El match perfecto Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Adriana le murmura algo a Sonia al oído, esquiva la mano de Noa con rapidez y se despide para irse al aseo.

Yo no me lo pienso dos veces, le doy un sorbo largo a mi copa y la dejo sobre la barra para ir tras ella.

Camino entre la masa de gente sintiendo que el corazón me martillea en las sienes, sin mirar a nadie a la cara, hasta que empujo la puerta del baño de mujeres.

El baño, organizado en tres cubículos cerrados y varios lavabos con espejo, huele a desinfectante y ambientador de limón. Decido meterme en el de en medio, echar el pestillo y sentarme sobre la tapa; solo estamos Adriana y yo, y el ruido bajo de la música amortiguado a través de las paredes.

El teléfono vibra con fuerza en la palma de mi mano y sonrío al ver el mensaje:

Banini : Te prometí que lo llevaría puesto el mayor tiempo posible. He salido a tomar algo con unas amigas, pero… ¿sabes una cosa? Ahora mismo estoy encerrada en el baño, con el pulso a mil y deseando como una loca que estuvieras aquí metida conmigo.

Leo el mensaje varias veces seguidas mientras la boca se me queda completamente seca.

La adrenalina me da un vuelco en el estómago.

Puedo oírla. Sé perfectamente que está a apenas un metro de distancia, al otro lado de la delgada pared de aglomerado de madera del cubículo de mi izquierda.

Puedo escuchar el roce de su ropa, su respiración y el sonido de sus tacones ajustándose contra el suelo de gres.

«Si tú supieras que solo me tienes a un paso…». Comienzo a teclear el mensaje de vuelta:

Siren_9 : No estoy ahí físicamente para arrinconarte contra la puerta, pero te garantizo que vas a sentir mi presencia de una forma que no vas a olvidar en toda la noche…

Abro la aplicación del control del dispositivo.

El icono del juguete parpadea en la pantalla en tono verde.

Se me escapa una sonrisa perversa. Llevamos días haciendo pruebas de sincronización, pero esto es otra historia.

Lo de ahora es jugar con fuego en mitad de un local lleno de gente, con su ‘pretendienta’ a diez metros y conmigo a dos pasos de distancia.

Muevo el control en la pantalla táctil y fijo la potencia en el nivel uno.

Al instante, al otro lado de la pared, escucho un jadeo seco, ahogado y entrecortado.

Un «joder…» susurrado con la voz rota que se interrumpe abruptamente porque se ha clavado la mano en la boca.

Me tengo que morder los nudillos para no soltar una carcajada de pura euforia.

El sonido ha sido tan nítido que casi puedo imaginarla con la espalda apoyada contra la puerta de contrachapado, los muslos apretados, la mano libre sujetando el móvil y los ojos desorbitados por el impacto de la vibración directa en su centro de placer.

Escribo a toda prisa con la mano libre:

Siren_9 : Dime que acabas de gemir, y que es solo para mí…

Deslizo el mando hasta el nivel tres sin darle tiempo a recuperarse.

Ahora el zumbido de la silicona debe de estar retumbando en su interior con un ritmo vibrante e insoportable.

Adriana suelta un gemido mucho más largo, hondo y húmedo, que se convierte de inmediato en una secuencia de respiraciones entrecortadas y desesperadas.

Oigo el roce estridente de la tela de su vestido negro y el golpe sordo de su tacón izquierdo buscando apoyarse con fuerza.

El cuarto de baño entero parece haberse detenido.

Nadie entra. Nadie sale. Solo existimos ella, yo y el sonido leve de sus gemidos.

Me apoyo de espaldas contra la pared del cubículo, notando el calor bajando en picado desde mis mejillas hasta entre las piernas. Imagino su sexo empapado debajo del encaje de sus bragas, sus manos agarrándose con fuerza a la cisterna y el estímulo eléctrico llevándola al límite.

Bajo la pestaña del móvil y selecciono la intensidad cinco. La máxima potencia del dispositivo.

El gemido que se escapa al otro lado esta vez es alto, agudo y roto.

Adriana ya no puede controlarlo. Hay un golpe seco, como si se hubiera dejándose caer de frente contra la puerta, seguido de un «Vanesa…

» susurrado con un hilo de voz angustiado y placentero que me atraviesa el pecho como una daga de hielo y fuego.

«Espera, ¿ha dicho Vanesa?». Se me congela la sangre en las venas mientras me sacude una descarga eléctrica en todo el cuerpo. «No, no es posible que lo sepa». Quizá no, pero si lo hace su subconsciente. «O simplemente me está llamando a mí en mitad de su orgasmo»

No le bajo la potencia. Solo me quedo quieta, escuchando como se deshace en jadeos rítmicos hasta que llega al orgasmo y se produce un grito largo, una exhalación profunda y un «dios, dios, dios…» repetido en un murmullo roto que se va apagando conforme intenta recuperar el aliento que le falta.

