Capítulo 12
La distancia corta
Adriana
El calor entra por la ventana del cuarto de invitados a ráfagas.
Es bochornoso, denso, pegajoso y aplastante; se mezcla con el olor a acre y químico de la pintura blanca recién abierta.
El ventilador de pie zumba en un rincón como si estuviera a punto de explotar por el sobreesfuerzo, moviendo apenas un aire caliente cargado de polvo fino.
Llevo puesta una camiseta viejísima —esa gris descolorida con el logo borroso de una banda de rock alternativo que ya ni existe— con las mangas arremangadas hasta los hombros y dos pegotones de pintura blanca bien visibles en los costados.
El pelo me cae sobre la frente en mechones sudados que se me pegan a la piel.
Afuera, el sol de julio golpea los tejados del barrio con esa luz dorada, cegadora y casi descarada que solo Madrid conoce a las cuatro de la tarde.
Vanesa está de rodillas junto a la pared del fondo, extendiendo la pintura sobre el zócalo con una rodillera improvisada a base de trapos viejos y camisetas rotas.
Su cuerpo se balancea de un lado a otro cada vez que hace un movimiento largo con la brocha, y de vez en cuando se pasa el dorso de la mano por la mejilla para quitarse el sudor, dejando una ráfaga blanca en su piel morena que ni siquiera parece notar.
La música suena desde el altavoz portátil que ha traído de su casa: una lista de reproducción plagada de temazos de pop-rock español de los dos mil que las dos nos sabemos absolutamente de memoria.
En este preciso instante suena algo de Amaral.
—Te estás comiendo casi media pared de un solo trazo, bestia —digo al aire, y mi voz sale alta, queriendo romper el silencio que se ha formado entre nosotras.
Vanesa me mira un segundo. Arquea la ceja izquierda —la que usa para juzgar al noventa por ciento de la humanidad— y me enseña la brocha goteando pintura espesa.
—Se llama técnica profesional, por si no te habías enterado —replica con su habitual tono seco y burlón—. Si lo haces despacio y con miedo, se notan los pegotes. Si lo haces con ganas y decisión, las marcas desaparecen. Igual que los problemas.
Me río con ganas, y el sonido me sale limpio, fácil, inesperadamente cálido.
Llevo semanas que la risa y la sonrisa es algo continuo en mí.
Desde que ella me instaló la app de SapphoMatch y comencé a hablar con Siren_9 .
Vanesa siempre ha sido mi ancla y motor, ha estado siempre para mí y ahora está aquí, arrodillada sobre el suelo de parqué de mi casa, sudando la gota gorda para pintar un cuarto de invitados que ni siquiera va a usar ella.
Siento una oleada de gratitud tan densa y repentina que casi me cuesta tragar saliva.
Aprieto el mango del rodillo y vuelvo a la pared que me corresponde, la que rodea el ventanal.
El blanco radiante va cubriendo poco a poco ese color beige sucio y espantoso que dejó la anterior inquilina.
Me gusta imaginar que cada pasada enérgica del rodillo borra un trocito de mi pasado. Me da paz pensarlo así.
—¿Te acuerdas de cuando pintamos tu salón el año pasado? —pregunto sin detener el movimiento del brazo, intentando mantener la conversación viva—. Tardamos tres días enteros y acabamos con más pintura en las pestañas que en las paredes.
—Rectifico: tú acabaste con más pintura en el pelo y en las cejas que en la pared —me corrige al instante, y sé perfectamente que está sonriendo, aunque me dé la espalda—. Yo, al menos, tenía un esquema trazado y un plan de ataque. Tú solo tenías un entusiasmo absurdo y cero técnica espacial.
—¡Oye! El entusiasmo también cuenta a la hora de hacer reformas.
—El entusiasmo desmedido hizo que te cayeras del segundo peldaño de la escalera plegable y casi te rompieras el codo izquierdo, si la memoria no me falla.
Me giro del todo para mirarla, apoyando el peso en una pierna.
Vanesa se ha puesto de pie y se está estirando hacia atrás con las palmas apoyadas en los riñones para desentumecer la espalda.
La camiseta negra sin mangas se le pega a la piel por el sudor, marcando de forma impecable la línea recta de sus hombros y la curva fibrada de su clavícula.
Lleva unos pantalones cortos de trabajo rotos por los bolsillos que dejan al descubierto sus piernas largas y unas rodillas manchadas de blanco.
Hay algo en el modo en que se mueve hoy que no termina de encajar con la Vanesa de siempre.
O quizás soy yo la que está mirando cómo no debe.
La verdad es que últimamente estoy con las hormonas a flor de piel.
La música cambia de pista. Entra una canción más lenta, marcada por una guitarra acústica melancólica. El ventilador sigue zumbando rítmicamente en su esquina. Yo sigo rodillo arriba, rodillo abajo, pero lo cierto es que la atención se me escapa hacia ella cada dos por tres.
