El match perfecto Capítulo 16
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Capítulo 16

La petición de Adriana

Adriana

La mañana se abre sobre Madrid con un cielo ridículamente limpio y una ola de calor que, desde primera hora, derrite las calles.

El Retiro huele a hierba recién cortada, a tierra húmeda y a ese perfume dulzón y pegajoso que destilan los árboles en flor en lo más abrasador del verano.

Camino sin prisa por el paseo de la Argentina, con la mirada perdida en las estatuas de los reyes y las manos refugiadas en los bolsillos de mi vestido.

Le he confesado detalles de mi intimidad que ni siquiera sabe Vanesa; mis complejos y mis fantasías más oscuras.

Sé perfectamente cómo se le rompe la voz cuando el placer la desborda y está a punto de correrse, cómo describe todas y cada una de las caricias que quiere regalarme, el ritmo exacto de sus pensamientos, el uso elegante y salvaje que hace de las palabras y esa capacidad casi divina de hacerme sentir la mujer más deseada del planeta sin haberme visto la cara jamás.

Esta mañana, mientras una pareja de chicas pasaba por mi lado agarradas de la mano, me di cuenta de que lo mío con Siren_9 no es un encaprichamiento o una adicción.

Estoy enamorada de ella, de su mente, su voz y de esa presencia que se me ha colado por los poros de la piel y se ha adueñado de mi insomnio.

Me detengo un segundo junto a un parterre repleto flores que sobreviven a duras penas al sol y respiro hondo.

El aire caliente me quema los pulmones. Me imagino cómo sería sentarme frente a ella en una terraza cualquiera de La Latina o de Malasaña, pedir un par de cañas bien frías, mirarla a los ojos por primera vez sin una pantalla de por medio y decirle en voz alta lo que hasta ahora solo me he atrevido a decirle por teléfono.

Los latidos de mi corazón me retumban en las sienes. Me aparto y tomo asiento en un banco a la sombra, saco el móvil del bolsillo y, antes de que la cobardía que me contagió Elena durante años vuelva a paralizarme, escribo:

Banini : Hoy me he despertado con una sensación dulce atrapándome el corazón. No quiero seguir relacionándome contigo a través de la pantalla. Quiero conocerte en persona, tomar un café, besarte y morderte la piel.

Y le doy a enviar.

El corazón me late con tanta violencia que puedo escucharlo latir por encima de las risas de un grupo de niños que juegan cerca del estanque con una pelota.

Guardo el teléfono en el bolsillo como si se tratara de una granada y me obligo a ponerme en pie y seguir caminando.

Cada paso que doy me parece ridículamente pesado.

Miro a mi alrededor como si el mundo hubiera adquirido de golpe un color distinto y es cierto, porque desde que la sombra de Elena se disipó, mi vida brilla un poco más.

No ha pasa ni media hora cuando, al alcanzar la zona del templete de la Música, diviso una figura ridículamente familiar.

Vanesa aparece por la avenida con el gesto desencajado; la cara de un tono pálido que roza lo cadavérico y los labios apretados en una línea finísima.

Lleva su pelo recogido elegantemente y la camisa blanca que viste, colgando torcida sobre un hombro.

Camina como si la persiguiera un enjambre de avispas.

Me acerco corriendo hacia ella, preocupada.

—¿Vanesa? ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal? —Le pongo una mano en el hombro.

Ella pega un brinco tremendo al escuchar mi voz, como si le hubiera soltado un chispazo eléctrico. Se le cae el teléfono de la mano. Por suerte lo atrapa al vuelo y se pasa la mano temblorosa por la frente antes de forzar una sonrisa. La veo tragar saliva con una dificultad extrema.

—Joder... qué susto me has dado —farfulla, intentando recomponer la postura pero evitando mirarme fijamente a los ojos—.

Nada, nada grave. Me he comido un bocadillo de tortilla en un bar cerca de la calle Alcalá y el estómago me ha declarado la tercera guerra mundial en cuestión de diez segundos.

He venido en busca de un poco de aire. Pero ya se me pasa. Tranquila.

La examino de arriba abajo con la sensación de que me está ocultando algo.