El silencio que sigue es denso, pesado, cargado de aire caliente.

Yo no apago la aplicación, solo la bajo a un nivel secundario, rítmico y constante.

Espero exactamente cuarenta segundos y la elevo de nuevo la intensidad, esta vez más despacio, buscando un segundo orgasmo que tarda la mitad de tiempo que el anterior en llegar, pero que le arranca un gemido mucho más grave, más gutural.

El móvil vibra en mi palma con un mensaje entrante.

Banini : Prepárate… porque cuando llegue a casa esta noche, me da exactamente igual que estés dormida o despierta: vas a ser tú la que me suplique compasión.

Siren_9 : Estoy deseándolo. Pero no te preocupes, suplicaremos las dos.

Se me dibuja una sonrisa perversa, victoriosa y absolutamente canalla en los labios.

Apago la aplicación del teléfono de un plumazo y el juguete se detiene en seco.

El silencio en el aseo se vuelve de pronto gigantesco, así que aprovecho ese momento para salir y fingir que acabo de entrar por la puerta para refrescarme un poco.

Adriana aparece cinco segundos después. Chocamos casi de frente junto a los espejos.

Yo no comento nada, pero tiene las mejillas ardiendo en un tono carmesí espectacular.

Tiene varios mechones de pelo pegados a la frente y los labios exageradamente hinchados y rojos de habérselos mordido con desesperación.

Me mira con los ojos desorbitados, todavía nublados por la niebla del doble orgasmo que acaba de disfrutar.

—¿Va todo bien? —pregunto con voz suave—. Sonia me ha dicho que llevabas un buen rato aquí metida y me he asustado por si te habías mareado con el calor del local.

Adriana traga saliva con evidente dificultad. Se recoloca el tirante del vestido, aunque no le hace la menor falta y se refresca un poco la nuca. Cuando intenta hablar, la voz le sale ronca, grave y ligeramente fracturada:

—Sí… sí, tranquila. Todo perfecto.

Las mejillas ardiendo la delatan a un kilómetro de distancia, el brillo descarado de sus pupilas dilatadas también.

A mí me entra una ola de deseo tan brutal que tengo que clavar los pies en el suelo para no acorralarla contra la fila de lavabos, morderle ese labio inferior tan tentador y recordarle exactamente quién es la mujer que la ha hecho temblar hace escasos minutos.

Pero me contengo. Soy una profesional del autocontrol (o al menos me vendo como tal).

—Pareces… bastante alterada, la verdad —comento con voz baja, dando un paso deliberado hacia su terreno para acortar la distancia hasta sentir el calor que emana de su cuerpo—. ¿Segura que no prefieres que nos larguemos de aquí ya mismo?

Adriana niega rápidamente con la cabeza, pasándose la punta de la lengua por el labio inferior. El gesto es tan rematadamente sensual que tengo que apretar los muslos para no perder el sentido.

—Estoy perfectamente —dice, intentando estabilizar su respiración—. Solo… necesitaba un respiro. Noa es un poco intensa y demasiado directa para mi gusto.

—Ya lo he notado —respondo soltando una risita sardónica—. El plan de rescate sigue en pie, por si lo necesitas.

Ella suelta una carcajada corta, un soplo de aire fresco que le relaja las facciones, y vuelve a negar con la cabeza mientras se arregla el pelo frente al espejo:

—No hace falta. Vamos a aguantar un ratito más para que Sonia no se enfade. Pero gracias… de verdad, gracias por estar siempre al pie del cañón.

Afuera, la música sigue golpeando la pared mientras que Sonia, probablemente, ya estará planificando la siguiente ronda de chupitos.

Yo tendré que tragarme mis emociones y aguantar el tipo como la amiga del año, solo me queda esperar a que volvamos a casa y Siren_9 vuelva a ocupar todos sus pensamientos.

Le dedico una sonrisa lenta, cargada de una intención tan transparente que hasta un ciego podría verla.

—Venga, vamos fuera —digo, señalando la puerta con la cabeza—. Antes de que Sonia monte una partida de búsqueda y rescate con la policía local incluida.

Ella suelta una risilla y al pasar por mi lado, nuestras manos se rozan dejando na estela de calor que me eriza la piel.

Pero cuando regresamos a la mesa y Noa le indica que le ha guardado el sitio, Adriana me indica que me siente yo en su lugar.

Y yo, que sé lo que ha ocurrido en el baño, sonrío a placer.