El match perfecto Capítulo 6
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Capítulo 6

El doble juego

Vanesa

No he conseguido pegar ojo en toda la noche.

La pantalla digital del horno marca las seis y media de la mañana cuando regreso a la cocina a por mi tercera taza de café.

La ciudad apenas se despereza bajo la luz tímida y pegajosa del amanecer, pero mi cabeza lleva horas funcionando y se niega a tomarse un descanso.

La he cagado pero bien, y eso es quedarse muy, pero que muy corta.

He cometido una cadena entera de errores catastróficos que ahora mismo se entrelazan como los hilos de una tela de araña.

Al crear el perfil falso en SapphoMatch , jamás pensé que acabaría enamorándome un poco más —si es que eso es humanamente posible— de Adriana, y después está lo de anoche.

Bueno, anoche crucé un límite que me interpuse a mí misma el día que fui consciente de que ella y yo seríamos amigas para el resto de nuestras vidas.

Ahora, después de todo este desastre, sigo escuchando el sonido de su respiración, sus jadeos y gemidos, al otro lado del teléfono.

Sí cierro los ojos soy capaz de recordarla totalmente entregada a mí.

La vulnerabilidad, esa necesidad con la que me decía entre susurros ardientes todo lo que deseaba que le hiciera…

En cuanto comprendí lo que estaba ocurriendo.

En cuanto me di cuenta de que Adriana se estaba entregando a una total desconocida, corté la llamada fingiendo una desconexión repentina de la cobertura.

Fui una maldita cobarde, lo sé. Porque seamos sinceras, no colgué la llamada para protegerla.

Colgué porque estaba perdiendo los papeles; era incapaz de distinguir dónde terminaba Siren_9 y donde empezaba Vanesa, la amiga leal que siempre ha estado a su lado.

Me acojoné y fue así porque me aterra la posibilidad de perderla para siempre si la verdad sale a la luz.

«Que conste, que la idea la tuviste tú», me recuerda una vocecilla en mi interior.

Suspiro, le doy un sorbo largo a mí café y cuando dejo la taza en el fregadero, el móvil vibra sobre la encimera, pegándome un susto de muerte. El corazón se me dispara, encogiéndose en mi garganta. No es la aplicación. Es un WhatsApp de Adriana.

Adriana : ¿Comemos juntas hoy? Prometo no hablar demasiado. Necesito despejarme.

Suelto una risotada suave, casi involuntaria.

La conozco como si la hubiera parido y cuando Adriana promete no hablar demasiado es porque piensa hacer exactamente todo lo contrario.

Además, teniendo en cuenta como acabó lo de anoche, estoy segura que necesita desahogarse.

Escribo la respuesta casi al segundo, con los dedos temblándome un poquito sobre la pantalla.

Vanesa : Faltaría más, bicho. Paso a recogerte a la salida del trabajo. Ni se te ocurra almorzar nada, que te conozco.

Después del desayuno tan tenso del día anterior, le debo una disculpa. Aunque no pueda dársela de la forma en que me lo pide el cuerpo: arrancándole la ropa, marcando su piel a mordiscos y haciéndola gemir mientras le robó el aliento como llevo soñando media vida.

···

El restaurante está medio vacío cuando llego.

El aire acondicionado zumba con fuerza, batiéndose en duelo contra el bochorno infernal que se cuela cada vez que un cliente abre la puerta para entrar al interior del local.

Adriana, sorprendentemente ya está sentada.

Luce un conjunto desmangado blanco y el pelo recogido en uno de esos moños desordenados que a ella le quedan de infarto, con varios mechones rebeldes alrededor de su cara.

Tiene ojeras, unas sombras sutiles que delatan que la noche ha sido movidita, pero también le noto una luz distinta en los ojos; una chispa viva, gamberra y sexy que llevaba años sin ver en ellos.

Al levantar la vista y cruzarse con la mía, me regala una sonrisa cargada de esa calidez que siempre ha sido, es y será mi puta perdición. Y yo, que soy masoquista profesional, vuelvo a recordar por qué llevo media vida colgada de ella.

—No puedo creer lo que están viendo mis ojos —comento con un tonillo juguetón, inclinando la cabeza con coquetería—. Adriana Marín llegando la primera a una cita.

Ella suelta una risilla boba y yo le regalo un beso en la mejilla.

—Para todo hay una vez en la vida —replica, resoplando mientras dejo el bolso en la silla de al lado y me acomodo frente a ella—. Además, tampoco suelo retrasarme mucho. No seas tan quejica.

—Sí, claro, cuéntame otra. Hace tres semanas llegaste veinte minutos tarde al cine, que casi nos perdemos los tráileres.

—Eso fue un fallo técnico y logístico del metro, que lo carga el diablo —se defiende, encogiéndose de hombros con su mejor cara de inocente.

—Te quedaste sobada en el sofá viendo un documental de crímenes, Adriana, que te conozco —añado, aguantándome la risa.

