El match perfecto Capítulo 4
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Capítulo 4

La primera regla del juego

Adriana

La mañana me recibe con ese cielo blanco, turbio y desvaído que solo Madrid sabe perpetrar en pleno julio; el aviso inconfundible de que el asfalto se va a derretir bajo nuestros pies en tres, dos, uno...

He dormido apenas tres horas, pero, por primera vez en muchísimo tiempo, la causa de mis ojeras no es la tristeza.

Me levanto de la cama sintiéndome ligera, como si alguien me hubiera quitado una mochila de los hombros.

Después de vestirme y coger mis cosas, camino hacia la cafetería de siempre, en pleno barrio de La Latina, con una energía rarísima recorriéndome el cuerpo. No es felicidad pura, pero sí me siento alegre, risueña.

Vanesa ya está sentada en la terraza cuando doblo la esquina.

Tiene un café solo delante, las gafas de sol de espejo ocultando su mirada y los dedos tamborileando sobre la mesa, como si le molestara el mundo entero.

Al parecer, no soy la única que ha dormido poco, pero lo suyo viene siendo algo habitual desde hace mucho tiempo.

Levanta la vista en cuanto oye mis pasos y me dedica una sonrisa que, la velocidad del rayo, desaparece bajo esa coraza que domina cuando se pone en modo sargento.

—Vaya… —suelta a modo de saludo, bajándose las gafas por el puente de la nariz—. Parece que te haya pasado por encima un autobús. ¿No has dormido?

Me echo a reír con ganas, dejándome caer en la silla frente a ella.

—Buenos días para ti también. Qué alegría de mañana.

—No me cambies de tema. Has dormido una hora y media, ¿verdad? Y me estoy arriesgando.

—Tres —rectifico con orgullo, irguiéndome en la silla—. Tres horas completitas.

—Eso no mejora mi diagnóstico. Te hace falta un chute de cafeína en vena o acabarás durmiéndote por las esquinas —sentencia, cruzándose de brazos.

Miguel, el camarero de toda la vida, se acerca a la mesa sin necesidad de que abramos la boca. Nos conoce mejor que nuestras madres.

—Marchando lo de siempre para la resucitada, ¿no? Café con leche bien de canela y media tostada con tomate y queso.

—Me has leído la mente, Miguel. Gracias —le sonrío, agradecida.

Vanesa no me quita los ojos de encima. Me escanea de arriba abajo con una mirada tan escrutadora que siento que me está haciendo una radiografía mental. Es como si intentara resolver un jeroglífico de máxima dificultad.

—A ver —dice al fin, apoyando los antebrazos sobre el mantel de papel—. Cuéntame lo que te pase. Y no te atrevas a darme evasivas, que te conozco.

Parpadeo, dándomelas de inocente mientras coloco mi bolso en la silla de al lado.

—¿Qué es lo que te tengo que contar? Porque yo estoy perdida.

—No te hagas la tonta. Tienes unas ojeras que te llegan a la barbilla y a pesar de eso, traes una sonrisa de oreja a oreja idéntica a la de una niña la mañana de Reyes.

Esa combinación en tu lenguaje corporal solo puede significar dos cosas: o desastre absoluto, o polvazo inminente.

Y como todavía llevas el traje de luto post-divorcio, me huelo lo primero. Habla ya. ¿Qué has hecho?

No puedo evitar contener una sonrisa. Bajo la mirada hacia la mesa y empiezo a doblar de forma compulsiva la esquina del mantel de papel, sintiendo que las mejillas me arden.

—Anoche... al final... hablé con alguien por el móvil.

Vanesa se queda estática. Mantiene una expresión impecablemente neutra. Demasiado neutra para ser ella. Congelada como una de esas figuras de porcelana.

—¿Alguien…? —repite, arrastrando las sílabas.

—Sí.

Hace una pausa dramática muy calculada. Coge su taza y da un sorbo lento, eterno, sin apartar sus ojos de los míos.

—¿De la aplicación? ¿Hiciste Match con alguna persona?

Asiento despacio, mordiéndome el labio con timidez.

—¿Tan rápido? Mira qué espabilada nos ha salido la niña. Luego dices que no se te dan tan bien las aplicaciones o hablar con la gente.

—Yo no hice nada. Solo apareció y como no pude dormir, le envié un saludo.

—Vaya... Qué tremenda casualidad —murmura. Y aunque intenta poner voz de absoluta indiferencia, me fijo en que aprieta el asa de la taza con tanta fuerza que los nudillos se le ponen completamente blancos—. ¿Y bien? —insiste, arqueando una ceja—. No me dejes con la intriga.

—Estuvimos hablando hasta casi las cuatro de la mañana… y es una mujer que, joder, sentí esa clase de adicción de la que no quieres escapar.

Vanesa pega tal sobresalto que casi se atraganta con el último trago de café. Tose un par de veces, se pone roja y deja la taza sobre el plato con un golpe seco que hace tintinear la cucharilla. Me mira como si acabara de confesarle que he atracado el Banco de España.

—¿Cómo que hasta las cuatro?

