Capítulo 11
La inspectora Sonia
Adriana
El domingo por la tarde me sabe a paz y al aroma del café que acabo de moler. Ah, y a verano tórrido y escandaloso, para qué nos vamos a engañar.
Vanesa llega, como siempre, la primera. Trae consigo una bolsa de hielo y un set de cuatro copas anchas de cristal porque, según ella: «toda casa recién estrenada se merece un brindis con mucho alcohol y celebración».
Mi cara tiene que ser todo un poema, porque no tarda mucho en encogerse de hombros y dedicarme un guiño pícaro de los suyos.
—Te recuerdo que hemos quedado para tomar café, no para un tardeo cargadito de gin-tonics —le recuerdo, y me echo a un lado para que pase—. Me pregunto si algún día serás capaz de… no sé, aparecer con un regalo que no tenga implícito la palabra ‘alcohol’.
—La normalidad está sobrevalorada, Adriana —replica ella, entrando y descalzándose como hace siempre que viene.
Deja las copas sobre la piedra de la cocina y la bolsa de hielo en el congelador—.
Además, alguien tiene que pensar en lo práctico y traer vasos.
Sonia suele ser la que trae las bebidas y se olvida de que se beben en vaso, no a morro.
Y tú… bueno, tú estás demasiado ocupada flotando en las nubes como para acordarte de que le dejaste a Elena la colección de copas que te regalé por Navidad.
—No estoy en las nubes —la señalo con un dedo—. Solo estoy, disfrutando.
Vanesa abre la boca para decir algo cuando el timbre vuelve a sonar.
—¡Abrirme de una maldita vez! —grita Sonia desde el rellano, antes de que me dé tiempo a abrir—. ¡Traigo las manos ocupadas, cero paciencia y una caja de pasteles que no va a sobrevivir si tardo un segundo más en apoyarla!
Le abro la puerta volando. Sonia entra a prisas, cargada hasta arriba con una caja gigantesca de una pastelería del centro —mi favorita— y un par de botellas de cava helado en una bolsa.
Lleva el pelo recogido de cualquier manera y luce esa sonrisa amplia, traviesa y descarada que anuncia que llega dispuesta a revolverlo todo.
—¿No habíamos quedado para tomar un café? —pregunto alzando una ceja, divertida.
—Sí, claro.
—¿Y entonces a cuento traes dos botellas de cava, loca de la vida?
Se encoge de hombros con la mayor naturalidad del mundo mientras pasa al salón como si fuera su casa.
—Porque te acabas de divorciar de una sosa infeliz y te has mudado sola, porque tenemos que celebrar que ya no lloras por los rincones.
Y tú me conoces: yo soy de las que piensa que es imposible celebrar algo sin alcohol.
Además, el cava bien frío siempre sienta infinitamente mejor que el café cuando hay chismes picantes de los que hablar.
Vanesa suelta un resoplo épico desde el sofá.
—¿Se lo has contado también a ella? —me pregunta, posando su mirada en mis ojos—. Creo haberte recordado que llevases mucho cuidado.
—No le hagas caso a esta abuela cascarrabias atrapada en el cuerpo de una treintañera —me suela Sonia sin despeinarse, dejando la caja de pasteles sobre la mesa baja que hay entre los sofás—.
A esa edad debería tener al menos un amante secreto o, como mínimo, un hobby de riesgo que no sea controlar la vida del resto.
—Haya paz, por favor.
No tardan ni medio minuto en empezar a tirarse puyas por pura costumbre.
Las observo desde la barra de la cocina mientras pongo la cafetera a calentar.
Siempre han sido así. Sonia habla por tres personas a la vez, no tiene filtro alguno, dice guarradas sin despeinarse y entra a los sitios arrollando.
Vanesa le responde con media frase sarcástica, una mirada asesina de las suyas y una ceja levantada.
Y, milagrosamente, se entienden a las mil maravillas.
Siempre ha sido así, desde que nos conocimos en la facultad.
Mientras el café empieza a subir despacio, apoyo las palmas sobre la encimera y respiro hondo.
Sé la razón real por la que las he invitado hoy.
Necesito expresar todo lo que siento, que me escuchen y me ayuden a tranquilizarme.
Sobre todo después de esa sesión de sexo virtual con Siren_9 que todavía tengo graba en la mente.
Cojo la bandeja de madera con las tazas humeantes y el plato donde he acomodado los pasteles que trajo Sonia y que son los favoritos de Vanesa —unos pequeños financiers de almendra y mantequilla que sé que le chiflan y que en su casa vuelan—, y regreso al salón, frenando mis pasos a mitad de camino al oír sus voces filtrándose por el pasillo.
—…sé qué te pasa algo, Vanesa. Y no me cuentes milongas.
Reconozco al instante el tono de sabuesa de Sonia. Me detengo pegada a la pared, sin hacer un solo ruido.
—No me pasa nada, pero si sigues insistiendo… al final conseguirás que me moleste —le suelta Vanesa. Noto que su voz está demasiado rígida, como si estuviese nerviosa.
—Yo solo sé que estás muy tensa y no me cambies de tema con tu sarcasmo barato —insiste Sonia, y oigo el crujido del sofá cuando se inclina hacia ella—. Estás bastante rara últimamente.
—Estoy perfectamente, no exageres.
