El marido equivocado 28
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Para cuando Edeen corrió hacia la puerta, Creyton ya se había fundido con las sombras de la noche y sus ojos no podían ver siquiera su silueta recortada en la oscuridad.

Ni siquiera retumbaban sus pasos sobre la nieve y, con la noche tan cerrada sobre ellos, ni siquiera podía saber si ya estaba recogiendo la carreta.

Se apoyó en la jamba de la puerta, sintiéndose derrotada.

Le escocían los ojos. Se sentía más culpable por Creyton que por Rayo, pues estaba dispuesto a perderse a sí mismo por protegerla. Estaba claro que la amaba tanto como Edeen le quería a él. Uno no se comportaba ni actuaba como lo estaba haciendo Creyton esa noche si no estuviera enamorado.

Entró en casa respirando hondo. Se secó las manos en el vestido mientras el corazón le bombeaba con tanta fuerza que podía notar cómo las costillas se fisuraban. No podía enfrentarse a los ojos de esos dos hombres, así que fijó la vista en un punto cercano del suelo.

—Deberíais iros —pidió—. No voy a irme con vosotros y tampoco abandonaré la cabaña en dos días. Seré una mujer casada o viuda, pero este es ahora mi hogar y lo será hasta el fin de mis días. Os sugiero que sigáis vuestra ruta para salvar el pellejo.

La firmeza de su voz era un disfraz mal cosido. Edeen se sentía desgarrada y exhausta.

Notando lágrimas en los ojos, giró sobre los talones y salió de nuevo al exterior.

Con un quejido, caminó hacia las escaleras y se dejó caer. Su trasero rebotó en el escalón y el dolor le subió por la espalda, pero no le dio importancia. Escuchó pasos tras ella.

Su hermano le dio una leve palmada en el hombro.

—¿Puedo tomar asiento junto a ti?

—Ajá.

Se sabía afortunada, porque ella tenía la oportunidad de decirle adiós. Su madre sabría que su único hijo había sobrevivido a Culloden porque Edeen se lo contaría, si bien no podría volver a abrazarlo o decirle que lo quería.

Lo peor era el silencio, la incertidumbre, pues su hermano no podría contactar con nadie conocido.

En unos años, cuando las aguas se calmasen, tal vez pudiera vivir de nuevo en Escocia; si bien Edeen dudaba que los ingleses alguna vez perdonasen y su hermano pudiera regresar del exilio.

Dolía tanto pensar que no iba a ejercer nunca más de protector y confidente…

Era el mismo sufrimiento que suponer que Creyton no volvería del cuartel.

Por haber creído en los Estuardo, Stewart viviría alejado de sus seres queridos.

Y estos no sabrían si estaba vivo, muerto, sano, enfermo, casado, soltero o viudo, o incluso si tenía descendencia.

Los meses que Stewart estuvo con los jacobitas parecían un entrenamiento para lo que iba a venir.

Si esos meses no recibir ninguna carta le había quitado el sueño a Edeen en más de una ocasión, no quería ni imaginar el sufrimiento que les esperaba en los próximos años.

Todo por una maldita corona.

¿Cuántos habían muerto en nombre de los Estuardo?

Pensó en el laird. Ahora era capaz de asimilar que estaba muerto.

Recordaba su sonrisa afable, sus intenciones de salvarla de los chismorreos, su decisión de proteger a Creyton haciéndolo firmar la desconexión del clan.

Como si supiera lo que se avecinaba. Ese hombre agradable, amigo de su familia, ya no estaba.

Había peleado por unos ideales y Edeen no alcanzaba a comprender por qué.

No sería él quien heredase el reino. No sería él quien gobernase.

¿Por qué involucrarse en batallas ajenas?

Los escoceses no habían ganado más que desgracia, Stewart entre ellos. Porque ahora los que podían decir adiós no podían garantizar un reencuentro.

Edeen se mordió el labio inferior y cerró los ojos, sintiéndose derrotada.

—Siento lo que ha pasado. Yo… no pensé que las cosas terminarían así. Tus manos… no deberían estar llenas de sangre. Eres… inocente.

Podía entender la encrucijada en la que Stewart se había sumido.

No debía ser fácil para él haberla visto cometer un crimen.

Todavía había un rastro agudo en su voz, señal de que no se había recuperado de lo que había sucedido.

Sin embargo, aquella sería la última vez que estuvieran juntos. Decidió dejarlo pasar.

—Te echaré de menos —susurró Edeen. Lágrimas frescas le inundaron la mirada.

Stewart le acarició la mejilla y ella encogió la cabeza, atrapando su mano callosa entre el rostro y el hombro.

Ojalá pudiera perderse para siempre en ese toque—.

Por favor, ve con cuidado. No dejes que nadie descubra quién eres.

Él suspiró por la nariz en un sonido que mezclaba diversión y resignación.

—Me temo, hermanita, que no voy a esconderme. No mentiré y diré que me quedé en casa mientras mis amigos peleaban. Soy escocés, soy jacobita. —Su voz era tan determinante… que Edeen sintió cómo las entrañas se le revolvían—. Tengo una historia. Estoy orgulloso de ello.

—¿Aunque eso implique una muerte segura? —La voz se le rompió.

Su hermano suspiró fuertemente por la nariz.

—Sé que no vas a entenderlo.

—¿De qué te ha servido pelear con Estuardo? —No era una reprimenda—. Ahora tendrás que vivir desterrado, lejos de la tierra que amas. Fuerzas a mamá y a mí a vivir como si no existieras.