—O más. Perdimos la noción del tiempo. Creo que nunca había hablado con alguien tanto tiempo por mensaje.

De pronto se hace el silencio y Vanesa se recoloca las gafas de sol, ocultando sus ojos, de un manotazo.

—Teniendo en cuenta que sois dos desconocidas, es bastante increíble —suelta al fin, con un tono esquivo.

—Lo sé —le respondo, pasándome una mano por el pelo revuelto—.

Si es que yo misma soy la primera sorprendida.

No tengo ni idea de cómo pasó, de verdad.

Empezamos hablando de tonterías... y de repente, cuando quise darme cuenta, me vi contándole cosas súper íntimas.

Cosas que jamás le había confesado a nadie. Ni siquiera a ti.

Vanesa me escucha sin interrumpirme lo más mínimo, pero detecto que sus dedos están hiperactivos. Gira la cucharilla una y otra vez, la frena en seco, la vuelve a girar... Es un tic nervioso que le conozco desde la facultad; lo hace siempre que está atacada de los nervios.

—¿Y se puede saber cómo se llama la afortunada? —pregunta con una sonrisita de medio lado que me escama.

— Siren_9 . Ese es su usuario. No me dijo su nombre y yo tampoco le dije el mío.

Una sonrisa casi imperceptible, una mueca rarísima, asoma en la comisura de sus labios y desaparece tan rápido que dudo de si la he alucinado por la falta de sueño.

—Vaya. Nombre de stripper de polígono con un doctorado en física cuántica —comenta con su sorna habitual, intentando quitarle hierro al asunto.

—¡Qué tonta eres! —me río, dándole un golpe flojo en el brazo—. El caso es que fue muy intenso y adictivo hablar con ella. No nos hemos visto las caras, pero eso da lo mismo porque la conexión es irremediable. Además, ella tampoco me ha pedido que le envíe fotografías y eso me hace sentir cómoda.

Eso sí que la pilla completamente con el pie cambiado. Se echa hacia atrás en la silla.

—¿En serio?

—Sí. Yo creía que en esas apps todo el mundo buscaba verse y aunque ella, bueno… está buscando cosas, no me pidió nada. Hacía años que no me sentía tan cómoda con alguien que no seas tú o Sonia.

Mientras hablo, noto que vuelvo a sonreír como una estúpida. Vanesa baja la mirada hacia su taza vacía, ensombrecida de repente.

—Internet está lleno de humo y de fantasías baratas, Adriana. Hay que tener los pies en el suelo.

La frase cae como un jarro de agua fría en mitad de la terraza. Frunzo el ceño, desconcertada por su repentina hostilidad.

—No creo que esto sea una fantasía. Es una conversación real entre dos personas.

—¿Y cómo puedes estar tan segura, a ver?

—Su tono no es cruel, pero suena muchísimo más duro y cortante de lo normal en ella.

Me pincha el orgullo—. Llevas hablando con una absoluta desconocida unas pocas horas.

No tienes ni idea de si tiene pareja, de si está jugando a dos bandas, de si es quien dice ser o de si la foto de perfil es robada de Pinterest o no.

Me muerdo el labio, sintiendo un nudo incómodo en la garganta. Su desconfianza me duele en el alma, precisamente hoy que venía buscando su apoyo.

—Ya sé que hablar con una desconocida a través de una app es un riesgo. Pero es que... me sentí muy cómoda con ella, Vanesa. Me escuchó. Me apoyó. Me arrancó una sonrisa. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que le importaba a alguien más que no seas tú o Sonia.

Vanesa gira la cara hacia la calle, esquivando mi mirada. Se queda observando a un grupo de turistas que pasa arrastrando los pies —y las maletas—, rumbo hacia alguno de los pisos turísticos de la zona.

—Precisamente por eso —murmura casi para sí misma, con una voz extrañamente ahogada—. Eso es lo más peligroso de todo. Que, con unas solas horas, ya sientas que puedes abrirle las puertas de tu corazón a una desconocida.

Un pellizco de frustración me oprime el pecho.

Por primera vez desde que tengo uso de razón, siento que mi mejor amiga no está haciendo el más mínimo esfuerzo por ponerse en mi pellejo.

Entiendo que es protectora y que me quiere bien, pero esto parece casi un ataque gratuito hacia algo bonito que me acaba de pasar.

Miguel llega y deja mi desayuno sobre la mesa, salvándonos del abismo. En otra ocasión, yo habría bromeado sobre la montaña de canela que me ha puesto, pero hoy estoy demasiado afectada. Doy un sorbo largo. Quema. Quema igual que el ambiente que se ha quedado entre nosotras.

—No me voy a casar con ella, Vanesa. No estoy enamorada.

—Faltaría más. Solo faltaba que te vistieras de blanco otra vez.

—Solo te digo que... me gusta sentirme bien ante los ojos de una persona.

Ella suelta un suspiro tremendo, se quita las gafas de sol y se pasa las manos por el rostro, visiblemente cansada. Cuando me mira, sus ojos reflejan una mezcla rarísima de tristeza y agobio.

