El marido equivocado 30
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Creyton condujo a su pequeña familia hasta el castillo para estar allí un par o tres de días; la idea era alejarse del fantasma de Rayo, ayudar a amigos y familiares y averiguar qué iba a pasar con el clan.

El lugar estaba revolucionado a causa de la muerte del jefe del clan.

El ambiente era de caos absoluto y olía a devastación en cada rincón del lugar.

Los sirvientes no solo estaban tristes, sino que andaban nerviosos porque no sabían qué iba a pasar a continuación.

Ni siquiera el abogado tenía respuestas.

Creyton preguntaba y él no sabía qué responder.

La rebelión había fracasado estrepitosamente.

La derrota era tan reciente, estaba tan fresca, que nadie era capaz de saber qué iba a suceder a corto o largo plazo.

Y es que, si bien las consecuencias sobre la población civil todavía no eran conocidas, los británicos se encargaban de que toda Escocia supiera qué estaba ocurriendo con los jacobitas que iban hallando en sus rutas de escape.

Edeen rezaba a menudo. Se suponía que su hermano ya no debería estar en el país, ni siquiera en la isla, pero no podía confirmar sus sospechas de que había salido de Escocia sano y salvo. Quizá jamás lo sabría.

Muchos se fueron tras despedirse de Creyton y ofrecerle sus condolencias. Partían con un petate bien cargado, sin apenas dinero y el corazón destrozado por lo que dejaban atrás. Supuestamente, ninguno estaba en peligro, pero temían las represalias. No podían culparles por eso, por supuesto.

Si no tuvieran a Davies de su parte, posiblemente ellos también se plantearían tomar semejante decisión.

—¿Y tus padres? —se interesó Creyton mientras fumaba junto al fuego del dormitorio que siempre les asignaban cuando estaban de visita. No era habitual verlo sujetar una pipa, pero cuando rondaba por allí siempre le entregaban alguna y él lo veía natural, como una extensión de él y del lugar.

Tras un día de reuniones con los vasallos del clan, que ahora se encontraba sin líder, necesitaban unos instantes de paz. Por lo cual estaban tomándose una copa, rodeados de quietud, solo rota por el viento, que ululaba contra las ventanas.

—¿Mis padres? —Edeen dejó de mirar el whisky de la copa, levantó la cabeza y se topó con su mirada azul.

—¿Querrían irse?

Edeen se había formulado aquella pregunta en varias ocasiones en los últimos días.

Su padre no era un idealista y su madre creía que las guerras eran absurdas.

No apoyaron la causa en su momento. No compartían el pensamiento de su hijo, a pesar de que apoyaron a Stewart y siempre lo animaron a tener sus propios pensamientos.

No deberían sufrir el castigo de los británicos, ¿pero estaban realmente a salvo?

La fama de los casacas rojas empeoraba cada hora que pasaba.

El terror se estaba expandiendo desde las Lowlands hasta las Highlands; incluso las capitales sucumbían al miedo.

—No lo sé —confesó con un suspiro. Le dio un trago al whisky. El calor ya no le abrasaba la garganta, era como una caricia amigable que atravesaba su cuerpo de arriba abajo—. ¿Dónde irían?

—A Francia, quizá.

Edeen no pudo evitar resoplar por la nariz y encoger los hombros.

—No creo.

Las niñas eran aún jóvenes, así que no había posibilidad de asegurarles un futuro. Por no hablar de que la abuela seguía viva y sus padres nunca la dejarían atrás, a pesar de que viviera aislada a varios días de camino.

Edeen supuso que aquel pensamiento era solo una excusa para permanecer atados a la tierra que los vio nacer.

Habían echado raíces. Adoraban su nación y también su historia, su gente, sus costumbres.

No querrían perder nada de eso solo porque los ingleses quisieran vengarse. Ante todo, poseían dignidad.

—Podríamos ir a verles la semana que viene —sugirió Creyton.

Con todo lo que estaba ocurriendo en las tierras y en el clan, Edeen no se había atrevido a proponerlo.

—¿De veras?

—Claro. Además… —Bajó la voz—: ¿No tienes una misiva que entregarles?

Edeen le había contado lo de la carta de Stewart, igual que le había explicado su conversación con Laochailan.

Su matrimonio se basaba en la confianza.

A veces, les costaba hablar de ciertas cosas, pero siempre terminaban saliendo a la luz.

Ya no había secretos, del mismo modo en que nunca hubo engaños.

—¿Es seguro?

Por más que el capitán Davies los tuviera en consideración, si los encontraban con una carta escrita por un jacobita fugado, cuyo nombre aparecía en las listas de personas que debían encarcelar…

—Haremos que lo sea —musitó él, acercándose y acariciándole la mejilla.

—¿Quieres que hablemos de… Rayo?

Creyton siempre esquivaba el tema. Intentaba que no hubiera silencios huecos entre ellos para que Edeen no pudiera sacar el nombre o apodo del hombre a colación. Siempre había algo más interesante o importante de lo que hablar.

Era un mecanismo de defensa. Edeen sabía que su esposo lo estaba pasando mal.

Se había prometido vengar a su hermana, pero del dicho al hecho…

; por no hablar de que volvía a pasar el luto de una amistad que fue trascendental y se vio reducida a cenizas por una traición.

Era lógico que se sintiera triste y vacío, de nuevo perdido.

