Capítulo 10
Que nos devore el fuego
Vanesa
El vídeo de Adriana se detiene de golpe en la pantalla de mi teléfono y el silencio que recorre cada rincón del salón se vuelve de pronto abrumador, pesado y casi insoportable.
Contengo el aliento con el corazón latiendo salvajemente contra la garganta.
La imagen de Adriana, jugando con sus pechos y acariciándose a sí misma, se me ha quedado grabada a fuego en las retinas.
El pulso me tiembla tanto que he estado a punto de dejar caer el teléfono contra el suelo —y esta vez, de verdad—.
Siento la piel hipersensible, alerta a cada maldito roce de la seda de mi camisón.
Entre las piernas tengo un incendio forestal, una calidez húmeda, palpitante y descontrolada que amenaza con abrasarme si no busco una vía de escape en los próximos diez segundos.
Lo único que deseo en este instante es tenerla aquí.
Pegada a mi cuerpo, sintiendo el peso de sus caderas mientras le hago el amor exactamente como llevo años imaginándolo.
Me paso una mano por la cara, soltando aire en bocanadas cortas, calientes y sofocadas. Sé de sobra que Adriana está mordiéndose las uñas esperando mi respuesta. Me la imagino alterada mientras no le quita ojo a la pantalla, con la piel caliente y el corazón latiendo de pura necesidad.
Con un movimiento decidido —pero bastante torpe por culpa de las prisas y los nervios—, vuelvo a encajar el teléfono, ajustando el ángulo para que la luz tenue de la lámpara ilumine a la perfección mi torso y mis piernas.
Me reclino hacia atrás, abriendo las piernas lentamente y la seda del camisón se frunce hasta acumularse en mi cintura y dejar al descubierto mis bragas de encaje negro.
Presiono el botón de grabar y el circulito rojo empieza a parpadear en la pantalla.
—Dios mío… —murmuro, dejando que mi voz suene ruda, pesada y completamente dominada por el deseo—. No tienes ni la más mínima idea de lo que has provocado con ese vídeo, sunshine . Me tienes ardiendo, encendida, como si me hubieras metido un fuego por dentro que ya no puedo apagar.
Pongo la mano derecha directamente sobre el encaje negro de mi ropa interior y deslizo los dedos muy despacio por encima de la tela, sintiendo el calor acumulado y la humedad que ya atraviesa el tejido.
Un primer gemido, grave, ronco y totalmente contenido, se me escapa entre los dientes sin que pueda hacer nada por evitarlo.
Me arqueo levemente sobre el sofá de Emilio, clavando la mirada en la lente de la cámara a pesar de saber que ella no me verá.
—Mira lo que provocas en mí —susurro con un tono firme, empujada por la urgencia del momento—. Mira cómo me pones. Mira cómo reacciona mi cuerpo solo con verte....
Sin apenas moverme, desplazo el encaje hacia un lado, mostrándole mi sexo empapado.
Mis dedos descubren por fin mi piel desnuda, sensible a más no poder, y un escalofrío electrizante me recorre la espalda desde la nuca hasta la punta de los pies.
Con las yemas de los dedos empiezo a trazar círculos lentos, húmedos y firmes en mi centro.
Me muerdo el labio inferior con rabia, cerrando los ojos un milisegundo al sentir el impacto directo del placer expandiéndose hacia mis muslos.
—Si estuvieras aquí conmigo en este sofá…
—retomo la grabación, obligándome a abrir los ojos para que vea con claridad todos mis movimientos—, te juro que no te dejaría en toda la noche.
Te follaría y no me detendría hasta oírte suplicar entre jadeos.
Quiero sentir tu respiración entrecortada chocar contra mi cuello.
Quiero sentir cómo te estremeces entera cada vez que pase la lengua por tu piel, cómo tu cuerpo se arquea buscando más de mí y cómo tus uñas se me clavan en la espalda.
Aumento el ritmo de mis caricias, sintiendo cómo la fricción eleva la temperatura de todo mi cuerpo a niveles críticos.
Mis pensamientos descarrilan. Ya no hay espacio para la prudencia, ni para el miedo ciego a ser descubierta; en este preciso instante, la delgada línea que separa a Vanesa de Siren_9 se borra del todo, unificándonos en el mismo deseo hambriento.
Las fantasías que guardé en el rincón más oscuro de mi mente brotan ahora sin filtro, convertidas en palabras explícitas, posesivas y apasionadas que guían a Adriana en la distancia.
—Me metería entre tus piernas —continúo, acelerando el movimiento de mi mano mientras mis caderas se elevan buscando más contacto—.
Te abriría los muslos con las manos y te comería muy despacio, disfrutando de cada uno de tus sabores, lamiendo y besando hasta que te sujetes a mis hombros con desesperación y te corras en mi boca.
Dime, ¿te imaginas mi lengua recorriéndote así? ¿Sientes ya cómo me muero por probarte?
Deslizo dos dedos en mi interior sin contemplaciones.