Conozco a Vanesa; la he visto borracha de sangría en las fiestas del campus, la he visto enferma con fiebre de cuarenta grados y la he visto discutir con profesores arrogantes sin despeinarse.

Jamás la he visto con este nivel de pánico escénico en la cara.

Hay un temblor rarísimo en sus dedos mientras sujeta el teléfono con fuerza.

—Vanesa, por favor, que te conozco como si te hubiera parido —insisto, suavizando el tono y dando un paso hacia ella—. No tienes cara de indigestión, tienes cara de haber visto a un fantasma. Ven, vamos a sentarnos bajo la sombra. Te busco una botella de agua fresca en un momento y te refrescas.

—¡Que no, que no hace falta! —salta ella con una prisa casi agresiva, dando un paso atrás tan brusco que por poco se tropieza con el borde del bordillo—.

De verdad, Adriana, no te pongas en modo madre protectora.

Tú sigue a tus cosas, disfrutando de tu paseo matutino.

Yo conozco mi cuerpo y lo único que necesito es respirar aire fresco, poner el ventilador a toda pastilla y tumbarme en horizontal hasta que el mundo deje de dar vueltas. No quiero fastidiarte la mañana.

—Que no me fastidias nada, pesada —le digo, intentando restarle hierro al asunto mientras la sujeto del brazo—. Si lo prefieres, te acompañe a tu piso para asegurarnos de que no te desmayas por el camino.

—¡Que no! —repite, y esta vez el tono le sale tan tajante que lo recibo como una bofetada. Vanesa, arrepentida al instante, fuerza otra mueca sonrisa—. Lo siento, de verdad. Es que me duele la cabeza horrores. Prefiero estar sola. Gracias de verdad. Luego... luego te escribo un WhatsApp, ¿vale?

Sin darme tiempo a réplica, se da la vuelta y se aleja a marchas forzadas hacia la salida más cercana.

La veo caminar con el cuerpo rígido como una estaca, esquivando a los turistas con prisas.

Yo me quedo plantada en mitad del paseo, mirándola hasta que su silueta se diluye entre la masa de gente.

Algo en su reacción me deja una sensación extraña en el corazón, una inquietud extraña que no consigo encajar en ninguna parte...

pero entonces, mi atención se desvía al mensaje que acaba de llegarme.

Saco el teléfono del bolsillo con el pulso a mil por hora, esperando desesperadamente que sea un mensaje de Siren_9 . Pero lo único que encuentro es una notificación de Instagram.

«Tranquila, estará trabajando», me animo a mí misma.

Me obligo a continuar con el paseo para no volverme loca encerrada en casa. Camino hasta el Palacio de Cristal, me quito las sandalias y me siento un rato sobre la hierba bajo la sombra protectora de un árbol.

Pasa una hora y el mensaje sigue huérfano de respuesta.

La ansiedad, esa vieja enemiga que creía haber desterrado, me trepa desde las tripas como una hiedra venenosa.

Me muerdo las uñas hasta hacerme daño. Aprieto las rodillas contra mi pecho, escondo la cara entre las piernas y dejo que el calor abrasador del mediodía me envuelva.

Hasta que el sol llega a su punto álgido y decido que ya he tenido bastante tortura al aire libre y me marcho a casa.

Al cruzar el umbral, dejo las llaves en la isla, me descalzo de un tirón y camino hasta el salón.

El calor se cuela por las persianas y me dejo caer en el sofá de espaldas.

Cierro los ojos y me llevo una mano a la frente, intentando calmar el nudo ciego que me atenaza la garganta desde que envié el mensaje y vi a Vanesa tan desencajada.

De repente, el teléfono vibra dos veces y doy un salto en el sofá. Al desbloquear el teléfono y ver que es ella, mi corazón da una voltereta. Pero la felicidad me dura exactamente el segundo y medio que tardo en procesar las líneas del texto. Es un mensaje extrañamente corto, seco y congelado.

Siren_9 : No puedo. No estoy lista para trasladar esto a una relación real. Tengo demasiados problemas que aún no he resuelto y no quiero hacerte daño bajo ningún concepto. Creo que lo mejor será que no nos conozcamos en persona, y visto lo visto, que no volvamos a hablar.

