Capítulo 17
El refugio en el mundo real
Vanesa
La respuesta de Adriana llega unas horas más tarde:
Adriana : Siento no haberte respondido. Ha pasado algo y… ¿Puedo pasarme por tu piso? Necesito ver a alguien o me voy a volver loca. Llevo pizzas y cervezas. No me digas que no, por lo que más quieras.
Soy consciente de que lo que ha pasado, es que le he destrozado el corazón en mil pedazos con el rechazo de Siren_9 . Ahora mismo me siento la criatura más vil, despreciable y rastrera del mundo, pero me lo merezco. Me lo merezco porque no tendría que haber permitido esto.
Le respondo un «Claro, pásate y hablamos» que no representa para nada mi estado emocional en este momento.
Lo último que necesito es ver sus ojos brillantes por las lágrimas, escucharla hablar de Siren_9 como si fuese para mí una desconocida.
Pero soy su amiga, soy la única persona que es capaz de levantarla del suelo cuando el mundo se le viene encima.
Me paso las dos manos por la cara, estirándome la piel de las mejillas hacia abajo mientras ahogo un grito de pura frustración contra mis palmas.
Miro a mi alrededor y me percato del desastre que me rodea: hay ropa limpia tirada sobre el sillón que no he tenido fuerzas de doblar, dos tazas con restos de café seco sobre la mesa de centro y los restos de la cena de ayer acumulándose en la cocina.
El timbre suena minutos después y cuando abro la puerta de mi piso, la imagen rota de Adriana saliendo del ascensor me atraviesa las tripas como un arpón incandescente: tiene los ojos muy hinchados y rojos, la ropa arrugada como si le hubiera pasado un camión encima y sostiene dos cajas de pizza que casi se le escurren de las manos por el temblor.
Las cervezas cuelgan de una bolsa de plástico de supermercado que le golpea torpemente contra la pierna.
No me saluda, solo me mira con esa cara de cachorrito hasta que la sonrisa se le quiebra en un rictus de dolor que me destruye la moral.
Yo tampoco soy capaz de articular palabra.
Me hago un lado para que pase, la animo a que siga avanzando hacia el interior y cierro la puerta de un taconazo seco.
Las cajas de pizza terminan aparcadas de cualquier manera sobre la mesa del salón y la bolsa de las cervezas en el suelo.
Adriana, por su parte, se me desploma encima, buscando en mi cuerpo la fuerza que ha perdido.
Yo la sujeto entre mis brazos, percibiendo el temblor instantáneo de su cuerpo.
Ella se agarra a la tela de mi camiseta con los puños cerrados, exactamente con la misma desesperación con la que una persona se aferra a un salvavidas en mitad de un naufragio.
El llanto se le escapa contra mi cuello en forma de sollozos desgarrados, calientes e irregulares que me mojan la piel.
—Vamos, tranquila… —le acaricio el pelo mientras doy algunos pasos, llevándola conmigo hasta el sofá donde nos dejamos caer juntas sobre los cojines—. Estoy aquí. Nada malo te va a pasar…
Adriana se encoge contra mi pecho, buscando refugio, y yo la envuelvo por completo mientras ella rompe a llorar con más fuerza.
—Shhh… —susurro contra su sien, rozándole la piel con los labios sin ser del todo consciente de lo peligrosamente cerca que estoy de perder el control—. Llora todo lo que necesites. No hace falta que me expliques nada si no quieres.
—Es que... es que no entiendo nada, Vanesa —consigue articular entre hipidos, con la voz rota, pastosa y ahogada contra la tela de mi camiseta—.
Después de todo... de las semanas que llevamos hablando...
de las noches... de las cosas tan íntimas que hemos hecho y que nos hemos confesado...
¿Cómo puede alguien ser tan sumamente fría?
Siren me mandó un mensaje de tres líneas diciendo que tiene problemas, que no está lista, que es mejor que no nos conozcamos en la vida real y que ya de paso, dejemos de hablar.
Así, de golpe. Sin una puñetera explicación.
Como si yo no significara absolutamente nada.
