El match perfecto Capítulo 23
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Capítulo 23

La frontera difusa

Adriana

La noche ha caído. Afuera de la cabaña, el viento estival apenas se insinúa entre las copas de los pinos y el ruido de los animales nocturnos llena el silencio de sonidos rotos y el crujido de alguna rama rota al caer.

La brisa fresca de la montaña, acrecentada por la lluvia de las últimas horas, se cuela por las rendijas de las ventanas de madera entornadas; es una corriente fina y traicionera que me eriza la piel cada vez que intento moverme o cambiar de postura bajo las sábanas.

Llevo horas sin poder dormir. Mi cuerpo todavía vibra a causa del masaje y si cierro los ojos, mi mente traicionera me lleva de la mano a una fantasía donde Vanesa me folla hasta hacerme alcanzar el orgasmo más fuerte de toda mi historia.

No hemos hablado desde que salió del baño y se metió en la cama, y lo comprendo.

Aunque hacerlo no borra la frustración y el deseo, mucho menos el calentón y la excitación que cargo conmigo desde ese momento.

«Tranquilízate, Adriana, por el amor de Dios», me digo en un monólogo interior que roza el desastre mental.

«Eres una mujer hecha y derecha, no una quinceañera con las hormonas desatadas».

Me giro con cuidado hacia el lado izquierdo, intentando no hacer crujir el somier y buscando una postura que me permita respirar y me encuentro con los ojos de Vanesa, iluminados por la luz de la luna y oscuros como una noche eterna.

Soy incapaz de romper el silencio, pero sí me fijo en cómo se le dibuja el contorno del rostro, la curva del hombro y la forma de los labios. Ella tampoco dice nada, solo me sostiene la mirada con una intensidad que me obliga a tragar saliva.

—¿Tampoco puedes dormir? —susurro al fin y me incorporo para apoyarme en mi brazo izquierdo.

Ella asiente muy despacio, sin romper el contacto visual conmigo. El colchón cede suavemente cuando acerca su cara hacia la mía, lo justo para que el calor de su respiración acompasada me roce los labios.

—Es imposible —admite en el mismo tono bajo—. Siento que si cierro los ojos me voy a volver loca.

—¿Por qué…?

Sé que es una tontería preguntar porque ya lo sé. El corazón me empieza a latir con fuerza. Trago saliva una y otra vez, y al final, decido soltar todo lo que llevo guardo desde hace días o quizá semanas.

—No sé tú, pero… desde hace unos días que las cosas entre nosotras están muy…

extrañas —confieso en un murmullo tembloroso, clavando mis ojos en los suyos—.

Quizá soy yo que, con todo lo que me ha pasado con Siren_9 estoy más sensible, ya sabes…

pero… —Me detengo un segundo, mordiéndome el labio inferior—.

Vanesa lo que quiero decir es que me haces sentir cosas…

—¿Cosas…? ¿Qué cosas?

Cojo aire y me lanzo al vacío.

—Me excitas Y me confunde tanto como me aterra. Hace minutos me descubrí deseando que tus manos…

Vanesa no habla y el silencio se prolonga tanto que creo haberla cagado. Pero entonces, estira la mano y me acaricia la mejilla con el dorso de los dedos, hasta rozarme los labios. Ella se acerca un poco más y en sus ojos veo brillar la ardiente oscuridad.

—Esto es una locura, pero ya sabes que no soy mucho de pensar en las consecuencias… —Y cuando se acerca a mí, el roce de sus manos en mi cintura, lo desencadena todo.

Nuestros cuerpos se buscan y también lo hacen nuestras bocas.

Yo gimo cuando su lengua encuentra la mía, cuando me muerde el labio inferior y mis manos se aferran a su piel con una urgencia desesperada.

Puedo sentir el galope de mi corazón contra mis costillas, como me quedo sin aliento y como una sonrisa furtiva se me dibuja en la cara cuando ella cuela una de sus manos por mis bragas y me sujeta del culo para borrar la poca distancia que nos separa.

Su boca me sabe a menta, su calor me sofoca las mejillas y los mordiscos que me regala en el cuello me convierten en una presa al alcance de su depredador.

Arrastro las manos por su cuerpo y meto las manos por debajo del borde de la camisa de su pijama para subirla y sacarla por su cabeza, tirándola a algún rincón del dormitorio.

El impacto de nuestras pieles me provoca un temblor que me sube por los pies y se me instala en el corazón.

Vanesa me gira despacio y me tumba en el centro de la cama.

Vuelve a besarme la boca con ganas, a morderme los labios y el cuello, a lamer piel con una paciencia que me desespera.

