Capítulo 2
El algoritmo del pecado
Vanesa
Cuando llego a mi piso, dejo las llaves sobre la consola de la entrada, me quito las zapatillas de un puntapié y camino descalza sobre el parqué hasta el dormitorio.
El aire acondicionado lleva funcionando desde hace una hora gracias a la aplicación domótica de mi móvil, pero ni todo el frío de Siberia podría despejarme la cabeza.
El ambiente de Madrid en julio es asfixiante, pero lo que tengo aquí dentro, justo entre la sien derecha y la izquierda, es una auténtica olla a presión.
Ha sido un día largo. Kilométrico diría yo.
De esos que te arrancan cinco años de golpe y te impiden seguir adelante con tu vida.
No sé qué me esperaba. Bueno, sí que lo sé.
Llevaba años soñando con el momento en que Adriana firmase el divorcio con Elena, pero verla tan rota como hoy…
también me ha hecho daño a mí. Porque reafirma lo que ya sabíamos.
Que Elena sostenía el matrimonio por capricho, y que Adriana ya no formaba parte de su vida desde hacía tiempo.
Camino hacia el baño, desnudándome por el camino y me meto bajo la ducha.
El agua caliente cae a plomo sobre mis hombros, arrastrando el sudor pegajoso del verano, del ejercicio después de la mudanza, pero no consigue llevarse consigo la extraña sensación que arrastro desde que me marché de su apartamento y fui consciente de lo que significaba haberle instalado SapphoMatch en el teléfono.
Sé que lo hice por su bien, por intentar animarla…
Aunque en los últimos minutos, no dejo de pensar en lo que podría pasar si alguien decide acercarse a ella por ahí.
Me apoyo en los manises fríos del baño y cierro los ojos, permitiendo que el calor me relaje y abra la mente.
—A veces piensas con el culo, Vanesa. Con el culo.
Resoplo con fuerza, le doy un golpe con la palma abierta a la pared y meto la cabeza bajo el chorro de agua.
No sé en qué estaba pensando. Hace un par de horas, mientras subía a su apartamento las últimas cajas que quedaban, me parecía el plan del siglo.
Era una idea perfecta. El problema es que ahora, pensándolo con la cabeza bien fría, empiezo a procesar las consecuencias de mi genialidad y no me gusta lo que imagino.
Se me retuerce el estómago de pensar que alguien pueda aprovecharse de ella; la fauna que hay en esas aplicaciones no tiene escrúpulos. La mayoría va a lo que va.
Aprieto los dientes y cierro el grifo del agua con tanta rabia que me hago daño en la mano. Salgo de la ducha, me planto la toalla de turbante en la cabeza, me envuelvo en otra y camino hacia mi dormitorio con el piloto automático encendido.
«A ver, Vanesa, contrólate», me digo mentalmente.
«Es una aplicación de mierda. No le va a pasar nada».
Pero… ¿Y si sí le ocurre algo? ¿Y si la primera que con la que hace Match es una imbécil narcisista que solo busca un trofeo pasajero?
¿Y si juega con ella ahora que está indefensa?
¿Y si solo quiere marcarse el tanto de acostarse con una divorciada vulnerable para luego si te he visto no me acuerdo?
¿Y si eso le vuelve a romper el corazón?
—Joder…
Me dejo caer de espaldas sobre la cama, mirando al techo con indignación.
No nos engañemos. La culpa la tengo yo por ser una hipócrita.
Porque sé perfectamente qué es lo que me pasa y odio admitirlo porque me deja en evidencia.
Esto no es solo instinto de protección. A esto se le llama celos.
Celos puros, duros, irracionales y destructivos.
Imaginar a Adriana riéndose de los chistes de otra me revuelve las tripas.
Imaginarla cenando a la luz de las velas con una extraña, compartiendo un espacio reducido me pone enferma.
Imaginar que otra la toque... que recorran esa piel que llevo adorando en secreto durante más de una década...
Cierro los ojos con fuerza, sintiendo un pinchazo en el esternón.
No. Llevo años conviviendo con esta tortura.
Disfrazándolo de "amistad incondicional", de lealtad, cariño, conexión.
Pero la verdad exige que deje de hacer el avestruz y acepte de buena vez que estoy enamorada de ella y que soy tan cobarde que preferí verla casarse con otra antes de echarle ovarios y confesarle lo que sentía.
Aún me escuece el recuerdo de su boda: yo en primera fila, con una sonrisa falsa mientras me tragaba las lágrimas mientras ellas se daban el "sí, quiero".
«Vanesa, eres mi persona favorita en el mundo, no te vayas nunca de mi vida», me susurró esa misma mañana mientras le abrochaba los botones del vestido.
Yo, después de aquello, le di un abrazo eterno, ahogando un "te amo" en su cuello que casi me asfixia.
—No, no puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo cualquier lagarta de tres al cuatro se aprovecha de su situación —suelto en voz alta, rompiendo el silencio del cuarto.
