El match perfecto Capítulo 19
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Capítulo 19

El límite de la resistencia

Vanesa

Lo último que esperaba cuando acepté acudir a la exposición de Noa, era convertirme en la atracción principal del evento.

Decidí acudir con la misma ropa que llevaba puesta en el bufete, pero me quedó claro que llamé la atención de varias mujeres cuando empezaron a acercarse y a coquetearme.

Dos de ellas concretamente, me pidieron el número de teléfono antes de que pudiera escurrir el bulto y la tercera, que resultó ser la que había pintado la colección de cuadros expuesta, me deslizó su tarjeta de visita en el bolsillo.

Fue extraño sentirme como un trozo de carne en mitad de una cacería, pero lo cierto es que no me importó nada porque mis ojos estaban solo puestos en ella. En Adriana.

Después de aquello, la electricidad entre las dos no dejó de rugir.

Cada vez que nuestros ojos se encontraban, el aire del local se volvía tan denso que me costaba trabajo respirar.

Vi cómo fruncía el ceño cada vez que alguien se me acercaba y cómo desviaba la vista indignada hacia otra parte, ardiendo de celos. Sonia lo percibió también.

Para evitar sus preguntas de detective privado, decidí mantener las distancias con Adriana, conversar con desconocidas, fingir un interés sobrehumano por la pintura moderna y escuchar los discursos pedantes de Noa sobre el simbolismo de cada lienzo.

Pero mi cuerpo no dejó de traicionarme y cada vez que caminaba cerca de Adriana, en lo único que pensaba era en arrastrarla a un lugar apartado y devorarle la boca como estuve a punto de hacerlo en mi casa.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que la gente empezó a dispersarse y ella se acercó a mí, luciendo una mirada cansada.

—¿Te vienes conmigo? —me preguntó en un susurro, fijando sus ojos en mí—.

Mi piso está mucho más cerca que el tuyo y la verdad es que no me apetece absolutamente nada pasar la noche sola.

Podemos acomodar la habitación de invitados y mañana desayunamos tranquilamente en la cafetería de abajo. Creo que... necesitamos hablar.

Y era cierto, pero mi cerebro pragmático me gritaba que era una locura y que después de lo de ayer, estar cerca de Adriana era como jugar con dinamita y un mechero encendido.

Sin embargo, la idea de dejarla sola rumiando, tampoco me gustaba, así que acepté con la condición de que fuese ella quien pagase el desayuno.

Ahora, mientras caminamos en dirección a su casa, el aire caliente de la noche cae a plomo sobre nosotras.

Adriana avanza a mi lado con los hombros ligeramente caídos, las manos metidas en los bolsillos del vestido y la melena despeinada por la brisa cálida de medianoche.

Yo llevo la chaqueta del traje colgada torpemente del hombro con un dedo, sintiendo el peso muerto del móvil en el bolsillo.

—Gracias por aceptar la invitación, sé que odias no dormir en tu cama —dice Adriana de pronto, rompiendo el silencio sin mirarme a la cara—. No tenía el cuerpo para pasar la noche a solas... Después de todo lo que ha pasado, tengo la cabeza hecha un lío. No sé.

—No hay nada que agradecer —«Al final, también soy culpable de lo que te está pasando», añado, aunque no se lo digo—. Es lo que hacen las amigas, ¿no?

«¿Amigas? Si fueras su amiga no le habrías hecho esto», me recuerda mi cerebro y la garganta se me seca de pronto.

Adriana deja escapar una risita corta, irónica y marcadamente nerviosa.

—Últimamente las cosas están un poco revueltas… ¿no te parece?

Soy incapaz de contestar nada. No puedo hablar porque las palabras se me congelan en la boca, porque yo soy precisamente la mujer que la está metiendo en este berenjenal.

Llegamos a su portal y la cabina del ascensor nos acoge en cuestión de minutos.

En cuanto la puerta metálica se cierra tras nosotras, el silencio entre las dos se vuelve atronador.

La observo de reojo pegada a la pared de espejo, y no puedo evitar concentrarme en la línea suave de su cuello y la piel que asoma por el escote del vestido.

Está nerviosa, y la delata el modo en que se muerde el labio inferior y el ligero temblor de sus dedos.

Sé que no ha dejado de pensar en lo que pasó entre las dos, así como sé que algo se ha despertado en ella hacia mí.

Estas últimas horas no he dejado de preguntarme si todo esto habría llegado a ocurrir si no hubiese cometido la locura de crear a Siren_9 , si las cosas no hubiesen sido tan frenéticas, si se está fijando en mí de verdad o solo está buscando un bote salvavidas en mitad de esta catástrofe que yo misma desaté entre las dos.

Cuando llegamos a su piso, deja el bolso en alguna parte y se gira hacia mí regalándome una sonrisa cansada.

