El match perfecto Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Mírame —insiste, llamando mi atención y apartando con una mano un mechón de pelo que me cae en el rostro—. La Adriana que yo conozco es un partidazo.

Quiero creerla, pero ahora mismo soy incapaz de verme así.

—Llevo con la misma persona desde los veintiséis años. Cuando empezamos a salir, todo era más natural. Nadie usaba esas aplicaciones… —le digo llena de dudas—. Es que... no sé hacerme fotos de esas que se llevan ahora, ni posar poniendo morritos de forma sugerente.

—Gracias a Dios —contesta ella, soltando una carcajada limpia—. Porque esas fotos no son nada atractivas. Prefiero mil veces tu naturalidad. De verdad, eres muy atractiva. No necesitas nada de eso para llamar la atención.

—Así que, según tú, si salgo con estas pintas a la calle, es posible que encuentre novia —le digo, soltando una pequeña risa.

—Solo estoy diciendo la verdad —afirma, encogiéndose de hombros con aparente indiferencia, aunque no me quita el ojo de encima—. Eres preciosa tal como eres. Incluso despeinada y rodeada de cajas de mudanza.

—Además. Tampoco sé qué poner en la descripción del perfil. ¿«Hola, estoy rota»? —continuo, intentando ignorar el calorcito sospechoso que me sube por el cuello.

—Yo sí sé qué poner. De hecho, lo he pensado mientras subía la última caja —responde y a mí me hiela la sangre—. Dame el teléfono.

—No. Ni se te ocurra.

Lo escondo a mi espalda, pero ella, haciendo uso de la fuerza que tiene después de tanto crossfit , no le lleva ni un minuto hacerse con él.

—¡Vanesa!

—Confía en mí.

Desbloquea el móvil con rapidez, coloca mi pin de seguridad —que se conoce incluso mejor que yo— y empieza a escribir mordiéndose ligeramente el labio.

—¿Qué estás poniendo? No quiero que te pases, ¿eh? Que te conozco —insisto, con los nervios a flor de piel—. Enséñamelo ya.

—Todavía no, ansiosa —replica, girando el teléfono para ocultar el panel.

—Vanesa, no juegues con mi salud mental, que ya he tenido bastante.

—Paciencia. Las obras de arte requieren su tiempo de cocción —contesta, aguantándose la risa. Conozco esa cara demasiado bien, pero la verdad es que confío en ella más que en mí misma—. Listo. Perfil actualizado.

—¿Has puesto que soy divorciada? —pregunto con miedo, conteniendo el aliento.

—Sí, claro. La verdad por delante —admite sin rodeos.

—¿¡Qué!? —exclamo, abriendo los ojos como platos—. ¡¡Pero Vanesa!!

—Tranquila, que lo he hecho con clase y con mucha psicología femenina.

—¿Tranquila? ¿Cómo quieres que esté tranquila? Además, ¿quién va a querer fijarse en una divorciada? —replico pasándome las manos por el pelo.

Vanesa se me queda mirando unos segundos y después, regresa a la pantalla.

—A ver, he puesto: « Recién divorciada, con todo aún por ordenar y abierta a nuevas experiencias que mejoren el panorama ». Es importante contextualizar. Las mujeres en estas apps agradecemos la honestidad y un toque de autodesprecio sano.

—Yo no necesito contexto, lo que necesito es que me trague la tierra ahora mismo —protesto, cubriéndome el rostro con las manos, muerta de la vergüenza.

—Te aguantas —asegura, riendo suavemente mientras me aparta las manos de la cara—. Además, he elegido una foto maravillosa. Sales espectacular.

—¿Cuál has puesto? Si has puesto la de la playa te mato.

Su expresión juguetona cambia apenas un instante. Se vuelve más suave, dulce e incluso magnética.

—He puesto la del cumpleaños de Sonia, la de hace dos años. La del vestido azul eléctrico, con el pelo revuelto por el viento y la copa de cava en la mano. ¿Te acuerdas?

Recuerdo perfectamente esa fotografía. Me había olvidado que la tenía en la galería del teléfono. Niego despacio con la cabeza, arrugando la nariz.

—Salgo fatal. Parezco una loca despeinada.

—No sales fatal… al contrario. Estabas increíble esa noche.

