El match perfecto Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Sé que no tiene ningún sentido mantener el silencio después de mi mensaje. Vanesa ya sabe que Siren_9 y yo estamos tonteando, pero siento un extraño calor que me sube por el cuello hasta las mejillas.

—Bueno… pues eso. Que estoy tonteando con alguien y me gusta mucho.

Sonia da una palmada al aire que retumba en todo el salón.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía, joder! ¡ Habemus lío!

Vanesa no dice nada. Permanece sentada, completamente inmóvil a su lado.

Lo único que percibo es que se le queda congelada la cuchara a medio camino, sin terminar de remover el azúcar en su taza.

Me pregunto qué estará pensando. Aunque conociéndola, y teniendo en cuenta mis conversaciones con ella, puedo jurar que no le gusta nada la idea de que mi situación con Siren_9 , siga adelante.

—¿Cómo se llama?

—Eso quisiéramos saber todas —suelta Vanesa antes de darle un sorbo a su taza de café.

—Bueno, pues… ¿cuál es su alias? —pregunta Sonia con los ojos echando chispas de la curiosidad.

— Siren_9 .

Sonia arquea las dos cejas, sorprendida.

—¿ Siren_9 ?

—Sí. ¿Qué pasa?

—Espérate tú… Me suena un huevo ese nombre de perfil. —Frunce el ceño, pensando durante dos segundos, y de repente chasquea los dedos—. ¡Claro, coño! —Se vuelve hacia Vanesa en un santiamén—. ¿No fue esa a la que vigilabas tú en la app la otra tarde cuando fuimos a tomar unas cervezas?

Vanesa tensa la mandíbula, dibujando en los labios una sonrisa resignada y perfectamente ensayada.

—La mismísima.

—¡Pues hay que ver qué puntería has tenido, celestina! —Sonia levanta su taza de café a modo de brindis triunfal—. Hay que reconocerlo, Vanesa. Por una vez en tu vida, has hecho algo brillante. Gracias a ti, Adriana ya no parece una momia.

—¡Oye, que yo no era una momia! —exclamo, provocando la risa de Sonia—.

La verdad es que… —busco las palabras exactas, intentando no sonar como una adolescente hormonada—.

No esperaba para nada conectar así con alguien a estas alturas.

Pensaba que estaba desahuciada para el amor y para el sexo, os lo juro.

Obviamente no entro en los detalles salvajes de anoche, ni en los vídeos, ni en cómo me masturbé frente a la cámara imitando sus órdenes.

Eso me lo guardo para mi intimidad. Solo les hablo de la complicidad.

De la facilidad pasmosa con la que las horas se pasan volando cuando chateamos.

De cómo me siento libre de mostrar partes de mí que llevaba años escondiendo por culpa de la indiferencia de Elena.

Sonia me escucha con una ternura genuina, asintiendo a cada palabra.

—¿Y cómo es? —pregunta cotilla—. Porque a esa Siren_9 tiene un perfil de lo más interesante.

—Es… increíble. Es directa, súper inteligente, tiene una forma de hablar grave y seductora que te atrapa sin que te des cuenta. Y lo mejor de todo es que me hace sentir segura y deseada.

Vanesa se aclara la garganta con un carraspeo seco.

—¿Y ya habéis pasado de las llamaditas...? —pregunta.

La miro a los ojos.

—Hemos… intercambiado algún vídeo. Cosas sugerentes. Nada del otro mundo —miento piadosamente, aunque siento que las mejillas me arden a cuarenta grados.

Sonia da un bote en el sofá.

—¿¡Vídeos!? ¡Toma ya! ¡Pero si mi florecilla se nos ha vuelto una reina del sexting ! ¡Así me gusta, con dos cojones!

—¡Sonia, cállate que me da vergüenza! —protesto riendo, tapándome la cara con las manos—. Que no es para tanto… O sí. Un poco sí.

Vanesa coge otro financier del plato y empieza a partirlo por la mitad, desmenuzándolo sobre la servilleta.

—¿Y cómo te sientes tú con todo eso…? —pregunta en un murmullo mucho más suave, mirándome a los ojos.

—Como si por fin pudiera respirar —confieso con el corazón en la mano.

Sonia me mira con una sonrisa limpia, sin una pizca de burla por primera vez en la tarde.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo lo que nos estás contando, amiga mía?

—¿Qué?

—Que por primera vez en años vuelves a hablar de ti misma en presente.

No me había dado cuenta de ello, pero tiene razón. Durante años, cada frase que salía de mi boca empezaba por «es que Elena prefería…», «es que cuando estaba casada…» o «es que yo ya no sirvo para…». Hoy hablo de lo que quiero, del futuro.

—Es verdad… —admito con un nudo de emoción en la garganta—. Ya no me siento encadenada a lo que fue.

Sonia le da un sorbo largo al café y sonríe.

—¡Y esto se merece un fiestón de los gordos para celebrarlo!

Vanesa levanta la cabeza ipso facto, alzando las cejas.

—¿Qué clase de fiestón, si se puede saber?

Una sonrisa maquiavélica y absolutamente destructiva se dibuja en la cara de Sonia.

—El próximo sábado nos vamos las tres de copas y a darlo todo en la pista de baile.

Vanesa casi se ahoga con su propio aliento.

—Ni de coña.

—¿Por qué no, a ver? —se chula Sonia.

—Porque acaba de salir de un divorcio, está ligando con una desconocida y su vida está patas arriba. Necesita tranquilidad, estabilidad y asimilar las cosas con calma.

