El marido equivocado 27
85%

27

La puerta se abrió y la madera golpeó la pared por la fuerza con la que la habían empujado.

Del susto, Edeen por poco chilló. Temiendo que fuera un británico que quisiera arrestarla, dejó el arma clavada en el cuello de Rayo y se separó de él.

Sentía el corazón golpearle las costillas con tanta intensidad que temía que le salieran cardenales en el esternón.

Ya era tarde. Fuera quien fuera el que estaba en su porche la había pillado con las manos en la masa. Era imposible librarse de los cargos.

Creyton entró con la seguridad de quien sabe que es el dueño del lugar y que no tiene nada que temer. El terror pronto se deshizo en las entrañas de Edeen, quien sintió que se desinflaba. Las rodillas le flaquearon y se apoyó en la pared para no caer al suelo.

Su marido fue directo hasta su enemigo sin quitarse siquiera la capa.

Lo tomó por el pelo y le echó la cabeza hacia atrás, provocando que un borbotón de sangre saliera disparado.

Rayo se quejó y un buen río de sangre le manchó la boca y la barbilla.

Los dedos de la mano libre de Creyton envolvieron el cuchillo.

—Te veré en el infierno, hijo de puta. —Y movió el cuchillo de manera que le cortó el cuello a Rayo.

Edeen cerró los ojos con un quejido. El sonido de la piel al rasgarse, la exclamación entrecortada de Rayo al soltar el poco aire y vida que contenía en la boca y el estruendo de su cuerpo cayendo a plomo sobre la mesa la perseguirían de por vida.

—Edeen…

La voz de Creyton ahora era suave. Ella abrió los ojos y vio cómo se limpiaba las manos en un paño de cocina antes de acercarse. Edeen bajó la vista y vio cómo tenía los dedos de la mano derecha manchados también de sangre. Empezó a temblar al comprender que había matado a un hombre.

Lo había hecho para defender a su hermano, para defenderse también a sí misma y a Laren, pero no iba a negar que también la había movido el odio que Creyton le había transmitido.

Quería hacerle justicia a Laren, a Laria y a su marido, así que tomarse la justicia por su mano le había parecido bien.

Por eso no había vacilado ni un solo segundo.

Las autoridades no tendrían en cuenta qué la había empujado a protegerse, pues los jacobitas que quería salvar no deberían estar ahí, en primer lugar. Así pues, si no la ejecutaban por asesina, lo harían por traidora.

Por poco se desmayó, pero Creyton la sostuvo por la cintura y la abrazó.

—Todo está bien, todo está bien —le prometía él, en susurros, mientras le acariciaba la nuca y la espalda.

Su calor corporal no relajaba su musculatura agarrotada y su abrazo no sosegó el llanto, que empezó a estrangularla. Al contrario. Sentirlo tan cerca, afectuoso, como punto de apoyo, solo avivó el malestar que había contenido y que ahora se magnificaba al comprender que había matado a un hombre.

Una cosa era hablar con Creyton sobre esa posibilidad al evidenciar este que deseaba venganza.

Otra, prepararse físicamente para ello al sostener un cuchillo mientras se decía que antes iba su familia que Rayo, y que haría lo que fuera necesario para mantenerlos a salvo.

Y, sin duda, nada tenía que ver con llevarlo a cabo.

Rayo era un monstruo. Había tratado a Laria como si fuera un objeto, inanimado y sin sentimientos, y luego había huido como un perro cobarde.

Había peleado por la causa, por una corona, como si fuera un hombre de principios.

Si no hubiera sido por su intervención, habría ido a por Stewart o a por Laochailan, y luego quizá hacia ella o Laren.

Había hecho bien. Un buen ataque puede llegar a ser una gran defensa.

Sin embargo, los casacas rojas no tenían por qué verlo desde el mismo prisma.

Estaba convencida de que iban a condenarla. Nunca una mujer se atrevió a tanto y salió indemne. Si hubiera sido al revés y Rayo la hubiera matado a ella, nadie hablaría de juicio ni de castigo, si bien Edeen iba a acabar con los huesos en una maldita fosa.

Era muy joven. Apenas había vivido. Ciertamente, mucha desgracia y poca felicidad.

Pero había encontrado tranquilidad en un matrimonio concertado, y había construido su hogar en medio del lago Ness.

Merecía una oportunidad de conocer la dicha, el amor, la pasión.

Tan solo quería seguir adelante, y por eso había empuñado el cuchillo sin pensárselo.

Y lo que minutos antes le pareció una buena idea…

ahora le parecía un destino fatal. ¿Cómo había dejado que sus instintos llevasen la voz cantante?

Quiso flagelarse. Su hermano debería haberse encargado del asunto.

Lo habían entrenado y había batallado en una guerra, así que podría con un maleante como Rayo.

¿Por qué había intervenido? ¿Por qué no había confiado en que Stewart saldría airoso de la discusión?

¿Tanto había deseado entregarle a Creyton la venganza que le impedía avanzar? ¿Había sido su subconsciente, que había visto la oportunidad de darle paz a su esposo y la había tomado, sin más?

—No soy mejor que él —farfulló, negándose a mirar el cadáver de Rayo, que se estaba enfriando por momentos.

Esa afirmación la hizo pedazos y por poco cayó de rodillas.

