El match perfecto Capítulo 22
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Capítulo 22

Masajes y Sombras

Adriana

Han pasado unas horas desde que llegamos a la cabaña, y ese cielo azul que reinaba sobre la sierra, se vio cubierto por un mando gris de nubes. Hace unos minutos que dejó de llover, y el ambiente está cargado de esa frescura y olor inconfundible a tierra mojada.

Sonia, fiel a su filosofía de vida, ha decidido que pasar la primera noche en la cabaña se merece una celebración.

Y sobre la mesa hay desplegadas dos botellas de vino abiertas, un surtido generoso de quesos curados, picos de pan, cecina de León y un bol de aceitunas aliñadas que apenas hemos tocado.

Bebemos bastante más de lo que comemos, y no me extraña.

Yo lo único que quiero es perder la conciencia y no pensar en lo guapa e irresistible que se ve Vanesa esa noche.

—Os lo digo en serio. Quién me iba a decir a mí que este vino de mala muerte estaría tan bueno —comenta Sonia dándole un trago largo a su copa—. La próxima noche de chicas que organicemos, lo vuelvo a comprar.

Vanesa, apoltronada en un sillón orejero acomodado a un lado, me lanza una mirada intensa por encima del borde de su copa.

Nos hemos pasado las horas evitándonos, como si la cercanía de la otra fuese a reventar en cualquier momento.

Me pregunto qué estará pensando; tiene las mejillas ruborizadas a causa del alcohol y el pelo algo enmarañado.

Sonia sigue hablando sin freno sobre los planes que tiene organizados para mañana: menciona una ruta por el monte y yo asiento con la cabeza, siendo incapaz de apartar los ojos de Vanesa.

Es extraño, y soy consciente de ello, pero nunca me había tomado el tiempo suficiente para percibir la tensión y disfrutarla tanto.

Supongo que estuve ciega y no me di cuenta de que, además de nuestra amistad, entre las dos siempre hubo algo más.

Quiero pensar que estuve ciega todo el tiempo que estuve con Elena, porque sé, y esto es cierto, que la química, la complicidad y la cercanía siempre la hemos tenido.

—Estoy segura de que esa ruta será increíble, así que yo me marcho a dormir ya o tendréis que llevarme a cuestas en cuanto me canse —comento, levantándome del sofá y estirando los músculos.

Para mi mala suerte, un tirón sordo y frío me recorre la parte alta de la espalda hasta hacerme gemir de dolor en el cuello—. ¡Joder! ¡Qué dolor!

El latigazo es tan agudo se me eriza la piel.

—¿Estás bien? —Vanesa apoya la copa sobre la mesa y hace el amago de levantarse. Sonia, en cambio, observa detenidamente la dinámica entre las dos—. Son las dichosas cervicales. Entre una cosa y otra llevo mucho tiempo acumulando tensión, y… siento como si tuviera dos piedras en lugar de trapecios.

—La edad, que no pasa para nadie —menciona Sonia, guiñándome un ojo.

—Muy simpática.

—¿Te duele mucho? —pregunta Vanesa poniéndose en pie, acudiendo a mi lado para cerciorarse de que estoy en lo cierto—. Si quieres... cuando salgas de la ducha te puedo dar un masaje. Me traje aceite de romero. Quizá eso te ayude un poco.

El corazón me late a toda prisa, y de pronto, un sofocón de calor me baña toda la cara. Debería declinar la oferta, tomarme un ibuprofeno e irme a la cama, pero el dolor es horrible y Vanesa da unos masajes increíbles.

—¿Estás segura? —dudo, mirándola fijamente a los ojos.

Yo sé por qué se lo pregunto. Tener sus manos acariciándome la piel se me antoja maravilloso, pero es una tortura de la que no sé si voy a poder escapar viva.

—Claro que sí. Vete a la ducha y yo preparo todo —comenta y me dedica una sonrisa que le hace brillar los ojos—. ¿Tú también te vas a dormir?

Sonia deja escapar un bostezo desde el sofá, se estira como un gato al sol y se pone en pie con cierta torpeza.

