El match perfecto Capítulo 5
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Capítulo 5

La voz en la penumbra

Adriana

La pantalla de mi móvil rompe la penumbra de mi habitación con un resplandor azulado que se mezcla con el fulgor rosado del letrero de neón que Vanessa me regaló hace unos años. Es viernes por la noche, y el calor asfixiante del verano se cuela descaradamente por la ventana.

Mi pulso se acelera a una velocidad de vértigo.

Mi dedo pulgar se queda suspendido, temblando sobre la pantalla.

Dudo unos segundos, pero al final, mando la prudencia a tomar por saco.

La curiosidad, el deseo acumulado tras años de sequía afectiva y el anonimato que me regala esta bendita app... conspira contra mi timidez habitual.

Banini : Está bien. Venga. Acepto.

No pasan ni dos minutos cuando la aplicación empieza a parpadear, anunciando la llamada de voz entrante de Siren_9 ; mi corazón me martillea en el pecho con tanta fuerza que temo que se me salga por la boca.

Respiro hondo, me coloco el pelo detrás de la oreja por puro reflejo, me recuesto contra las almohadas y pulso el botón verde.

—Hola...

Su voz me invade antes de que me dé tiempo a abrir la boca para decir un mísero «hola».

Es una voz grave, ligeramente rasgada, sensual a más no poder; como si fuera terciopelo deslizándose sobre mi piel.

Un escalofrío salvaje me recorre la espalda y se me instala en la nuca, erizándome hasta el último vello.

—Hola... —Mi voz sale muchísimo más baja, convertida en un susurro tembloroso.

De repente, tengo la sensación de que la habitación se encoge hasta volverse más pequeña, más íntima.

El ventilador del techo gira perezoso, haciendo círculos, moviendo el aire cargado del perfume de mi gel de baño y el ambientador.

Siento una oleada de calor subiéndome por el cuello hasta las mejillas, pero la oscuridad que me rodea me protege y me da la valentía para seguir adelante con la conversación.

Empezamos hablando de tonterías que nos ayuda a romper el hielo: del calor asfixiante que está haciendo este año, de una canción pegadiza que entra por la ventana desde el bar de la esquina. Pero cada pausa se carga de una tensión sexual que casi se puede tocar.

—¿Sabes una cosa? —murmura ella soltando una risa baja que me recorre el cuerpo como una descarga eléctrica—. No puedo evitar imaginarte en tu habitación, con la ropa pegada a tu piel a causa del calor… dime que llevas puesto algo ligero.

Bajo la mirada hacia mi cuerpo y tragando saliva a duras penas. La camiseta de tirantes de algodón fino que uso para dormir, de esas viejas y desgastadas, se me pega sutilmente por el sudor.

—Una camiseta vieja... y nada más —confieso en un susurro, mordiéndome el labio inferior mientras me retuerzo un poco entre las sábanas.

Siento que me arden las mejillas, pero la distancia me vuelve extrañamente valiente—.

Es tan fina que su única función, es no parecer que voy desnuda. ¿Y tú? ¿Qué llevas puesto?

Un sonido suave, casi un ronroneo ronco y divertido, llega directo a mi oído desde el altavoz.

—Mmm... Yo voy bastante ligera de ropa, sunshine .

Solo llevo puesto un camisón de seda. Pero prefiero mil veces centrarme en ti.

Imagina por un momento que estoy ahí mismo, contigo.

Sentada en el borde de tu cama. Mis dedos empiezan a rozar el borde de esa camiseta tuya, subiendo muy muy despacio, centímetro a centímetro por tus muslos... Dime, ¿cómo te gustaría que te tocara?

Cierro los ojos y mi relajo. Mi cuerpo, adormecido durante años, responde muchísimo antes que mi mente; un calor líquido y punzante se extiende desde mi vientre hacia abajo, haciéndome jadear.

Le describo, con la voz entrecortada, que me encantaría sentir sus manos explorando cada una de mis curvas, deteniéndose justo en mis puntos más erógenos.

Unas manos que imagino firmes, pero increíblemente suaves, impacientes, demandantes.

—Me encantaría que empezaras muy lento… —susurro, asombrada por mi falta de vergüenza, pero completamente entregada al juego—-.

Que subieras muy, muy lento, rozándome apenas la piel.

Y luego... luego me encantaría que me besases el cuello mientras tus manos se deslizan por debajo de mi camiseta.

Necesito sentir tu aliento caliente contra mi oreja, escucharte decir todas las guarradas que piensas hacerme.

—Buena chica... —responde ella, y noto perfectamente que su respiración también se altera. Percibo un leve temblor en su voz que me hace apretar los muslos instintivamente—. Dime qué es lo que estás sintiendo ahora mismo. ¿Estás mojada de solo imaginarlo?

