El match perfecto Capítulo 13
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Capítulo 13

El control del deseo

Vanesa

La puerta de madera se cierra a mi espalda y cierro los ojos.

Salgo del portal del edificio donde vive Adriana y el verano cae sobre mí como una losa de cemento recalentado.

El calor es denso, pegajoso y casi sólido, de esos que te hacen sentir que el propio asfalto quiere derretirte las suelas de las sandalias para que no te muevas.

Tengo el corazón golpeándome las costillas y la piel sensible a causa del pánico y ese deseo salvaje que ya no sé cómo narices frenar.

Echo a andar por la acera sin atreverme a mirar atrás, aunque cada maldito paso me cuesta la vida.

El impulso animal de darme la vuelta, volver a subir las escaleras de tres en tres, aporrear su puerta y besarla hasta dejarla sin aliento me está quemando la boca.

He tenido que morderme el labio inferior hasta sacarme sangre para no hacerlo.

He tenido que clavarme las uñas en las palmas de las manos, todo con tal de no mandarlo todo a la mierda.

La calle está hasta arriba de gente que vive su vida tan tranquila, ajena al drama bíblico que se acaba de desatar en mi interior.

Hay turistas despistados con gafas de sol y cámaras al cuello, vecinos octogenarios cargando bolsas de la compra, y un chucho escuálido que le ladra como un demonio a una moto que pasa echando humo.

Siento una gota de sudor frío bajándome despacio por la nuca.

Llevo la camiseta pegada a la espalda —manchada de pintura tras la caída de Adriana—, el pelo suelto y ligeramente húmedo en las sienes, y la cabeza hecha un auténtico cráter.

El cuerpo no miente y el mío hierve. Sigue recordando la forma en que Adriana me ha mirado cuando nos hemos separado.

Esa puta chispa que por poco me hace perder los papeles allí mismo, rodeadas de botes de pintura blanca y con la música de fondo.

Cruzo la calle a toda prisa y me meto por una callejuela más estrecha buscando desesperadamente un hilo de sombra.

Las persianas de los balcones están bajadas hasta la mitad, como si los edificios le estuvieran haciendo un guiño de complicidad a mi locura.

Y es que no puedo dejar de pensar en ella.

En Adriana. En la de verdad… y en Banini, el perfil travieso y desinhibido al que seduzco cada noche en SapphoMatch .

Las dos identidades se superponen y chocan en mi cabeza hasta provocarme un mareo monumental.

Cuando me escondo tras la pantalla bajo el perfil de Siren_9 , soy una mujer valiente, directa, misteriosa y arrolladora.

Puedo escribirle las guarradas más elegantes e insinuantes del mundo.

Puedo hacerla temblar con un mensaje de voz.

Puedo jugar con ella y guiarla para que explore su cuerpo sin miedos.

Pero aquí fuera… aquí fuera soy Vanesa. La Vanesa cobarde, la abogada metódica y cuadriculada que acaba de salir corriendo de su casa con las manos temblando como si hubiera robado un banco, aterrorizada ante la idea de que, si se quedaba un minuto más, habría cruzado una línea roja sin retorno.

Me paso la lengua por el labio inferior y noto el regusto salado del sudor.

¿Qué demonios habría pasado si me hubiera dejado llevar?

¿Si en lugar de soltar una broma rancia y separarme hubiera pegado mi boca a la suya?

¿Me habría apartado con cara de asco? ¿O me habría devuelto el beso con las mismas ganas con las que me miró?

Paso por delante de una floristería y un local de pollos asados.

Y entonces, de repente, me freno en seco frente a un escaparate a mi izquierda.

No lo estaba buscando. De hecho, casi me lo paso de largo por ir con la cabeza en las nubes.

Es un local moderno, con luces cálidas y tenues, estanterías de madera pulida magníficamente decoradas y productos expuestos sin ningún tipo de vulgaridad.

Un sex-shop conceptual de última generación.

El nombre está rotulado en la luna de cristal con letras doradas, elegantes y discretas.

Me quedo plantada en mitad de la acera como un pasmarote.

Siento cómo el calor aplastante del asfalto me sube por las piernas mientras por dentro me invade otro tipo de calor muy distinto.

Un calor que no tiene nada que ver con los treinta y cinco grados a la sombra de Madrid, sino con la necesidad urgente de canalizar todo este deseo que me devora por dentro.

El corazón me empieza a latir en la garganta.

Miro hacia la izquierda, luego hacia la derecha, comprobando aterrada que no haya ningún vecino o conocido viéndome dudar en la puerta, y empujo la manilla de cristal.

El aire acondicionado del local me sacude la cara arrancándome un suspiro.