—Sí. Buenas noches, pichones. No hagáis mucho ruido... o hacedlo si os da la gana, pero procurad que no se escuche desde mi cuarto, que tengo el sueño muy fino.

Sonia se ríe de su chiste con doble sentido, nos hace un gesto vago con la mano a modo de despedida y se pierde por el pasillo. A los pocos segundos escuchamos el pestillo su puerta.

Vanesa y yo nos quedamos a solas, y el silencio repentino de la cabaña se vuelve abrumador, denso y cargado. El alcohol provoca que mis sentidos hagan chiribitas y necesito apoyarme en el sofá para no tropezarme y caerme de bruces.

—Ve a la ducha —repite en un susurro, recogiendo lo que hay en la mesa—. Yo voy a recoger esto un poco.

Cuando entro en la habitación, me quito toda la ropa y me meto de golpe bajo el chorro de agua caliente de la ducha; el calor me afloja un poco los músculos, pero el nudo central sigue ahí, incrustado. No me extraña estar tan tensa, estas últimas semanas no han sido muy relajadas que digamos.

Me enjabono sin prisa, intentando por todos los medios no imaginar las manos firmes de Vanesa acariciando mi piel. Aunque una cosa es intentarlo y otras, lograrlo.

Una vez que me quito el jabón de encima y cierro el grifo, me seco la piel a medias y me dispongo a colocarme el pijama.

No sé qué le pasa a mi mente, pero al final, impulsada por esa valentía que nació de nuevo en mí, decido ponerme únicamente las bragas y salir con el torso desnudo y el pelo húmedo goteándome por la espalda.

—¿Qué pretendes con esto Adriana…? —me pregunto. Y el brillo encendido de mis ojos, me da la respuesta.

Una vez que salgo del baño, cubriéndome los pechos con un brazo, choco con Vanesa apartando las sábanas de la cama hacia un lado.

Al verme aparecer así, descalza y en cueros de cintura para arriba, se queda paralizada en el sitio.

Son sus ojos los que, a la velocidad de la luz, recorren mi cuello, mis pechos y cada una de las curvas de mi cuerpo.

—Túmbate boca abajo —ordena con la voz ligeramente rasgada—. E intenta relajar los brazos y soltar todo el peso. Si te aprieto demasiado o te duele, me lo dices al momento, ¿vale?

Puedo ver cómo traga saliva y cómo se le tensa la mandíbula.

Obedezco sin rechistar, me acuesto boca abajo colocando las manos a los lados de la cabeza y apoyo le mejilla izquierda sobre el colchón.

El aroma a lluvia y naturaleza entra a bocanadas por la ventana entreabierta, pero yo me quedo sin respiración en cuanto percibo como Vanesa se acomoda a horcajadas sobre mis muslos, teniendo cuidado de no aplastarme las piernas.

El primer contacto de su piel caliente con la mía fría, llega unos minutos después, arrancándome un suspiro involuntario y profundo.

Empieza a masajear mis músculos con lentitud; sus pulgares buscan los nudos atenazados en la base de mi cuello y los presiona, haciendo círculos que me resultan un poco dolorosos.

Poco a poco, el dolor punzante inicial se mezcla con una marea de alivio y placer tan abrumadora que se me escapan pequeños gemidos sin que pueda dominarlos. La última vez que recibí un masaje suyo fue durante una excursión hace años atrás, pero esto no tiene nada que ver con aquello.

Sus manos cargadas de aceite, resbalan hacia abajo, cubriendo la zona de los omóplatos.

Muy pausadamente, recorren la línea divisoria de mi columna con la yema de los dedos y presiona a ambos lados a sabiendas de que es una zona que, por una cosa y por otra, siempre se me tensa.

Cada movimiento de sus manos despierta un escalofrío me eriza la piel y se va concentrando, de forma inevitable y traicionera, en el valle entre mis piernas.

«Adriana, no puedes ponerte cachonda por un masaje», me recrimino. Pero joder, esas manos obrarían milagros si me tocaran en otro lado.

—Un poco más abajo... —susurro con la boca pegada al colchón, perdiendo por completo la vergüenza—. Por favor.