Le acaricio la nuca con los dedos. El corazón me duele con una intensidad física insoportable y cada palabra que sale de su boca es un estilete que me abre la carne y se me clava en la conciencia.
Yo no soy esa mujer fría; yo soy la cobarde miserable que redactó esos malditos caracteres presa del pánico al ver que la realidad nos iba a estallar en la cara.
—Esa mujer no tiene ni la más remota idea de lo que se pierde —murmuro, y la voz me sale tan jodidamente ronca y profunda que ni yo misma la reconozco—.
Te lo digo totalmente en serio, Adriana.
No sabe lo que tenía delante. Tú vales demasiado como para que cualquier mujer te despache con un mensaje de tres líneas.
Quien sea capaz de tratarte así no se merece ni medio segundo de tu tiempo ni una sola de tus lágrimas.
Adriana niega con la cabeza contra la curvatura de mi cuello.
Su respiración agitada y caliente me roza la piel una y otra vez.
Siento la humedad de sus lágrimas empapándome la clavícula, el temblor compulsivo de sus hombros y la forma en que se pega a mí, buscando mi calor corporal como si fuera la única coordenada segura en todo este mapa de mierda.
—Tú eres increíble. Increíble, y quien no lo vea, es que no te merece.
Ella se acurruca un poco más arriba, ajustando su peso sobre el mío.
Inhala despacio y yo contengo la respiración instintivamente, congelándome en el sitio.
El olor de mi propia piel parece causarle un cortocircuito, porque noto cómo su cuerpo se tensa durante un segundo eterno.
Luego, muy despacio, se relaja... pero de una forma distinta.
Mis manos se mueven, se deslizan por sus brazos hasta buscar su cuello y también su mirada.
No es la primera vez que rozamos este abismo.
Hace solo unos días, mientras pintábamos su dormitorio, ocurrió exactamente lo mismo.
El aire de la habitación se volvió denso, espeso y abrasador en cuestión de un microsegundo.
Estuvimos a un solo paso de besarnos y no fue así porque yo me armé de valor y me separé demasiado rápido.
Después de eso seguimos pintando como si el mundo no se hubiera inclinado torpemente sobre su eje.
Pero yo lo noté. Y sé de sobra que ella también.
Ahora vuelve a ocurrir. Lo percibo en cada poro de mi piel, en la manera en que sus dedos ya no solo se agarran a mi camiseta para no caerse, sino que se cierran sobre la tela para impedir que me aparte.
Lo noto en el brillo de sus ojos y en cómo espera un movimiento por mi parte.
Algo descarado, hambriento y confuso que me atraviesa el pecho como una puñalada de fuego y miel.
El tiempo se detiene y el ruido lejano de la calle queda eclipsado por completo. Solo existimos el calor sofocante de su cuerpo contra el mío y esta electricidad que nos está quemando los circuitos a las dos.
Mi mano izquierda, se queda completamente inmóvil en su cuello.
La derecha, apoyada en la curva de su espalda, la aprieta un poco más, atrayéndola aún más hacia mí.
Adriana inclina la cabeza apenas unos milímetros, como quien busca desesperadamente una respuesta a una pregunta que no se atreve a formular en voz alta.
Tiene los labios ligeramente entreabiertos, húmedos y temblorosos.
No sé a qué espero para inclinarme y besarla con toda la rabia y el deseo que llevo guardándome desde mucho antes de que creara el perfil de Siren_9 .
Ya he calculado la trayectoria exacta. Tres centímetros, pero cuando estoy a escasos milímetros...
suena el timbre y el estridente chillido del telefonillo rompe el hechizo en mil pedazos.
Ella pega un respingo violento y se aparta, parpadeando desorientada como si la hubieran despertado de un trance hipnótico.
Yo me aparto un poco y me llevo una mano al cuello.
El pecho me arde, las manos me tiemblan tanto que tengo que meterlas bajo mis muslos para que no se noten mis nervios.
Adriana se pasa el dorso de la mano por las mejillas para secarse las lágrimas y mira hacia la puerta.
—¿Esperabas a alguien más? —pregunta con la voz pastosa y quebrada.