—Adriana, me alegro de verte sonreír, de verdad. Te lo juro por lo más sagrado. Lo único que me da pánico es que pongas tu felicidad en manos de una extraña que podría hacer click , borrar la cuenta y desaparecer mañana mismo de tu vida sin dejar rastro.

No le respondo. Me limito a terminarme el desayuno en silencio. Un silencio incómodo y espeso que se alarga entre las dos hasta que pido la cuenta de mala gana, pago mi parte y me levanto de la terraza con una sensación amarga en la garganta.

···

Cuando cierro la puerta de mi apartamento a última hora de la tarde, el silencio del piso ya no me resulta tan hostil.

Me he pasado el día entero distraída, llevando a cabo mi trabajo como una máquina en modo automático.

La conversación con Vanesa me ha afectado mucho, y lo noto por el vacío extraño que me ronda el estómago.

Mi casa ya no me parece tan extraña. Ya tengo algunos libros acomodados, las plantas lucen en el alféizar de la ventana y el salón ya huele a mi ambientador favorito. Aun así, mientras me pongo el pijama, nada logra arrancarme el malestar de dentro.

No hay manera de sacarme de la cabeza la expresión de Vanesa en la cafetería.

Su rostro serio, sus evasivas, esa desconfianza tan fría.

Siempre ha sido mi escudo humano, lo sé, pero hoy había algo más detrás de sus palabras.

Levantó un muro entre las dos que nunca antes había estado ahí y no sé por qué.

Ella fue la que me aconsejó que entrase en SapphoMatch , que disfrutase un poco, que recuperase mi felicidad.

Yo tampoco esperaba encontrarme con Siren_9 , pero me alegra haberlo hecho.

—¿Estará libre? —pregunto, guiada por un impulso.

Sin pensarlo dos veces, cojo el móvil y sonrío al ver que está ‘En línea’ .

Banini: Hola... ¿Estás muy ocupada?

No pasan ni veinte segundos cuando el teléfono vibra, iluminándose.

Siren_9: Para ti, nunca. ¿Cómo ha ido el día? ¿Ya tienes todo acomodado?

Una sonrisa tonta, gigantesca, vuelve a curvar mis labios, borrando de un plumazo los fantasmas del día.

Banini: Aún me queda mucho por colocar. Pero… hoy he tenido un pequeño desencuentro con mi mejor amiga y me he quedado un poco plof.

Siren_9: Vaya... Lo siento mucho. ¿Te apetece desahogarte y contármelo? Soy toda oídos.

Sin entender muy bien qué fuerza es la que me empuja a confiar tanto en alguien a quien no le he visto la cara, mis dedos empiezan a volar sobre el teclado.

Le hablo de nuestra conversación en la terraza, de sus advertencias tan cortantes, del sabor tan agrio que me dejó su actitud y de lo mucho que me dolió que me juzgara.

En cuanto pulso enviar, su respuesta entra casi al segundo.

Siren_9: A veces las personas que más nos quieren en este mundo, son las que tienen un miedo atroz a vernos sufrir de nuevo. No te lo ha dicho por maldad, te lo aseguro. Habla su propio pánico.

Me quedo quieta en el sofá, leyendo el mensaje en bucle. Sus palabras caen sobre mí como el agua en un incendio. Lo curioso es que Siren_9 no intenta justificar a Vanesa para quitarle importancia a mi enfado, pero tampoco la crucifica. Demuestra una madurez y una empatía que me fascinan.

Banini: Puede que tengas toda la razón. Eres muy sabia, Siren.

Siren_9: No te creas, sunshine... Solo aplico la lógica. ¿Cómo piensas pasar el resto de la noche? Dime, ¿qué es lo que necesitas para sonreír hoy?

Su pregunta me pilla desprevenida. Me esperaba algún tipo de consejo, algo que me ayude a solucionar mi situación con Vanesa. Pero no. Siren se ha centrado solo en mí, como si el resto del mundo le importara más bien poco.

No sé qué responder. No porque no tenga una respuesta que darle, sino porque son muchas las cosas que me ayudarían a sonreír hoy.

Necesito un abrazo, uno de esos silenciosos que te recogen y te hacen olvidar el miedo.

Necesito un beso de esos que te dejen la sensación de tener hormigas en los labios y un polvo que te haga sentir las piernas como gelatina.

Tardo casi un minuto entero en armarme de valor y teclear una verdad desnuda.

Banini: Solo necesito no sentirme sola.

El indicador de escritura en el chat aparece de inmediato, como si estuviera esperando al acecho de mis palabras.

Siren_9 : Entonces no te muevas de ahí y quédate conmigo un rato más. No te puedo prometer que vaya a tener una varita mágica para curar todas y cada una de tus heridas... pero lo que sí te puedo jurar es que, mientras yo esté al otro lado de esta pantalla, nunca más vas a volver a sentirte sola.

Leo el mensaje tres veces seguidas, con los ojos empañados y una emoción preciosa estallándome en mitad del pecho.

Siren_9 y yo no nos conocemos de nada, pero eso es lo de menos. Porque nuestra conexión es innegable, y porque, tiene la capacidad de aligerar el peso que llevaba en los hombros y llenar de luz mi nuevo hogar.