El match perfecto Capítulo 20
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Capítulo 20

El muro digital

Adriana

La mañana siguiente a la marcha precipitada de Vanesa, amanece con un sol que se cuela sin piedad por las rendijas de la persiana del cuarto de invitados, dibujando franjas de luz sobre las sábanas blancas a medio poner.

Me siento en el borde de la cama, descalza y despeinada, con los brazos cruzados contra el pecho y los pies poyados en el suelo.

En el ambiente todavía se percibe el leve olor a pintura, pero mis sentidos están puestos en el recuerdo de los labios de Vanesa rozando los míos.

No llegamos a besarnos. Faltó muy poco, pero lo deseé muchísimo.

La idea de invitarla a dormir fue la excusa perfecta para poder hablar, para descubrir si lo que pasó las veces pasadas era real. Pero Vanesa huyó corriendo y yo me quedé aquí, con esta frustración agobiante cerrándome la garganta. No sé qué fue lo que le pasó, o quizá sí y no quiero pensarlo.

Ayer por la noche, en este mismo rincón, estuve convencida de que toda esa tensión que se desata entre las dos, desencadenaría en algo.

Pero la manera en la que se fue… me ha empujado a pensar que estoy tan mal, que soy tan poco atractiva que hasta Vanesa prefiere salir corriendo antes que besarme.

Después de un matrimonio donde pasé años sintiéndome un cero a la izquierda, una sombra invisible a la que nadie deseaba ni tocaba, este rechazo de Vanesa ha sido un hachazo directo a mi maltrecha autoestima.

Me obligo a ponerme de pie cuando la cafetera borbotea en la cocina y el aroma a café me rescata de mis pensamientos tóxicos.

Hoy es mi día libre y lo paso flotando en un limbo extraño y desganado. Intento centrarme en unas cosas pendientes del trabajo, pero fracaso estrepitosamente en mi intento de no mirar la pantalla del teléfono cada tres minutos.

Abro el WhatsApp y me quedo durante unos minutos, observando el chat que Vanesa y yo llenamos de mensajes diarios. Intento escribir varios mensajes que termino por no enviar; me siento tan débil e insegura que no me reconozco. No cuando días atrás, me sentía tan libre y vivaz con Siren_9 .

Ha pasado una semana y el chat con Siren_9 , sigue igual de silencioso que la última vez que hablamos.

Aunque me he acostumbrado a su ausencia, la frialdad de sus palabras sigue ahí, escociendo.

Sigo esperando alguna explicación, algo que me ayude a comprender por qué dio pie a todo lo que hicimos y cuando le supliqué vernos, me dio la patada.

No sé ni siquiera cómo me atrevo a escribirle, pero lo hago:

Banini : Pensaba que eras una gran mujer, pero me he dado cuenta de que no eres más que un monstruo más. No debería haber permitido que pasara nada entre las dos. Me has decepcionado. Espero que te vaya bien. Cuídate.

Es a última hora de la tarde, cuando el móvil me avisa de un mensaje de SapphoMatch y me encuentro con un mensaje de ella:

Siren_9 : Eres una mujer increíble. Lo siento mucho. Cuídate también.

Lo leo un par de veces y niego, notando como la indignación y la decepción me recorre la espalda. Empiezo a creer que estoy destinada a esto, a que la gente se aproveche de mí. Pero estoy cansada, tan cansada, que su rechazo y lo ocurrido con Vanesa actúa como una chispa en un bidón de gasolina.

—Debería haberla eliminado en cuanto Vanesa se fue —murmuro para mí misma en voz alta.  Con un gesto seco, seguro y liberador, entro en los ajustes del chat. Silencio las notificaciones. Pulso el botón de bloquear usuario. Y, acto seguido, desinstalo la aplicación por completo de mi teléfono.

Dejo el móvil boca abajo sobre la mesa de centro y aunque el alivio no llega de inmediato, cuando lo hace, es real y balsámico.

Sonia tiene razón, no puedo pasarme las noches en vela sumergida en el teléfono.

Pero, ¿a quién le quiero mentir? El verdadero desastre de mi vida no se resuelve borrando una aplicación de citas.

El verdadero problema de mi existencia tiene nombre y apellidos.

Vanesa aparece en mi mente, también la escena confusa del sofá de su casa.

El amago de beso de anoche y su huida despavorida.

Cada detalle gira dando vueltas en mi cabeza como un carrusel descontrolado.

Me pregunto si ella también siente este magnetismo animal que me revuelve la sangre cuando la tengo cerca, si salió huyendo porque somos amigas o porque estuvo a punto de besarme por lástima.

Pero no tener ni puñetera idea me irrita mil veces más que la cobardía de Siren_9 .

· ·

Estoy en la cocina preparándome un café helado —el tercero de la tarde— cuando el grupo de WhatsApp que compartimos las tres vibra con insistencia. Me limpio las manos con el trapo de cocina y abro el chat mientras el hielo tintinea en el vaso.

Sonia : ¡Atención, pelanduscas! 🚨 Planazo organizado por vuestra gestora de eventos favorita.

He encontrado una cabaña rústica de ensueño en mitad de la sierra.

Preciosa, rodeada de pinos y —atentas al dato clave— CERO COBERTURA DE MÓVIL.

Fin de semana completo. Vosotras dos, yo y mucho aire puro.

Necesitamos desintoxicar las neuronas ya mismo. ¿Quién dice "sí, mi capitana"?