—No —respondo, y la palabra me sale como si me hubiera tragado un puñado de grava. Áspera, seca, rotunda.
El timbre vuelve a sonar con desesperación y me obligo a levantarme, sintiendo las piernas flojas y adormecidas, notando como se tambalea el suelo a cada paso que doy.
Adriana se queda sentada en el sofá, con la mirada perdida en lo que sea que esté pensando.
Camino hacia la puerta de la entrada y cuando observo por la mirilla, se me cae el alma a los pies.
Plantada en el rellano, luciendo una camiseta fosforita sin mangas, una bolsa de plástico del Mercadona en cada mano y una sonrisa de oreja a oreja que no le cabe en la cara, está Sonia.
—Qué oportuna… —susurro casi para mí misma, soltando un suspiro y abro.
—¡Sorpresa, señoritas! —exclama Sonia a pleno pulmón, entrando sin pedir permiso como un miura en una plaza de toros—.
Traigo una empanada de atún que huele a gloria y un pack de doce cervezas bien frías.
Vi a Adriana subir cargada con las cajas de pizza desde la terraza del bar y me dije: «Sonia, mi amor, tus amigas necesitan refuerzos calóricos urgentemente».
¿Me dejáis colarme en la fiesta o he interrumpido alguna sesión secreta de chismorreo?
Percibo que mis mejillas arden y que una oleada extraña de nervios se me arremolina por dentro.
—No estábamos… —Miro hacia el salón y Adriana levanta la mirada, dedicándole una pequeña sonrisa a Sonia.
Si ella no hubiese aparecido, quizá ahora mismo estaría protagonizando una película erótica con la mujer a la que amo—.
Pasa anda... —digo, forzando un tono de voz que pretende sonar despreocupado—.
No interrumpes nada. Solo estábamos… bueno, que te lo explique Adriana mejor.
Sonia avanza hacia el salón, deja las bolsas sobre la mesa y cuando es consciente del estado real de Adriana, se lleva ambas manos a la boca.
—¡Ay, pobre! —suelta y le da un abrazo apretado que casi la desmonta—.
¿Pero qué te ha pasado? Menuda cara traes.
Parece que te ha arrollado el AVE Madrid-Sevilla.
¿Te ha pasado algo con la tía esa de la aplicación?
Ya sabes que soy pésima dando consejos, pero soy una auténtica profesional escuchando.
Adriana me dedica una mirada fugaz y después fuerza una sonrisa cansada que me encoge el corazón. Lamento cada una de las decisiones que he tomado, y sobre todo, lamento tener tan poca valentía como para confesarle que llevo enamorada de ella desde hace años.
—Os dejo un momento a solas. Voy al baño.
Aunque no la veo, noto la mirada de Adriana pegada a mi espalda y agradezco poder encerrarme unos minutos y desaparecer.
Mi corazón sigue acelerado, la culpa me roe por dentro.
No tenía que haberme dejado llevar. Me lavo la cara, me mojo las manos y la nuca, y una vez que estoy fuera, camino hacia la cocina para buscar tres platos y unas servilletas de papel.
Necesito relajarme sino quiero que mis manos temblorosas me delaten delante de Sonia.
—Bueno, entonces, ¿qué ha pasado…? —escucho a Sonia preguntar.
—Ya sabes… la gente puede ser muy cruel a través de una pantalla de teléfono. No piensan en el daño que pueden hacer, solo buscan obtener lo que necesitan y si te he visto, no me acuerdo —dice ella, como si no hubiese llorado desde que leyó el mensaje y le rompí el corazón.
Cuando regreso al salón cargando los platos, Adriana me mira buscando la respuesta a una pregunta que no estaba ahí hace una hora.
Yo le devuelvo la mirada y le dedico una sonrisa suave con la que intento que todo se normalice.
Aunque las dos sabemos que es imposible y que el ambiente se ha enrarecido para siempre.
Sonia abre las latas de cerveza sin percatarse del incendio que existe entre las dos. El olor a queso fundido y orégano de las pizzas llena el ambiente cargado de mi casa, pero yo no tengo siquiera hambre. Porque lo que único que deseo es regresar a esos milímetros que me separaban de su boca.