Capítulo 7
La mujer del espejo y yo
Adriana
Desde el balcón de mi salón me llegan las risas escandalosas y animadas de un grupo de gente que disfruta en la terraza del bar de la esquina.
Es sábado por la noche y aunque en un inicio, tenía pensado salir con unos compañeros del trabajo a cenar y tomar algo, al final decidí cancelar y quedarme en casa.
Mandé un WhatsApp al grupo inventando una excusa barata y nadie insistió demasiado.
Quizá porque todos saben que todavía estoy intentando acostumbrarme a este nuevo cambio.
Sé que no conozco de nada a esa mujer. Que ni siquiera sé cuál es el tono de sus ojos o cómo se llama realmente.
Que todo lo que hemos compartido cabe dentro de una pantalla de unas cuantas pulgadas.
Que bien podría ser una farsa como dice Vanesa: una de esas locas que aparecen, te revolucionan y a la primera de cambio desaparecen.
Pero para qué nos vamos a engañar: su ausencia me pesa toneladas.
Hago una mueca con los labios mirando el móvil y suelto un suspiro.
«¿Y si ya no quiere volver a saber nada de mí?
». El maldito pensamiento se cuela de pronto en mi cabeza, boicoteándome.
Intento espantarlo como a una mosca cojonera, pero se aferra con uñas y dientes.
«¿Y si no le gustó lo de la otra noche? ¿Y si esperaba otra cosa?
¿Andará buscando a otra que no tenga tantos problemas?
¿Y si me he ilusionado como una quinceañera tonta?
» Resoplo con una frustración tremenda y me paso las manos por el pelo, revolviéndolo.
—Basta ya, Adriana. No seas idiota… —me ordeno en voz alta.
Necesito ocuparme en algo. Yo siempre hago lo mismo cuando la ansiedad me aprieta el gaznate: ordenar, limpiar y colocar cosas en su justo lugar.
Como si poner cada puñetero objeto en su sitio exacto pudiera obrar el mismo milagro con mis pensamientos.
Me arrodillo en el suelo y abro una de las últimas cajas que siguen precintadas en el salón.
Dentro encuentro un montón de ropa doblada a las bravas y, justo debajo de todo, en el fondo, me topo con una caja blanca alargada que reconozco al instante.
La saco y la abro despacio, sentada en los talones.
Varios conjuntos de lencería fina permanecen perfectamente envueltos en papel de seda crujiente.
Las etiquetas de la tienda siguen colgando de los hilos, completamente intactas.
Ya ni me acuerdo de cuándo fue que los compré.
Supongo que en alguno de esos intentos desesperados en los que todavía creía que las cosas podrían arreglarse con Elena, justo antes de que todo se desmoronara y el iceberg de su indiferencia nos mandara a pique. Ella jamás los vio y yo los escondí.
Mis dedos acarician con timidez el encaje de uno de ellos, de un color azul eléctrico alucinante.
Es precioso, delicado, jodidamente sexy y muy, muy provocativo.
Nunca llegué a estrenarlo. Me quedo unos segundos embobada mirándolo, deslizando el pulgar por la tela, y de repente me da un arrebato.
Sin pensarlo dos veces, me levanto y entro como un torbellino en el dormitorio.
Me quito de un tirón la camiseta tres tallas más grande y los pantalones cortos que llevo puestos desde esta mañana, y me enfundo el conjunto azul.
Al abrocharme el sujetador, subirme la braguita de encaje y colocarme el liguero, me coloco frente al espejo de cuerpo entero del armario.
En una primera impresión, ni siquiera me reconozco.
Y no es porque el encaje haga magia, que va; es porque llevaba eones sin verme así…
desnuda de prejuicios y de complejos. La mujer que tengo frente a mí sigue teniendo las mimas pecas de siempre sobre el hombro izquierdo, el mismo lunar caprichoso en el pecho derecho y la cicatriz diminuta en la rodilla.
Pero hay algo completamente distinto en sus ojos.
Hoy no veo la derrota y la tristeza en ellos.
Veo a una mujer que intenta encontrarse a sí misma, a alguien que, por fin, se está dando la oportunidad de volver a sentir.
Mis mejillas se tiñen de un rubor que me sube desde el cuello. Sonrío con cierta timidez, ladeando la cabeza y colocándome las manos en las caderas, admirando cómo el azul resalta mis curvas.