Una sonrisa espontánea se me dibuja en la cara por primera vez en veinticuatro horas. Sonia tiene un radar mágico para detectar el drama y aparecer como un elefante en una cacharrería para romper la tensión. Escribo sin pararme a pensar en las consecuencias.

Adriana : Yo me apunto. Me viene de perlas, Sonia. Ahora mismo firmo lo que sea con tal de salir de este piso. Madrid se ha convertido en un infierno.

Vanesa tarda en manifestarse. El chat muestra que está en línea.

Veo la temida etiqueta de está escribiendo ...

, pero desaparece al segundo. Vuelve a escribir.

Vuelve a borrar. Me la imagino paseándose por su salón como un león enjaulado, mordiéndose el labio y buscando desesperadamente una excusa creíble.

Al final, su mensaje aterriza en el grupo, seco y tajante.

Vanesa : Imposible para mí este fin de semana, chicas. Tengo un montón de trabajo acumulado y necesito estos dos días para sacar todo adelante. Pasadlo bien.

Sonia no tarda ni tres segundos en saltarle a la yugular. Si hay algo que Sonia detesta es que le desmonten un plan perfecto con excusas baratas.

Sonia : Vanesa, te quiero con locura, pero no me vengas con el cuento chino del trabajo acumulado que no me lo trago.

Llevas semanas con una cara de perro que da miedo verte.

Algo te pasa y no me digas que no porque te conozco y se huele a kilómetros.

Esta escapada es una PRESCRIPCIÓN MÉDICA.

O venís las dos por la buenas, u os juro por la memoria de mi abuela que no os dejo en paz hasta que me supliquéis.

Me da la risa. Sonia es impredecible y capaz de cumplir sus amenazas más descabelladas.

Vanesa : Sonia, no estoy de broma... Tengo que organizar los papeles de varias querellas.

Sonia : ¡Nada! Te voy a hacer chantaje emocional hasta que tu vena de abogada defensora colapse y digas que sí.

Adriana ya ha aceptado. Tú eres la única que falta.

¿Vas a dejarla sola conmigo durante cuarenta y ocho horas aguantando mis monólogos sobre mi desastrosa vida sentimental?

Porque te juro que no voy a cerrar la boca ni para respirar.

Se produce una pausa interminable en el chat y casi puedo escuchar los engranajes de la mente de Vanesa echando humo. Dos minutos después, el indicador vuelve a moverse.

Vanesa : Está bien. Acepto. Pero solo el fin de semana. Salimos el viernes por la tarde y el domingo a primera hora de la tarde me volvéis a traer a la civilización.

Sonia : ¡Trato hecho! Os paso la ubicación, la lista de la compra y los detalles del alojamiento en un rato.

Nos vamos el viernes en cuanto salgáis de trabajar.

Y un favor os pido: dejad las miradas raras, los suspiros dramáticos y las caras de póker en el bote del reciclaje.

La montaña no perdona el mal rollo y yo tampoco pienso tolerarlo. Aviso para navegantes.

Adriana : Gracias, Sonia. De verdad. No sabes cuánto lo necesito.

Sonia : Lo sé perfectamente. Para eso estoy. Vanesa, a ti también se te curará ese genio de perro viejo en cuanto respires aire fresco y te tomes un vino con nosotras.

Vanesa se limita a enviar un escueto y cortante: Ok, y desaparece.

Dejo el teléfono sobre la encimera y me apoyo en el borde, observando cómo el hielo se derrite despacio en mi vaso de café.

Una cabaña en mitad de la nada. Sin cobertura de móvil.

Tres días enteros con Sonia pululando alrededor, compartiendo espacio reducido con Vanesa después del incendio que se desató anoche, después de mandar a tomar por saco a Siren_9 y con esta tensión sexual y emocional que ya no hay dios que pueda disimular.

El estómago se me tuerce en un nudo donde se mezclan los nervios y algo parecido a la ilusión. ¿Ilusión de qué? Ni yo misma lo sé. Solo sé que la mera idea de tenerla cerca me revoluciona la sangre.

Camino hacia el balcón y abro la cristalera de par en par.

El aire caliente de la tarde me golpea el rostro; el verano sigue igual de abrasador, pero yo ya no soy la misma.

Le he cerrado la puerta a Siren_9 , he aceptado un viaje que me va a obligar a mirar a los ojos a la mujer que me trae de cabeza estos últimos días y la timidez y la tristeza de mi divorcio se han evaporado para dejar paso a una Adriana que no conocía: una mujer con ganas de pelear y de saber la verdad.

Regreso al salón, tomo el móvil con firmeza y abro el chat privado de Vanesa. Mis dedos vacilan un segundo sobre la pantalla iluminada antes de escribir lo primero que me sale del corazón:

Adriana : Sé que eres menos de campo que un pez, pero me alegra que hayas aceptado. Creo que nos vendrá bien a las dos, así podremos hablar de todo lo que está pasando…

El indicador de lectura cambia al color azul al instante. Veo que se queda mirando el mensaje y la respuesta no tarda ni un minuto en llegar.

Vanesa : Lo haremos.

Dos palabras. Nada más. Pero son más que suficientes para que mi corazón dé un vuelco ridículo y traicionero contra mis costillas.

Guardo el móvil en el bolsillo de mi pantalón corto y vuelvo a salir al balcón, apoyando los antebrazos en la barandilla de hierro fundido mientras el sol del atardecer me baña la piel.

El fin de semana está al caer y no tengo la más remota idea de qué va a pasar, pero ya no podemos obviar que algo pasa entre nosotras y que es algo de lo que tenemos que hablar.