —respondo de golpe, aunque la voz me sale raspada, ronca y dos tonos más graves de lo normal.
Cuando me giro y pongo la atención en Sonia, ella me mira entrecerrando los ojos como un detective privado en busca de pruebas fehacientes.
—Nadie lo diría. Parece que hayas estado trabajando toda la noche —me señala y levanta una ceja—. ¿Adriana no te ha dejado dormir o qué?
—Adriana… —dejo su nombre en el aire—. ¿Has hecho café para tres?
—Claro que sí. Pero no esquives mis preguntas —comenta, cruzándose de brazos—. Anoche bebimos mucho y ya sabemos cómo se pone Adriana cuando se emborracha. No me extraña que traigas esa casa y que ella aún no se haya levantado. Seguro que tiene la cabeza hecha un bombo.
«Si solo fuera la cabeza…», pienso mientras le doy un trago a mi vaso de agua.
—Todas estábamos chisposas —le recuerdo, dejando el vaso en el fregadero para buscar una taza y servirme un poco de café—. Y es tu culpa. El vino era bueno, pero estaba bastante cargadito.
—Ahora será mi culpa.
Cinco minutos después, aparece Adriana y el ambiente que me rodea cambia de golpe.
Nuestras miradas chocan y el aire se vuelve denso, pesado, casi irrespirable.
Lleva el pelo recogido en un moño deshecho y esa expresión inconfundible de quien ha follado, ha derribado todas sus vergüenzas y ha volado muy alto.
Me sonríe. Yo a ella y un escalofrío me recorre al mismo tiempo en el que le doy un trago a mi café. Adriana se mueve a mi alrededor, roza mis manos, se muerde el labio y juro por Dios que, si no estuviese Sonia a nuestro lado, me la comería de nuevo aquí mismo.
—Bueno chicas, he estado echándole un vistacito al mapa de la sierra —anuncia, desplegando el mapa en la mesa de la cocina—.
Hay un sendero por aquí, de unos ocho kilómetros que rodean toda esta zona hasta llegar de nuevo.
Esto de aquí es un mirador y tiene unas vistas increíbles.
Y si tenemos suerte, a lo mejor encontramos animalitos por el camino. ¿Qué os parece?
—A mí me parece perfecto —comenta Adriana, colocándose a mi lado con su taza de café en las manos—. Me apetece mucho disfrutar de la naturaleza. Que para eso hemos venido aquí.
Yo estoy embelesada en su cuello, en la sonrisa de sus labios y en el brillo de sus ojos.
—Por mi genial. Algo tendremos que hacer para ocupar la mañana.
Desayunamos, y cuando nos marchamos a vestirnos, la tensión que nos rodeaba se espesa tanto que se puede cortar. En un momento dado, después de salir del baño tras haberme lavado los dientes, Adriana se acerca a mí e intercepta mi mirada para que ponga atención en sus ojos.
—Sobre lo de anoche… —murmura y se muerde el labio inferior—. Fue…
—Fue el alcohol, lo sé —la interrumpo bruscamente, soltando las palabras antes de que pueda acabar de formular la frase—. Anoche estábamos bastante borrachas. No le des más vueltas. Fue algo sin importancia. No significa nada.
Nada más soltar la última frase, me doy cuenta de lo miserable que soy.
Se lo hice con Siren_9 y ahora repito el mi patrón.
Huir no es la solución, mentir tampoco. Adriana se encoge en sí misma; el comentario no le ha gustado, lo veo en sus ojos y no me extraña.
Después de lo de Siren_9 , si hay algo que ha cambiado en ella es que ahora es capaz de mostrar que algo la disgusta.
—Claro, tiene todo el sentido del mundo —comenta y niega varias veces—. Pero tú y yo sabemos que lo de ayer no tiene nada que ver con eso.