Me quedo paralizada. Leo el mensaje repetidamente esperando que muten, pero no lo hacen.

El aire se me escapa de los pulmones como si me hubieran pegado un puñetazo en el esternón.

Noto cómo algo fino y frágil se me rompe por dentro; es un desgarro feo, punzante y helado que nace en la boca del estómago y me sube raudo hasta las sienes.

Las letras empiezan a volverse borrosas y mis dedos reaccionan por puro instinto de supervivencia, aporreando el teclado con rabia:

Banini : ¿¡¡Pero qué me estás contando!!? ¿De verdad me estás diciendo esto después de todo lo que hemos compartido estas semanas? ¿Así de repente? ¿Sin una sola explicación decente?

La réplica no tarda ni un minuto en hacer parpadear la pantalla.

Siren_9 : Sí. Así. No puedo seguir engañándote ni engañándome a mí misma. Esto ha ido muy lejos. Perdóname. Por favor.

—No... no me puedes hacer esto —susurro a la nada, y la voz me sale rota, como una raspadura.

Intento teclear otro mensaje, una súplica, un insulto, cualquier cosa para forzar un puente, pero las manos me tiemblan tanto que suelto el teléfono y me levanto del sofá buscando algo de aire fresco. El salón de mi piso, que siempre se me antojó gigantesco, ahora me parece claustrofóbico.

La incredulidad le va ganando terreno al shock.

«¿Cómo es posible que me esté pasando esto?

¿Cómo demonios es posible que una persona que se ha metido en las profundidades de mi mente, que ha visto mis miedos más desnudos y ha desatado mis deseos más salvajes, decida apartarme de esta forma tan cobarde y tajante? »

Me apoyo contra el marco de la ventana y miro la calle sin fijarme absolutamente en nada. Madrid sigue a su ritmo, mientras a mí se me acaba de desmoronar la única cosa segura a la que me aferraba para volver a sentirme viva.

Con los ojos llenos de lágrimas y la frustración apretándome las costillas, camino de regreso a mi dormitorio y me dejo caer sobre la cama sin molestarme en quitarme la ropa.

No sé por qué aparece, pero el fantasma de Elena se ocupa de llenar mi cabeza: «¿Ves como no vales la pena?

¿Ves cómo al final todo el mundo se cansa de ti en cuanto pides algo de verdad?

», me susurra una vocecilla maliciosa desde el fondo de mi mente.

El teléfono vuelve a sonar con una notificación y la veo a través del reloj. No es Siren_9 , sino Vanesa:

Vanesa : Siento haberme portado como una idiota. Ni siquiera te pregunté cómo estabas. Te noté un poco extraña. ¿Va todo bien?

Me quedo mirando el mensaje unos minutos y suelto un suspiro.

Si respondo ahora mismo, si abro la boca para enviarle un mensaje de voz, voy a echarme a llorar y a protagonizar un espectáculo lamentable.

Y no quiero. No quiero que me vea hecha un trapo otra vez por apostar por una ilusión de internet.

Sobre todo, después de que ella me alertase una y otra vez de que esto me podría pasar.

No sé las horas que pasan, pero cuando el sol empieza a caer y la luz del dormitorio se vuelve de un tono anaranjado y melancólico, me limpio las lágrimas y me pongo en pie para ir al baño. Tengo el corazón roto, y cada pequeño recuerdo de Siren_9 se me hinca como una aguja en la piel.

El recuerdo de Vanesa de esta mañana; el temblor compulsivo de sus manos y la prisa desesperada con la que se marchó cuando me vio, llena mi mente. Ni siquiera sé por qué me planteo la posibilidad de que Siren_9 y ella sean la misma persona, pero lo hago.

—Estás demente, Adriana —me digo a mí misma en voz alta, escuchando cómo mi voz rebota contra el espejo—. Vanesa es tu mejor amiga, jamás jugaría contigo. Además, sabes de sobra que lo que predomina en ella es la sinceridad y la falta de filtro. Siren_9 es... era otra cosa. Una cobarde más.