Ella se detiene un milisegundo, pero obedece a mi petición y sus palmas abiertas se deslizan hacia la zona lumbar.

El aceite hace que el deslizamiento sea suave, continuo e hipnótico.

Siento cómo se inclina más sobre mi cuerpo, cómo su aliento tibio y acompasado me acaricia la espalda desnuda.

Sus dedos rodean el contorno de mis costillas, rozando la parte inferior y sensible de mis pechos. No debería gemir, pero lo hago.

Vanesa continúa. Sus manos bajan por la curva de mi cintura, amasan mis caderas con los nudillos y suben de nuevo trazando caminitos de fuego hasta mis hombros.

El masaje ha dejado de ser una simple terapia para calmarme el dolor de cervicales desde hace rato y se ha convertido en una tortura erótica y deliciosa que me hace apretar los muslos.

Cada vez que sus manos se aproximan a mis pechos o bajan raspando el elástico superior de mis bragas, la temperatura de mi cuerpo se dispara. Estoy excitada y tengo las bragas empapadas. Lo sé. Y estoy segura de que ella también.

—Vanesa... —consigo articular, pero la voz me sale rota, rasposa, casi irreconocible para mí misma.

—Shh… Relájate... —murmura en mi nuca y a mí me provoca un temblor que me recorre de pies a cabeza.

Sus manos se vuelven más lentas, más conscientes de donde tocan.

Recorren el surco de mi columna hasta llegar justo al hueso del coxis y luego, sus palmas se abren bajo la tela fina que cubre mis glúteos, presionando la carne, moldeándola con lentitud para luego volver a ascender rozando cada milímetro de mi piel.

Me arqueo involuntariamente hacia arriba, buscando más contacto, y un gemido ronco, profundo y necesitado me sale del pecho.

Vanesa se inclina del todo sobre mi espalda y siento el calor de su aliento abrasándome el cuello.

Sus dedos vuelven a bajar por mis costados y rozan, esta vez sí, la amplitud de mis pechos, formando círculos en mis pezones, apretándome las tetas a su santo antojo.

—Vane… —El deseo me nubla el juicio, borra todo lo que ha pasado estas últimas semanas y me llena la cabeza de ella. Soy incapaz de decir palabra alguna y todas se me atropellan en la garganta—. Dios…

La tensión sexual acumulada en la habitación es un ente vivo, tan denso que se puede tocar.

Quiero darme la vuelta. Quiero agarrarla de la nuca, tirar de ella hacia abajo y besarla hasta quedarme sin aire.

Quiero que me toque, que sus manos se pierdan más allá del borde de mis bragas y me haga gemir, pero me da pánico arruinarlo todo y ella está paralizada por el mismo terror.

La oigo jadear sobre mi oreja, luchando con todas sus fuerzas por no perder el control y después de unas pocas caricias más, se detiene.

—¿Te ha gustado…? —pregunta Vanesa en un hilo de voz, sin apenas moverse.

—Sí... —alcanzo a responder, con la cara hundida en el colchón y sin atreverme a girarme para chocar con sus ojos—. Ha sido increíble.

—Me alegro —dice y se mueve para soltarme del amarre de sus piernas. Siento un vacío helado en el lugar donde estaban sus manos. Me giro despacio, con el pecho al descubierto y buscando su mirada—. Yo creo que iré a darme una ducha.

Vanesa tiene las pupilas dilatadas, la boca apretada en una línea recta y fina, y le tiemblan visiblemente los dedos.

El aire entre las dos echa chispas. Hay una pregunta urgente, salvaje y directa flotando en sus ojos, y hay una respuesta desesperada en los míos. Aunque ninguna se atreve a dar el paso.

Ella se pone de pie, busca en su mochila todo lo que necesita y se encierra en el baño con rapidez. Y yo me quedo acostada en la cama, con la piel ardiendo, las bragas empapadas y el corazón latiéndome con furia en la garganta.

El masaje ha terminado, sí, pero la mecha que acaba de prenderse entre las dos ya no hay lluvia en la sierra capaz de apagarla.