El match perfecto Capítulo 21
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Capítulo 21

El plan de la cabaña

Vanesa

El coche de Sonia huele a Cheetos y al ambientador de pino que oscila colgado del retrovisor.

Yo voy en la fila de atrás, con los brazos cruzados sobre el pecho, las gafas de sol puestas para disimular la mirada y una cara de perro gruñón que me he encajado a propósito para que no me molesten.

He perdido la cuenta del tiempo que llevamos aquí metidas, pero la verdad es que no me importa.

Cuanto más se alargue el viajecito, menos tiempo tendré que pasar a solas con Adriana.

A ver, no es que no quiera estar a su lado…

más bien, es todo lo contrario. Si tuviera la oportunidad de pedir un deseo, pediría estar a solas en algún lugar remoto, un lugar donde solo pudiéramos estar las dos sin que nada nos pudiera interrumpir.

Desde que, presa del pánico, la alejé de Siren_9 , el peso de vivir una vida doble se ha esfumado.

A cambio se ha quedado conmigo la culpa y la extraña sensación de que, la estupidez que cometí solo ha servido para liar más las cosas entre las dos.

Adriana no ha dejado de buscar mi mirada a través de los retrovisores, y yo no he hecho otra cosa que esquivarla como si me fuera a derretir las retinas.

Soy consciente de que no puedo seguir así, de que mi comportamiento no es el habitual y de que debería armarme de valor y confesarle lo que siento de verdad. Pero no sé ni cómo empezar a hacerlo y mucho menos con Sonia de por medio.

—¡Vanesa, por el amor de dios, cántate algo ya! —me grita Sonia, subiendo un poco más el volumen de la radio—. ¡Pareces un guardia de seguridad! ¡Eres la única que sabe cantar de las tres!

—Prefiero mil veces escucharos a vosotras dos hacer el ridículo —respondo sin regalarles ni la más mínima sonrisa, mirando fijamente por la ventanilla como si el paisaje monótono de los chalets adosados de Las Rozas me resultara la octava maravilla del mundo—.

Alguien en este vehículo tiene que mantener la dignidad y documentar el desastre para cuando mañana os levantéis afónicas.

Adriana se gira en el asiento, apoyando el antebrazo izquierdo sobre el reposacabezas. Su pelo, desordenado por el viento, juega con sus labios, provocándole esa sonrisa juguetona que se me clava en mitad del pecho.

—A ver, señora abogada, ¿desde cuándo te has vuelto tan aguafiestas?

—pregunta Adriana, entornando los ojos. Quiero decirle que siempre he sido así, aunque no es del todo cierto.

Con ella nunca he podido mantener la seriedad más de un minuto; un hecho que provocó que me enamorase de ella en unas pocas semanas—.

En la universidad eras la primera en subirse a una silla y montar una fiesta. ¿Qué bicho te ha picado hoy?

—Me pica el hecho de que me habéis obligado a pasar un fin de semana entero en mitad del monte y sin internet cuando tenía una pila así de papeles y asuntos que gestionar —replico, gesticulando con las manos para exagerar un poquito la situación,

Adriana deja escapar una carcajada limpia, sonora y cristalina que hace que se me derrita la máscara antes de que pueda recuperar la compostura.

—Prefiero reservar mi voz para hacer frente a otras cosas —añado rápido y la mirada de Adriana, también su gesto de diversión, se apaga un poco.

Sonia baja el volumen de la música y me clava los ojos a través del espejo retrovisor.

—A lo único que vas a tener que hacer frente, es a mi interrogatorio —ataca ella sin piedad—. No sé qué demonios te pasa, pero parece que te has comido un kilo de limones. Adriana, dile algo por favor. Tú que eres la diplomática del grupo y la única a la que no le muerde la oreja.

«Eso es porque no he tenido la oportunidad», respondo para mí misma, acomodándome en mi asiento y ocultando mi sonrisa bajo el dorso de mi mano.

—Yo solo digo que, si sigues con esa actitud de mierda, la vamos a tener que dejarte tirada en la primera área de servicio de la autopista y marcharnos las dos solas a emborracharnos a la sierra.

