29
El sol salió por el este como cada mañana, aunque las nubes lo cubrían y tan solo era un punto claro en medio de un lienzo gris.
El tiempo continuaba entristecido, acorde con la situación del país.
En el bosque, ni siquiera los árboles se movían ante el viento.
Ese amanecer tan deprimente pilló a Edeen sin haber pegado ojo.
Se pasó toda la noche caldeando la casa y limpiando para que no quedase ni rastro de sangre en ningún mueble y Laren no sospechase lo ocurrido la noche anterior.
Era todo un milagro que hubiera permanecido dormida todo el tiempo o que Sarge no hubiera rascado la puerta para salir del dormitorio en algún momento de la madrugada.
Siendo honesta consigo misma, no solo se había pasado las horas limpiando a conciencia. Lo había hecho para mantener la mente ocupada. Irse a la cama solo hubiera hecho que agonizase mirando el techo, pensando en qué estaba pasando en ese instante o qué iba a suceder en las horas siguientes.
Edeen preparó un poco de té y le echó un buen chorro de licor.
El olor le revolvió el estómago, pero lo tenía vacío y estaba tan agotada que sentía el esqueleto débil, frágil.
Como si pudiera resquebrajarse en cuestión de segundos con un solo pellizco.
La bebida le quemó el cuerpo. Se sintió más viva… , lo cual alimentó su intranquilidad.
No sabía nada de Creyton. No sabía nada de los dragones. Ni el escocés ni los ingleses habían llamado a la puerta.
Era inquietante no saber qué estaba ocurriendo en la vida de su esposo.
Se sentía desplazada, cosa que no tenía sentido.
Él estaba asumiendo un crimen que Edeen había cometido.
Creyton estaba entregando un cadáver a la espera de que le perdonasen la vida, aprovechándose de la situación entre ambas naciones.
Era una locura que podía salir muy bien… , o muy mal.
Davies podía ver al hombre como un aliado, o como un oportunista.
La primera opción era la más halagüeña. Podrían vivir en paz, felices, en su casa, con la sombra de Rayo vigilándolos en noches como Samhain.
Si bien Edeen estaba segura de que aprenderían a convivir con ello.
Habían vengado a Laria. Había salvado a su familia de algún modo, pues ese tipo era un gusano que vendería hasta su alma por un poco de placer, poder o control.
En cambio, que el capitán Davies creyera que Creyton era un asesino miserable los llevaría a todos a la miseria.
Uno terminaría colgado o con un tiro en el pecho; otras dos, estarían solas ante la desgracia y la tristeza.
Por desgracia, era la opción más viable dado el odio que los británicos profesaban a los escoceses.
Quizá los casacas habían abierto fuego contra Creyton nada más verle aparecer y no había podido ni siquiera exponer su situación.
Miró el fuego y luego las ventanas, donde se podía ver que el paraje era lúgubre y ceniciento.
Rezó mientras la extraña luz de la mañana entraba a través de los cristales.
No sabía si Dios la escuchaba o no, pero quería creer que iba a ayudarla.
Demasiados obstáculos en el camino había encontrado desde que la revolución estalló.
Merecía una tregua, unos meses de felicidad plena, sin el susurro de la traición o la guerra murmurándole al oído.
Se sirvió otro té, pero no le echó whisky. Se lo tomó de pie, junto a los fogones, mientras contemplaba el lugar donde todo había sucedido.
Había hecho una labor extraordinaria. La mesa, la silla y el suelo estaban impolutos.
No había ni una pizca de color rojo en ninguna superficie.
Tampoco en sus manos. La piel estaba pálida y sus dedos lucían arrugados a causa de haber usado tanta agua helada.
Edeen podía visualizar la sangre en ellas.
Si se concentraba, casi podía rememorar la sensación de cómo le corría por el dorso de la mano, espesa y caliente.
Incluso escuchaba el sonido del cuchillo al clavarse en la tierna piel del hombre.
Notándose mareada, dejó la taza a un lado y salió a trompicones de la cabaña, sin molestarse en ponerse una capa. Ni siquiera pensó en que Laren se quedaba sola, quizá porque sabía que Sarge iba a encargarse de ejercer su papel como guardián.
Caminó por entre la tierra, cubierta de rocío. Sentía frío, pero no le molestaba. Podía apreciar la humedad contra la suela de sus maltrechas botas, pero no quería regresar a la casa. Alcanzó la orilla del lago.
Observó cuán blanco parecía todo. Cuánta pureza. Cuánta paz. Pues solo había silencio, como si la vida estuviera en un punto muerto. Era imposible avanzar, mas tampoco podía ir hacia atrás. Ni futuro ni pasado estaban flotando en el aire, tan solo un presente incierto y cruel que la asfixiaba.
Se arrodilló frente al lago Ness. Estaba cubierto de hielo.
Lo que antaño le pareció digno de un cuadro…
ahora le resultaba espeluznante. Porque ella formaba parte del paisaje.
Edeen había encontrado ahí su hogar y había culminado una promesa obscura que había pronunciado sin pensar que el destino le haría cumplirla.
Cerró la mano en un puño. La vio roja. La sangre de Rayo estaba manchando la piel y también su ropa. Contuvo un grito y dio un golpe en la superficie helada. Pudo sentir cómo los huesos vibraban ante el contacto cruel. Respiró hondo, adueñándose de esos calambres tan molestos.
