Capítulo 9
La primera frontera
Adriana
Trago saliva sintiendo la boca seca y con los dedos temblando por pura expectación, presiono el centro de la pantalla para reproducir el vídeo.
El impacto visual es tan instantáneo como brutal.
La escena parece directamente sacada de una película erótica de alto voltaje, hecha a la medida exacta de mis fantasías más secretas e inconfesables.
En el encuadre del móvil no aparece ningún rostro, por supuesto —esa mujer sabe perfectamente cómo jugar y mantener el misterio—, pero la figura que se despliega sobre la pantalla me roba el aliento de un plumazo, dejándome con la boca abierta.
Siren_9 está reclinada sobre un enorme sofá de piel, bajo la luz tenue, cálida y de lo más sugerente de una lámpara que baña toda su silueta en tonos dorados y melosos.
Lleva puesto un camisón corto de seda negra que contrasta de una manera espectacular con el tono de su piel, deslizándose suavemente sobre sus curvas.
Sus piernas, que parecen infinitas, largas y provocadoras en ese ángulo, se abren sin un solo miligramo de timidez ante la lente de la cámara, revelando una postura cargada de un dominio, una clase y una seguridad que me hace temblar las rodillas a distancia.
—Qué pedazo de mujer, por el amor de Dios...
De pronto, el vídeo cobra vida y ella empieza a hablar.
—Sé perfectamente que estás mirándome ahora mismo…
—susurra esa voz desde el altavoz, mientras sus manos largas, pulidas y cuidadas comienzan a deslizarse lentamente por su propio cuello, bajando sin prisa, hacia la curva de su pecho—.
Y quiero que sientas en tus carnes todo lo que voy a hacerte esta noche.
Su voz me llega a través del pequeño altavoz del teléfono con un matiz ligeramente grave, con una textura profunda, rasgada, aterciopelada y tan descaradamente seductora que siento un chispazo directo entre las piernas.
Es un murmullo caliente, denso, que parece resonar no en el móvil, sino dentro de mi propio cerebro.
Trago saliva por segunda vez con una dificultad bárbara.
Aprieto el teléfono entre mis manos húmedas por el sudor mientras contemplo, hipnotizada, cómo la tela de seda negra de su camisón se arruga de una forma erótica bajo la firme presión de sus dedos.
Siren_9 no se anda con chiquitas ni pierde el tiempo con rodeos.
Empieza a guiarme con un lenguaje directo, explícito, salvaje y ardiente, describiendo paso a paso, cómo se acercaría a mí si estuviera cruzando la puerta de este dormitorio en este preciso instante.
—Llegaría hasta ti y te acorralaría contra el colchón sin darte ni un solo segundo para pensar o dudar —continúa ella con esa voz profunda que se me clava en el mismísimo centro del vientre—, separaría tus muslos como quien reclama lo que ya sabe que es suyo, y colocaría mi boca justo aquí...
donde sé que estás ardiendo por mí. Sentirías mi lengua caliente trazando círculos lentos, saboreándote con paciencia hasta que olvides tu propio nombre y me supliques que no pare.
Mientras sus palabras crudas, explícitas y descaradas me envuelven, en el vídeo se ve cómo se lleva ambas manos a los senos, estrujándolos por encima de la seda con una firmeza y un descaro que me provocan un nudo de puro fuego entre mis piernas.
Su respiración agitada y rítmica se filtra por el micrófono, mezclándose en la distancia con mi propia respiración desbocada.
—Tócate… —ordena en un murmullo rudo, pausado y autoritario—.
Quiero que en este instante hagas exactamente lo mismo que estoy haciendo yo.
Siente la firmeza de tus tetas, imagina que son mis dedos los que se hunden en tu piel, que soy yo la que te está marcando para que recuerdes a quién perteneces hoy.
El vídeo finaliza de golpe, dejando la pantalla en negro y a mí completamente al borde del colapso respiratorio en mitad de la cama.
—Joder… —alcanzo a jadear en voz alta, llevándome una mano al cuello, notando los latidos de mi corazón desbocado.
Tengo las mejillas ardiendo, los pezones duros bajo el encaje azul y el pulso acelerado.
Siento, sin exagerar, que la temperatura de la habitación ha subido diez grados de golpe y que me voy a derretir en mitad del colchón.
Durante años, durante todo ese pozo negro que fue mi matrimonio con Elena, me convencí estúpidamente a mí misma que la pasión era algo ajeno a mí, un capítulo cerrado y enterrado en mi vida tras una relación fría, aburrida y distante donde mi deseo fue condenado al olvido más absoluto.
Pensaba que me había hecho vieja, que ya no servía para esto, que me había vuelto una mujer insípida e invisible.
Pero Siren_9 , con un simple vídeo de treinta segundos, ha prendido una mecha salvaje que llevaba demasiado tiempo apagada bajo las cenizas.
En mi mente, su voz resuena y moldea frases que me provocan todavía más: «¿Estás lista para mí, Adriana?
Porque yo ya no puedo esperar ni un segundo más para devorarte entera».
Un cosquilleo eléctrico, adictivo y abrasador me recorre la espalda. Hasta que, siguiendo ese impulso salvaje y primario que no sé de donde sale, decido montar mi propio escenario y ajustar la cámara en la mesilla de noche para asegurarme de que el encuadre solo capture mi cuerpo.
—Vamos a ver… necesito… —me giro sobre mí misma, y coloco todas las almohadas que adornan mi cama a los pies—. Ahora sí, mejor… así podrá verlo todo.