—¿Me ayudas a acomodar la cama? —dice tratando de aligerar el ambiente—. Así terminamos rápido y nos tomamos dos cervezas mientras hablamos.

«¿Estás preparada para tu confesión, Vanesa?», me pregunta mi subconsciente mientras dejo la chaqueta en alguna parte y me arremango las mangas de la camisa hasta los codos.

—Venga, vamos al lío.

Recorremos el pasillo a oscuras hasta el cuarto de invitados.

La habitación está a medio arreglar; las paredes siguen desnudas, el colchón descansa sobre el canapé y las almohadas yacen apiladas sobre una silla.

Adriana abre la puerta del armario empotrado y saca un juego de sábanas blancas de algodón que desprenden un olor a suavizante de flores.

Cojo dos puntas de la sábana bajera, ella coge las otras dos y tiramos de la tela hacia los extremos del colchón con ese automatismo perfecto de dos personas que se conocen desde hace años y que han hecho esto mil veces.

Al ir a remeter la última esquina de la sábana por debajo del colchón, nuestras manos se chocan y aunque es un roce fortuito, acaba convirtiéndose en una caricia que intensifico con mi pulgar en sus nudillos.

Ninguna de las dos retira la mano, tampoco hace el amago de salir corriendo o buscar una excusa.

El contacto se congela ahí. El calor abrasador de su piel se me filtra por la muñeca y sube por el brazo en forma de chispazo.

Escucho cómo a Adriana se le acelera la respiración de golpe y decido levantar la vista muy despacio, descubriéndola con los ojos fijos sobre mis labios.

En ese instante, el universo entero se reduce a la penumbra de este dormitorio. A la descarga eléctrica que me eriza la piel y a esa mirada oscura, hambrienta y confusa.

Quiere que la bese, lo desea, y lo leo en su cara con tanta claridad que se me corta la respiración.

Necesita que la bese con la misma urgencia con la que Siren_9 le alimentaba las fantasías por la noche, con la misma calentura que yo sentía al otro lado de la pantalla del teléfono mientras me mordía los nudillos para no gritar de deseo al escuchar sus gemidos.

Mi cuerpo pierde el juicio y toma el mando de la situación.

Rompo el espacio que nos separa, me acerco a ella y me inclino sin poder remediarlo hacia su boca.

Nuestros alientos se mezclan en el espacio que nos separa, el roce de nuestras bocas es inminente; nuestros labios se rozan instintivamente, bailando el uno sobre el otro y percibo la fuerza posesiva con la que sus dedos se cierran sobre mi camisa.

«Si la besas hora, la mentira sobre tu monstruo no habrá desaparecido y tú seguirás siendo esa rata asquerosa que puso en jaque su corazón».

El peso monstruoso de mi mentira me cae encima y me aparto de ella, dando varios pasos hacia atrás, rompiendo el contacto como si la piel de Adriana fuera un cable de alta tensión. Las manos me tiemblan y sigo caminando hasta que mi espalda se pega contra la pared.

—No... No puedo, Adriana —digo, y la voz me sale helada, distante, rasposa y tan ajena que me da pánico escucharme—. Lo siento. Perdóname. Esto... esto no tendría que haber pasado. Es una locura.

Adriana parpadea repetidamente, enmarañada en una confusión total, con los labios todavía entreabiertos, húmedos por el roce de mi boca y el rostro desencajado por el rechazo.

—Vanesa... por favor, espera —articula con la voz rota y desorientada, acercándose a mí—. No entiendo nada... ¿Qué demonios pasa? ¿Qué estás haciendo?

Yo me muevo a mi alrededor, buscando mi chaqueta hasta que recuerdo que la dejé en el salón y salgo a toda prisa por el pasillo.

—Me tengo que ir de aquí. Ahora mismo. Perdóname, Adriana, de verdad —insisto a trompicones, huyendo cobardemente hacia la salida—. No es un buen momento para esto. Yo... yo no me puedo quedar a dormir esta noche. No puedo.

Sin penas mirarla, abro la puerta de su piso de un tirón y salgo al rellano de la escalera.

—¡Espera por favor! —añade tirando de mi camisa. Pero yo me lanzo por las escaleras, descendiendo los pisos como si me persiguiera una horda de demonios.

Solo cuando cruzo el portal y piso la acera de la calle, me detengo de golpe y jadeando como si hubiera corrido un maratón. El corazón me golpea las costillas con violencia y los ojos se me llenan de lágrimas de pura rabia.

—Besarla ahora mismo, manteniendo viva la mentira, sería la traición más sucia e imperdonable que podría cometer contra ti Adriana… —susurro casi para mí misma.

La mejor solución sería desaparecer, marcharme lejos durante un tiempo y olvidarme del caos que he provocado y de lo que siento por ella. Pero no puedo, quiero quedarme a su lado… aunque ella no quiera ni verme cuando conozca la verdad.