El match perfecto Capítulo 14
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Capítulo 14

La encerrona en el aseo del bar

Vanesa

El aire acondicionado del taxi sale a máxima potencia, pero no basta para combatir el bochorno que sube del asfalto a las once de la noche. Más allá de la ventanilla, Madrid se mueve al ritmo que lo hacemos nosotros, brillante y plagada de gente.

A mi lado, en el asiento trasero del coche, está Adriana.

Lleva un vestido negro ceñido que se le ha subido un poco al cruzar las piernas y que deja al descubierto unos muslos que me están arruinando el ritmo cardiaco.

No hablamos y yo soy incapaz de carraspear por miedo a que se me note en la voz que estoy rozando el infarto.

Mientras tanto, en el asiento del copiloto, Sonia habla a doscientos kilómetros por hora sin dar muestras de agotamiento.

Lleva quince minutos seguidos dándonos la chapa sobre un bar nuevo en pleno corazón de Chueca que, según sus palabras «está de puta madre» y sobre unas amigas suyas a las que tenemos que conocer «sí o sí, tías, porque son lo puto más».

—De verdad os lo digo, Adriana, vas a flipar con Noa —insiste Sonia, girando el cuello sobre el respaldo con un entusiasmo que roza lo delictivo a estas horas de la noche—.

Es un absoluto encanto, trabaja en una galería de arte en Malasaña y tiene un humor de la hostia.

Y las otras dos tampoco se quedan cortas.

Esta noche os voy a presentar a gente de verdad, con ambiciones y rollo guay, no a las peñitas aburridas y apoltronadas de siempre.

Adriana suelta una risita suave, quebrada y rematadamente nerviosa, antes de apoyar la sien contra el cristal frío de la ventanilla.

—Sonia, por el amor de Dios, que solo hemos quedado para tomarnos dos cañas y bailar un rato —protesta Adriana, pasándose la mano por el cuello descubriéndose el escote—. No hace falta que organices un casting de candidatas como si esto fuera Gran Hermano VIP.

—Que no es un casting, pesada. Es ampliar el círculo social.

Llevas años metida en una cueva lamiéndote las heridas y aunque esa tal Siren_9 te esté dando bola, una necesita conexiones reales a las que puedas tocar —argumenta Sonia, acomodándose las gafas de sol sobre la cabeza mientras nos señala con el índice—.

Además, Vanesa está aquí como tu escolta personal. Nada te va a pasar.

Me limito a hacer un gesto vago con la cabeza, asintiendo a regañadientes mientras aprieto la mandíbula hasta que me crujen las muelas.

Por dentro me estoy preguntando en qué maldito momento acepté meterme en este taxi claustrofóbico.

Bueno, miento. Sé perfectamente por qué acepté: acepté porque a las ocho de la tarde Adriana me puso ojitos de corderito degollado y me imploró un «por favor, no me dejes a solas con Sonia.

Está en modo celestina desatada», y yo, como la gilipollas integral y enamorada que soy, cedí en cinco segundos.

Ahora me encuentro aquí, atrapada entre el cuero del asiento, los movimientos del taxi y la certeza absoluta de que esta noche va a ser una prueba de fuego para mi salud mental.

Aprovecho que, Adriana tiene fija la mirada en la calle, para observarla.

Contemplo la línea pulida de su mandíbula, el leve brillo de sudor que le adorna la sien derecha y ese vicio irresistible que tiene de morderse el labio inferior cuando está nerviosa.

Es tan irresistible que noto un tirón caliente, denso y profundamente físico.

Deseo estrellarla contra el asiento y no dejar que mire a nadie más; ni siquiera a Siren_9 , por extraño que eso parezca.

Cuando el taxi frena, la marea de gente, disfrutando de la noche, salpica todo a nuestro alrededor.

El ambiente está cargado de humedad, las luces de neón parpadean en tonos violetas, las risas en las terrazas suenan estruendosas y el bajo retumbante de un tema de reguetón o pop electrónico sale por la puerta abierta del local.

Sonia paga al taxista y tras salir del coche, empuja la puerta de la discoteca dejándonos atrás.

Adriana se gira levemente hacia mí, arqueando una ceja, preguntándome con la mirada si de verdad estoy dispuesta a rescatarla si algo va mal.

Yo me limito a sonreír y encoger los hombros con apatía fingida.

Estoy aquí por miedo a que Sonia tenga razón y esa tal Noa capte su atención, aunque prefiero que piense que estoy aquí para ayudarla y no porque estoy teniendo un ataque de celos retroactivo que me está abrasando las entrañas.

—Tranquila —le susurro muy cerca de la oreja, aprovechando el barullo de la acera para acercarme tanto que puedo oler su perfume de jazmín—. En cuanto veas que la cosa se pone insoportable, inventamos una excusa y nos largamos de aquí.

Adriana me regala esa sonrisa ladeada y pícara que tiene el poder absoluto de destrozarme el cerebro, anularme la fuerza de voluntad y dejarme a la merced de sus caprichos.