Un suspiro ahogado y desgarrador retumba en el salón, mezclándose con el leve crujido del cuero del sofá bajo mi espalda.
La sensación es aplastante. Siento el cuerpo tan receptivo y necesitado que el roce interno me hace apretar los dientes con fuerza.
Empiezo a marcar un ritmo constante, profundo y rítmico que me roba el aliento por completo.
—Dime que sientes esto conmigo… —pido en un gemido roto, mientras con el pulgar me acaricio el clítoris al mismo tiempo que me muevo por dentro—.
Dime que te estás tocando ahora mismo mientras ves cómo me entrego a ti.
Quiero que te imagines que son mis dedos los que te están follando, los que están buscando ese punto exacto que te hace perder el juicio.
El placer se acumula en la base de mi vientre como una ola gigante que amenaza con reventarme por dentro.
Mi respiración se vuelve errática, rápida, salvaje.
Acaricio mis pechos con la mano libre por encima de la seda negra, apretándolos con firmeza mientras me hundo más y más en el movimiento de mis dedos.
Todo mi ser pide sentir a Adriana pegada a mí.
Imagino el olor a jazmín y vainilla de su piel, la suavidad de sus caderas, el peso exacto de su cuerpo cediendo ante el mío, y esa imagen mental termina de encender la última chispa.
—Me voy a correr pensando en ti… —alcanzo a articular con la voz totalmente tomada por la intensidad—.
Mírame. Mírame bien. Esto es todo tuyo. Quiero que veas cómo tiemblo por ti, cómo mi cuerpo se rinde solo con imaginarte.
¿Sabes cuántas noches he soñado con esto?
¿Cuántas veces me he tocado imaginando tu boca sobre la mía, tus manos explorándome sin prisa?
El orgasmo me golpea con una violencia brutal, sacudiéndome la cadera hacia arriba en un espasmo violento.
Contraigo los músculos internos alrededor de mis dedos mientras un gemido alto, prolongado y sin ningún tipo de control se me escapa de la garganta, retumbando contra las paredes.
Cierro las piernas instintivamente, apretando la mano contra mi centro para prolongar cada una de las descargas eléctricas que me sacuden entera.
Siento incluso las lágrimas del pico de la excitación asomarse a mis pestañas, mientras la respiración se me corta en pequeños saltos sofocados.
Durante varios segundos me quedo completamente inmóvil sobre el sofá, con el pecho subiendo y bajando como un fuelle, el cuerpo bañado en sudor y la lencería hecha un desastre.
El éxtasis físico es innegable, un alivio tremendo que me deja las extremidades pesadísimas y la mente en blanco por un segundo.
Pero incluso en mitad de esa bruma dulce, mi mente no tarda ni dos giros en volar hacia ella.
Pienso en lo maravilloso que sería tenerla aquí a mi lado, abrazándome después de esto, susurrándome al oído que ella siente lo mismo y que esto va muchísimo más allá de una pantalla.
Pero a medida que las pulsaciones empiezan a bajar y la bruma del placer cede espacio a la cruda realidad, una punzada de amargura, pesada, fría y dolorosa, se me instala de golpe en el estómago.
Miro la pantalla del teléfono, que continúa grabando el tramo final de mi recuperación.
Veo mi propio torso reflejado en el cristal negro, la lencería desordenada y la piel enrojecida.
Y en ese preciso instante, odio profundamente esta distancia.
Odio esta maldita pantalla que nos separa.
Odio cada kilómetro de asfalto que se interpone entre su cama y este sofá prestado.
Sé que en unos minutos ella recibirá este archivo.
Sé que lo mirará con los ojos desorbitados, que se tocará siguiendo el sonido de mi voz rota y que me enviará de vuelta la confirmación de su propio orgasmo grabado.
Pero la verdad, la jodida y desgarradora verdad, es que no quiero un vídeo de respuesta.
Lo que deseo es estar allí para recibir ese orgasmo en directo.
Quiero sentir el temblor de sus muslos en mis manos, limpiar con mi boca las gotas de sudor de su frente, escuchar sus gemidos reales chocando contra mi oído y quedarme dormida con su cabeza apoyada en mi pecho durante toda la noche.
Con un nudo amargo atragantado en la garganta, estiro el brazo y presiono el icono cuadrado para detener la grabación.
Retoco un poco el video, aprieto el botón de envío sin darme tiempo a arrepentirme y me dejo caer de nuevo contra el respaldo del sofá de piel, mirando fijamente el techo a la espera de que el dichoso círculo de carga complete su recorrido.
—Ojalá algún día pueda tener la oportunidad de vivir esto de verdad…
Pero sé que es un sueño imposible. Un suicidio anunciado.
Porque si Adriana descubre alguna vez que la mujer que la ha hecho renacer desde las cenizas es la misma amiga sarcástica, pragmática y seca que la animó a crearse una cuenta en SapphoMatch , me odiará y entonces, me habré quedado sin ella para siempre.