—Adriana, por favor…
—Yo no soy la cobarde que huye por miedo a enfrentarse a lo que siente —espeta, y sin decir nada más, se mete en el baño y cierra la puerta con pestillo.
Me quedo sola, apoyada de espaldas contra la cómoda del dormitorio y un sabor amargo en la garganta.
Sé que la he decepcionado, que después de lo que ambas sentimos, no tenía que haberme excusado en el alcohol para buscar una razón a haberle hecho el amor y haber dormido desnuda, abrazada a su cuerpo.
Sonia grita desde el otro lado de la puerta, pero yo soy incapaz de moverme del sitio.
· ·
Pasan unos veinte minutos y yo ya estoy preparada; he ayudado a Sonia a acomodar las mochilas y hacer algunos bocadillos.
Camino hacia el dormitorio para ir a buscar a Adriana, pero cuando llego, la encuentro aún en el aseo, frente al espejo.
Está llorando, tiene las manos apoyadas en la porcelana y las lágrimas resbalan por sus mejillas hasta desaparecer en el borde de la camiseta.
La visión me atraviesa el pecho y es la fuerza que me impulsa hacia adelante.
—Adriana... —murmuro una vez que estoy dentro, y le acaricio la cintura con una mano—. ¿Estás bien?
Tiene los ojos hinchados y rojos, la nariz rosada y los labios le tiemblan de manera incontrolable, mientras intenta —sin mucho atino— esbozar una sonrisa que se rompe a mitad de camino.
—-No te preocupes —dice con la voz tomada y rota, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Es solo que… —baja la mirada hacia la porcelana del lavabo—. No sé qué me pasó anoche, ni qué esperaba de ello. Sé que lo que pasó fue porque te di lástima, no por el vino.
—Haz el favor de cerrar la boca —suelto, incapaz de escucharla un segundo más. La abrazo por la cintura y apoyo mi mentón en su hombro, percibiendo de nuevo el aroma exquisito de su piel—. Adriana, eres una mujer increíble… toda tú.
En me interior, el miedo atroz a delatarme y perder su amistad, aprieta mi estómago y revuelve mis tripas.
Arrastrada por mis emociones, por el recuerdo abrasador de anoche y por todas las noches que viví a oscuras escondida tras el seudónimo de Siren_9 , decido hablar y soltar todo lo que llevo dentro.
—Nunca digas que estoy a tu lado por lástima —le susurro al oído, fijando mi mirada en sus ojos a través del espejo—.
Lo que pasó anoche no fue por el alcohol, simplemente pasó porque lo deseaba, y tú también lo deseabas.
Eres única, Adriana, única. Tienes una luz que hace que el resto del mundo se gire al verte pasar.
Y tu cuerpo… bueno… —le dedico una sonrisa y me aferro con mucha más fuerza que antes—.
Te juro que, si pudiera repetir una noche de mi vida, sería la de anoche, sunshine .
Cuando el apodo me sale de los labios, el corazón se me rompe a trozos en el pecho. Ella une los extremos de un todo y la verdad le cruza la cara hasta quedarse anclada en sus ojos. Lo veo a través del reflejo y el ataque de ansiedad que me da es tan brusco que soy incapaz de respirar.
—Vane… ¿tú…? —Es incapaz de preguntar porque sé que la respuesta la aterra.
Doy un paso atrás tan brusco y torpe que tropiezo contra el váter y estoy casi a punto de caerme al suelo. Con las manos temblándome, desbloqueo el pestillo y abro la puerta del baño.
—Termina de vestirte. Sonia nos está esperando —consigo decir, y la voz me sale helada, distante, seca—. Y no va a tardar ni un minuto en ponerse a gritar.
No espero a que diga nada. Salgo disparada del cuarto de baño sin atreverme a mirarla a la cara ni una sola vez, intentando frenar los latidos de mi corazón.
Adriana no me sigue —gracias a Dios—. Se queda inmóvil frente al espejo, sabiendo que algo acaba de estallar por los aires.