—Lo que necesita es menear el culo, quemar la noche y ligar en vivo y en directo.

—Necesita descansar.

—¡Necesita sentirse una mujer deseada y viva!

—Solo digo que no hay ninguna necesidad de correr —añade Vanesa, cruzándose de brazos con firmeza—. Adriana acaba de empezar a conectar con alguien. No tiene por qué llenar vacíos emocionales con ruido, garrafón y música a toda ostia.

Sonia la mira de arriba abajo y sonríe con esa expresión típica de los detectives cuando encuentran la huella dactilar definitiva que resuelve el crimen.

—¿Y quién coño ha hablado de llenar vacíos? Yo hablo de celebrar que Adriana por fin vuelve a sonreír. Y de paso, te sacamos a ti de esa cueva de amargada en la que te has atrincherado.

—Yo no estoy en ninguna cueva, Sonia.

—No, qué va. Solo te dedicas a trabajar, te niegas a tener vida social y proteges el teléfono como si escondiera los códigos de lanzamiento de un misil nuclear.

Vanesa abre la boca para soltarle un exabrupto de los suyos, pero Sonia no le deja ni tomar aire.

—Además, si hiciste match con ella, es porque vive cerca y si estoy en lo cierto. Siren_9 se mueve por los locales de ambiente del centro —comenta en voz alta, pensativa—. Sería una fantasía que te la cruzaras en persona, ¿a qué sí?

Casi escupo el trago de café y me da un ataque de tos.

—¡¿Cómo?! ¿De verdad lo crees?

—Tranquila —me guiña un ojo, riéndose de mi cara de pánico—. Solo digo que a veces el destino es muy juguetón. Y tú, Vanesa, te vienes con nosotras y así te quedas tranquila haciendo de guardaespaldas.

Vanesa aprieta la mandíbula con tanta fuerza que me da miedo que se le parta un diente.

—No necesito que me uséis de niñera.

—No es de niñera. Sé que te importa el bienestar de Adriana —replica Sonia, y esta vez su tono pierde la guasa y suena extrañamente suave, casi con doble sentido—. Aunque te empeñes en ponerte una coraza de piedra.

Durante un minuto, nadie dice nada. El silencio en el salón es absoluto, roto solo por el murmullo lejano del tráfico en la calle.

El aroma del café se mezcla con los restos del dulce que Vanesa ha terminado por reducir a migas diminutas en su servilleta.

Las miro a las dos: Sonia sostiene la mirada con una chispita brillante en los ojos, como si hubiera olido la sangre.

Vanesa, en cambio, tiene la mirada fija en la mesa, apretando las manos como si estuviera sujetando las riendas de un caballo desbocado que amenaza con tirarla al vacío.

—A ver, chicas, que haya paz —digo al fin para destensar la cuerda—. No tenemos por qué decidirlo hoy mismo. Lo vamos hablando a lo largo de la semana.

Sonia asiente, pero no le quita la vista de encima a Vanesa ni un segundo.

—Claro que sí. Pero yo por si acaso ya he dejado el sábado libre en mi agenda, avisadas estáis.

Vanesa suelta un suspiro largo.

—Eres absolutamente insoportable.

—Y tú eres de un predecible que asusta. Pero te quiero igual, amargada mía.

Las tres volvemos a reírnos, aunque la risa de Vanesa parece tensa. Pasamos el resto de la tarde charlando de cosas ligeras, pero en el ambiente, queda flotando algo denso, una verdad suspendida de un hilo.

Cuando Sonia se mete en el baño antes de irse, me quedo a solas con Vanesa. Ella apoya los codos en las rodillas, contemplando su taza vacía.

—¿Estás bien? —le pregunto, acercándome un poco a ella.

Levanta la vista y por un instante efímero, tengo la sensación de que me va a confesar algo enorme. Pero al segundo siguiente, su rostro se enfunda de esa máscara de control que domina bastante bien.

—Claro que sí. Solo… no me gustaría que te precipitaras y acabaras sufriendo otra vez.

—No me estoy precipitando. Solo siento que… por fin me estoy dejando llevar.

Ella asiente en silencio, pero sus ojos se escurren de forma inevitable hacia mi teléfono móvil, que descansa sobre la mesa justo al lado del plato de los dulces.

—Está bien —murmura, pasándose una mano por la nuca—. Solo… ten mucho cuidado, ¿vale? No todo el mundo es lo que parece.

Antes de que pueda pedirle que me explique qué demonios quiere decir con eso, Sonia sale del baño silbando una melodía pegadiza.

—¿Habéis aprovechado para criticarme mientras estaba en el baño?

—Por supuesto. Es nuestro deporte favorito —responde Vanesa, recuperando al instante su tono sarcástico de siempre.

—Perfecto. Me preocuparía si fuera de otra manera.

—Entonces, ¿me paso esta semana para ayudarte a pintar el cuarto de invitados? —pregunta Vanesa—. Así lo dejamos ya listo y no tienes que preocuparte.

—Sí, me parece genial. Mándame un mensajito y cuadramos las horas.

Nos despedimos entre abrazos en la puerta. Sonia me da un apretón cariñoso y Vanesa me sostiene la mirada con una intensidad que me remueve todo por dentro.

Antes de cruzar el marco de la puerta, Sonia sonríe.

No dice una sola palabra, pero sus ojos van despacio de la cara de tensión de Vanesa a mi cara de despiste total y por un milisegundo, me invade la extraña sensación de que acaba de atar cabos sobre algo que nosotras dos, de un modo u otro, todavía no somos capaces de ver.