El match perfecto Capítulo 15
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Capítulo 15

La noche de nunca acabar

Adriana

La noche se me hace eterna desde el momento en que salgo del baño con las piernas como flanes y el corazón al borde del colapso.

Las luces neón parpadean sobre las caras sudadas de la gente que llena la pista de baile, los altavoces escupen una música retumbante que me vibra en los dientes y la risa estruendosa de Sonia suenan demasiado altas, demasiado toscas para lo que mi cuerpo y mi cabeza necesitan ahora mismo.

Noa está de nuevo pegada a mi oreja, inclinada sobre la mesa con esa sonrisa que no me afecta en nada.

Es simpática, no lo voy a negar, pero cada palabra que sale de su boca o cada gesto que se le dibuja en la cara, me recuerda a Elena.

Tienen la misma ligereza superficial, la misma forma de acariciar y esa tremenda ausencia de algo auténtico que se te quede grabado por dentro.

No hay química. No hay chispa. Solo hay un ruido de fondo molestísimo.

Miro de reojo hacia la barra y me encuentro con Vanesa, que hace diez minutos escapó de la conversación. Sujeta su copa con ambas manos y luce esa expresión gruñona y sarcástica que le conozco al dedillo; no le gusta nada Noa y tampoco es que se sienta muy cómoda.

Después de lo vivido en el aseo, la hipersensibilidad de mi piel no ha desaparecido.

Estoy caliente, con el dispositivo escondido tras mi ropa interior y una sensación incómoda tirando de mí cada vez que Noa se atreve a tocarme la rodilla o el hombro durante la conversación.

Quiero irme, volver a mi piso, cerrar la puerta con llave y regresar donde lo dejamos Siren_9 y yo hace poco menos de una hora; necesito escuchar su voz, sentirme deseada y volver a alcanzar un orgasmo que me deje volando en la inmensidad de la nada.

—¿Va todo bien? —pregunta Noa, acercándose un poco más, rozándome el antebrazo con la yema de los dedos de forma innecesariamente íntima—. Te noto un poco distraída. ¿Te estoy aburriendo con mis batallitas?

—No, qué va, para nada. Es solo cansancio —miento como una bellaca, esbozando una sonrisa educada mientras retiro el brazo con disimulo para agarrar mi vaso—. El calor. Me ocurre todos los veranos, es agotador.

Sonia, que tiene un radar ultrasónico para cazar cualquier amago de retirada, se inclina sobre la mesa levantando una ceja.

—¡Ni se te ocurra usar la excusa del verano, Adriana!

—protesta, haciendo aspavientos con la mano—.

Esta noche habíamos quedado en romper la racha de aislamiento y desconectar de todo.

Noa, por favor, cuéntale lo del coleccionista alemán que quería comprar un lienzo en blanco solo porque combinaba a la perfección con el color de su sofá de cuero. Es para desternillarse.

Noa se ríe de buena gana y retoma su relato gesticulando con las manos.

Yo me limito a asentir con la cabeza en los momentos requeridos, soltando algún «madre mía» o «qué fuerte» de compromiso, pero mi atención se escapa una y otra vez hacia la barra.

Vanesa bebe despacio, mirando hacia la pantalla de la televisión donde se reflejan videoclips en bucle, pero sé perfectamente que me está vigilando por el espejo del mueble bar.

El recuerdo del baño me sacude de nuevo y un ligero rubor me sube por el cuello hasta detenerse en mis mejillas. Sé que gemí el nombre de Vanesa, y desde que lo hice, me siento extraña por dentro.

Reviso el reloj del teléfono móvil cada dos minutos y cuando las agujas marcan casi las tres de la madrugada, y la discoteca se convierte en un hervidero de gente, reúno todo el valor del que dispongo y doy por finalizada la noche.

—Chicas, sintiéndolo mucho, yo me voy retirando ya —anuncio, poniéndome de pie con cuidado para que el vestido negro no se me suba más de la cuenta—. El cuerpo me está pidiendo a gritos una cama, aire acondicionado y silencio absoluto.

Sonia pone de inmediato un morro de dos metros, cruzándose de brazos como una niña pequeña a la que le quitan un caramelo.

—Pero, ¿cómo que te vas ya? ¡Si la noche acaba de ponerse interesante! Quédate, aunque sea a la última ronda. Noa estaba a punto de proponernos ir a la galería la semana que viene.

—Es totalmente cierto —interviene Noa, buscando de nuevo mi mano—. Estoy segura que os gustará. Luego podemos ir a tomar algo a un sitio más tranquilo. Me encantaría conocerte sin tanto jaleo de por medio.

Le dedico a Noa la mejor de mis sonrisas, pero me mantengo firme sin ceder ni un milímetro.

—Ya lo hablaremos, ¿vale? Ahora mismo no doy para más. Tengo el cerebro frito.

En ese preciso momento, Vanesa se acerca a la mesa y me rodea la cintura con uno de sus brazos. No es que no esté acostumbrada a su cercanía, pero notar su cuerpo tan cerca de mí, con ese matiz protector que siempre me salva la vida, me agita por dentro:

—Yo también recojo el chiringuito. Si quieres, compartimos un taxi —comenta con la voz cargada y rasposa por culpa del alcohol.

—Me parece perfecto.