Cojo el móvil de la mesilla, abro SapphoMatch y mi perfil real aparece en pantalla.
Es patético. Lleva meses ahí plantado, acumulando polvo virtual.
Fotos mías postureando, una descripción simpática y decenas de conversaciones muertas porque siempre encuentro una excusa absurda para cancelar las citas.
Entro en ajustes, busco la opción de eliminar cuenta y tras aceptar, la pantalla se queda en negro, devolviéndome mi propio reflejo de loca psicópata con los ojos brillantes cargados de adrenalina.
Justo después, se me escapa una sonrisa que da miedo.
No porque haya tenido una buena idea, no.
Sino porque acabo de parir la peor idea de mi historia delictiva.
Y, por desgracia, las malas ideas son mi especialidad.
Empiezo a crear un perfil desde cero.
—Nombre de usuario...
Mis dedos vacilan un milisegundo sobre el teclado táctil. « Siren_9 ».
—Perfecto. Sugerente, misterioso y con un toque canalla que no me compromete a nada.
Siguiente paso: la foto. Descarto cualquier imagen donde se me pueda reconocer.
Busco en la galería del teléfono hasta dar con una instantánea que me hice una noche de invierno antes de salir de fiesta.
Solo se ve la línea de mi cuello, la clavícula recortada por una luz cálida muy íntima, un mechón de pelo oscuro acariciando mi nuca al desnudo y, sutilmente insinuado en el borde inferior, el encaje negro de mi lencería.
Es elegante, magnética, anónima y jodidamente sexy.
La subo con el corazón desbocado. La aplicación me exige una biografía. Me río sola y el sonido resuena entre las cuatro paredes de mi solitaria habitación.
—Vanesa, estás para que te encierren en un psiquiátrico...
Pienso un par de segundos y tecleo: « Explorando sin expectativas. Sin prisas. Sin rostros. Lo verdaderamente interesante siempre empieza antes de mirarse a los ojos ». Corto, directo y con el misterio justo para enganchar. Le doy a aceptar.
—Listo. El monstruo ha nacido.
Mi misión es puramente de contraespionaje: vigilar el perímetro, hacer de filtro y detectar a cualquier perturbada mental o cazafortunas antes de que consiga acercarse a un radio de un kilómetro de Adriana.
Nada más. No voy a escribirle, por supuesto.
No voy a intervenir. Solo seré su ángel de la guarda con perfil falso.
Al fin y al cabo, salvarle el culo es mi trabajo a tiempo completo desde que nos conocemos.
Empiezo a deslizar perfiles de mujeres. Mi mente ni siquiera procesa las caras, sigo pensando en Adriana, en su risa, en cómo arruga la nariz cuando algo no le cuadra...
Hasta que, de repente, una foto aparece en la pantalla y mi pulgar se queda congelado en el aire.
El aire se me atasca en la garganta y se me seca la boca de golpe.
Es la maldita foto que yo misma he seleccionado esta tarde. La del vestido azul eléctrico. La del cumpleaños de Sonia. La que sale riéndose a carcajadas, con esa espontaneidad suya, con el pelo revuelto por el viento y una copa en la mano. El corazón se me aprieta tanto que me duele.
Leo la descripción a pesar de saber lo que pone.
Verla ahí… expuesta en ese catálogo, rodeada de miles de desconocidas listas para hincarle el diente...
me produce una sensación espantosa. La hace parecer lejana.
Como si ya no fuera " mi Adriana ", sino propiedad pública de todo Madrid.
Miles de tías van a ver esa sonrisa. Miles.
Van a descubrir esos ojos castaños que son capaces de convertirte en mantequilla derretida.
Van a querer tenerla y cualquiera de ellas podría conseguirlo.
Una oleada de posesividad me golpea el estómago.
Lo lógico, lo maduro, lo que dictaría cualquier manual de salud mental estable sería pasar de largo.
No complicar una situación que ya de por sí es un jardín de espinas; mantener la barrera que tanto me ha costado construir durante años.
Pero mis dedos deciden mandar a la mierda a mi cerebro y declararse en huelga de cordura.
«Ojalá alguien te ame como te mereces de una puta vez», pienso, y ese deseo me quema por dentro.
Yo llevo doce años amándola así. Doce años adorando el suelo que pisa sin atreverme a respirar demasiado fuerte para no espantarla, guardando mis sentimientos en un cajón con doble llave para ser su " refugio seguro .
Respiro hondo, llenando los pulmones de valentía.
—Que Dios me perdone...
Mi pulgar se mueve solo. Abro su perfil, le doy al like y el tiempo se detiene hasta que el teléfono vibra entre mis manos, la pantalla se vuelve loca y un letrero en luces de neón grita: ¡IT'S A MATCH!
Yo miro la pantalla con los ojos desorbitados y de pronto soy consciente de que el puto algoritmo acaba de hacer en tres minutos lo que yo no he tenido ovarios de hacer en doce años.