Capítulo 18
Convencida de que es desesperación
Adriana
Después de ese casi beso que Vanesa y yo estuvimos a punto de darnos en su sofá, soy incapaz de conciliar el sueño.
Por más que dé vueltas en la cama en busca de la comodidad, cada vez que cierro los ojos me asalta con violencia la misma secuencia de fotogramas en bucle: la firmeza de sus brazos rodeándome, la caricia eléctrica de sus dedos en mi cuello, el tacto de sus labios en mi sien, el aroma intoxicante de su piel...
Envuelta en esta marejada confusa, no he dejado de pasearme por casa como se pasea un león metido en una jaula.
Desde la ventana, los tejados de los edificios siguen cubiertos de esa oscura madrugada.
En mi dormitorio, el ventilador no consigue disipar el sofoco que cargo en mi pecho cada vez que rememoro ese instante en el que casi estuvimos a punto de besarnos.
Pero soy consciente de que yo estaba en shock y necesitaba, con urgencia, algo de atención.
Con esa extraña sensación de vacío en el pecho, con ese grupo de mariposas revoloteándome por dentro —y a las que intento silenciar—, regreso a la cama. El reloj marca las cinco y media cuando me abrazo de nuevo a la almohada e intento que el sueño me envuelva.
No sé cuándo es que caigo rendida, pero despierto de golpe a las once de la mañana por culpa de la vibración de mi móvil sobre la mesilla.
Mi cuerpo se mueve de golpe y mi tonto corazón me empuja a creer que es Siren_9 , pero cuando lo sujeto y veo que es un mensaje de Sonia, de mi interior solo surge un suspiro triste y agotado:
Sonia : ¡Atención, cónclave! Noa nos ha invitado a una exposición en su galería esta tarde. Habrá vino y picoteo gratis, y fauna variada con la que alegrarse la vista. Tenéis que venir sí o sí. No acepto un "no" por respuesta o me planto en vuestras casas con un megáfono y se entera todo el barrio.
No me apetece lo más mínimo volver a cruzarme con Noa, pero la alternativa es quedarme encerrada entre cuatro paredes rumiando la misma espiral de pensamientos hasta volverme completamente loca.
Le contesto un « vale, pásame la ubicación ».
Vanesa tarda casi dos horas en responder, pero acepta con un mensaje escueto, directo y descafeinado que no deja entrever su estado de ánimo.
Lo de anoche no fue cualquier cosa; por mucho que yo intente restarle importancia, soy consciente de que me quedé con las ganas y seguramente, ella también.
Sonia y yo llegamos a Malasaña a las siete en punto.
La galería de Noa está encajada en una calle estrecha y adoquinada; es un espacio diáfano de paredes pulcras, techos altísimos y una iluminación cálida que consigue que cualquier salpicadura de pintura sobre un lienzo parezca una obra maestra del siglo XXI.
El ambiente es bastante animado, acompañado con la conversación de algunas personas y algo de música de fondo.
Noa nos recibe en la entrada luciendo una sonrisa y un vestido negro que le queda ridículamente bien.
Me da dos besos y aprovecha para retenerme la mano izquierda, pasándome el pulgar por los nudillos con un descaro e intención que no se molesta en disimular.
Sonia me lo dijo, le intereso. Pero por desgracia, no es mutuo y yo intento que no se me note demasiado.
—¡Qué alegría verte por aquí! —dice Noa, mirándome de arriba abajo, haciéndome sentir incómoda—. De verdad. Después de cómo te marchaste la otra noche, pensé que te habías espantado y que no querrías volver a coincidir conmigo.
«Si ella supiera…», me digo a mí misma y recorro la galería con la mirada buscando a Vanesa. Mientras venía hacia aquí, me prometí hablar con ella y aclarar lo que pasó anoche.
—Para nada, no es nada personal —respondo, forzando una sonrisa diplomática mientras me retiro la mano con suavidad—. Solo necesitaba un poco de espacio para respirar y el arte siempre es una buena medicina para desconectar.
Noa me dedica una sonrisa y en sus ojos puedo ver el alivio. Yo, sin embargo, intento no parecer nerviosa, aunque dudo mucho que Sonia pase por alto que no dejo de pellizcarme los dedos una y otra vez.
