29 #2
La tristeza y el terror salían de una grieta que parecía imposible de sellar. Había creído sobrellevarlo bastante bien, sobre todo cuando estuvo frente al lago y se dijo que no había hecho nada malo. No obstante, saltaba a la vista que todo cuanto había hecho era mentirse a sí misma para sobrevivir.
—Shhh, shhh —susurraba él mientras le peinaba el pelo con mimo y la mecía contra su torso—. Todo está bien. Estoy aquí. —Su voz era un bálsamo suave que curaba heridas—. Todo está bien, Edeen.
Se apartó de él en cuanto se vio algo más tranquila. Aún hiperventilaba y se sentía debilitada, pero parecía que toda ella estaba empezando a entender que sus palabras no estaban vacías.
Estaba a su lado, abrazándola con la tranquilidad de alguien que sabe que tiene todo el tiempo del mundo para hacerlo. Si Davies quisiera matarlo al anochecer y le hubiera dado unas horas de gracia, no estaría tan relajado.
—Creyton…
—Estás congelada. Vayamos a la casa.
La tomó de la mano y caminó junto a Edeen hasta llegar a la cabaña.
Habían emprendido el pequeño camino en silencio, disfrutando de la compañía del otro.
El mutismo que se había instalado entre ellos no era incómodo.
Más bien, era necesario. Cada uno andaba perdido en sus pensamientos.
Habían ocurrido demasiadas cosas en pocos días, y era mucho que asimilar.
El caballo y la carreta estaban frente al porche de la cabaña. Creyton se percató de que estaba mirando al animal fijamente, porque le acarició la barbilla.
—Aunque te pedí que te marchases, una parte de mí no quería que me abandonases —reconoció en voz baja y muy grave.
La confesión la tomó por sorpresa, porque no pensó que fuera el momento de hablar algo así…
, pues Edeen ansiaba saber qué había ocurrido con los casacas rojas—.
Cuando he llegado y he entrado en la casa…
, no te he encontrado y… No sé… Se me ha ido la cabeza.
Creyton siempre hablaba con seguridad. Pero esa vez Edeen detectó vulnerabilidad en su tono, en sus palabras, y pudo entrever lo preocupado que había estado. Se reconoció en él. Detestó la idea de que hubiera estado sufriendo porque pensara que finalmente sí había partido junto a Laochailan.
—Yo… estaba en el lago… —Edeen no sabía qué decir.
Había estado tan preocupada por Creyton y por lo que pudiera sucederle, y más teniendo en cuenta que estaba asumiendo actos que había cometido ella…
, que no se había parado a pensar en cómo se había sentido él.
Esa noche debía haber sido muy dura también para Creyton.
Regresar de Culloden, páramo de muerte y destrucción, sabiendo que gente conocida y querida había fallecido, para encontrarse con su enemigo y que este terminase muriendo… resultaba brutal.
—Lo sé. He salido a buscarte rezando para que no te hubieras ido con Laochailan. —Carraspeó como si admitirlo le hiciera sentir incómodo.
Ella tomó su rostro entre las manos y se alzó sobre la punta de las botas para darle un suave beso en los labios.
Los notó agrietados y secos, casi temblorosos.
Creyton era su puerto seguro en medio de un país en guerra.
Confiaba en que se sintiera del mismo modo para con Edeen. Siempre estaría ahí para él.
Al descender, Creyton le sonrió, tomó su mano, le dio un beso en el dorso y la hizo entrar. La obligó a ir al dormitorio, cambiarse de ropa y ponerse algo más grueso. Luego, la hizo sentarse junto al fuego para que se caldease.
Iba a preguntarle qué había ocurrido cuando la puerta de Laren se abrió.
El perro salió corriendo hacia la puerta principal, y Creyton se apresuró a abrírsela para que saciase sus necesidades.
Laren se asomó al umbral, con un peluche en la mano y frotándose los ojos con la otra.
Era la viva imagen del bello despertar, de la inocencia, y Edeen tuvo la confirmación de que había obrado bien.
Esperaba que Laria estuviera orgullosa y contenta a pesar de lo terrible que había acontecido. Ahora podía descansar en paz. Su nombre había sido vengado y su hija estaría a salvo de las garras de su verdadero padre.
