El marido equivocado 28 #2
92%

28 #2

—No. Es mejor que la guardes tú. —Su hermano empujó sus manos hacia el delantal de nuevo—.

Yo voy armado. He aprendido a pelear. Y, si he de morir, aceptaré mi sino.

Pero las cosas van a ponerse complicadas por aquí.

Tienes una familia hermosa que aumentar y amar, Edeen.

—Solo pensar en quedar encinta y que él no estuviera cerca para ser el padrino del bebé la hizo trizas—.

Prefiero que la conserves y os podáis defender llegado el momento.

Edeen enterró la cara entre las manos y lloró. Stewart la atrajo contra su cuerpo, pasándole el brazo por el hombro. Era egoísta mostrarse tan vulnerable, teniendo en cuenta que era él quien no tenía garantizado ver un nuevo amanecer, pero le era tan difícil controlarse.

Le echó agallas y se secó las lágrimas con el lateral de las manos. Respiró hondo.

—¿Quieres escribirle a nuestra madre? —le propuso—. Tienes papel, una pluma y tinta en el mueble junto a la cocina. Con los libros de Laren.

—Te lo agradezco. —Stewart le besó la frente y se levantó. Le frotó los brazos. Edeen no se había puesto la capa y el frío le mordía el vestido.

En Francia lo esconderían. Le darían una nueva identidad si era necesario. Si no, en Italia o España tal vez la influencia inglesa no fuera muy poderosa y pudiera vivir en paz sin esconder su nombre.

Cuando Stewart entró, la sombra de Laochailan se recortó en el umbral de la puerta.

—¿Podemos hablar, Edeen?

—Agradezco que me hayas ofrecido una vía de escape, pero esta es mi casa. Por favor, no intentes convencerme de que me marche.

—No iba a intentarlo. Yo llevo la guerra escrita en el rostro, Edeen, pero tú…

tú tienes el amor dibujado en los ojos. —Laochailan carraspeó.

Parecía consternado—. Metí la pata hasta el fondo yéndome sin ti, ¿no es así?

—El lamento iba más dirigido a sí mismo que hacia ella—.

Debí haberte llevado conmigo o quedarme en el pueblo siendo tu esposo, sin grandes aspiraciones.

Poco importaba el arrepentimiento. El tiempo lo había puesto todo en su lugar. Ahora él tenía que hacerse cargo de su batalla perdida; y ella, permanecer junto al hombre al que amaba.

—Hiciste lo que creíste correcto.

No sabía por qué de repente quería sosegarlo, teniendo en cuenta que lo había detestado en cuanto lo vio presentarse esa noche allí.

Tal vez lo de Rayo la había ablandado. Antes, creía que su mayor problema era darle techo a un idiota que le había hecho promesas vacías.

Ahora comprendía que la vida era más complicada; que, en cuestión de segundos, todo podía enredarse y aquello que era un quebradero de cabeza pasaba a ser una nimiedad.

Edeen volvió a hablar:

—Es momento de asumir las consecuencias.

—Supongo que estás en lo cierto.

«¿Cómo sabes que Laochailan no te abandonó antes de la boda precisamente por el mismo motivo? ¿Para no dejarte viuda?».

—¿Puedo preguntarte una cosa? —No debería hurgar en la herida. Dejarla cerrada era lo más inteligente, pero…

—Por supuesto.

—¿Por qué no te casaste conmigo antes de alistarte? ¿Tan urgente era pelear que no podías esperar un mes?, ¿dos? —Meneó la cabeza. De repente, se sentía mareada—. Te hubiera seguido hasta el fin del mundo si me lo hubieras pedido.

Laochailan se balanceó sobre los pies y ella se apoyó en la barandilla del porche.

—Podría decirte que no quería llevarte de acá para allá, a sitios donde oliera a pólvora y sangre, y que vieras los horrores que yo viviría. Podría decirte que lo hice por honor, por si moría nada más entrar en combate y no dejarte sola, recién casada.

—¿Pero…?

—Lo hice por puro engreimiento. Quería pelear y quería hacerlo lo antes posible, así que preparé un fardo con ropa y me fui sin más.

—Encogió un hombro—. Una parte de mí pensó que, si sobrevivía, regresaría cargado de medallas y podría reconquistarte.

Llenarte de amor y riquezas, para que coser fuera una afición y no un trabajo.

Edeen se dijo que hubiera estado mejor mantenerse callada y no preguntar. Era más idílico si confiaba en la versión de Creyton, pues ahora confirmaba que Laochailan era un idiota.

—Cuando me encontré con Stewart en uno de los campos de batalla y me dijo que te habías casado, no quise creerle. El laird me lo confirmó días después y… quise morir. Ojalá hubiera muerto en alguna batalla o en el páramo. Una vida sin ti es…

Aquella conversación empezaba a ser incómoda y ella había sido tan estúpida como para iniciarla.

—No sigas, por favor.

—No. Escúchame. —Quiso tocarla, pero ella apartó el rostro.

Un quejido de dolor escapó de la boca de Laochailan, si bien dio un paso hacia atrás y dejó caer el brazo—.

Cada noche, en medio del infierno, pensaba en ti.

En medio del frío, de la lluvia o la nieve, siempre pensaba en ti y me reconfortaba.

Hasta que recordaba que te habías desposado con otro.

Joder. Te imaginé cientos de veces entregándole tu cuerpo, dejando que acariciase tu vientre, abultado con un hijo que debería haber sido nuestro.

El silencio se posicionó entre ellos unos segundos.

—Laochailan…

—Sé que voy a sufrir. Sé que voy a odiarme hasta el fin de mis días por haberte dejado escapar. Si Dios fuera compasivo, me mataría mañana mismo a manos de los ingleses para detener esta presión. —Se golpeó el pecho—. Más ahora, que comprendo que debo cargar con lo que yo mismo causé.

»Ante todo, quiero disculparme. Me he comportado como un energúmeno cuando he llegado.

—Edeen se mordió el labio inferior al verlo apartar la mirada.

Era la segunda derrota que Laochailan trataba de encajar en pocos días—.

Me ha impactado ver un anillo en tu dedo, a pesar de estar al tanto de que ya no eras mía.

Me he puesto celoso. Te dejé sin darte siquiera una explicación y no tenía derecho a reprocharte nada de lo que he dicho.

»Fui un imbécil también cuando decidí alistarme, no hay duda. Me equivoqué al pelear por algo que no fueras tú. Tu esposo tuvo bien claras las prioridades y acertó, mientras que yo aposté al caballo equivocado.

»Esta noche he creído, por unos momentos, que podía recuperar todo lo que planeamos, pero no contaba con que tu matrimonio pasase de ser acordado a uno con amor.

»Sé lo que sientes por Creyton. No necesito que le des palabras, que me lo reconozcas en voz alta, porque puedo verlo en tu mirada.

A mí jamás me contemplaste así. —Carraspeó para aclararse la voz, que se le había roto, y Edeen sintió un atisbo de dolor.

Mas ¿qué podía hacer? Ella no mandaba sobre sus sentimientos—.

Quizá me quisiste, pero no me amaste. Tú eres la mujer de mi vida, pero yo no soy el hombre de la tuya.

Creyton lo es. Me consolaré pensando que yo solo era el vehículo que te llevaría hasta tu destino, hacia tu felicidad, y que pelear por Estuardo está más que justificado si con eso te he entregado un amor bondadoso, amable, cariñoso y respetuoso.