—Pues estás en el lugar perfecto —añade Noa, guiñándome un ojo—. Hay un par de piezas al fondo que son pura provocación. Si quieres, luego te las enseño en privado y te las explico en detalle.
Sonia, que vive en su propio mundo —cuando quiere—, ya se ha agenciado dos copas de vino blanco en la barra improvisada que han instalado junto a la entrada.
Me acerca una y el primer sorbo fresco me sabe a gloria.
Ella le da un trago largo al suyo y me observa de perfil con la ceja derecha ligeramente izada.
Por suerte, Noa se ha marchado y nos ha dejado solas.
—A ver, ¿me vas a contar qué es lo que te pasa? —me pregunta, pegándose a mi hombro—. Tienes cara de no haber pegado ojo en toda la noche. ¿Sigues dándole vueltas a lo de la app?
Para ser sincera, lo sucedido con Siren_9 se quedó en un segundo plano. Pero hay que disimular un poco.
—Es una mezcla de todo —admito, dando otro sorbo al vino para no mirarla a los ojos—. Intento no pensar en ello. Por eso he venido, para que me dé un poco el aire.
—Haces bien. No hay nada en este mundo que un par de copas de vino, arte abstracto y personas reales no puedan curar —sentencia Sonia acomodándose el pelo hacia un hombro—. Y hablando de fauna interesante... ¿Vanesa viene o le ha entrado un ataque de pereza existencial a última hora?
—Dijo que vendría directamente del trabajo. Así que supongo que estará al caer.
—Esperemos.
El tiempo circula y la galería se va llenando.
Intento concentrarme en la exposición, caminando de cuadro en cuadro con la copa en la mano, pero la realidad es que no estoy viendo absolutamente nada.
Las formas geométricas y los colores chillones son un borrón ante mis ojos.
Cada vez que escucho una risa a mis espaldas o veo a dos mujeres cuchichear cerca de mí, mi cabeza viaja inevitablemente a la puñalada de Siren_9 y a la huella del casi-beso con Vanesa.
Me obligo a escuchar los desvaríos de Sonia sobre sus ganas de hacer el camino de Santiago y asiento para parecer una persona funcional.
Hasta que media hora más tarde, Vanesa cruza la puerta de la galería y el corazón me da un vuelco tan salvaje dentro del pecho que casi se me escurre la copa de los dedos.
—A veces se me olvida en lo que trabaja —menciona Sonia en un susurro al verla llegar—. Aun no entiendo por qué se empeña en no salir con nadie.
Ante nosotras, Vanesa luce un traje de chaqueta negro de corte masculino que le marca la cintura y le estiliza las piernas.
La chaqueta deja al descubierto una camisa blanca de seda desabrochada hasta la mitad y que no muestra más allá que su piel morena por el sol.
Lleva el pelo suelto, ligeramente ondulado y una actitud de "me importa todo tres pimientos" que resulta magnética.
Media sala se gira para mirarla. Dos mujeres cerca de la entrada se dan un codazo disimulado y yo apenas noto como se me fruncen las cejas.
Una de ellas —una mujer alta, con un corte de pelo estilo pixie muy cañero y los labios pintados de un rojo pasión— no tarda ni tres segundos en abordarla para saludarla.
Vanesa le devuelve la sonrisa. Esa sonrisa socarrona, fácil e irresistible que saca a relucir cuando domina la situación.
La chica del pintalabios rojo la aborda sutilmente mientras le habla, inclinándose hacia ella.
De repente, unos celos puros, salvajes, destructivos y profundamente posesivos me erizan la piel, obligándome a apretar el tallo de la copa con rabia y observar a esas mujeres con asco. Es la primera vez que siento esto y es por eso mismo que, al ser consciente de mi reacción, me tenso.
—¿Estás bien? Has puesto una cara que…
—Tranquila. Creo que el vino se me ha subido un poco el vino —miento.
«¿Pero qué coño me pasa?», me grito internamente, aterrorizada.
No tengo el más mínimo derecho a sentir esto.