Decido acomodarme con las piernas abiertas, dejando que el conjunto de lencería brille gracias a la luz de la lamparilla.
El corazón me late en las costillas con tanta violencia que temo seriamente que el micrófono del móvil pueda registrar el golpeteo.
Estoy excitada, caliente, necesitada… pero yo no soy tan lanzada, y ni siquiera sé por dónde empezar.
El teléfono ya está grabando, la voz de Siren_9 retumba en mi cabeza.
Siento vergüenza por lo que estoy haciendo y por ello cierro los ojos, guiando mis manos lentamente, copiando con descaro las caricias que ella se estaba dando, explorando mi cuerpo lentamente, rozando el borde inferior del sujetador hasta estrujarme las tetas con firmeza, imitando la autoridad con la que ella lo ha hecho en su sofá.
—¿Así…? —murmuro, dejándome llevar por el recuerdo de su voz ronca y sensual—. Quiero que veas con tus propios ojos el efecto que tienes sobre mí, lo mucho que enciendes mi cuerpo… lo excitada que estoy.
Un gemido bajo, rasgado y contenido se me escapa entre los labios al sentir el tacto de mis propios dedos deslizándose sobre la tela de mis bragas.
Escuchar mi propio sonido de placer en el silencio de la habitación me marea.
Mi mente va a toda velocidad y me la imagino devorando cada fotograma, con una sonrisa satisfecha y perversa al descubrirme al otro lado de la pantalla.
—¿Te gusta lo que ves, Siren? —pregunto mientras el calor me abrasa la sangre—. ¿Te gusta ver cómo te necesito…?
Con un movimiento lento, estudiado y lleno de provocación, deslizo los tirantes del sujetador hacia abajo por mis hombros, dejando al descubierto la firmeza de mis pechos erizados ante la lente de la cámara.
El aire fresco de la habitación choca de lleno con el calor sofocante de mi piel, haciéndome jadear de placer.
Me tomo todo mi tiempo para explorar mi propia anatomía como si fuera un territorio sagrado que acabo de reconquistar.
Recorro la curva de mis caderas con lentitud, engancho los dedos en las tiras finas de la braguita de encaje azul, tiro suavemente de ellas hacia abajo y me hundo de lleno en la sensación de estar mostrándome así: libre, descarada, desenfrenada y jodidamente sexy para ella.
Cada caricia que me dedico a mí misma convierte esas fantasías que desearía hacer realidad con ella.
—Quiero que te imagines tus manos aquí mismo, reemplazando a las mías… —susurro, elevando la voz lo suficiente para que la grabación capte cada matiz de mi tono rasgado—. Siente cómo me tiembla el cuerpo entero solo de pensarlo, Siren. Dime que sientes la humedad de mi piel.
Mi mano derecha desciende con lentitud por mi vientre plano hasta rozar la tela húmeda que cubre mi centro.
Me froto por encima del tejido con movimientos circulares y a un ritmo pausado pero constante, escuchando el leve roce de la lencería contra mi piel y el sonido de mi propia respiración, que se vuelve cada vez más agitada, profunda y descontrolada.
Me arqueo levemente sobre el colchón, levantando las caderas y entregándome por completo a la adrenalina pura de saberme observada por la única mujer que ha logrado hacer de mi cuerpo un templo de deseo en lugar de un desierto.
En mi cabeza, la voz de Siren_9 responde con ese tono rudo: « Sí, voy a hacerte gritar tan fuerte que todo el mundo se va a enterar de cómo te hago mía ».
El vídeo que estoy grabando es considerablemente más largo, más explícito y muchísimo más atrevido que el suyo.
Juego sin pavor con las telas, acaricio la cara interna de mis muslos con la punta de las uñas, muestro mi piel completamente erizada y la vibración de mi pecho cada vez que se me escapa un suspiro entrecortado que roza el gemido.
Es una entrega absoluta, un espectáculo íntimo y privado pensado única y exclusivamente para hacerla arder a ella.
Me detengo en cada detalle que sé de sobra que la enloquecerán.
—Esto es único y exclusivamente para ti…
—continúo hablando a la cámara, con la voz tomada por la excitación más pura—.
Cada maldito centímetro de mi piel te pertenece ahora mismo.
¿Puedes sentir lo húmeda y lo caliente que me pongo solo con escucharte?
Quiero sentir tus labios sobre mi piel, tus manos llevándome hasta el límite.
Cuando siento que la intensidad alcanza un punto álgido, pero sin llegar todavía al orgasmo final, me freno en seco y corto la grabación con la respiración entrecortada.
Miro el resultado en la pantalla del móvil y lo arreglo lo suficiente antes de enviarlo: es sugerente, salvaje, rotundo. Una composición maravillosa que transmite el calor que me está consumiendo por dentro. Y con el pulso temblando y una sonrisa dibujada en los labios, pulso Enviar .
El maldito círculo de carga de SapphoMatch comienza a girar lentamente en la pantalla del teléfono.
Me dejo caer hacia atrás sobre la montaña de almohadas, con los brazos abiertos en cruz sobre la sábana y el rostro sofocado mirando al techo, sintiendo el latido sordo, potente y desbocado de mi corazón retumbando en todo mi cuerpo como si fuera una caja de resonancia.
Ya no queda ni un solo rastro de la timidez enfermiza de antes.
Tampoco hay dudas, ni miedos, ni los restos miserables de la mujer apagada, triste e insegura que fui hasta hace apenas unas semanas.
Solo queda esta espera agónica y terriblemente adictiva por descubrir qué respuesta llegará desde ese sofá de piel oscura.