Me siento aliviada. Tanto que le agradezco el gesto a Vanesa con una mirada cargada de complicidad. Sonia protesta medio minuto más, Noa me planta un abrazo de despedida que dura demasiado, y finalmente logramos escapar.

El ambiente en el exterior sigue siendo pesado, cargado de ese olor a alcohol derramado.

Nos subimos al primer taxi libre que pasa por la calle y el trayecto transcurre en un silencio denso, pero extrañamente reconfortante.

El aire acondicionado del coche pelea dignamente contra el bochorno del exterior mientras el taxista tararea en voz baja una canción de la radio.

Vanesa mira fijamente por la ventanilla, contemplando las luces de la ciudad desdibujándose en el cristal.

Yo, en cambio, no puedo evitar fijarme en sus manos, en sus dedos largos, elegantes, con las uñas bien cortitas, pero femeninas.

Me entra el impulso irracional y absurdo de estirar la mano y entrelazar mis dedos con los suyos, y eso llama su atención.

—Gracias por sacarme de allí. Noa...

—Parecía dispuesta a no dejarte respirar —responde ella sin girar la cabeza del todo, aunque detecto el tono irónico y burlón en su voz—. Era como si necesitase constantemente hacerse presente.

—Bastante. Me ha recordado muchísimo a Elena. Misma energía arrolladora, misma prisa por agradar y misma falta de… no sé. De profundidad, supongo.

Vanesa asiente con lentitud y, por fin, gira la cara para mirarme de frente. En la penumbra del taxi, iluminada únicamente por las luces fijas de los semáforos, sus ojos lucen ridículamente oscuros y penetrantes.

—A veces la gente solo sale a la calle a buscar diversión rápida. Tampoco hay que pedirle peras al olmo.

—Ya… El problema es que yo ahora mismo no estoy buscando un simple entretenimiento para pasar la noche.

Por un instante absurdo, tengo la sensación de que va a decir algo, pero al final solo se limita a dedicarme una sonrisa y nada más. No sé si es el alcohol, si son las ganas, la excitación o la necesidad, pero percibo algo extraño que tira de mí en su dirección.

El coche se detiene frente al portal de mi edificio. Me despido de ella con un «gracias por acompañarme, nos vemos mañana» que suena demasiado formal y Vanesa me dedica una última mirada que me quema las tripas.

Dentro de mi piso, me recibe un silencio que me acoge y me genera cierto alivio.

Dejo el bolso sobre la isla de la cocina, me descalzo tirando los zapatos a un lado y camino con los pies descalzos hasta el dormitorio.

El ambiente dentro de la habitación está caldeado, así que busco el mando del aire acondicionado y lo pongo a toda pastilla.

Me desvisto sin ninguna prisa. El vestido negro de tirantes cae al suelo y me quedo únicamente en ropa interior, con el sujetador de encaje negro y las bragas que todavía conservan la humedad y la marca del juguete erótico que llevo conmigo desde que me marché de casa.

Me tumbo de lado sobre la cama, apartando las sábanas, y sujeto el teléfono móvil.

Tengo el pulso desbocado, como si hubiese subido corriendo los diez pisos del edificio.

Abro el chat privado de SapphoMatch y comienzo a teclear:

Banini : ¿Estás despierta… o voy a tener que buscar una forma intensa de despertarte?

No transcurren ni dos minutos de reloj cuando la pantalla se ilumina con la réplica.

Siren_9 : ¿De verdad crees que soy capaz de dormir algo con las ganas que te tengo ahora mismo?

Una sonrisa maliciosa se me dibuja en la cara y cruzo las piernas involuntariamente sobre la sábana, buscando una presión que mi cuerpo exige a gritos.

Banini : Entonces ni se te ocurra dormirte. ¿Qué te parece si nos llamamos? Quiero oírte respirar. Quiero que usemos el control del vibrador juntas. Al mismo tiempo. Tú manejas el mío y yo manejo el tuyo.

Su respuesta no tarda ni tres segundos en entrar.

Siren_9 : Te llamo en unos minutos y espero que estés preparada para mí.

El corazón me da un vuelco tremendo contra las costillas. Quince minutos más tarde, la pantalla se ilumina con su llamada entrante.

—Hola… —susurro, y la voz me sale tan desgarrada y profunda que ni yo misma me reconozco.

—Hola… —responde ella, y el tono de su voz me provoca un calambre que se desliza directamente por mi espalda—. ¿Tan mal ha ido con tus amigas?

—No fue tan mal, pero no he dejado de pensar en ti y… —me muerdo el labio inferior, pensando en que habría pasado si Siren_9 hubiese escuchado en mi gemido el nombre de Vanesa—. Solo quería regresar cuanto antes.

—Me alegra, porque así tendré la oportunidad de que te vayas a dormir con una sonrisa en los labios.

—No vas a ser la única. Pienso cumplir la promesa que te hice, ¿la recuerdas?

En ese instante, abro la app del dispositivo y mueve el control para fijar la intensidad al nivel uno. Un jadeo corto, atrapado en la garganta, se le escapa entre los dientes.

—Joder… —murmura ella con la voz quebrada—. No te imaginas lo mucho que te deseo…

—¿Mucho…? —le pregunto en un susurro ardiente.