Vanesa no es mía, es mi mejor amiga, pero el estómago se me retuerce y la boca se me vuelve amarga al ver cómo la de rojo le dice algo al oído y Vanesa suelta una carcajada.
—Ya quisiera yo tener su gancho, ¿verdad?
—me pregunta Sonia ante la escenita—. Ahora comprendo por qué tiene tantos clientes en el bufete.
Parece recién salida de una portada de revista.
Y ojo al parche, porque a la artista principal de la galería le ha gustado y no está disimulando ni un poquito.
Le está haciendo un marcaje que ni en la final de la Champions League.
—Ya... —contesto, y la voz me sale tensa, seca y rasposa—. Se ve que vestir de traje funciona.
—¿Que si funciona? Si a mí me fueran las tías, te juro que me lanzaba al cuello ahora mismo —bromea Sonia, para luego girarse hacia mí y entrecerrar los ojos con sospecha—. Oye... ¿y tú no has sentido nunca nada por ella? Sois amigas desde hace tiempo, os gustan las mujeres y…
—No digas tonterías —miento atropelladamente, tragando saliva—. A ver si es que las lesbianas no podemos tener amigas lesbianas. Además, me alegro de ver que se lo pasa bien. Anoche estaba un poco agobiada por mi culpa.
—Ya… —murmura Sonia, sin quitarme el ojo de encima.
Noa aparece de nuevo, esta vez cargando con dos copas de vino recién servidas.
—Tomad, que las que tenéis ya están vacías —dice Noa, sonriéndome de nuevo—. Por cierto, acabo de ver entrar a Vanesa. Os juro que casi la reconozco. Tengo a dos marchantes de arte preguntándome si es modelo o coleccionista.
No le contesto. Ni siquiera puedo mirarla.
Mis ojos están clavados como dos ventosas en la figura de Vanesa al otro extremo del local.
La chica del labial rojo le está enseñando algo en la pantalla de su móvil y Vanesa no para de reír y disfrutar.
Ver cómo le brillan los ojos por una extraña me produce un nudo sofocante en la garganta.
Necesito salir de aquí, aunque mi cuerpo decide no obedecer.
En mitad del bullicio de la sala, Vanesa levanta la cabeza y nuestras miradas se cruzan en la distancia.
El impacto es tan brutal que percibo cómo el aire de la galería cambia de densidad.
Vanesa deja de sonreír y la risa se le congela en los labios.
Yo me quedo petrificada con la copa a medio camino de la boca.
Hay una electricidad incandescente flotando entre las dos, la misma que sentí anoche cuando estuvimos a punto de besarnos.
La misma que he intentado sepultar bajo capas de excusas y lógica barata.
El corazón me retumba en los oídos. Tengo el pulso a mil por hora y Vanesa tampoco hace por apartar la mirada.
Durante tres segundos eternos, el resto de la galería de arte, la gente, los cuadros y la música de fondo desaparecen. Solo quedamos ella y yo.
Sonia, que estaba a punto de darle un trago a su copa, se gira despacio para mirarme a mí y luego a Vanesa.
—Oye... ¿soy yo o aquí está pasando algo que no me habéis contado? —murmura, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro detectivesco—. Os estáis mirado como si estuvierais a punto de devoraros vivas, de morderos el cuello o de arrancaros la ropa. O las tres cosas seguidas.
—No ha pasado nada, y no pasará nunca —respondo demasiado deprisa, cortando la conexión visual con Vanesa de golpe y tragándome el resto del vino de un solo trago que me abrasa la garganta—. No digas tonterías.
—A mí no me vaciles, Adriana —insiste Sonia, agarrándome del brazo para que la mire y no me marche corriendo—. Os conozco desde hace mucho y Vanesa te ha mirado como si fueras la única pieza de arte que le interesa.
—Solo estamos un poco raras desde lo de anoche. El ambiente se quedó enrarecido, nada más —insisto, intentando controlar el temblor de mis manos—. Solo somos amigas.
Pero mi explicación suena hueca, falsa y cobarde. Y lo peor de todo es que las tres sabemos de sobra que es la mentira más grande que ha salido de mi boca en toda mi vida.