Huele deliciosamente bien. Hay muy poca gente a estas horas de la tarde, una pareja de chicas jóvenes que murmuran entre risas frente a una hilera de lubricantes de sabores, y una mujer madura y superelegante que hojea tranquilamente un catálogo en el fondo de la tienda.

Camino despacio entre los pasillos, intentando poner cara de «sé perfectamente lo que hago y no estoy sufriendo una crisis existencial por mi mejor amiga».

No es la primera vez que entro en un sitio de estos, por supuesto, pero sí es la primera vez que lo hago con las piernas temblando por culpa de una mujer concreta.

Todo se siente drásticamente distinto. Más a flor de piel. Más excitante. Más peligroso.

—¿Has visto este de silicona médica supersuave? —oigo murmurar a una de las chicas a su novia, en un tono muy bajo y juguetón.

—Sí, pero prefiero algo bastante más discreto —le responde la otra, dándole un codazo cariñoso—. Algo que me puedas poner cuando salgamos a cenar por ahí y que no se note absolutamente nada debajo de la ropa.

Se me escapa una sonrisa involuntaria por dentro. «Discreto». Exactamente el concepto que estaba buscando mi cerebro sin terminar de saberlo.

Avanzo hasta la sección de alta tecnología erótica y me quedo clavada frente a una vitrina iluminada.

Y allí, sobre un terciopelo negro, lo veo.

Es una auténtica joya de la ingeniería moderna.

Pequeño, ergonómico, de un tono rosa empolvado inocente y satinado.

Un estimulador de punto C y clítoris a control remoto mediante aplicación móvil.

La etiqueta de la caja lo explica sin rodeos ni sutilezas: Conexión Bluetooth y Wi-Fi de largo alcance.

Manejable desde cualquier lugar del mundo a través de la app.

Tú le cedes el control a tu pareja; ella decide la intensidad, el ritmo y el momento.

Experimenta la sumisión tecnológica más absoluta .

El corazón me da un vuelco tremendo en el pecho. Y esta vez no es por la ansiedad o el miedo. Es una descarga de adrenalina pura, traviesa y salvaje.

Cierro los ojos un segundo y la imagen me explota en la cabeza con la fuerza de un volcán: me imagino a Adriana —a mi tierna, dulce y recién despierta Adriana— llevándolo mientras camina por la calle, mientras toma un café con sus compañeras o mientras intenta concentrarse en su trabajo…

y a mí, a kilómetros de distancia, sacando disimuladamente el teléfono móvil durante una pausa en el bufete para pulsar el botón de máxima vibración sin que nadie a su alrededor se entere de nada.

Me la imagino teniendo que morderse el labio en mitad de la calle, ahogando un gemido de pura sorpresa mientras sus muslos se cierran de golpe.

Y la idea me excita tanto que apenas puedo controlar mis decisiones.

Saco el teléfono del bolsillo, abro la aplicación y me acerco a la vitrina, enfoco la caja del juguete cuidando al milímetro que se lea el nombre del producto, las características del control a distancia y la foto del dispositivo, y capturo la imagen.

Luego, apoyada contra el lateral de la vitrina y sintiendo que las mejillas me arden, escribo:

Siren_9 : ¿Qué me dices? ¿Te atreves a jugar conmigo a todas horas y en cualquier lugar? Porque me muero de ganas de tener el control absoluto de tus gemidos, incluso cuando no estemos hablando y no tengas ni idea de lo que estoy pensando.

Adjunto la foto y, para rematar la faena, busco rápidamente el enlace de compra directa en la web del fabricante y se lo pego justo debajo.

Respiro hondo, aprieto los dientes y pulso el botón de enviar antes de que mi parte racional y modosita se despierte para frenarme. El mensaje sale disparado y segundos después, aparece el doble check azul.

Me giro, agarro la caja del expositor y me encamino al mostrador con la cabeza bien alta. La dependienta, una chica moderna con un piercing en la nariz y un tatuaje precioso en el cuello, me mira con una sonrisa profesional y sumamente amable.

—Buenas tardes. ¿Has encontrado todo bien o prefieres que te eche un cable con las especificaciones técnicas? —pregunta con tono pausado.

—Creo que lo tengo meridianamente claro —respondo, y me sorprende comprobar que la voz me sale profunda, grave y rasgada, muy parecida a las notas de voz que le mando a Adriana cuando encarno a Siren_9 —. Solo una duda rápida: ¿es verdaderamente tan silencioso como prometen en el embalaje?

La dependienta suelta una risita cómplice y me guiña un ojo.

—A máxima potencia suena menos que el zumbido de un mosquito a tres metros.

Te lo garantizo. Y la batería de litio aguanta hasta cuatro horas de caña continua.

La aplicación es superintuitiva: escaneas el código QR que viene dentro, vinculas el dispositivo con el otro teléfono mediante la invitación secreta y listo.