Desde que empecé a chatear en SapphoMatch , y especialmente desde que Siren_9 irrumpió en mi vida para enseñarme lo que era el deseo salvaje, el sexting sin complejos y las noches de juego travieso a través de la pantalla, algo se ha descolocado drásticamente dentro de mi cuerpo.
Es como si mi anatomía hubiera recordado de golpe que está viva, que siente, que vibra y que quiere cosas.
Cosas deliciosas, sucias y excitantes que no tienen nada que ver con el desprecio helado de Elena.
Cosas que a veces, durante las noches en las que tardo en dormirme, me hacen pensar en manos firmes sobre mis caderas, en labios ajenos recorriendo mi cuello y en pieles calientes rozando la mía.
Vanesa se agacha para coger la bandeja de plástico con la pintura y, al levantarse de golpe, da un paso atrás a ciegas. Yo, justo en ese mismo segundo, me giro demasiado de prisa para alcanzar el cubo pequeño que se me ha quedado lejos.
Mi pie derecho pisa de lleno una gota gorda de pintura fresca que no había visto en el suelo y el parqué se convierte en una pista de patinaje.
El mundo pierde el eje de gravedad en un pestañeo.
El rodillo se me escurre de los dedos y sale volando por los aires, pintando una raya diagonal preciosa en el aire y yo caigo en picado, directamente sobre Vanesa.
El impacto no es violento ni doloroso, pero sí absoluto y total.
Mi pecho choca de lleno contra el suyo. Mis manos buscan un punto de apoyo a la desesperada y encuentran sus brazos.
Unos brazos firmes, duros, increíblemente tensos bajo la piel caliente y humedecida de mis manos por el esfuerzo.
La espalda de Vanesa choca contra la pared recién pintada.
Quedamos atrapadas la una contra la otra, emparedadas entre el yeso blanco húmedo y el aire denso y sofocante de la estancia.
Nuestros rostros quedan a escasos centímetros de distancia.
Puedo sentir el soplo acelerado de su respiración golpeándome directamente en los labios.
Puedo oler la mezcla de la pintura, el sudor limpio tras el trabajo físico y ese perfume ligero con notas de mandarina y lavanda que lleva usando desde la universidad.
Vanesa se queda completamente rígida bajo mi peso.
No se mueve. No respira. No dice ni una sola palabra.
Yo también contengo el aire en los pulmones, como si el oxígeno de la habitación se hubiera vuelto demasiado espeso para tragarlo.
Sus ojos —de ese color marrón avellana profundo que me sé de memoria— bajan de forma inevitable, lenta y deliberada, hacia mis labios.
Lo veo con total claridad. Lo siento en la piel.
Es un movimiento instintivo, cargado de algo pesado y retenido.
Y en ese segundo eterno que parece durar horas, algo se remueve en el fondo de mi estómago.
Es una punzada de calor eléctrico, violento e imprevisto, que me nace en las entrañas y sube en tromba hacia la garganta, encendiéndome las mejillas.
La firmeza con la que sus manos aferran mis costados no es la forma en que se sostiene a alguien cuando te tropiezas.
No. Es una agarre posesivo, intenso, tembloroso.
O al menos, mi cuerpo hambriento de tacto lo interpreta de esa manera.
El corazón me retumba en el pecho con tanta fuerza que estoy convencida de que ella puede oír los latidos retumbar contra sus propias costillas.
El tiempo se detiene. La canción sigue sonando de fondo, lejana, amortiguada por el zumbido del ventilador.
Una gota de sudor me resbala desde la sien hasta el cuello.
Puedo contar una a una las pestañas oscuras de Vanesa, notar la tensión tremenda que se ha instalado en su mandíbula y ver cómo sus labios se entreabren apenas un milímetro, como si fuera a decirme algo trascendental, pero se hubiera tragado las palabras en el último instante.
Es ella la que rompe el hechizo a la fuerza.
—Vaya… —suelta, y la voz le sale ridículamente ronca, carraspeada y forzada—. Si tenías tantas ganas de darme un abrazo, podías haberlo pedido. No hacía falta que me embistieras como si fueras un toro de Miura en plena corrida.
La risa que deja ir a continuación suena torpe, demasiado alta, absolutamente desafinada en ella.
Se mueve lateralmente, apartándose de mi contacto como si tocara una estufa encendida.
Sus manos se despegan de mi cintura —ni me había dado cuenta de en qué momento las había plantado ahí con tanta firmeza— y busca a toda prisa lo que se nos ha caído al suelo.
Se agacha de golpe, la recoge del parqué y camina a pasos agigantados hacia el rincón donde tenemos los cubos y los trapos húmedos, dándome la espalda de forma radical.
Yo me quedo congelada de pie en mitad del cuarto, con los brazos todavía suspendidos en el aire y los dedos entreabiertos, como si mis manos siguieran sosteniendo el contorno de un cuerpo que ya no está.