El match perfecto Capítulo 3
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Capítulo 3

Adriana

El sueño no llega ni a tiros. Llevo una hora tumbada boca arriba en la cama, con la mirada clavada en el techo de un dormitorio que todavía huele a pintura fresca y que no siento mío.

La persiana está entreabierta y deja escapar finas líneas de luz anaranjada procedente del alumbrado exterior, que dibujan sombras alargadas e inquietantes sobre las cajas de cartón acumuladas contra la pared.

Algunas lucen etiquetas con palabras gigantes escritas por Vanesa con rotulador negro, otras ni siquiera recuerdo qué demonios guardan dentro.

Me revuelvo sobre la sábana, incómoda, buscando un lado frío en la almohada que simplemente no existe.

Cierro los ojos con fuerza, auto-obligándome a dormir, pero los abro de nuevo diez segundos después.

Mi mente es una lavadora centrifugando a mil revoluciones.

No dejo de darle vueltas a la frialdad con la que firmé los papeles de mi divorcio esta mañana, en la idea de estar soltera a los treinta y tres después de haber pasado la vida junto a la que consideraba mi mujer.

Y, por supuesto, pienso en Vanesa. En cómo consigue que, con algo simple, las capas de tristeza y melancolía me abandonen.

Se me escapa una sonrisa tonta en la oscuridad al recordar lo mucho que me ha apoyado estos días —y toda la vida—. En su insistencia en que debo ser feliz, feliz de verdad. Aunque la felicidad para ella comience con formar parte del ganado que se esconde en una app.

—Está como una puñetera cabra… —murmuro para mí misma, abrazando la almohada.

De pronto, el móvil vibra sobre la madera de la mesilla de noche. El zumbido rompe el silencio del cuarto con la fuerza de un trueno. Frunzo el ceño, extrañada. «¿Quién coño me escribe a estas horas?», pienso mientras estiro el brazo, lo cojo por pura inercia y compruebo la pantalla.

Cuando lo hago, me deslumbra un letrero que clama: ¡IT'S A MATCH! Parpadeo varias veces, frotándome los ojos, y tardo unos segundos en procesar la información. Debajo del aviso de la aplicación aparece un pseudónimo: Siren_9 . Me muerdo el labio inferior mientras pulso sobre la notificación.

Hace unas horas, mientras cenaba, me dediqué a husmear en la app los perfiles recientes y me encontré con el suyo.

La fotografía me dejó embobada a pesar de no vérsele la cara.

Era una imagen sutil, misteriosa, en la que se le veía la clavícula bañada por una luz cálida, un mechón de pelo oscuro cayendo con una delicadeza tremenda sobre su nuca y, justo en el borde inferior, el encaje negro de un vestido.

Ahora, con algo más de curiosidad, me fijo en la descripción: « Explorando sin expectativas. Sin prisas. Sin rostros. Lo verdaderamente interesante siempre empieza antes de mirarse a los ojos ».

Releo esa última frase tres veces. «Antes de mirarse a los ojos». Me parece profunda. Nada que ver con los perfiles ordinarios que me he encontrado antes.

La conversación con Vanesa me viene a la cabeza de pronto: «Nadie te está obligando a que metas a nadie en tu cama. Solo vas a mirar, incluso a reírte y descubrir cosas interesantes».

—Va a resultar que sí tenía razón… —resoplo con una risa nerviosa, sintiendo un calorcillo extraño instalándose en mi pecho.

Mi dedo pulgar se queda temblando sobre el icono del chat.

Lo sensato sería bloquear el teléfono, darme la vuelta y seguir contando ovejas.

Pero llevo siete años haciendo lo sensato.

Siete años callándome para no molestar, aguantando desaires y anulando mis propios deseos por mantener un matrimonio que estaba muerto.

Así que decido empezar a escribir una y mil frases para dar comienzo a una conversación, hasta que el miedo me obliga a borrar todo y enviar algo sencillo:

Banini : Hola.

Me quedo mirando la pantalla como si fuera a explotar.

—Dios mío, qué patética soy, parezco una quinceañera.

Dejo el móvil boca abajo en la cama horrorizada de mi propia osadía, pero lo vuelvo a girar a los cinco segundos.

«Nada. No contesta. Normal, Adriana, son casi las dos de la mañana de un día laborable, la gente normal duerme», me digo a mí misma.

Sin embargo, cuando vuelvo a llevar la mirada hacia el chat: Siren_9 está escribiendo...

Contengo el aliento con los ojos abiertos como platos. El indicador desaparece, vuelve a aparecer, se para... Esa chica también parece estar midiendo cada letra. Hasta que, por fin, entra el mensaje en el chat.

Siren_9 : Hola, Banini.

Solo son dos palabras, lo sé, pero puedo jurar que me ha dado un vuelco tan brusco en el estómago que me ha dejado sin respiración.

···

Vanesa

El teléfono vibra con tanta fuerza contra mi pecho que por un segundo creo que me está dando un síncope.

Abro los ojos de golpe en la penumbra y tardo dos segundos en ubicarme y recordar por qué tengo el móvil encima y no en la mesita.

En cuanto enfoco la pantalla, creyendo que es cualquier notificación absurda, se me corta la digestión.

Banini : Hola.

