El marido equivocado 27 #2
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—Pues sí. —Este se cuadró de hombros, como si quisiera hacerse más grande que Creyton—. Como has cometido la insensatez de dejar solas a tu mujer y a tu hija…

—Laochailan… —Edeen rezongó, frunciendo el ceño. La pulla estaba totalmente fuera de lugar. ¿Por qué no sabía mantener el pico cerrado? Parecía estar pidiendo a gritos que alguien lo golpease.

—… sería lógico que cualquier jacobita descarriado se colase en la cabaña, desesperado por cobijo, comida caliente y también una mujer que le diera placer.

—¿Qué demonios insinúas? —Hasta Stewart parecía ofendido, pues lo tomó por el cuello de la andrajosa camisa y por poco lo levantó del suelo. Solo de pensar que alguien pudiera creer que se acostaría con Rayo de buen grado, se le revolvían a Edeen las entrañas—. Mi hermana no es ninguna furcia.

Creyton lo corroboró con un gruñido gutural. Edeen le cogió la mano y le dio un apretón. Los dedos de ambos estaban empapados de sangre.

—No era mi intención. Pero alguien como Rayo aprovecharía la oportunidad si viajase solo.

—Las palabras de Laochailan hicieron descender la temperatura varios grados y Edeen caminó a trompicones hasta la chimenea para avivar el fuego.

Stewart lo soltó—: Es comprensible que una madre proteja a su hija sin importarle el precio a pagar, ¿no es así?

—¿Sugieres que denunciemos a las autoridades que Edeen solo se defendió en cuanto tuvo la oportunidad y que al llegar me lo encontré… así? —Creyton se rascó la barbilla.

—Nadie se lo creería —dijo ella. No obstante, la realidad era que había sido Edeen quien clavó primero el cuchillo y que, solo cuando pensó en las consecuencias, el aguijón de la cordura se había clavado en su mente.

—Yo creo que podría funcionar. El instinto maternal es una gran arma —concedió su hermano—. Pero alguien debe avisar a los casacas de lo que ha pasado.

—Tú. —Laochailan señaló a Creyton con la barbilla—.

Deberías ir a buscar a algún inglés para que vea con sus propios ojos cómo está tu mesa y pueda hablar con Edeen.

Si colaboras, querida… —Ahora fue Creyton quien gruñó—.

Nadie pondrá en entredicho tu palabra. Además, os ganaréis el favor de los dragones.

Habéis matado a uno de los vuestros, lo que os convierte en uno de los suyos.

No serán tan duros con vosotros. Después de lo que pasó esta mañana, me temo que hemos despertado a un monstruo dormido.

—Creo que Laochailan tiene razón, hermanita. Por no decir que su plan es… brillante.

¿Era viable? ¿Podría Davies creer que no eran traidores y que todo cuanto habían hecho había sido librarse de un jacobita, del cual ellos ya no deberían preocuparse? ¿Se libraría así de la cárcel, de la muerte?

—No estoy de acuerdo. Si el capitán de los dragones cree que es una mentira, ya no podremos echarnos atrás —rumió su marido—. Edeen será la culpable, diga lo que diga yo después.

Esta tragó saliva. Una vez que confesase haber matado a un jacobita, aunque fuera en defensa propia, nadie podría atribuirse el mérito si los casacas la creían culpable de asesinato.

Creyton sería capaz de cortarse a sí mismo en rodajitas ante los ingleses si con eso la libraba de la condena. Estaba dispuesto a inculparse por lo ocurrido.

—Tal vez sea mejor eso que nada —murmulló ella.

Volvió a tomar su mano y le sonrió, con las lágrimas empapándole las comisuras de la boca—.

Creyton, no puedes decir que la muerte de Rayo ha sido cosa tuya.

Laren te necesita. Yo llevo en su vida poco tiempo, pero tú eres su pilar.

Te necesita. Si esto no funciona…, quizá sea lo mejor.

Como si estuviera sofocado, Creyton se desabrochó la capa y se rascó el cuello y la nuca.

—No. No vas a condenarme a una vida sin ti.