—En serio, relájate un poco y disfruta. Solo es un fin de semana entre amigas. Nos vendrá bien —añade Adriana, guiñándome un ojo.

Intento mantener la armadura intacta a base de pura fuerza de voluntad.

Pero después de lo que pasó en mi sofá, de aquel casi beso que nos dimos en su casa y de mi posterior huida, lo último que me esperaba era pasar un fin de semana en una cabaña encerrada con ella.

Sobre todo, teniendo en cuenta que cada vez que se acerca, mis emociones se desbordan.

Al final, Sonia decide omitir mi estado de ánimo por un buen rato y se centra contarnos una anécdota de su trabajo.

Yo decido formar parte de la conversación y solar alguna de mis frasecillas ácidas habituales, y gracias a eso —y a la risa de Adriana—, la tensión sorda que se respira en el ambiente se disuelve.

Aunque para mi desgracia, cada vez que la mirada de Adriana choca con la mía, el aire se vuelve denso, pesado y casi irrespirable.

Cuando el coche empieza a serpentear por carreteras secundarias, el paisaje cambia de forma radical, el olor a carretera y asfalto desaparece para dar paso a un aroma intenso a resina, pino y tierra caliente.

El cielo de Madrid, gris por la contaminación, se transforma en un azul pulcro y profundo que solo existe en las alturas de la sierra.

Sonia reduce la marcha, saca un dedo por la ventana y a punta una ladera verde con entusiasmo:

—¡Allí está, chicas! Dos noches enteras de desconexión absoluta, naturaleza, vino del bueno y cero preocupaciones. Os vais a enamorar locamente del sitio.

No sé por qué la frase —«os vais a enamorar»— me retumba de pronto en los oídos.

Sonia aparca el coche en un ensanchamiento de grava frente a una construcción preciosa de madera clara y piedra, dotada de un porche amplio, ventanales enormes y un pequeño jardín perimetral repleto de pinos centenarios que desprenden un aroma único y especial.

Bajamos del vehículo entre risas y estiramos la espalda; Sonia camina decidida hacia el buzón de madera de la entrada, saca la llave que le había dejado el propietario y abre la puerta principal.

—¡Oye, tú! —le grito—. ¿Piensas coger tu mochila o tengo que cargarla yo como siempre?

—¡Para eso vas al gimnasio! —grita Sonia con descaro ante la risa suave de Adriana. Una risa que, para mi desgracia, me provoca una sonrisa.

—Anda, cojamos todo esto y vayamos dentro.

El interior de la casa huele divinamente.

Hay un salón diáfano espectacular con una chimenea de piedra en el centro, sofás de tela rústica, una cocina americana con barra de madera y un pasillo corto que distribuye el acceso a los dormitorios.

Sonia desaparece por el pasillo durante dos minutos para "inspeccionar el terreno" —la oímos abrir y cerrar puertas con cierto estrépito— y regresa al salón poniendo una cara de consternación que no se la cree nadie.

—Mierda... Chicas, tenemos un problema —dice Sonia, llevándose las manos a las caderas—. Yo creía que había tres camas, pero solo hay dos.

Adriana y yo nos miramos al mismo tiempo. Efectivamente, la casa consta únicamente de un dormitorio principal enorme con una cama de matrimonio verdaderamente grande y otra habitación diminuta, casi un trastero reconvertido, que alberga una cama individual pegada a la pared y una ventana.

—Ha tenido que ser un error —prosigue Sonia, y el tono de falsa sorpresa le sale tan rematadamente mal que me entran ganas de estrangularla—.

Os juro por mi abuela que yo seleccioné la opción de tres habitaciones.

En fin, no pasa nada, no nos van a amargar el fin.

Yo me pido la pequeña. Vosotras dos sois más altas que yo y necesitáis espacio para estirar las piernas.

Además, la grande tiene baño con ducha hidromasaje. Lujo total. ¿Qué más podemos pedir?