¿Quieres que te haga una demostración rápida de emparejamiento con el de exposición?

—No, no hace falta, gracias —contesto sonriendo con malicia—. Creo que nos va a divertir muchísimo más ir descubriendo el funcionamiento sobre la marcha.

—Esa es la actitud —asiente ella sin hacer más preguntas fisgonas. Pasa el código de barras por el escáner, que emite un bip agudo—. Son sesenta y nueve con noventa, por favor.

Pago con la tarjeta y guardo la caja en una bolsa de papel completamente opaca y discreta.

Mientras espero el ticket de compra, siento que algo en mi interior se ha colocado en su sitio.

Ya no hay marcha atrás. No es solo por el juguete de silicona.

Es porque por primera vez desde que la conozco, me estoy atreviendo a dejar que Adriana conozca a la mujer apasionada, dominante y sin complejos que llevo dentro.

—Aquí tienes el recibo. Que lo disfrutéis muchísimo —me desea la chica al entregarme el papelito.

—Ten por seguro que lo haremos —respondo.

Salgo a la calle de nuevo y el sol vuelve a zurrarme con fuerza, pero ahora mismo el calor ambiental me da exactamente igual.

Camino a paso lento por la acera, dejando que la bolsa de papel me golpee suavemente contra el muslo a cada paso.

Pienso en mis relaciones anteriores. En lo aburridas, funcionales y descafeinadas que han sido todas.

Pero con Adriana todo es distinto. Ella me hace reír como nadie en este mundo.

Me desquicia y me enciende, me hace querer cosas que jamás me habría atrevido a confesarle a nadie.

Me acuerdo perfectamente de aquella tarde de hace meses, en la terraza de la cafetería, cuando me contó lo infeliz que era con Elena y la idea loca del divorcio.

Yo estuve a un segundo de cogerle la mano y confesarle que llevaba enamorada de ella desde que nos emborrachamos con sangría barata en la fiesta de bienvenida a la universidad.

En aquel momento me mordí la lengua, me tragué mi orgullo y fingí que solo era su amiga leal.

Pero hoy no. Hoy ya no quiero seguir fingiendo.

Me detengo en un semáforo en rojo para peatones y saco el móvil del bolsillo trasero del pantalón.

No hay respuesta todavía. El mensaje sigue ahí, marcado como leído desde hace tres minutos.

Me pregunto si me habré pasado de la raya, si he sido demasiado agresiva o si se ha asustado al ver el juguete y la propuesta.

Sé que se habrá puesto roja como un tomate; habrá sonreído y mordido su labio en ese gesto con el que intenta ocultar que algo le chifla mucho más de lo que está dispuesta a admitir.

El semáforo se pone en verde y vuelvo a andar.

Llego a la esquina de mi calle y justo a la entrada de mi edificio, el teléfono me vibr en el bolsillo del pantalón.

Lo sujeto y la respuesta aparece en la pantalla.

Es una frase corta, directa, acompañada de un emoticón de un fuego abrasador que me deja literalmente sin respiración durante tres segundos:

Banini : Ya me lo he comprado. Me llega mañana. ¿Vas a ser capaz de esperar unas horas más sin volverte loca, Siren_9?

Me quedo absolutamente paralizada en mitad de la acera, interrumpiendo el paso a una señora que pasea un carrito de bebé. La mujer me echa una mirada asesina y me esquiva mascullando un taco, pero ni me molesto en mirarla. Mis ojos solo pueden releer esas líneas una y otra vez.

El calor que me sube de golpe desde el estómago hasta el pecho no tiene nada que ver con el sol abrasador de julio.

Es un fuego devorador, lento, profundo y deliciosamente placentero.

Ha dicho que sí. Mi dulce Adriana no solo se ha comprado el juguete.

Quiere jugar. Quiere que yo tenga el mando de su placer. Quiere ponerse en mis manos.

Una sonrisa maliciosa, canalla y cargada de una satisfacción triunfal se me dibuja en los labios en mitad de la calle.

Siren_9 : Puedo esperar. Pero te prometo que mañana no vas a tener un solo segundo de paz.

Envío el mensaje, guardo el teléfono en el bolsillo y entro por fin al portal de mi casa.

Subo las escaleras de dos en dos y abro la puerta de mi piso.

Dejo la bolsa de papel sobre la mesa de la cocina y me apoyo con ambas manos sobre el borde del mueble, cerrando los ojos y dejando ir un suspiro largo y tembloroso.

Afuera, Madrid arde, pero nada tiene que ver con el ardor que consume mi cuerpo, el mismo que me empuja a pensar que ya no me importa el futuro… yo solo quiero ver cómo se quema todo hasta las cenizas, y cómo somos capaces de volver a encendernos con sólo una chispa.