La respuesta se me escapa de entre los labios de manera salvaje, sincera, cargada de una necesidad vital que llevo demasiados años conteniendo.

Le explico que la piel se me pone de gallina cada vez que habla, que imaginarla aquí conmigo me hace apretar las piernas buscando un alivio que no llega.

La tensión sexual es tan bestia que, de un momento a otro, puedo percibir el aroma de mi propio cuerpo invadiendo el ambiente.

Una gota de sudor me recorre la clavícula y baja lentamente entre mis pechos.

El maldito ventilador ya no da abasto para refrescarme, porque lo que tengo encima es un incendio que no puede ser sofocado con una simple charla.

—Estoy ardiendo, Siren... —admito, soltando un gemido sutil que se me escapa del pecho—.

Cada vez que abres la boca, siento que tus palabras me están acariciando directamente ahí abajo.

Necesito que me toques... que tus dedos encuentren mi sexo hasta obligarme a arquear la espalda y jadear tu nombre como una loca.

Ella deja escapar una risa ronca, preñada de deseo.

—...me estás volviendo loca… —me confiesa—. Imagina mis labios deslizándose por tu cuello, mordisqueándote justo donde te late el pulso a mil por hora. Mis manos bajan y te separan las piernas. ¿Sientes cómo te abro enterita para mí? Dime qué quieres que haga con mi lengua... Quiero oírte, anda.

Sus palabras me atraviesan las entrañas como si fueran de fuego. Mi mano libre se desliza por mi abdomen, temblando como una hoja hasta que la introduzco en mis bragas para así, dotar de realidad mi respuesta:

—Quiero que me pruebes muy despacio al principio...

como si tuvieras todo el tiempo del mundo para mí.

Que dibujes círculos con la lengua y luego...

, cuando empiece a mover las caderas contra tu boca, quiero que metas tus dedos y no pares…

—le confieso, siendo yo la que empiece a tocarse a sí misma—. Por favor...

—Qué delicia de mujer... te estás tocando, ¿verdad? —murmura ella, y percibo un placer inmenso en su tono de voz—. Sigue haciéndolo, no pares. Quiero que hundas un dedo dentro de ti y que pienses que soy yo la que lo está haciendo. Dime cómo te sientes…

—Se siente increíble... pero no me vale, necesito más de ti. Mucho más. Cuéntame qué me harías si estuvieras aquí conmigo.

La habitación huele a deseo puro, a sexo, y mi respiración está tan acelerada que temo de verdad que ella pueda escuchar los latidos desbocados de mi corazón a través del micrófono del teléfono.

—Te sujetaría las caderas con fuerza para que no pudieras escaparte y te devoraría entera hasta que me llenaras la boca de ti. Quiero escucharte gemir mi nombre cuando te corras para mí.

Su voz baja todavía un octavo más, convertida en un susurro ronco, urgente y peligrosamente sexy.

La conversación se me antoja eterna. Intercambiamos fantasías cada vez más detalladas y explícitas.

Le confieso todo lo que desearía que me hiciera, aquello que he anhelado durante demasiado tiempo; besos húmedos y caricias intensas que me hagan llegar a ese orgasmo que, sin poderlo evitar, alcanzo muy lentamente mientras la escucho guiarme hasta el final.

—Me fascina cómo te entregas a mí. Sigue así... Estás súper cerca...

Mi cuerpo entero vibra, estoy al borde del precipicio.

Estoy completamente desinhibida, entregada en cuerpo y alma a esta intimidad extraña, anónima y ardiente.

Justo cuando el momento está a punto de romperse en el clímax absoluto, cuando noto que estoy a milímetros de perder la cabeza desbordada por sus palabras y por el placer salvaje que se acumula en mi interior... la llamada se corta de golpe.

Me quedo con la mano entre los pliegues de mi sexo, jadeando, con el cuerpo vibrando por una mezcla insoportable de frustración y placer insatisfecho. Miro la pantalla del móvil desorientada. Hay un mensaje flotando en el centro: «Conexión perdida».

—¿Qué...? ¿Pero qué coño...? —murmuro, incorporándome de golpe en la cama.

El corazón me late a mil por hora, pero ahora es por una mezcla tremenda de confusión, rabia y decepción. Vuelvo a pulsar el botón para llamarla, pero su perfil aparece ya como Desconectado y la app no me permite hacerlo.

Me dejo caer de espaldas sobre las sábanas revueltas, con la piel sensible a más no poder y la cabeza dándome vueltas a mil por hora.

«Esa voz... Dios mío, esa voz. ¿Quién demonios eres, Siren_9 ?

¿Y por qué tengo la sensación de que esta noche acabas de abrir una puerta en mi interior que ya no voy a poder cerrar? »