El match perfecto Capítulo 1
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Capítulo 1

El punto de no retorno

Adriana

El sonido de una notificación entrante resuena en el salón a la misma vez que Vanesa deja mi teléfono sobre una caja etiquetada como ‘COCINA’, con esa sonrisa satisfecha de quien acaba de prender una mecha y se aleja tranquilamente para ver la explosión desde un lugar seguro.

—Bueno, pues creo que con esto ya está todo —anuncia a la vez que se limpia las manos en los vaqueros cortos que lleva puestos.

Llevamos más de una hora subiendo las cajas de la mudanza y amontonándolas en el salón. Todo va demasiado rápido y aun no soy consciente de lo que está pasando.

—¿Cómo que «ya está»? Aún quedan como seis cajas en el zaguán.

Ella se acerca a mí, sujeta la copa de vino que le serví para celebrar mi llegada a este nuevo hogar y le da otro sorbo. La sonrisa que me dedica es de lo más relajada, aunque a mí no me gusta nada.

—Me refería a que ya tienes SapphoMatch instalada en tu móvil. Bienvenida al siglo veintiuno.

Siento un vuelco en el estómago y el corazón se me acelera de manera absurda y violenta.

En la primera persona que pienso es en Elena, mi ex; en lo que pensará si de casualidad alguien le dice que se ha encontrado con mi perfil en una app de citas que está muy de moda y que, al parecer, todas usan en la actualidad.

—Te dije esta mañana que no quería que me la instalases —le recuerdo, entrecerrando los ojos—. Sabes de sobra que a mí esas cosas no me gustan.

—Bueno, aunque no te gusten, es la moda y antes de que me vengas con el discursito de viuda alegre… —me dice, apuntándome con el dedo índice—. No está mal disfrutar un poquito de la vida. Esa app es el mundo del chisme, y tú y yo sabemos lo mucho que te encanta.

La miro fijamente a los ojos, buscando en ellos alguna señal que me indique que es una broma de las suyas, pero en cuanto me levanto y sujeto el teléfono entre las manos, me doy cuenta de que no lo es y que, en efecto, ya formo parte de una comunidad repleta de lesbianas desesperadas.

—Vanesa... —empiezo, arrastrando las palabras—. ¡He firmado mi divorcio hace…! —Miro el reloj de la cocina; el único adorno que ya descansa en su sitio—. ¡...cinco horas! Cinco.

—Precisamente por eso la necesitas —insiste ella, cruzándose de brazos sin perder la compostura.

—Sabes bien que no.

—Sí, y lo sabes. —Vanesa deja la copa sobre la isla de la cocina y camina hacia mí para colocar sus manos en mis brazos.

Su mirada se vuelve intensa, esa clase de miradas que son capaces de atravesar todas tus capas de resistencia—.

Llevas legalmente divorciada cinco horas, Adriana.

Pero llevas más de cinco años conformándote con migajas de afecto y caricias vacías.

Las únicas personas que tienes a tu alrededor somos yo y Sonia, y no es un pecado salir de ese círculo tan cerrado.

Soy incapaz de mantenerle la mirada porque sus palabras acogen una verdad del tamaño de la catedral de la Almudena.

Una verdad que es similar a una herida que me he pasado años intentando anestesiar y que recoge todo el dolor que he sufrido a manos de Elena y esos siete años que compartimos y que me he pasado creyendo que las cosas cambiarían.

Que el siguiente aniversario sería mejor.

Que las vacaciones nos ayudarían. Que cuando ella estuviera menos estresada en su trabajo todo mejoraría.

Siempre había una maldita excusa… y el tiempo pasó hasta que un día dejé de preguntarme la razón por la que había dejado de ser apetecible para mi mujer.

Respiro despacio, me seco un par de lágrimas que han aparecido en la comisura de mis ojos y me trago el nudo de la garganta intentando recomponer mi orgullo.

—No estoy preparada para conocer a nadie y mucho menos para estar en el mercado —le digo al fin, intentando sonar firme.

Vanesa suelta un suspiro y me sujeta la cara con sus manos.

—Nadie te está obligando a que metas a nadie en tu cama, Adriana —explica con la paciencia que se le tiene a un niño, echándole una mirada rápida al móvil—.

Solo vas a mirar, incluso a reírte y descubrir cosas interesantes.

Imagina que estás caminando por la Gran Vía en plenas rebajas.

Observas los escaparates, cotilleas, pasas de largo y no te comprometes a comprar nada.

La comparación me arranca una pequeña risa. Odio que siempre encuentre ejemplos absurdos que, misteriosamente, encajan a la perfección con mi vida.

—No pienso hablar con nadie —insisto cruzándome de brazos como una niña pequeña en pleno berrinche—. Ni quedar a tomar café o responder un solo mensaje. Lo digo en serio, Vanesa.

—En estas apps, la estrategia de hacerse la interesante, siempre tiene un doble efecto —añade, con los ojos inyectados en picardía y una sonrisa que le divide la cara—. Así que yo de ti, intentaría disfrutarla un poquito más. Pero sin cometer locuras, que ahí dentro te puedes encontrar de todo.

La observo con desconfianza, ladeando la cabeza y entornando los ojos.