—Sonia... ni de coña —intervengo de inmediato, sintiendo cómo se me dispara la alarma de pánico en el cerebro—. Eso no es justo. Tú has organizado el viaje y pagado la reserva. Tú te quedas con la grande.

—¡Nada de protestas! —corta Sonia desde el pasillo, arrastrando ya su maleta hacia la habitación diminuta—.

Decidido por mayoría absoluta. Vosotras dos compartís la habitación principal.

La cama es tan ancha que no os vais a enterar de que la otra está respirando a vuestro lado.

Y ahora, a deshacer el equipaje a toda leche.

En diez minutos os quiero a las dos en el porche con una cerveza helada en la mano y la sonrisa de desconexión puesta. ¿Ha quedado bien clarito?

Se escucha el portazo seco de la habitación pequeña, y Adriana y yo nos quedamos paralizadas en el umbral de la habitación principal, mirando fijamente la cama como si fuera un territorio hostil lleno de minas antipersona.

Siento cómo el estómago se retrae. Compartir dormitorio y pasar la noche entera pegada a ella, después de todo lo que ha pasado…

«Es una completa locura, lo sabes», me recuerda mi yo interior.

—No es la primera vez que lo hacemos —menciona Adriana—. Si no queda de otra…

—Podemos llamar al propietario y preguntar si tiene otra cabaña con tres habitaciones —propongo a la desesperada, aunque sé de sobra que es una estupidez monumental—. O puedo acomodarme en el sofá del salón. No me importa lo más mínimo.

—¡Ni se te ocurra! —nos grita Sonia desde el otro lado de su puerta—. El sofá del salón es una piedra. Y no hay más cabañas disponibles en veinte kilómetros a la redonda porque lo miré cuando alquilé esta. ¡Dejad de poner caras y disfrutad!

Adriana deja su bolsa de viaje en el suelo y se pasa la mano por el pelo, apartándoselo de la cara. Es un gesto que le he visto hacer un millón de veces y que surge cuando se siente acorralada o nerviosa.

—No pasa nada —dice Adriana en un susurro suave, convenciéndose a sí misma de sus propias palabras—. Es solo una cama. Dormimos cada una en un extremo y ya está. Y si te molesta que esté cerca de ti, pues ponemos la almohada en medio.

—No es por eso, Adriana —respondo con sequedad y ella se me queda mirando, buscando una razón de peso para tanta reticencia por mi parte—. Es... En fin, da igual. No le des más vueltas.

Durante unos minutos, nos sumergimos en la labor de vestir la cama.

Tengo la sensación de estar repitiendo la misma escena que protagonizamos en su piso y es por eso que el ambiente se vuelve tenso y eléctrico.

Aunque nuestras manos se rozan en alguna que otra ocasión y el perfume de su piel activa todos mis sentidos, intento que no se me note.

El aroma de los pinos que rodean la cabaña y el calor sofocante se cuela en la estancia pegajoso e insistente.

Dormir juntas es una locura y sé que mi coraza se va a derretir en el momento en que nos quedemos a solas.

Han pasado demasiadas cosas entre nosotras como para contener el deseo y el caos que se ha desatado dentro de mí y entre las dos.

Aunque el problema no es ese, el problema es que tengo miedo de dar el paso final.

—¡A ver, las de la suite de lujo! —grita Sonia desde el porche, haciendo sonar el cristal de los botellines—. ¡Las cervezas se están calentando y como no salgáis en treinta segundos me las bebo yo solita!

Adriana se detiene al pie de la cama y me mira durante unos segundos. Son muchas las cosas que tenemos que hablar y yo debería ser franca con ella y contarle la verdad, pero no sé si es el momento o la mejor opción es mantener oculto todo esto y dejar que se pudra bajo capas de polvo y tiempo.

—Bueno, yo salgo ya o al final nos comerá vivas —comento y salgo de la habitación a toda prisa, con el corazón batiéndome como un pájaro enjaulado en el pecho y la sensación de que, el destino, ese maldito conspirador, está haciendo todo lo posible para que confiese mis pecados.