Si tuviera ante sí a Rayo y este se jactase de haber violado a Laria, lo golpearía como acababa de hacer con el lago.
Si volviera a sentir que su hermano o Laren, o ella misma, estaban en peligro de muerte, usaría de nuevo el cuchillo.
Incluso puede que tomase uno más grande y afilado, para que todo fuera más rápido.
¿Dónde estaba la culpa? ¿Dónde aguardaba el dolor?
Ya no quedaba nada de eso. Cuando lo mató, se preguntó si era igual que él.
Cuando creyó que iba a entregarse a los ingleses, se vio ahorcada.
Al marcharse Creyton, el sufrimiento se intensificó, pero porque no podía imaginar una vida sin él.
Esas eran sus preocupaciones. La muerte de Rayo no iba a hacer que el sol dejase de aparecer en el horizonte o que el mar se quedase sin oleaje.
Al contrario. ¿Cuántas vidas había salvado al acabar con él?
Podía imaginar el caos que sembraría a su paso al país donde fuera que huyera: mujeres atacadas, hijos ilegítimos señalados con el dedo o entregados a orfanatos desoladores…
; familias rotas por la vergüenza y el dolor que un indeseable había causado sin remordimientos.
Y ella había impedido que aquello sucediera.
Había modificado el sino de muchas personas, como las rocas hacen que los ríos cambien sus curvas y recovecos para que el agua circule mejor.
Miró a su alrededor y encontró una piedra. La lanzó contra el agua hasta en dos ocasiones para lograr que aquel impresionante témpano tuviera un boquete. Metió las manos en el agua. Imaginó cómo la sangre se diluía bajo la capa gruesa de hielo, y casi se sintió aliviada.
La naturaleza le estaba agradeciendo los servicios prestados, o eso quería Edeen creer.
Se acabó. Rayo no iba a hacer daño a nadie más, y mucho menos a Laren o a Creyton.
Sacó las manos del lago y, con el agua corriendo por su piel y su ropa, se quedó quieta ante la inmensidad del cielo.
Volvió a pedirle al Altísimo que salvase a su esposo.
Le recordó lo bondadoso que era. Cómo quería a su hija, cómo la trataba con afecto y respeto, sin importarle que fuera su sobrina en realidad.
Le dijo que era un ser justo y honrado, que jamás había forzado a su esposa o ignorado sus obligaciones para con el clan, incluso cuando Gillies los desligó de él.
Dios debería llevarse a los malvados, no a Creyton… ni a ella.
Edeen comprendía que no había hecho nada malo.
Se había defendido, había mantenido a salvo a los suyos.
Mucha gente podría juzgarla, creerla malvada, pero Edeen no se veía a sí misma así.
Había matado a alguien, pero continuaba siendo bondadosa y generosa, y continuaba amando a la vida, a la gente.
No era una experiencia que quisiera repetir.
No era un monstruo.
Era una superviviente.
—¡Edeen! —La voz masculina resonó en el bosque.
El corazón de la mujer se contrajo dolorosamente al oír esa voz. Todos sus sentidos se pusieron alerta, su mente empezó a funcionar a toda prisa y sus pulmones eran incapaces de coger aire con normalidad.
Se preguntó si estaba perdiendo la cabeza o si era su imaginación la que le jugaba una mala pasada.
Sin embargo, esa voz volvió a gritar su nombre y varios pájaros alzaron el vuelo, rompiendo así la calma que rodeaba el lago.
Fue como si la abofeteasen. En cuestión de segundos, entendió que aquel sonido era real y que provenía de su espalda.
Se levantó a la par que se giraba, con el pelo suelto revoloteando alrededor de sus mejillas.
En medio de las lágrimas que inundaban sus ojos, vio la figura de Creyton correr hacia ella. Iba solo, no parecía malherido, y no había cuerdas o grilletes en sus muñecas. Sin duda, no parecía un fugitivo de la justicia, sino un hombre libre que deseaba comprobar si su mujer estaba bien.
Apenas dio unos pasos en su dirección cuando él la alcanzó.
La abrazó sin pronunciar palabra y su calidez la envolvió como un manto.
El agotamiento y el miedo se soltaron de su cuerpo, haciendo que Edeen se sintiera más ligera.
Las rodillas por poco le fallaron. Cayó laxa contra el pecho de Creyton y alzó las manos, empapadas, para aferrarse a su espalda. Hundió las uñas en su capa.
Se aferró a él con todas sus fuerzas. Las anclas se encargaban de mantener los barcos en un punto, inertes, incluso cuando las olas eran virulentas y amenazaban con hacerlos volcar.
Creyton era esa áncora para Edeen. En ese momento, el mundo giraba a su alrededor y el bosque se estaba volviendo una masa negra, pero Creyton estaba allí, sujetándola.
Le transmitía su calor. Podía escuchar los latidos acelerados de su corazón contra su mejilla; ese sonido la mantenía a flote.
—Pensé que no volvería a verte —reconoció, tratando de dominar el llanto que la sofocaba. Cuando los brazos de Creyton la ciñeron todavía más a su cuerpo, le fue imposible contenerlo. Cerró los ojos y vació las lágrimas contra su camisa.