Capítulo 10 #3
Cuando la pausa llegaba a su fin y los músicos retomaban sus asientos, Dorothea vio al señor Shaw avanzar hacia ambas con lo que creyó —esperó—, era la determinación de bailar con ella.
Parecía demasiado concentrado para albergar intenciones ociosas.
Y otra vez su mente volvió a lo que había oído.
Seguramente su corazón no podía haber quedado prendado de Bernice.
No debería importarle, lo sabía. Pero todo en la idea de que él se casara con ella le parecía equivocado.
Antes de que pudiera recuperar un poco de sensatez, su corazón dio un violento vuelco cuando él se acercó. Y no dejó de hacerlo cuando se detuvo frente a ella con esa sonrisa suya tan imposible de resistir.
—Lady Dorothea, buenas noches. Y, si no me equivoco, ¿señorita Kensington? —alzó una ceja inquisitiva mientras ella lo confirmaba—. Me preguntaba…
Sus palabras fueron interrumpidas por la inoportuna llegada de lord Hastings.
Dorothea debería haberse sentido profundamente halagada.
Después de todo, lord Hastings la había buscado para decirle —de una forma que ella solo podía considerar significativa—, que había pospuesto su viaje y permanecería en Londres por un tiempo indeterminado.
Y le había pedido este segundo baile poco después del primero.
Pero su presencia palidecía junto a la del señor Shaw.
A lord Hastings le faltaba aquella chispa que el señor Shaw parecía despertar en ella sin el menor esfuerzo.
Dorothea reprimió ese giro irrazonable de sus pensamientos y ofreció a lord Hastings su sonrisa más encantadora.
—¿Ha llegado ya nuestro baile? Estoy completamente preparada.
Asintió a Anne y al señor Shaw antes de alejarse del brazo del conde.
Y aunque podía felicitarse por su voluntad de acero al perseverar en su propósito de casarse con un hombre digno de su posición, no consiguió evitar lanzarle miradas anhelantes al señor Shaw mientras este bailaba con su nueva amiga, obteniendo de ella todas las respuestas sonrientes que Dorothea podía esperar —si hubiese deseado que Anne atrajera a un pretendiente muy por debajo de su rango—.
Durante el resto de la velada, Dorothea pasó de un compañero de baile a otro.
Casi todas las invitaciones provenían de alguien que Maryann le había presentado, y ella parecía deleitarse en presentarla como lady Dorothea y luego llamarla muy deliberadamente Dorothea , para dejar en claro la intimidad de su relación.
Al menos había tenido el efecto deseado de proporcionarle a Dorothea toda una serie de pretendientes que habían comenzado a brindarle la atención que tanto anhelaba, una atención que sentía le correspondía por ser hija de un conde.
Si tan solo las palabras del señor Shaw no se hubieran quedado grabadas en su mente y la hubieran llevado a dudar de su propósito.
Él había dicho que su valor como amiga y, suponía ella, como posible esposa, no dependía de su estatus ni de su título.
La parte implícita debía ser que el valor de un caballero tampoco dependía de eso.
Quizá fuera cierto… pero difícilmente podía ser un factor secundario en cuestiones matrimoniales.
El único baile que aún tenía sin reclamar era el último, y estaba otra vez reflexionando sobre las palabras del señor Shaw cuando el propio hombre apareció ante ella.
Tuvo que esforzarse enormemente para no demostrar lo feliz que estaba de verlo.
Como resultado, apenas le ofreció una sonrisa contenida.
Él pareció no notar su reserva.
—Por favor, dígame que este baile aún no tiene dueño, porque es el último, ya sabe.
Ella negó con la cabeza y su expresión se suavizó al mirarlo.
No podía evitarlo. Había algo confiable en él que parecía faltar en todos los demás galanteos de los caballeros.
Con ellos había bonitos cumplidos destinados a agradar, pero que se sentían vacíos cuando se acumulaban unos sobre otros.
O conversaciones corteses que no la estimulaban en lo más mínimo.
Pero el señor Shaw parecía cobrar vida ante ella cada vez que aparecía.
—Mi baile sigue libre.
La sonrisa con la que él respondió hizo que su corazón volviera a acelerarse.
—Vamos, antes de que ya no quede espacio para nosotros. Si los Answorth no hubieran sugerido una hora de cierre para su baile, creo que seguiríamos aquí hasta que saliera el sol. Tal como están las cosas, debemos apresurarnos.
El señor Shaw la condujo a la pista y ocuparon sus lugares para la danza llamada Hole in the Wall .
Recordó una vez más cuánto le gustaba bailar con Miles Shaw.
Aunque era una danza en línea, el corazón le rebosaba de felicidad cuando giraba alrededor de él y encontraba su mirada al volver.
Le parecía que flotaba a su lado en vez de bailar.
Y cada vez que sus manos se unían, una descarga recorría su brazo.
Cuando sus ojos se encontraban, él le sonreía de un modo íntimo que no reservaba para los demás.
Mientras bailaban, el tiempo dedicado a reflexionar sobre todo esto finalmente le aportó claridad. Cuando estaba con él, se sentía vista. No era otro rostro más para él. Era Dorothea. Y eso era algo que jamás había experimentado.
Oh, cielos. De verdad tendría que proteger su corazón.