—Tienes más dignidad en un solo pelo de tu cabeza que él en todo el cuerpo —le garantizó Creyton.

Le cogió el rostro con las manos y le secó unas lágrimas que Edeen no sabía que estaba derramando—.

Él se dejaba guiar por la perversidad. Era un pecador malvado.

Tú has demostrado ser bondadosa y mereces el cielo.

Lo que ha ocurrido hoy no va a manchar tu alma.

Le importaba un bledo que el Altísimo no la perdonase. Lo que quería era que los ingleses no se enterasen jamás de lo que acababa de ocurrir. No deseaba ser condenada a muerte o a pasarse lo que le quedaba de vida en una cárcel de piedras frías y enfermedades con patas.

—Pero… pero… —Notaba que se ahogaba. Se agarró a sus brazos y le hundió las uñas a través de la capa—. Las autoridades…

—La matarán —farfulló con puro terror su hermano. Aquella sentencia pesó demasiado.

—No, no lo harán. —Creyton lo fulminó con la mirada antes de volverse hacia ella—. Olvídate de todo, Edeen. Tú no has matado a Rayo.

—Sabes que eso no es verdad. Yo… yo… —reculó. De repente, tenía frío debajo de la ropa; se abrazó a sí misma—. Madre mía. ¿Qué he hecho?

Casi podía sentir la soga alrededor de su cuello, la textura áspera de la cuerda raspándole la delicada piel.

—Nadie sabrá que has sido tú. Si es Davies quien te preocupa, me encargaré de asumir la culpa. ¿Me oyes?

Edeen negó con la cabeza mientras la angustia le apretaba el corazón.

—No, Creyton. ¿Has perdido el juicio? —Ahora fue ella quien le tocó la cara. Cuánto amaba a aquel hombre tan generoso, mas esa vez no podía tolerar que sufriera en su nombre. No algo así—. Quítatelo de la cabeza. No cargarás con esto por mí.

—No lo hará.

Ambos se volvieron hacia Laochailan, que estaba apoyado en la pared contraria, con los brazos cruzados y una expresión que Edeen jamás le había visto.

Había estado tan absorta con Creyton que había olvidado que no estaban solos. O, mejor dicho, quiénes estaban allí presentes. No solo su hermano, sino…

—¿Y tú eres…? —quiso saber Creyton, con la ceja enarcada.

Oh, no. Había estado tan obcecada en el cuerpo sin vida que había sobre su mesa que no había caído en que su primer amor y su marido estaban en la misma sala. El corazón de Edeen, acelerado hasta el momento, se le cayó al estómago y puede que se saltase un par de latidos.

—Laochailan —se presentó él. Creyton se puso tenso de pies a cabeza, su mirada curiosa se tornó furiosa, y lanzó un rugido gutural sin abrir los labios—. Veo que te ha hablado de mí.

No tenía secretos con su marido. Él le daba honestidad, confianza, y ella le devolvía el gesto entregándole lo mismo.

—Si no tuviera a Rayo desangrándose en mi salón, te sacaría a patadas y puede que te rompiera el cráneo —siseó su marido—. ¿Cómo tienes la vergüenza de respirar siquiera el mismo aire que Edeen después de lo que le hiciste?

—Yo peleé por el país. ¿Tú qué hiciste? —le recriminó Laochailan, con los dientes apretados y tan ruborizado que hasta las puntas de las orejas estaban color carmesí.

Si tan solo él supiera que Creyton era un aliado y no había marchado con Gillies por amor a su familia…, posiblemente recibiría más respeto y mejor trato.

No era necesario que estuvieran el uno frente al otro para apreciar las diferencias entre ambos.

Laochailan era más menudo y, aunque el esfuerzo físico de los meses previos le había hecho ganar fuerza, parecía delgado y enclenque junto a Creyton, quien era más alto, ancho de hombros y atractivo.

Uno poseía una belleza arrolladora, mientras que el otro parecía un niño.

No es que le gustase compararlos, pero debía admitir que, en lo referente al físico, había salido ganando.

Una voz interior le recordó que inclusive sus personalidades eran distintas y que, puestos a elegir, prefería la de Creyton.

Mientras que Laochailan no sabía afrontar sus decisiones, ni tener agallas para hablar de políticas o sentimientos, su marido jamás había tenido problema alguno en expresar aquello que se le pasaba por la cabeza o el corazón.

Laochailan creía que el mundo estaría a sus pies, mientras que Creyton sudaba la gota gorda para poder lograrlo.

Uno se dejaba guiar por la ira, mientras que el otro recapacitaba.

Por eso Laochailan estaba a la defensiva, mientras que Creyton lucía relajado a pesar de que ella sabía que estaba preocupado.

—Venerar a mi esposa —decretó su marido.

Edeen lo amó aún más, si es que eso era posible. Más lágrimas se le deslizaron por el rostro. El destino no podía separarla de él; anhelaba saberse amada sin reservas. Se lo había ganado después de lo que había sufrido en los últimos meses.

—¿Laochailan? —Stewart intentó mediar, interponiéndose entre ellos. Sus mejillas todavía no habían recuperado el color—. ¿Tenías algún plan para que mi hermana se libre de lo que sea que puedan hacerle por acabar con Rayo?

A pesar de la tensión entre ambos hombres, nadie podía obviar ni olvidar lo que estaba ocupando el centro de la cabaña. El olor a sangre era insoportable.