—Detalles sin importancia, mi amor —contesta, y las dos rompemos a reír con esa complicidad tan nuestra, logrando que la tensión del día anterior se evapore en un segundo.

La camarera se acerca para tomarnos nota y, en cuanto nos deja solas con las cañas y el menú, Adriana empieza a juguetear con las gotas que se deslizan por la condensación sobre el cristal. No tarda ni medio minuto en hablar.

—Vanesa, sé que la idea de que esté conociendo a Siren_9 por la app… no te hace mucha gracia, pero tengo que contarte algo… —anuncia, bajando la voz.

«Aquí viene. Agárrate los machos, Val», me digo a mí misma. Sonrío por dentro, haciendo acopio de todas mis dotes teatrales para mantener una fachada de absoluta tranquilidad.

—No te preocupes. Ya sabes cómo soy, se me pasará siempre que vea que estás bien —le digo para restar importancia al encontronazo que tuvimos—. ¿Qué sucede ahora?

Se inclina hacia delante, como si fuera a desvelarme un secreto del Centro Nacional de Inteligencia y murmura:

—Anoche... Siren_9 y yo… —confiesa, y un rubor precioso y sutil le tiñe las mejillas de inmediato.

Mi estómago da un vuelco tan doloroso que casi veo las estrellas, pero aprieto los dientes y mantengo el tipo como una campeona.

—¿Qué pasó…? —le sigo el rollo, fingiendo un cotilleo casual mientras clavo los dedos en el tenedor para que no se note el tembleque.

—Es que… bueno, no te lo vas a creer. Pero…

—continúa ella, mordiéndose el labio inferior en un gesto que me resulta insoportablemente sexy—.

Todo se volvió bastante tenso, caliente, ardiente entre las dos…

—menciona, acariciándose el cuello; rozando con sus dedos justo en el sitio que le conté que quería besarla mientras la follaba—. Y nos llamamos por teléfono.

—¿¡¡Como!!? —me hago la escandalizada, abriendo los ojos de par en par y soltando el tenedor de golpe.

—Estuve casi a punto de tener un orgasmo solo escuchando su voz, Vanesa. ¡Un orgasmo! ¿¡Tú sabes lo que significa eso!? —exclama algo alterada—. Hacía años que no se me mojaban las bragas solo por un par de comentarios… —susurra esta vez.

Me quedo muda y sin saber qué responder. Porque la persona que le provocó todo eso, soy yo, camuflada en la piel de una desconocida porque soy demasiado cobarde como para decirle a la cara lo que siento.

—¿Y fue bien…? —insisto, inclinándome yo para no perderme ni un matiz de su rostro.

Ella baja la vista un segundo, jugueteando con la servilleta de papel, y al levantar los ojos hacia mí, los tiene brillantes, rebosantes de una emoción salvaje.

—Increíble… —murmura y se muerde el labio—. Brutal. Te lo juro.

La confesión me atraviesa las entrañas, despertando una necesidad visceral y corpórea. Me encantaría haber podido tocarla, besarla como me pedía, haberla tomado con mis dedos y haberla hecho gemir una y otra vez. Pero intento que no se me note. Le doy un sorbo a la cerveza antes de hablar.

—¿Tan especial te parece esa tía? —pregunto, y noto que la voz me sale un poco más ronca.

Adriana asiente con convicción, con una sonrisa que le ilumina la cara entera y la hace ver sumamente preciosa.

—Muchísimo. Me hace sentir deseada, valorada y comprendida... Con ella no tengo que hacerme la tía dura que puede con todo; puedo ser yo, con todas mis taras y mis grietas. Como me sucede contigo, solo que sin…

«El sexo», continúo su frase en mi mente.

Se me seca la boca. Tengo que llevar la mirada hacia otra parte. Necesito aire, tres segundos para tragar saliva, recomponerme y no echarme a llorar aquí mismo delante de ella.

—A ver... ¿Y no te da por pensar que todo esto puede ser una fantasía? —sugiero con pies de plomo, levantando la vista—. Que a lo mejor detrás de esa pantalla hay alguien que te está vendiendo la moto y no es quien dice ser.

Ella suelta un suspiro, pero no con mala leche, sino con una paciencia infinitamente tierna.

—Otra vez con la misma cantinela. Sé de sobra que te preocupas por mí y que me quieres con locura, de verdad, pero...

—Lo sé, lo sé, soy una pesada —la interrumpo con suavidad, estirando la mano sobre la mesa, quedándome a milímetros de rozar la suya—. Pero es que me asusta. No sabes cómo se llama de verdad, no le has visto la cara, no sabes nada de su vida.

—Bueno, es que ella tampoco sabe nada de mí —rebate ella con una sonrisa ligera y descarada—. No sabe a qué me dedico ni quién soy en mi día a día.

—Pues por eso mismo, ahí está el peligro.

—¡Al revés, coño! Ahí está la gracia de todo esto —salta ella, con una dulzura que me machaca las pocas defensas que me quedan—.