—Prometido —murmura, pasándome un brazo por la cintura para impulsarnos hacia el interior.

Dentro del garito, el aire acondicionado entabla una batalla encarnizada y perdida contra la masa de cuerpos que bailan.

El sitio es estrecho, largo, con paredes de ladrillo, columnas de hierro y unos neones que hacen que la piel de todo el mundo parezca sacada de un videoclip.

Sonia se abre paso a codazos entre la gente, arrastrándonos hasta una mesa alta situada al fondo, cerca de la zona de paso hacia los baños, donde ya se encuentran tres chicas apurando unas cañas de cerveza.

—¡Por fin! ¡Ya creíamos que no aparecerías! —grita una de ellas mientras que la estrecha entre sus brazos.

Después de eso, llegan las presentaciones a toda prisa.

Nombres que me entran por un oído y me salen por el otro a la velocidad de la luz.

El de Noa se me atraganta al instante, aunque lo que se me atraganta de verdad es observar cómo no tiene ni el más mínimo pudor en encajar su mano en la parte baja de la espalda de Adriana.

En apariencia, es una mujer de lo más llamativa; el pelo rapado por los lados y teñido de un rojo borgoña casi negro, varios piercings en la oreja izquierda y una sonrisa de suficiencia que me da ganas de borrar con una de mis indirectas.

«Relájate, Vanesa… esta noche no has venido a competir. Sabes de sobra que Adriana no está interesada», me convenzo a mí misma.

—Por fin nos conocemos —dice Noa, mirándome un segundo a mí, poniendo toda su atención en Adriana—. Sonia nos ha hablado mucho de ti, pero al parecer se quedó muy corta. Eres todavía más espectacular en persona.

«Espectacular soy yo y mi mala leche, Noa». No puedo evitar levantar una ceja y rodar los ojos al escucharla. Adriana, que todavía arrastra los restos de esa timidez suya —que pierde por completo frente a Siren_9 —, se sonroja hasta las orejas:

—Muchas gracias por el cumplido, pero tampoco es para tanto.

—Y tú debes de ser la famosísima Vanesa —añade Noa, girando la cabeza lo justo para mirarme con una sonrisita condescendiente bailando en sus labios—. Sonia nos ha contado que vosotras dos sois… extremadamente cercanas. Inseparables, ¿no?

La forma en que pronuncia la palabra «inseparables» lleva una carga de ironía tan pesada que casi se me cae el alma al suelo. Le dedico una media sonrisa de esas de abogada a punto de interponer una querella por difamación.

—Tan inseparables como para saberme con ojos cerrados, el significado de todas sus miradas y sonrisas —suelto con un sarcasmo tan fino que pasa de largo—. Si me disculpáis, voy a la barra a por algo de beber —me excuso para no acabar tirándole la cerveza a la cara.

Una vez en la barra, sentada en un taburete, le pido al camarero un gin-tonic bien cargado para ver si consigo anestesiarme el dolor de tripas que me traigo. Me sirve un vaso de tubo con una rodaja de limón y una ginebra de garrafón que rasca la garganta nada más olerlo.

Desde mi posición las tengo totalmente controladas.

Sonia no para de reírse a carcajadas, exagerando los chistes de las otras dos chicas.

Adriana, por su parte, asiente con una sonrisa educada pero claramente forzada; no sea parta para no ser maleducada, traga saliva y me lanza miradas ansiosas buscando descaradamente una vía de escape donde engancharse.

Y Noa… bueno, se está pasando de la raya y parece no captar el mensaje.

Mientras le doy un sorbo a mi copa, mis ojos se cruzan con los de Adriana en la lejanía.

El pecho me arde; tengo el corazón a mil revoluciones y no solo por los celos, sino por haberme quedado plantada en el eslabón de la ‘amiga leal que la ha ayudado, que la ha escuchado, que le ha enjugado las lágrimas y la ha acompañado siempre’.

Odio tener que ver como una cualquiera llega y le pone las manos encima a la mujer de mi vida, y odio aún más ser incapaz de confesarle que la amo de verdad.

Me muerdo la mejilla por dentro hasta notar el regusto metálico de la sangre y saco el teléfono móvil del bolsillo, buscando la aplicación de SapphoMatch .

El chat con Adriana sigue ahí, brillando en la oscuridad de la pantalla.

Así que dejo que Siren_9 tome el control absoluto de mis nervios.

Tecleo rápido, sin pensar en las consecuencias:

Siren_9 : ¿Cómo va la noche? Dime que no se te ha olvidado ponértelo tal y como prometiste…

Pulso enviar y levanto la vista hacia la mesa alta al instante.

Adriana no tarda más de un segundo en meter la mano en el bolso, sacar el teléfono y mirar la pantalla.

Desde donde estoy, puedo ver la luz azulada en sus ojos, cómo se muerde el labio inferior y como se toca el cuello, seguramente, por ese calor ardiente que le ha subido desde los pies hasta el pelo.

Siren_9 : Me preguntaba si tenías ganas de jugar.

Tecleo con rapidez.