Sus palabras provocan que el ruido del salón se disuelva muy lentamente.

O quizá, la causa de que me vea envuelta en esta burbuja sea su mirada y esa intensidad que desde hace años es capaz de dejarme sin palabras.

Siento un calor extraño, un cosquilleo que me sube por el cuello y se extiende por mi pecho. Así que desvío la vista.

—Tampoco hace falta que exageres tanto… —susurro, intentando restarle importancia al momento y rebajar la tensión.

—No exagero —responde ella, y su voz baja una octava, sonando mucho más sincera y desnuda—. Nunca lo hago cuando se trata de ti.

Y es cierto. Vanesa nunca se ha cortado a la hora de decir las cosas.

No tiene filtro, tampoco es comedida; su atrevimiento y falta de filtro fue una de las cosas que me atrapó cuando nos conocimos.

Y aunque por aquel entonces yo no sabía ni si me gustaban las mujeres, ella siempre llamó mi atención.

Mi respiración se vuelve torpe por un segundo, el sonido del tráfico que se escucha afuera desaparece. También lo hace el zumbido del ventilador y el aire pesado de este julio asfixiante. Solo existimos nosotras dos y esa mirada cargada de electricidad que compartimos.

Entonces, el teléfono vibra en sus manos y el sobresalto nos hace volver a la realidad. Las dos bajamos la vista al mismo tiempo hacia la pantalla iluminada y Vanesa sonríe despacio.

—Mira tú por dónde. —Levanta la pantalla hacia mí, mostrándomela con aire triunfal—. Ni cinco minutos han tardado en aceptar tu perfil.

Frunzo el ceño, picada por la curiosidad muy a mi pesar.

—Espera, ¿¡qué!? —le pregunto sin saber muy bien, fijándome en el nombre de usuario que ha elegido para mí—. ¿ Banini ? ¿¡Pero tú estás loca!? Se van a creer que soy una cría.

—Pues ya le has gustado a alguien —explica con ese tonito juguetón que odio que use conmigo—. Y le ha dado un like a tu perfil.

El corazón me da un vuelco absurdo en el pecho mientras pongo atención en lo que se ve en la pantalla de mi móvil.

En ella aparece el perfil de una mujer de pelo castaño, con una sonrisa luminosa, unos ojos expresivos y un perro enorme que ocupa media fotografía.

Debajo de su nombre, brilla un pequeño corazón rosa. Nada más.

—¿Y cómo funciona esta app? —le pregunto al no saber muy bien cómo tomarme ese corazoncito—. ¿Uno recoge corazones y ya está?

Vanesa se echa a reír y niega con la cabeza.

—Esta app tiene el don de unir a personas por tu ubicación —me explica—.

Si hay alguna mujer cerca de aquí, la aplicación te dirá que has hecho ‘match’ con ella y tú o ella, decidís si os queréis comunicar.

Puedes hacerlo por el chat que está justo aquí —señala con el pulgar, y me muestra un ejemplo—.

Podéis compartir imágenes, videos, llamadas… es muy completa.

—A ver. Déjame… —Le robo el teléfono de las manos y cuando observo toda la interfaz, algo que llevaba encerrado años dentro de mí, despierta.

Como si alguien acabara de abrir una rendija por la que entra un chorro de aire puro y un poquito de esperanza—.

Me gusta… la verdad es que es muy fácil de usar.

Vanesa no suelta el típico «te lo dije». Solo me observa mientras vuelve a llenar nuestras copas y me cede la mía.

—Sea lo que sea lo que pase a partir de ahora, grábatelo en la cabeza: no estás sola —me asegura chocando su copa contra la mía—. Yo estoy aquí, y siempre lo estaré. También lo hará Sonia, aunque ella ya sabes que tiene unos horarios de mierda.

Asiento con la cabeza, notando cómo el nudo que me oprimía el pecho desde esta mañana por fin se afloja. Sonia es la tercera en discordia, pero una mujer sin la que nosotras dos no seríamos nada.

—Bueno, ahora dejémonos de chácharas y vamos a ordenar un poco esto. O al final, tendrás que dormir en el suelo.

Y mientras Vanesa comienza a ordenar las cajas y llevar algunas al dormitorio principal, sonrío al darme cuenta de que la palabra ‘mañana’ y ‘futuro’, ya no me pesan igual.