Me incorporo tan rápido de la cama que por poco me caigo de la cama, aunque lo intenso es el dolor de cabeza repentino que atraviesa mis sienes. Cierro los ojos y me quedo sentada, con el corazón en la garganta y soplándome el flequillo.

—Si pensabas que esto iba a ser fácil, Vanesa… es que eres estúpida —susurro para mí misma, abrazándome las rodillas.

La verdad es que no esperaba que Adriana fuese a dar el paso. Según ella no iba a enviarle un mensaje a nadie, pensaba mirar y pasar de largo como una mosca buscando un bufido de viento.

«A ver, Vanesa, respira. Inhala, exhala. No te mueras ahora, que tienes que pagar la hipoteca», me ordeno a mí misma en plan militar.

Vamos a ver, la culpa es mía. Yo fui la que empujó al algoritmo a unir la información con la de Adriana.

Yo fui la que creó este perfil falso de tía interesante y misteriosa.

Yo fui la que decidió hacer de agente secreto para vigilar que ninguna lagarta le hiciera daño.

Ahora no puedo ponerme a temblar como un flan. Toca apechugar.

Abro el chat hecha un manojo de nervios.

Tengo que llevar muchísimo cuidado y no usar una de mis expresiones, una ironía de las mías o mis típicas burradas, porque Adriana me cazaría en dos minutos.

La Vanesa real interrumpe, mete zascas y va a toda pastilla.

Siren_9 tiene que ser otra cosa: madura, pausada, sugerente y alguien que sabe lo que quiere y que, además, lo consigue.

Escribo una parrafada, la borro entera porque parece un interrogatorio de la Guardia Civil, y vuelvo a teclear con mucho cuidado.

Siren_9: Hola, Banini.

Siren_9: Confieso que me sorprende que me envíes un mensaje tan tarde.

Lo leo en voz alta variando la voz.

—Bueno, da el pego, suena a desconocida interesante. —Le doy a enviar con el pulso temblando.

La respuesta de Adriana no tarda ni medio minuto en llegar. Esta mujer está tan desvelada como yo. Aunque para ser sincera, yo me había quedado dormida gracias a la valeriana que me tomo para dormir.

Banini : La verdad es que no son horas. La noche me tiene bastante confundida.

Se me escapa una sonrisa enorme en mitad de la oscuridad de mi cuarto.

Siren_9: ¿Y qué es lo que te tiene tan despierta como para venir a hablarme?

Me muerdo las uñas esperando. Veo los tres puntitos aparecer, desaparecer, volver a la carga... Se lo está pensando. Al final, salta el mensaje en mi pantalla.

Banini : Supongo que es por culpa de todas las decisiones que he tenido que tomar hoy. Han sido demasiado difíciles y dolorosas. Pensé que me vendría bien concederme el capricho de tomar una que fuera fácil y divertida.

Cierro los ojos un segundo, tragando saliva.

—Es increíble… —murmuro para mí misma, acomodándome mejor en la cama, acariciándome el cuello—. Incluso rota como sé que está, es capaz de hacerme sonreír.

Siren_9: Solo puedo decir que me alegra que te hayas concedido el capricho y te hayas animado a hablarme.

No sé ni cómo consigo apagar a la verdadera Vanesa para dar paso simplemente a esta nueva mujer, una que…

sin comerlo ni beberlo, quiere conocer a esa Adriana que se esconde más allá de la que yo conozco.

La que se oculta cuando las luces bajan y la ciudad duerme, la que se remueve en la cama sin poder dormir.

Banini : Y yo estoy de suerte. Al parecer, tú tampoco puedes dormir.

A partir de ahí, la conversación rueda y rueda.

Puedo notar su miedo en sus respuestas, la suavidad con la que parece darse a conocer, su torpeza ante el teclado o esas pausas que se toma antes de responder.

No es fácil estar en su situación; yo no he tenido que sufrir un divorcio, pero inseguridad hemos sentido muchos. Yo la primera.

Siren_9: A ver, dos preguntas para saber si eres de fiar... ¿Pizza con piña o sin piña? ¿Tortilla de papas con cebolla o sin cebolla?

No puedo evitar soltar una risa que solo escucho yo, pero que permite destensar mis músculos y también mis nervios. Por el momento, la conversación fluye, ella no ha notado quién soy de verdad y eso ya es un avance.

Banini : La piña para los postres y la tortilla, hasta con chorizo.

—Esa es mi chica —susurro, y me muerdo el labio inferior.

Siren_9 : Gracias al cielo, eres de las mías. Cuéntame, ¿estás viendo alguna serie?

Banini : Últimamente me he enganchado a las de misterio y asesinatos, aunque siempre descubro quién es el asesino en el segundo capítulo. Me puede el ansia. ¿Y tú?

Suelto una risotada baja, acomodándome contra el cabecero de la cama.

Ella y yo compartimos el gusto por los thrillers, es un detalle que nos unió en la universidad y que compartimos desde entonces.

Antes nos regalábamos libros, nos animábamos a ver series juntas e incluso íbamos al cine juntas.

La aparición de Elena destrozó todo eso.

Siren_9: Mal asunto. Yo soy más de comedias románticas de esas absurdas que te hacen reír sola y te desconectan el cerebro del mundo.

Miento.

Banini: Tomo nota... ¿Y eres más de playa o de perderte por la montaña?