El corazón de Edeen se rompió al punto y estuvo tentada de pedirle que escapasen lejos, bien lejos. Pero aquel era su hogar. Creyton se había criado entre aquellos parajes y siempre había querido que su hija creciera en ese entorno. Por eso no se marchó cuando Laria murió.

Para él, el lago Ness era su hogar tanto o más que la cabaña. No era justo alejarlo de Escocia solo para salvarle el pellejo.

Edeen tampoco sabía si era buena idea, pero debía armarse de valor y dar un paso hacia delante.

Lo hecho, hecho estaba. Nada le devolvería la vida a Rayo, así que era momento de aceptar que su muerte manchaba sus manos. Ante los ojos de Dios, eso seguiría siendo así, por más que Laochailan idease más planes para que pareciera menos culpable.

—Quiero intentarlo, Creyton.

Si lograba salir indemne de aquel modo, mucho mejor para todos.

Su mandíbula se tensó y el músculo palpitó contra la piel.

—No.

Creyton no había querido hablar de sentimientos aquella mañana.

Dios. El día había sido extremadamente largo y no parecía que aquella conversación en la que él no había querido profundizar en sentimientos hubiera sido horas atrás.

Entonces, su esposo no había querido oír ni una sola palabra.

Por si confesaba un amor yermo, movido por la compasión.

Y Edeen se había preguntado si el brillo que veía en sus ojos eran imaginaciones suyas y no estaba enamorado en realidad.

Ahora, veía con claridad que el amor que Creyton le profesaba era tan infinito como el mismo cielo.

No necesitaba palabras. Las acciones, sus intenciones: eran prueba suficiente.

Decidió que iba a demostrarle que su amor no estaba vacío ni basado en la desesperación, sino que era fuerte, estaba afianzado y era tan desinteresado como el de él.

—Llevas meses protegiéndome, pendiente de mí, de mi salud, de mi bienestar y mi seguridad. Ahora es mi turno de cuidar de ti y de Laren. Por favor. Ve a por Davies, tráelo al amanecer y veremos qué sucede.

Creyton se separó de ella y se lavó las manos en un paño. Lo lanzó a un extremo de la mesa. Su rostro estaba desencajado y sus ojos parecían más oscuros que nunca.

—¿No lo comprendes? Haré lo que sea necesario para mantenerte a salvo. No pienso arriesgarme a perderte.

Ella tampoco estaba dispuesta a verle marchar con grilletes atados en las muñecas, arrastrado por los casacas. ¿Vivir con la culpa de haber matado a Rayo? Lo lograría.

—Es mi decisión.

—¿Y si viene con nosotros? —sugirió Laochailan—. Si vas a traer ingleses a la casa, debemos partir lo antes posible para que no nos encuentren. La noche entorpece nuestro camino. Podría unirse a nuestro viaje.

El silencio reinó después de aquella propuesta. Edeen ni siquiera sopesó la proposición: una cosa era morir y dejar de sentir, de sufrir, de amar; otra, muy distinta, cruzar tierras y mares a sabiendas de que dejaba atrás a Creyton.

No lo soportaría. Su corazón ya se había resquebrajado antes, pero otra herida más terminaría por rajarlo del todo. No se repondría jamás de semejante herida, hasta el punto de que podría morir de añoranza, de desamor.

Cuando Laochailan la abandonó, lo prefería con otra antes que muerto en combate.

Pero, con Creyton, ambas opciones resultaban devastadoras.

Imaginarlo con otra mujer, acariciándola, besándola, preparando a su lado el desayuno y criando a Laren como si Edeen no hubiera existido, la enfermaba.

Le provocaba auténtico dolor físico en el pecho.

—Me niego —anunció Edeen.

Con una tos, Laochailan se le acercó e intentó abrazarla. Ella rápidamente marcó distancia. ¿Qué demonios hacía? ¿Se había vuelto loco?

—Voy a ir a… vigilar… por si viniera alguien. —Stewart estaba ruborizado; fue hacia la puerta, la entreabrió y se asomó para asegurarse de que nadie extraño se acercaba a la cabaña.