Por primera vez en mi vida, siento que alguien tiene ganas de conocerme por dentro antes de decidir si le gusto por fuera o no.

Sin prejuicios tontos, sin el peso de un pasado común ni las malditas expectativas de siempre. Vanesa, te lo juro, es súper liberador.

La camarera interrumpe el momento dejando los platos sobre la mesa, y el olor de las croquetas y los huevos rotos frena ese silencio tan denso que se había quedado flotando.

Durante unos minutos nos dedicamos a comer y a charlar de chorradas.

Pero Adriana, fiel a su estilo, no tarda ni cinco minutos en volver a la carga.

—Es que... te lo digo en serio. Creo que me estoy enganchando a hablar con ella —admite, dándole vueltas al tenedor—. Cada vez que cuelgo o dejamos de escribir, me quedo con ganas de más.

Aprieto el cuchillo contra el plato con más rabia de la cuenta, sintiendo un nudo marinero en el estómago.

—Eso es lo que no me gusta. Que te ilusiones y te vuelvan a romper el corazón, que bastante has pasado ya.

Deja el tenedor sobre el plato con un golpe seco y me clava una mirada de esas intensas que me hacen flaquear las piernas.

—¿Pero por qué te empeñas siempre en convencerme de que salga corriendo a las primeras de cambio? —me protesta—. Eres mi mejor amiga, pero es que a veces te comportas como si fueras mi guardaespaldas personal.

—Pues porque alguien tiene que tener dos dedos de frente en esta amistad —le devuelvo la mirada con una honestidad a medias—. No quiero que sufras.

—Ya, pero es que no necesito que me vigiles los pasos.

—No estoy haciendo eso —admito, sosteniéndole la mirada fija a esos ojos que me vuelven loca—. Lo único que intento recordarte es que vienes de un matrimonio jodido y muy largo. Que te mereces un tiempo para ti, para sanar las heridas y reencontrarte sola.

—¿Y “reencontrarme sola” significa que tengo que congelar mis sentimientos y dejar de sentir, Vanesa? —me espeta, cruzándose de brazos con un gesto defensivo pero sin perder la dulzura—. ¿Tengo que apagar todo lo que me vibra dentro?

—Significa que debes ir despacio, joder. Que disfrutes de los mensajes si te da la gana, pero sin tirarte a la piscina de cabeza.

Adriana se me queda mirando fijamente, entornando los ojos.

—Mira que eres rara, de verdad.

—¿A qué viene eso ahora? —pregunto, echándome hacia delante.

—Fuiste tú la que me instaló la aplicación y hoy intentas convencerme de que borre la cuenta. ¿Se puede saber qué demonios ha cambiado?

Trago saliva. ¿Qué le digo ahora? ¿Que la desconocida que la está haciendo vibrar soy yo? ¿Que verla sonreír por mis mensajes me hace la mujer más feliz del planeta, pero a la vez me carcome una culpa de tres pares de narices? Ni de coña. Toca tirar de mi mejor escudo: el sarcasmo marca de la casa.

—A ver... Solo te digo que en internet hay mucha loca con intenciones que no son nada limpias, que te lo digo yo.

Ella arquea una ceja, aguantándose la risa.

—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Experiencia personal en las redes, señorita López?

—¡Pues claro! ¿O es que ya no te acuerdas de la pirada con la que salí hace dos años? —gesticulo exageradamente con las manos para romper la tensión y hacerla reír—. ¡La que coleccionaba cactus y les ponía nombres de filósofos!

Adriana rompe a reír a carcajadas. Su risa, limpia y sonora, inunda el restaurante entero haciendo que se giren un par de mesas de al lado.

—¡Es verdad! Ay, dios mío, la de los cactus.

—¡No te rías, coño! —me sumo a la risa, contagiada por su alegría—. Imagínate el panorama: entrar al salón y ver las macetas etiquetadas.

Su carcajada se intensifica tanto que tiene que taparse la boca con la servilleta, con los ojos lagrimeando.

—¡Eso no era peligroso, Vanesa! Era... peculiar.

—¿Peculiar? ¡Les celebraba el cumpleaños, Adriana! —añado, riendo a carcajadas.

—¡Vale, de acuerdo! Eso sí que era de estar como una puta cabra —admite entre risas, limpiándose una lágrima—. Gracias por recordármelo.

—¿Por qué? —pregunto, mirándola con una sonrisa boba que no puedo disimular.

—Porque acabas de conseguir quitarme el mal cuerpo. Al menos ahora sé que en internet lo peor que me puede pasar es toparme con excéntricas como esa.

Le sonrío con toda la ternura de la que soy capaz, aunque por dentro tengo las emociones hechas papilla.

«Inofensivas, dice…», pienso mentalmente sin apartar mis ojos de los suyos.

Si ella supiera que la mujer que se está ganando su atención, es la misma que está sentada frente ella fingiendo demencia se daría cuenta de que no hay nadie más peligroso que aquel que está enamorado de ti y no se atreve a confesártelo.