Por ello, Edeen le daba espacio. Le daba su tiempo para procesar esos sentimientos y reflexiones que parecían carcomerlo. Lo observaba cuando estaba distraído y podía ver cómo su rostro se contraía por la pena. Incluso su mirada había perdido brillo en los últimos días.

Que Gillies hubiera fallecido, u otras personas allegadas también, no era de gran ayuda.

Solo hacía que el dolor fuera más profundo.

Edeen temía que ese agujero que se le estaba formando en el pecho creciese y terminase por devorarlo.

Creyton parecía tener un espíritu fuerte, pero un golpe así podría destruirlo; ella había visto a varios vecinos y vecinas marchitarse tras la muerte de un progenitor, pareja o hijo.

No quería que Creyton padeciera lo mismo.

Quería que supiera que ella estaba ahí para poderse desahogar.

Había matado a Rayo y había visto cómo Creyton partía hacia las autoridades para confesar que era él el autor del crimen.

Había soportado ese trance, esa realidad, y le había dado la vuelta para hacerse más fuerte.

Podía manejar su malestar. Podía quedárselo, hacerlo suyo, y ayudarlo a sobrellevarlo de algún modo.

Ansiaba ser de ayuda. Quería protegerlo, aunque eso implicase protegerlo de sí mismo y sus propios demonios.

—Hasta que no lo abordemos, no vas a estar tranquila, ¿no es así? —Creyton se sentó en la banqueta y le dio una buena calada a la pipa. Ella se sentó a su lado—. Sé que te preocupas por mí, lo veo en tu mirada.

—No quiero que su fantasma te siga persiguiendo. Mereces salir adelante.

—No me atormenta —dijo con tanta convicción que Edeen lo creyó.

Esa certeza hizo que el peso de su espalda desapareciera.

Pudo sentarse erguida ahora que no había un cinturón de piedras constriñendo la cintura—.

Me dije que mi rostro sería lo último que ese bastardo vería antes de morir y, en cierta manera, así fue.

Yo no lo maté, pero lo hiciste tú. La mujer que lleva el anillo de casada que yo mismo puse en su dedo.

—Ambos miraron unos instantes la joya, que refulgía ante el fuego cercano—.

Te considero mi mitad, Edeen, así que los dos fuimos responsables.

—Pero eso no es cierto.

—Así me siento yo. Mas no quiero que te confundas. No siento lástima por él. —Le tomó la mano y le dio un apretón—. Durante un lustro, he vivido con una espina clavada en el corazón. Me alimentaba el odio, pero ahora…

De haber sabido que la repulsión que Rayo causaba en él era tan profunda, hubiera intentado ayudarlo para que no lo llevase en solitario. Era un dolor demasiado cargante para una sola persona.

—Ahora, esa espina ya no está y no tienes a quien odiar —concedió Edeen.

Creyton asintió y miró la pipa que sujetaba, como si fuera lo único que lo mantuviera a flote en medio de un naufragio.

—Tú eres mucho más que eso —susurró Edeen.

Él levantó el rostro, parpadeando—. Dices que estabas lleno de odio, pero yo jamás lo vi.

Siempre has sido bondadoso, justo, cariñoso, divertido.

A veces un poco idiota, pero lo has sabido arreglar.

—Le peinó el pelo, que estaba algo largo y se le ondulaba por debajo de las orejas.

Esperaba que pudiera recordar quién era si se lo decía—.

Lo que sentías por Rayo no te define. Nunca lo hizo.

Si no le hubiera explicado lo que le ocurrió a Laria, lo que quisiera hacerle a ese hombre desalmado, Edeen nunca lo habría adivinado. No era un hombre movido por la venganza y el desdén. Puede que esos sentimientos vivieran en él, pero su lado bueno, generoso y risueño siempre se había impuesto.

A pesar de eso, a pesar de todo, Edeen amaba cada vertiente de su ser y volvería a sujetar un cuchillo en su nombre.

De igual manera, si tuviera que obrar como Creyton y adjudicarse la autoría de un crimen para salvarlo, por Dios que lo haría.

Sería su mayor pecado y terminaría en el purgatorio por ello, pero valdría la pena.

El pánico que sintió aquella noche a morir no fue porque le diera miedo desaparecer.

Era porque no deseaba perderse lo que el futuro prometía.

Puede que el mundo se estuviera desmoronando a su alrededor, que su tierra fuera arrasada y todo cuanto eran les fuera arrebatado, pero jamás podrían quitarle el amor que florecía en su matrimonio.

No quería que fuera otra quien calentase la cama de Creyton, le diera hijos y cuidase de Laren.

No quería que hubiera una segunda esposa cocinando pastel de calabaza, haggis, o cuidando de los animales.

Ese era su papel. Era su propósito. Sin embargo, si tuviera que elegir entre esa vida y salvar a Creyton, lo haría.

—Estás equivocada, Edeen. Es solo que me miras con buenos ojos.

«No deseo que me digas que me quieres justo en este momento, porque, si muero, no sabré si lo has dicho porque quieres que me vaya del mundo sintiéndome amado o porque realmente te has enamorado de mí».

No habían hablado de sentimientos de nuevo. Igual que mencionar a Rayo parecía escamar a Creyton, tener una conversación sobre lo que les quedó en el tintero aquella madrugada también parecía producirle urticaria.

—Te quiero —musitó Edeen.