—Mírate, Adriana, estás increíble… Si es que no pareces ni tú —me digo en voz baja, guiñándole un ojo a mi reflejo como si estuviera jaleando a mi mejor amiga—. ¿Desde cuándo no te sentías así de…viva?
La verdad es que hace años que no me dedico un piropo delante del espejo sin sentir vergüenza.
De repente, miro de reojo el móvil, lo cojo por puro impulso y abro la aplicación de la cámara.
Aunque dudo durante unos segundos, al final me coloco frente a la luz de la ventana, ladeo el cuerpo y me tomo una fotografía de lo más sugerente, salvaje y sexy.
No se me ve la cara, por supuesto, pero sí se aprecia perfectamente la liga de encaje rodeando mi muslo, el tejido realzando la curva de mis caderas y mi sexo apenas escondido tras la tela.
La miro durante unos instantes y aunque lo más sensato sería darle al botón y borrarla, mis dedos, que van por libre impulsados por el subidón de adrenalina, ya han abierto la aplicación de SapphoMatch .
El chat con Siren_9 sigue ahí, arriba del todo.
El maldito aviso de Llamada finalizada es lo último que aparece escrito en él, congelado desde aquella noche.
El silencio digital de la aplicación me pesa casi tanto como el silencio de mi salón.
Me muerdo el labio inferior, me siento en el borde de la cama en lencería y me pongo a teclear.
Escribo un mensaje. Lo borro al segundo.
Empiezo otro. Lo borro también. Vuelvo a la carga, borrando y reescribiendo hasta que mando a paseo la timidez y las palabras fluyen directas del estómago.
Banini : ¿Sigues viva o te ha tragado la tierra?
Lo borro de nuevo. Lo único que no quiero es sonar demasiado borde y desesperada.
Respiro hondo llenando los pulmones. Vuelvo a mirar la fotografía y pienso en todo lo que sentí aquella noche, mientras me masturbaba con su voz de fondo y ella guiaba mis caricias como si fuesen sus dedos los que me tocaban.
Mis dedos vuelven al teclado con una decisión que me asusta hasta a mí.
Banini : ¿Te apetece continuar donde lo dejamos hace dos días? Porque yo no he dejado de pensar en ello… ni en ti.
Leo la frase tres veces seguidas para asegurarme de que no me he vuelto loca del todo. Adjunto la foto sin pensarlo y, dando un grito ahogado de puro nervio, pulso Enviar. ¡Zas! El mensaje y la foto desaparecen de mi pantalla en dirección a su móvil.
—Estás completamente loca, Adriana…
Me quedo sentada en el borde del colchón, sintiendo un cosquilleo de lo más adictivo recorriendo mis rodillas. Sostengo el teléfono entre las manos como si fuera una bomba de relojería a punto de estallar. Los segundos empiezan a alargarse de una forma agónica. Uno... Dos... Tres... Cuatro...
Mientras sufro en silencio esperando una respuesta, mi mente viaja a toda pastilla hacia atrás, recordando nuestras charlas anteriores.
Me acuerdo perfectamente de los nervios que sentí la primera vez que hablamos, de sus respuestas, de lo bien que me sentí al comprendida por alguien que apenas me conocía, y de cómo, muy lentamente nuestras conversaciones derivaron en esa llamada que acabó con un silencio y un calentón que tuve que subsanar con mi Satisfyer .
El maldito recuerdo me calienta y eriza la piel. Vuelvo a clavar los ojos en la pantalla. Nada de nada. El vacío absoluto sigue ahí.
—Vamos, Siren, ¡por lo que más quieras! ¡Responde ya…! —exclamo para mí misma, levantándome de la cama, caminando de una punta a otra con el móvil pegado a la nariz—. No me dejes aquí colgada.
De pronto, justo debajo de su nombre, aparece un: Conectado y seguido a eso, Siren_9 está escribiendo…
Me quedo congelada en mitad del dormitorio, conteniendo la respiración.
No puedo apartar los ojos de esos malditos puntos suspensivos que bailan en la pantalla.
Preguntándome si al otro lado de la línea, ella se siente tan acorralada por el silencio como yo, suspendida en el abismo antes del impacto.