Baja trazando un camino abrasador por mi clavícula, se detienen en el valle caliente entre mis pechos y se deleita provocándome oleadas de placer.

Cuando su boca rodea uno de mis pezones erguidos, suelto un gemido ronco.

Mis ojos no pueden apartarse de ella, y en mi memoria se graba toda la escena: como lo lame con lentitud, lo chupa y lo muerde apenas con los dientes, lo justo para arrancarme un gemido agudo que me veo obligada a ahogar contra el dorso de mi propia mano para no despertar a Sonia, que duerme a apenas unas puertas de distancia.

Ella no se detiene ni un solo segundo, abandona mis pechos y sigue bajando por el centro de mi abdomen, provocando que los músculos de mi vientre se contraigan por la intensidad de las cosquillas y el deseo mientras me quita las bragas y yo las arrugo cómo puedo entre las sábanas.

Sus dedos, seguros, se deslizan entre los pliegues de mi sexo, encontrando la humedad que el masaje de antes ya había empezado a despertar y que ahora está a punto de desbordarse. Me toca una y otra vez; arriba y abajo hasta introducirme dos dedos de una y hacerme perder el sentido.

Gimo, y lo hago a la vez que ella empieza a embestirme con ellos. La yema de su pulgar dibuja círculos lentos y perezosos sobre mi clítoris, y yo me muevo al compás, disfrutando como nunca lo había hecho del sexo.

Mis gemidos suenan ahogados y cada vez que susurro su nombre, mi voz suena rota, a mitad de camino entre la confesión, la rendición y el pánico irracional por lo que está pasando.

Ella, entregada por completo a mí, baja aún más por mi cuerpo y es su boca al que sustituye las caricias de sus dedos.

Me come con un hambre voraz que no intenta disimular, alternando lametones largos y planos con succiones rítmicas que me hacen perder la noción del tiempo y del espacio.

Vanesa me folla duro y profundo, y yo me sujeto con todas mis fuerzas a la sábana, retorciéndola entre los dedos hasta que me duelen los nudillos.

El orgasmo no llena suave y lento, lo hace como un tsunami destructivo que sube en oleadas cada vez más violentas, cada vez más impredecibles y difíciles de dominar. Vanesa me sostiene las piernas por los muslos, me saca los dedos de dentro y vuelve a la carga con la lengua.

El universo entero se reduce al movimiento de su boca entre mis piernas, al sonido húmedo y rítmico que llena la penumbra de la habitación, al fuego que me abrasa la piel y a esa excitación que me empuja a mover la cadera contra su boca buscando más y más placer.

Cuando el orgasmo rompe en mi interior, se transforma en una explosión devastadora, profunda, larguísima y casi dolorosa.

Me corro gimiendo su nombre una y otra vez contra la oscuridad, con la voz destrozada, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido una maratón y el cuerpo entero arqueándose y temblando de forma descontrolada bajo sus labios.

En mitad del temblor y antes de que el cansancio me venza, busco su cintura y la atraigo hacia arriba.

Ella aún lleva puesta la ropa interior, así que meto la mano entre sus piernas, descubriendo esa humedad que la delata.

Vanesa vuelve a besarme, y yo me aprovecho de la postura para follarla, oyendo cómo se le escapa un gemido ronco contra mi cuello mientras se presiona y frota contra mi mano.

Ella termina corriéndose minutos después, con las manos apoyadas en mi pecho y los ojos apuntando al techo. Nunca una mujer me había parecido tan sensual, rompedora y sexy como ella cabalgando sobre mi cuerpo.

Una vez que ella se deja caer a mi lado, apoyando su cabeza contra mi pecho, el silencio que nos envuelve es ensordecedor. Solo se percibe el sonido acompasado de nuestras respiraciones recuperando el ritmo normal y la brisa fresca que se cuela por la ventana, devolviéndonos a la cruda realidad.

Me quedo totalmente inmóvil, mirando el techo de vigas de madera en la oscuridad. Tengo el corazón latiéndome a mil por hora en la garganta, las piernas como si fueran un flan y una confusión colosal, absoluta y aterradora instalada en el corazón

No sé qué acaba de pasar. No tengo ni la más remota idea de si he utilizado a mi mejor amiga para canalizar todo el deseo reprimido... o si, por el contrario, la verdad es que siempre, durante todos estos años de amistad incondicional, la he deseado en secreto y solo ahora he sido capaz de verlo.

Vanesa se acomoda despacio a mi lado, lo suficientemente cerca de mí como para que el calor de su cuerpo siga rozando el mío. Pero yo no puedo dejar de buscar su mirada y preguntarme si lo que siento ahora por ella… es real.