—No importa la distancia que nos separe, Edeen. Yo siempre seré tu hermano. Y el de las niñas. Y el hijo de papá y mamá. Pueden quitarme la vida, mi futuro aquí, pero jamás podrán robarme la identidad.

Edeen se reclinó hacia atrás y extendió las piernas. El dolor que le provocaba la despedida estaba pesándole en el pecho, como si varios nudos se formasen en sus huesos y los rompieran con lentitud y premeditación.

—¿Sabes que Laochailan siempre tuvo esperanzas de recuperarte, aun incluso cuando le conté que estabas casada?

Cuando esta noche te ha propuesto fugarte con nosotros, una parte de mí deseaba que aceptases —confesó entonces Stewart—.

Tú y yo siempre hemos formado equipo, mientras que nuestras hermanas creaban su propia tribu.

Me gustaría crear una familia y que fueras la madrina de mis hijos, y los criases con nosotros.

Pero… —Suspiró—. Puedo ver que este es tu hogar.

Aquí eres feliz. Joder, hermana. Mírate.

Nunca le habías alzado la voz a nuestros padres, ni a nadie que yo conozca.

Siempre has puesto la otra mejilla, aceptado tu destino con resignación, pero esta noche te has peleado con Creyton sobre vuestro futuro, tus decisiones.

Tienes la confianza suficiente como para ser quien realmente eres.

Este es tu lugar. —Edeen sorbió por la nariz, emocionada por las palabras de Stewart—. El matrimonio te ha sentado bien.

—Gracias.

—He tenido claro en todo momento que no nos ibas a acompañar —aclaró, como si temiera que Edeen le fuera a dar una colleja.

Era mejor ignorar lo que le había contado de Laochailan.

—Siento que tengas que hacer este viaje solo.

Cuánta angustia debía cargar el corazón de Stewart. Sin saber dónde iría o en qué estado llegaría…, si es que lograba pisar países vecinos.

Su familia era de origen humilde, así que ninguno de ellos había aprendido idiomas. Cuánta inquietud generaba ir a un lugar hostil, donde uno no sabía ni siquiera comunicarse.

Se dijo que era mejor ser un desterrado que un muerto.

—No estaré solo. Laochailan sigue pegado a mis zapatos, como cuando éramos críos.

—Intentó camuflar el dolor con un tono burlón, pero Edeen le conocía demasiado bien.

Le puso una mano en la rodilla y le dio un ligero apretón—.

Sé que no merezco tu perdón, pero espero que algún día puedas entregármelo.

—¿De qué estás hablando?

Stewart se mesó el pelo y soltó un chasquido de frustración.

—No solo he traído a una sabandija a tu casa, a pesar de conocer los rumores y su mala fama…

Sino que estos meses he dejado que Laochailan me cubriera las espaldas, hasta el punto de volver a ser su amigo.

Como si nada hubiera pasado. —Parecía tan frustrado que Edeen sintió lástima—.

Como si alistarse con el príncipe no hubiera tenido consecuencias nefastas para ti.

El ceño fruncido de Edeen se desdibujó. Sonrió con tristeza y ternura, si es que era posible unir ambas emociones en un solo gesto, y se apoyó en Stewart. Olía a perro mojado y podía notar la suciedad de su ropa adherirse a la suya, mas no le importó.

—Son muchos años de amistad. Cientos de veces me he preguntado qué harías cuando te lo encontrases en el campo de batalla y, créeme, muchas otras he imaginado que seríais inseparables.

Y me alegro por ello. —No mentía—. El horror que debes haber visto allá fuera…

Por lo menos, estuviste con alguien que te apoyaba. Igual que ahora.

—Eres demasiado benévola conmigo.

Lo observó. La luz del interior le dejaba entrever algunos trazos de su rostro. Memorizó lo poco que se apreciaba en medio de la noche. Cuando los años pasasen, intentaría poner arrugas y canas a esa imagen borrosa.

—O tú demasiado duro contigo mismo, hermano. —Lo abrazó, intentando ser valiente para poder soltarlo después.

El llanto la estranguló y la tristeza se deslizó, húmeda y salada, por su rostro.

¿Se podía llorar a un vivo? ¿Se podía uno despedir para siempre de alguien amado como si la muerte les acechase?

Sus manos se quedaron inmóviles en la espalda de Stewart.

Era incapaz de soltarlo, porque sería la última vez que estuvieran frente a frente. Era tan injusto.

Edeen pensó que Creyton había partido minutos atrás. Lo había contemplado ser engullido por la noche, sin poder detenerlo. En poco tiempo, vería desaparecer a otro hombre al que amaba más que a su vida.

—Te quiero —farfulló Edeen, rota.

—Y yo a ti, hermanita.

Aquel era el final, sin duda. Un sollozo se le escapó de la garganta, y lo estrechó con más fuerza contra su pecho.

Si tan solo pudiera volver atrás en el tiempo, lo retendría en el castillo para que no se alistase, mas no era posible detener a un adulto que anhelaba formar parte de algo demasiado grande y peligroso. Edeen comprendió que lo había soltado meses atrás.

Cuando se apartó de él, se peinó bien el pelo. Varios mechones se le habían soltado del moño. La sangre estaba endurecida sobre su piel, del mismo modo en que el barro y la nieve se habían secado en el kilt de Stewart.

—Toma. —Sorbiendo por la nariz con poca elegancia, Edeen le entregó la pistola que llevaba en el delantal—. Te ayudará si te ves apurado.