27 #3
—No me importa que hayas estado seis u ocho meses con este tipo. —Laochailan miró a Creyton con menosprecio—. Te lo perdono. —¿Cómo se atrevía? La sangre de Edeen hirvió—. Sé que hiciste lo necesario para sobrevivir, porque fui un cretino, pero la vida me está dando la oportunidad de redimirme y…
—Coge tus cosas y sal de mi casa —ordenó Edeen, irritada.
Se dio cuenta de que había apretado los puños y que las uñas se le clavaban en la tierna piel de la palma de sus manos. Extendió los dedos. Sentía punzadas en los huesos a causa de la tensión.
—Dale una vuelta, Ed. —Que usase el diminutivo la molestó aún más y tuvo que controlar las manos para no volverlas a cerrar—. Podemos ser felices esta vez.
—Definitivamente, has perdido la cordura.
—Quizá debas escucharlo —dijo de pronto Creyton.
Por unos segundos, se preguntó si había soñado aquellas tres palabras. Pero el carraspeo de su marido le hizo comprender que no había sido cosa de su imaginación.
Lo miró como si le hubiera salido otra cabeza y no pudiera reconocerlo.
Creyton había permanecido en silencio desde que Laochailan le propuso que desapareciera del mapa con él y Stewart.
Edeen había pensado que era porque, de hablar, empezaría una guerra verbal que podría terminar con más sangre sobre la mesa si pasaban a las manos.
No había tenido en cuenta que, quizá, su esposo estaba tomándose en serio el plan de fuga.
La voz de Creyton resonó en sus sienes. «Dime: si él volviera ahora mismo y te propusiera huir…, ¿te irías?». Edeen se tocó la frente para detener el salón, que había empezado a girar a su alrededor.
—¿Qué…? —fue todo cuanto pudo decir.
—Si Davies no nos cree, puedes terminar muerta. Pero si te vas…, si te marchas ahora…
—Puede que también termine con un tiro en la nuca por intentar irme del país en un momento complicado —lo interrumpió ella, cruzándose de brazos.
—O puede que logres escapar y tengas una vida plena, feliz y muy larga. —Creyton le sonrió con tristeza.
—No me pidas eso, Creyton.
No iba a abandonar a su marido por el que pudo haberlo sido.
Creyton miró la chimenea, que estaba medio apagada, y luego a ella.
Un músculo le temblaba contra la mejilla y sus ojos, siempre claros y limpios, ahora estaban obscurecidos como el lago por la noche.
Edeen comprendió que estaba luchando consigo mismo.
Le dio unos segundos, antes de tomar su mano y darle un ligero apretón.
No quería marcharse, no tenía intención alguna de hacerlo.
Él parpadeó, como si regresase al mundo de los vivos, y respirando entre dientes le cogió el rostro entre las manos y, antes de que Edeen pudiera replicar, le dio un largo beso.
Durante unas milésimas de segundos, fue muy fácil olvidar que no estaban solos, que había un cuerpo enfriándose en su salón y que era ella quien tenía las manos empapadas de sangre.
Edeen se perdió en aquel beso tan tierno y el tiempo se detuvo, la cabaña se desdibujó y lo que había sucedido aquella noche se desvaneció de su memoria. El sabor, el olor y el calor de Creyton inundaban su mente, impidiendo que pensase en que estaba apoyando a Laochailan en su alocada idea de huir.
Cuando él se separó y apoyó su frente contra la de Edeen, se percató de que era un beso de despedida.
Su marido daba por hecho que iba a marcharse sin mirar atrás, ya fuera para salvar el cuello o bien para tener su final feliz con Laochailan.
La había besado con el corazón y el alma.
Edeen se mordió el labio inferior y el llanto volvió a treparle al puente de la nariz.
Aquello no estaba bien. Se echó a temblar.
—Te quiero —susurró Creyton en voz baja— viva.
—Creyton…
—No vas a cargar con esto. Rayo es cosa mía.
En lo que a su muerte respecta, solo hay un único responsable.
¿De acuerdo? He sido yo. Haré lo que Davies me dijo: atarlo a la carreta y llevárselo.
—Por el tono, Edeen comprendió que era absurdo discutir, porque Creyton había tomado una decisión—.
Si ves que no regreso en dos días, lleva a Laren al castillo y luego vete.
En silencio, vio cómo reculaba, miraba el cuerpo del que fue su amigo en el pasado por unos segundos, y luego lo cogía y lo cargaba sobre el hombro como si apenas pesase algo.
Al pasar junto a Laochailan, este le puso la mano en el brazo.
Su marido se detuvo y lo miró. Edeen solo veía su perfil, pero podía apreciar el dolor en su mirada.
Creyton había perdido diez años de vida en tan solo diez segundos.
—Tu padrino murió en batalla, en Culloden —le contó. Las facciones de Creyton se contrajeron.
—Lo sé.
—Quizá te reconforte saber que murió como un valiente tras enfrentarse él solo a quince o veinte ingleses. Siempre será recordado entre los que sobrevivimos, pues evitó una gran ofensiva.
¿¡Qué demonios importaba Gillies en esos momentos!?
¿Por qué Stewart no se refería a ella? ¿Qué había de su seguridad?, ¿de su futuro?, ¿de su felicidad?, ¿de aquello que Edeen realmente anhelaba? ¿Por qué daba por hecho que deseaba regresar junto a Laochailan, como si ocho meses de matrimonio pudieran borrarse así como así?
Quiso gritar, y tentada estuvo de coger el cazo que tenía más a mano y arrojárselo a la cabeza.
—Gracias por la información. —Oyó que decía Creyton.
No. No podía irse sin más.