El match perfecto Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

El calor arrollador de mi estómago no desaparece. Se queda instalado ahí, latiendo de forma confusa, punzante y perturbadora. Miro mis dedos manchados de pintura blanca y luego me giro hacia la pared: la espalda de Vanesa ha dejado una marca imperfecta, una silueta borrosa sobre la pintura fresca.

«¿Qué acaba de pasar aquí?», pienso.

—Casi nos cargamos el trabajo de toda la tarde por tu torpeza.

Intento esbozar una sonrisa normal. El gesto me sale tenso, plano, ridículo. No es la primera vez que siento esto por ella, que la tensión tira de nosotras y nos encontramos tan cerca la una de la otra. El problema es que lo había olvidado hasta este momento.

—Lo siento… Me he resbalado con el churrete de pintura. Un clásico mío.

—Un clásico absoluto de Adriana —responde ella desde su esquina, y esta vez sí se gira para mirarme.

Su cara intenta mostrar la máscara de siempre: relajada, divertida, con ese toque de burla cariñosa.

Pero por detrás hay algo más. Una sombra tensa.

Un destello de pánico. ¿O soy yo, que estoy perdiendo la cabeza y me lo estoy inventando todo?

Asiento torpemente y me paso la mano por la frente, embadurnándome el pelo con más pintura.

—Voy… voy a por algo de beber —digo, necesitando salir de ese cuarto como si se hubiera quedado sin oxígeno—. ¿Quieres algo en concreto? Creo que queda cerveza en el frigorífico. O refresco de limón. O agua.

—Lo que sea que esté frío me viene bien.

Salgo al pasillo a toda prisa, procurando que mis pasos no suenen descontrolados.

El pasillo está en penumbra y se siente ligeramente más fresco.

La cocina me recibe con ese olor familiar a limpiador de limón.

Abro la puerta de la nevera de golpe y me pego al chorro de aire helado que sale del interior, dejando que me refresque el rostro y el escote.

Cojo dos botellas de refresco de limón, las coloco sobre la encimera de mármol y me apoyo en el mueble con las dos manos, agachando la cabeza.

Respiro. Una, dos, tres veces.

El calor salvaje de hace un instante sigue encendido bajo mi piel.

Y no es el bochorno del verano. Es otro tipo de fuego.

Mucho más profundo. Mucho más peligroso.

Cierro los ojos con fuerza y la escena aparece de nuevo: la rigidez de su cuerpo contra el mío, la forma en que sus ojos bajaron directamente a mi boca, la forma en que contuvo el aliento cuando nuestras pieles se tocaron.

Y, sobre todo, mi propia reacción. Esa punzada tremenda en las entrañas.

Esa tentación absurda y repentina de no apartarme, de recortar esos tres centímetros y pegarme a sus labios.

—A ver, Adriana, por el amor de Dios... —Me paso las manos por el pelo antes de acercarme al grifo y refrescarme la nunca—.

Es Vanesa. No puedo sentir esto. No tiene ningún sentido.

No puedo ponerme a reparar en la firmeza de sus brazos ni en lo bien que huele como si fuera una adolescente en celo.

No puedo quedarme mirando sus labios y desear esto con tanta intensidad.

«¿Verdad?», me pregunto.

Me paso la lengua por los labios secos y abro los ojos.

Necesito algo frío, así que abro el refresco y le doy un sorbo largo.

El líquido gaseoso y helado me baja por la garganta, pero no consigue apagar nada de lo que tengo encendido por dentro.

Desde el cuarto de invitados me llega el sonido apagado de la música y el frotar constante del rodillo contra la pared.

Vanesa sigue pintando. Sola. Como si la colisión no hubiese desbalanceado nada.

Me inclino sobre la encimera y me miro en el reflejo distorsionado del cristal del microondas.

Tengo las mejillas encendidas, el pelo hecho un desastre y hay un pegote de pintura blanca en el lateral del cuello que no había visto.

Parezco una loca que acaba de despertarse de un sueño erótico en mitad de la tarde y no sabe si salir corriendo o volver a cerrar los ojos.

«¿Por qué he reaccionado así?», me pregunto de nuevo.

No encuentro una respuesta sencilla. Solo sé que algo ha cambiado de lugar, que la complicidad perfecta que hemos tenido siempre acaba de adquirir el mismo perfil que tenía antes de que Elena apareciera en mi vida.

Y eso me aterra tanto como atrae, porque ahora mismo es indispensable para mí y un error la haría desaparecer.

Cojo los refrescos, respiro hondo una última vez, me recoloco la camiseta y me obligo a ponerme la máscara de siempre: la de la amiga torpe y agradecida, la que se ríe de sus propios traspiés, la que jamás sentiría descargas eléctricas porque su mejor amiga la sostenga con tanta intensidad.

Regreso al dormitorio y el olor a pintura me envuelve de nuevo.

La música sigue sonando. Vanesa está de espaldas a la puerta, extendiendo la pintura blanca con movimientos largos y extremadamente precisos.

Al notar mis pasos, se gira ligeramente y me regala una sonrisa.

Esa sonrisa suya que, desde los veinte años, me ha parecido siempre el lugar más seguro de todo el planeta.

—¿Todo bien por ahí, torpe? —pregunta.

Asiento enérgicamente y le tiendo el refresco.

—Todo controlado.

Nuestros dedos se rozan durante un segundo. Un roce tonto, de apenas un milímetro, pero que se transforma en un chispazo que me recorre la columna vertebral de arriba abajo.

—Todo bien —repito, casi para convencerme a mí misma.

Pero por dentro, en ese rincón nuevo, caótico y desordenado que se me acaba de abrir en el pecho, sé perfectamente que nada está bien.

Y aunque finjo que todo está perfecto, aunque cojo el rodillo sigo pintando la pared, sé que tengo el corazón desbocado y la certeza incómoda de que, la próxima vez que nos toquemos, voy a arder por completo.