28 #3
Aunque provenga de otro hombre. Pensando esto… , mi vida tiene un sentido.
Maldición, era complicado mantenerse enfadada con él cuando estaba abriéndose en canal de esta manera.
—Eres más que todo lo que dices, Laochailan.
—Puede. Pero ahora mismo no sé verlo de otro modo. Espero poder superarte, dejar de llorarte, pero algo me dice que te esperaré siempre. Te llevaré conmigo siempre, allá donde vaya. Es todo cuanto puedo hacer, todo cuanto merezco.
Edeen no soportaba verlo así, sobre todo porque sabía que Laochailan no estaba haciéndose la víctima para que le diera lástima y terminase accediendo a la fuga.
Estaba siendo sincero. Si algo tenía ese hombre es que era honesto.
No siempre era capaz de decir en voz alta aquello que sentía o pensaba, pero, una vez que se lanzaba al abismo, lo hacía con los brazos bien abiertos.
Confiaba en que llegase a otro lugar, lejos del peligro, y que rehiciera su vida. Ojalá que encontrase paz por las muertes que había causado, que curase las heridas de su cuerpo y de su corazón, y que pudiera ser feliz con una mujer que lo quisiera sin reservas, sin límites.
Estaba claro que Laochailan estaba en lo cierto.
El amor que sentía hacia Creyton era distinto.
Era más profundo y maduro, le daba una paz que nunca había sentido.
En sus brazos se sentía a salvo. Cuando hacían el amor y se quedaban abrazados, poco importaba si fuera llovía, nevaba o hacía un sol que pudiera arrasar todo a su paso; le encantaría que el segundero del reloj se detuviera y poder gozar de aquella tranquilidad.
Laochailan siempre había sido un reto, algo prohibido.
Era el mejor amigo de su hermano, un segundo hijo para sus padres.
Con él, todo había sido cosquillas en el estómago, coqueteo velado, besos rápidos, inocentes y robados.
No había fuego, ni pasión. El ansia que sentía por ser su esposa no era la misma que la había consumido cuando deseaba que Creyton le hiciera el amor de una vez por todas.
—Solo… —Laochailan pareció dudar—. Dime que te trata bien. No soportaría que te forzase a encamarte con él o…
—No es esa clase de hombres. Me trata como a su igual. No hay golpes ni insultos, y, por supuesto, no me obliga a acostarme con él.
Lo escuchó soltar el aliento contenido.
—Bien.
—Quiero aclarar dos cosas antes de que partáis —susurró Edeen.
Se atrevió a coger su mano. No sintió nada, solo un resquicio de la amistad que había iniciado su breve historia de amor—.
La primera es que no fue sencillo para mí caminar hacia el altar sin estar tú esperándome.
Fue una pesadilla. Durante semanas estuve viendo tu fantasma —admitió.
Le soltó la mano. El gesto había estado lleno de verdad y, por cómo escuchó tragar saliva a Laochailan, supo que él había sabido comprenderlo—.
Pero te olvidé y tuve la suerte de enamorarme de un hombre magnífico.
Creyton te caería bien si las circunstancias fueran diferentes, te lo garantizo.
—Gracias —murmuró Laochailan. Tras unos segundos, donde solo se escuchaba el silbido del viento, él volvió a hablar—: ¿Qué más querías decirme?
Edeen escuchó los pasos de su hermano aproximándose a la puerta. El tiempo se agotaba.
—Te perdono.
Laochailan no pudo ahogar una exclamación de dolor…
o de alivio. De sopetón, la abrazó. Fueron unos pocos segundos.
Edeen no se hizo a un lado porque pudo sentirlo temblar, tratando de contener el llanto que esas palabras habían despertado en él, mas no se lo devolvió.
No quería que malinterpretase lo que estaba ocurriendo, si bien sus palabras habían calado hondo.
—Hermana… —Stewart habló con voz rasgada, grave. Estaba conteniendo las lágrimas, esas mismas que ella también intentaba no derramar—. He dejado la carta sobre la butaca. Guárdala a buen recaudo, pues no quisiera que los casacas te metieran en un lío en caso de hallarla.
—La esconderé bien y se la entregaré a nuestra madre en mano —prometió.
Stewart también la abrazó.
—Te quiero tanto. Dile a nuestra familia que les adoro y que voy a extrañaros —farfulló su hermano en su oído.
Ella asintió contra su hombro. La garganta se le cerró al escuchar aquellas palabras, e incluso podía sentir dolor físico en el pecho, como si hubiera una mano apretándole el corazón.
Respirar estaba siendo dificultoso—. Si puedo, te contactaré para que sepas dónde estoy asentado.
Espero poder regresar algún día. —La tomó de la nuca y apoyó su frente en la de ella—. Prométeme que serás feliz, Edeen.
—Si prefieres, puedo jurarlo.
—Está bien. —Le besó la mejilla y la soltó, respirando hondo. Saltaba a la vista que también estaba afectado—. Que Dios esté de tu lado siempre, mi pequeña hermana.
—Buen viaje. Buena vida —les deseó en voz baja, observándolos bajar los escalones para adentrarse en la noche.
Ninguno de ellos miró hacia atrás. Partían con determinación y con todos sus asuntos pendientes para con Edeen en orden. Esperaba que eso bastase para que pudieran empezar de cero en un lugar más seguro.
Aunque, a medida que sus figuras se perdían en la profundidad de la noche y desaparecían de su campo de visión, tenía la certeza de que una parte de sí misma se alejaba con ellos para siempre.