—¿Por qué te interesa tanto que esté en SapphoMatch ? Das mucho miedo cuando insistes tanto en algo. No es propio de ti.

Vanesa me suelta de las mejillas y se encoje de hombros, dándome la espalda.

—Solo quiero que veas que el mundo no se acaba después de Elena, y que hay muchas personas a tu alrededor que se morirían por estar contigo.

—No le veo la cara cuando responde, pero no lo necesito.

Sé la verdad que ocultan sus ojos, la llevo viendo demasiados años—.

Además, te conozco como si te hubiera parido.

Y sé que tarde o temprano estarías ahí metida, como una adolescente que descubre por primera vez el efecto de las hormonas.

Suelto una carcajada forzosa con la que intento mitigar esa tensión inevitable que siempre surge cuando estamos a solas.

Vanesa me conoce mejor que nadie, sabe exactamente lo que quiero o necesito sin que yo se lo pida, y es por eso que me asusta tanto abrirme y hacerle saber que me hubiese gustado ser más valiente, haber roto la barrera de la amistad con ella y no haberme conformado con Elena.

El tiempo se congela tanto como su expresión y yo le dedico una sonrisa que segundos después se le contagia e ilumina toda la cara.

—Me encanta cuando sonríes así. Ya no pareces la protagonista de un documental de La 2 sobre la depresión crónica —comenta, acercándose a mí para darme un toque divertido en la nariz.

Yo me giro hasta conseguir rápidamente un cojín del sofá y se lo lanzo, esquivándolo mientras se ríe a carcajadas.

—Qué insoportable eres —protesto, aunque mi voz ya suena mucho más ligera.

—Igual que tú. Pero te quiero así, con todo el pack de taras que llevas contigo.

Ahí, en su compañía, con esa complicidad y la paz que siento cuando estoy a su lado, soy consciente de todo lo que ha pasado en cuestión de semanas.

De que el infierno en el que vivía ha terminado, de que Elena ya no existe a mi alrededor y que ahora tengo la oportunidad de empezar de cero.

Aunque no sepa muy bien cómo empezar a hacerlo.

—No puedo creer que me haya divorciado… —le digo, intentando aferrarme a mi drama, aunque el peso de la situación ya no me dobla la espalda—. Y que haya perdido mi casa.

—Piensa el lado positivo. Era un piso horrible y muy mal iluminado.

—Esto de empezar de cero… —miro a mi alrededor—. Ahora mismo parece un lugar extraño. No sé ni dónde colocar las tazas —añado, señalando con el dedo el montón de cajas que nos rodea.

—Eso tiene fácil solución. Mañana tengo libre en el bufete, así que después de uno de nuestros grandes desayunos, vendremos a poner orden.

Yo te ayudaré, como he hecho siempre —ofrece y algo me revolotea por dentro.

Sus ojos se quedan clavados en los míos, sosteniéndome la mirada con una intensidad que me impide respirar.

—Te has pasado la vida ayudándome —le recuerdo, acercándome a ella para abrazarme a su cuerpo en busca de su calor—.

Es… horrible. A quien se lo cuentes pensará que soy incapaz de hacer las cosas por mí misma.

Con mi suerte. Probablemente moriré sola y devorada por mis propios gatos.

Aunque para eso tendría que tener gatos —concluyo, soltando un suspiro exagerado.

Vanesa busca mi mirada, ambas nos quedamos muy cerca de la otra y por un segundo, tengo deseos de besarla, de acortar la distancia y encontrar en ella todo eso que jamás tuve la oportunidad de disfrutar con Elena. Sin embargo, su risa me pone los pies en el suelo.

—Adriana, por favor...

—¿Qué?

—¿Me recuerdas cuántos años tienes? —pregunta, inclinándose un poco más hacia mí, invadiendo mi espacio vital.

—Treinta y tres —respondo de mala gana.

—Exacto. Treinta y tres, no ochenta y seis. Hablas como si estuvieras a las puertas de un asilo, alimentando palomas en un parque con un chal de lana sobre los hombros.

—Tampoco es para tanto, a ver si es que no me puedo quejar —respondo, mordiéndome el labio para ocultar una sonrisa traicionera.

—Eso lo dices tú, que acabas de anunciar tu muerte civil y emocional como si fuera un hecho certificado ante notario. Vamos, mujer, que la vida no se acaba en un juzgado de familia. Se reinicia. Estás en boxes, cambiando las ruedas.

Me llevo una mano al cuello, frotándome la piel mientras cierro los ojos unos segundos, abrumada por las emociones que llevo dentro.

—Es que... no sé cómo volver a empezar —confieso, y esta vez mi voz sale empequeñecida, rota por el cansancio real que arrastro—. Elena fue… Yo no sé ligar, Vanesa. No tengo ni la más remota idea de cómo funciona el mundo ahí fuera. Me da pánico.

Ella arquea una de sus cejas.

—Claro que sabes. Tienes un don para conectar con la gente. El único problema es que te has olvidado de ti misma durante demasiado tiempo y ahora, debes aprender a volver a descubrir a la Adriana que yo conozco… y que sé que está ahí.

Uno de sus dedos se apoya en mi pecho y una corriente de calor me baña las mejillas, obligándome a separar la mirada de sus ojos.

—No, no es verdad. No hay otra Adriana en ninguna parte.