—¡Papá! —Sus ojos se iluminaron al ver a Creyton y corrió a abrazarlo. Él la levantó en el aire—. ¡Has vuelto! ¡Te he echado de menos! —Escondió el rostro en la curva de su cuello.
A Edeen se le contrajo el corazón, porque podría haberlo extrañado de por vida.
—Y yo a ti, mi niña —dijo él, antes de darle un beso en la cabeza y bajarla al suelo—. ¿Qué quieres desayunar? Hoy lo preparo yo.
—¡Qué bien! —Laren dio un bote—. Lo que a ti te apetezca, papá. Todo me parece bien.
—Improvisaré entonces. —La risa de Creyton no fue tan real como otras y su mirada no poseía esa luz jovial de siempre. Sarge entró en ese instante del exterior—. ¿Por qué no te aseas un poco y te vistes?
—Claro.
No lo cuestionó. Se marchó hacia su habitación y el perro la siguió, moviendo la cola, tras beber una buena cantidad de agua de su cuenco. Se quedaron solos. Edeen se alzó y fue hacia los fogones, donde Creyton ya estaba empezando a cocinar unos huevos revueltos.
—¿Qué ha dicho el capitán? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Qué le has contado tú?
Pareciera que su esposo era reacio a hablarlo, pero no podían dejarlo pasar. Era algo grave. Era algo importante. Ella había sido la responsable, pero había sido Creyton quien había asumido la culpa.
Creyton apartó el cuenco donde estaba batiendo varios huevos y la miró con la mirada empañada.
—Le dije que Rayo se presentó en mi casa, reclamando que lo ayudásemos a huir porque había sido un viejo amigo de la familia, pero que no se lo permití.
Dije que se había puesto violento y que te había amenazado.
—Por cómo lo narraba, Edeen estaba segura de que Creyton estaba rememorando la conversación palabra por palabra.
Lo abrazó por la cintura. Él tembló unos segundos—.
Juré que lo maté para defenderte y que yo no quería jacobitas en mi casa.
—Meneó la cabeza, como si quisiera despejarla—.
Le entregué su cuerpo como demostración.
Lo examinó. Le pegó un tiro de gracia. —Ambos se estremecieron ante el pensamiento—.
Y mandó enterrarlo en algún punto de los alrededores…
sin lápida. Me dio las gracias por mis servicios…
—Oh, Creyton…
Rayo había sido, pese a todo, su amigo. Lo odiaba, sí, pero en su interior albergaba recuerdos de infancia y juventud que esa noche bien podrían haberle removido las entrañas al verlo muerto. Que alguien mutilase así su cuerpo sin vida era horrible, pues antaño lo había querido como a un hermano.
Creyton sabía esconder bien el dolor. Lo camuflaba. Por eso hablaba con rapidez y una fluidez envidiable, porque se encargaba de mantener el sufrimiento a buen recaudo.
Los días y horas pasados, tanto Edeen como Creyton habían sido encerrados en infiernos distintos, pero sus quemaduras lucían tan parecidas…
—Me aseguró que pronto vendría a hacernos una visita, que esperaba que lo recibiéramos con buena comida y el mejor whisky escocés de nuestra reserva.
—Como si ellos pudieran permitirse algo así en un momento como aquel, pues el malestar de los últimos meses iba a aumentar dada la derrota de los jacobitas.
Sí, definitivamente, había sido una noche nefasta para él.
—Agradezco lo que has hecho, Creyton, pero debiste permitir que yo asumiera la responsabilidad.
—Ya te dije que no iba a tolerar que Rayo siguiera malogrando más vidas.
Además, no puedo ni quiero perderte —aseguró él, tomándole la cara entre las manos para que lo mirase a los ojos—.
Si te hubieras presentado cubierta de sangre ante él, Davies no hubiera creído tu versión a pesar de ser la verdadera.
Ahora, hemos ganado su favor. En tiempos convulsos, conviene tener a tus enemigos como aliados.
—Pero…
La puerta de Laren volvió a abrirse, y él la soltó con rapidez antes de susurrar:
—Nada de peros, Edeen. Lo haría mil y una veces más si así pudiera mantenerte a salvo.