—Eso lo dices tú. Que yo recuerde, eres de las que no se queda quieta y folla con quien le da la gana cada fin de semana. ¿Y cuánto llevas sin hacerlo? —se hace una pausa en la que imagino a Vanesa mirándola—. Exacto. ¿Te has dado un golpe en la cabeza o algo?
—He madurado un poquito y me he vuelto más exigente, que son dos cosas que a ti te suenan a chino teniendo en cuenta que te acuestas con la primera que se cruce en tu camino.
Sonia suelta una risotada sonora.
—Ya, claro. ¿No será que nos ocultas algo? Porque desde hace semanas que no dejas de mirar el teléfono como si estuvieses descifrando un acertijo.
—Es trabajo, pesada. Cosas de la oficina.
—¿Y no será que te preocupa algo? —insiste Sonia—. Sé que la situación de Adriana no es fácil y sé que te preocupas por ella, pero…
—Estoy bien. Déjalo ya, por favor.
Algo dentro de mí se tensa. Sé que a Vanesa no le gusta lo mío con Siren_9 , que la ve como una oportunista que desaparecerá de mi vida en cualquier momento. Ya hemos hablado de esto, hemos incluso peleado. Sin embargo, cuando vuelve a hablar, la tensión se disipa.
—Lo único que me preocupa es que se le pueda acercar alguna lagarta por la app —confiesa en un tono más bajo—. Alguien tiene que ejercer de adulta en este grupo.
—Ya, claro.
—¿Qué pasa ahora?
—Nada, nada… Solo digo que cuando tú empiezas a parecer sospechosamente misteriosa, el universo suele estar preparando una catástrofe de proporciones bíblicas.
—Qué maravilloso concepto tienes de mí, Sonia. De verdad, me conmueves.
Decido entrar en el salón antes de que la cosa pase a mayores.
—¿Poniéndome a parir a mis espaldas?
—¡No! —responden las dos al unísono, pegando un bote en el sofá.
Las miro alternativamente con una sonrisa guasona.
—Mentís fatal, que lo sepáis.
Nos echamos las tres a reír, rompiendo la tensión. Dejo la bandeja sobre la mesa baja y me acomodo en el sillón de enfrente. Vanesa, sin decir una sola palabra, pero con los ojos fijos en la bandeja, estira la mano y coge directamente uno de los financiers de almendra. Levanta la vista hacia mí.
—Son los de la pastelería de la esquina. Mis favoritos.
—Lo sé. Los he encargado esta mañana pensando en ti, le pedí a Sonia que los recogiera.
La dureza de su mirada se desmorona en un segundo, suavizándose de una forma preciosa.
—Gracias. —Y me guiña un ojo.
Ese pequeño gesto, esa mirada, basta para recordarme lo muchísimo que la quiero. Sin ella, mi vida no sería la misma. Es mi pilar, mi mejor amiga, la tía más leal del planeta y la que ha estado conmigo cada vez que el mundo se me ha tambaleado.
Nos acomodamos en corro. El aroma a café impregna la estancia mezclándose con el dulce de la pastelería.
Durante un buen rato charlamos de tonterías para romper el hielo.
Hablamos del calor que está haciendo este año, de mi vecina del tercero que se cree Montserrat Caballé y canta ópera mientras tiende las bragas en el patio interior, y de una compañera del trabajo de Sonia que se metió en una reunión de Zoom en pijama de ositos y sin darse cuenta de que la cámara estaba encendida.
Las risas se van apagando poco a poco hasta que Sonia apoya su taza y pone toda su atención en mí.
—Bueno —dice, esbozando una sonrisa canalla que la delata—. Dejémonos de tonterías. Ahora cuéntamelo todo, Adriana. Pero todo es todo, que tus audios de esta mañana me dejaron con ganas de más.
Me hago la sueca, dando un sorbo al café.
—No sé de qué me hablas.
—No me pongas esa cara de angelito. Tienes exactamente la misma expresión de pecadora que ponías en la universidad cuando te morías por la profesora de Literatura Contemporánea y no aceptabas que te gustaba.
Casi me atraganto con el café, escupiendo un hilillo de espuma.
—¡Oye! ¡Que yo tenía veinte años y no sabía que era lesbiana!
—¡Y fue glorioso! —salta Vanesa desde su esquina, riendo entre dientes—. Todavía me acuerdo de cómo fingías que tenías mil dudas existenciales para pedir tutorías a última hora y salías del despacho con las orejas rojas como tomates.
—A ver, ¿os habéis aliado las dos hoy para hundirme la reputación o qué?
—Necesitas contarme un poquito más la razón por la que tienes esa sonrisa atontada que no te cabe en la cara —dice Sonia, inclinándose sobre la mesa con los codos hincados en las rodillas—.
Lo último que sé es que esta petarda te instaló la app de SapphoMatch y que esta mañana parecías la Sirenita enamorada del príncipe Eric.
—¡Tampoco exageres!
—¿¡Que no exagere!? ¡Espera! —Sonia saca su teléfono en ese momento, y tras manejarlo con facilidad, pone uno de mis WhatsApp de esta mañana para que la escuche: «Sonia, ¡no sabes la noche que he tenido!
Aun no te lo comenté, pero estoy flirteando con una mujer que…
joder, ¡Sonia! Es un bombón, ¡un bombón!
Y esta noche pasada… aún estoy con el calentón encima»—. ¿Ahora qué me dices?