26
Por fortuna, Cobbie estaba de espaldas a Edeen y no presenció cómo perdía todo color y se quedaba lívida.
Por supuesto que no conocía a ese amigo de Creyton, pues, cuando este le habló de él, lo había hecho usando su apodo.
El mismo que acababa de salir a colación y que le había retorcido las entrañas.
Contuvo una arcada; el caldo, espeso y agrio, amenazaba con escapar por su boca sin control.
La voz que antes la había alertado regresó a ella. «La tormenta viene para acá». ¿Podría ser…? «Debes mantenerte despierta y proteger a nuestra hija». Eso había sido apenas un par de horas antes de que los tres jacobitas llamasen a su puerta.
¿Acaso Laria había intentado avisarle de que el peligro iba a aproximarse a Laren? ¿Por qué no se había tomado en serio la advertencia? Había creído que eran imaginaciones suyas, pensamientos extraños que su mente había elucubrado en una tarde incierta.
Volvió a darle un trago al vino y se perdió en su color violeta. Podía escuchar los gritos de dolor de Laria al dar a luz, con las fuerzas abandonándola por instantes, deseando ver el rostro de su querido bebé… Aquel que iba a amar de por vida, pero que siempre le recordaría lo que le hicieron.
—Exageras, Laochailan —se burló Rayo.
Levantó la vista hacia su nuca, y la figura apacible y considerada ahora parecía un demonio con cuernos y cola puntiaguda. Ese hombre había forzado a alguien que conocía desde siempre, a una mujer que había sido antes niña ante sus ojos.
Por eso se sentía incómoda a su alrededor. Su instinto había reconocido al enemigo antes que su cabeza.
Laochailan decía que era un mujeriego. Que no rendía cuentas; le importaba más bien poco la edad de su presa, o si estaba casada, soltera o era viuda.
¿Tomaba siempre por la fuerza lo que deseaba si recibía una negativa?
¿Cuántas Larias había dejado a sus espaldas todos esos años?
¿Su cuñada había sido la primera?, ¿una de muchas? , ¿la última?
«Era un amigo de la familia. Después de lo que hizo…, huyó».
Por eso Gillies no le había hablado de Laria en el campo de batalla. Lo extraño era que lo hubiera dejado vivir tras el daño que le hizo a la familia de su ahijado, puesto que, de haber nacido la primera, sería el padrino de Laria y no del hombre.
«Si lo tuviera delante…, lo mataría con mis propias manos».
¿Y Gillies confiaba en que el destino cruzaría a los amigos de nuevo y sería Creyton quien diese caza y muerte a Rayo? La venganza tenía el nombre de su marido. Era quien merecía ejecutarlo, a sangre fría, guiado por el rencor, el dolor y el odio.
El estómago dio un brinco y un retortijón por poco la dobló en dos. Creyton aborrecía a Cobbie con toda su alma. Y ella le había dejado entrar como si nada en la cabaña.
Se obligó a serenarse. Si Rayo se enteraba de que Edeen estaba al tanto de su pasado, quién sabe qué podría hacer. Ya había puesto en peligro a Laren dejándolos entrar, pero no iba a permitir que el riesgo se volviera todavía más próximo y real.
Dios Santo. El hombre no podía descubrir que Laren no era la hija de Creyton.
No. Usaría la pistola antes de permitir que la separasen de su niña; la llevaba encima, sería fácil utilizarla. Prefería convertirse en una asesina y que la colgasen a dejar que esa alimaña se llevase lejos de Escocia a Laren.
—Disculpe a Laochailan, ¿señor…? No le importará que le llame por su nombre, ¿verdad? —Cogió un pedazo de carne para ella y lo despedazó minuciosamente, tras echarle un puñado de mantequilla a un cazo.
Rayo se giró hacia ella para mirarla por encima del hombro y le sonrió.
—Me está dando de comer, así que no veo problema en que me llame Cobbie, señora.
—¿Ves? Va de galán, pero pretende colarse bajo tus faldas.
—Como le decía… —Edeen apretó los dientes—.
Laochailan cree que todavía es mi prometido, cuando solo lo fue de palabra, porque el día de mi pedida se fue.
No se preocupe, Cobbie. —Le sonrió con cordialidad, como si las habladurías del otro hombre fueran eso: habladurías—.
Creo más en su inocencia que en las palabras de Laochailan.
Edeen tuvo que aferrarse con fuerza al cuchillo que sostenía y cortar con decisión la carne.
No es que estuviera dura, pero sus dedos temblaban.
No era por el frío. Toda ella tiritaba a causa de aquella frase tan horrible, que no sentía para nada.
El mejor amigo de su hermano ya no era una de sus personas favoritas, pero creía en su verdad, y más ahora que conocía la identidad de Cobbie.
Se dijo que estaba haciendo aquello para salvar el pellejo y que Laren no terminase en manos de su padre biológico. Solo de pensar en que pudiera acabar marchándose con él a otro país, se le revolvía el estómago. No estaba dispuesta a permitirlo, así que mentiría, aunque eso traicionase a Creyton.
«Mi hermana fue atacada».
La voz de Creyton resonó en sus sienes.
Esperaba que la perdonase. Confiaba en que comprendiera que no sabía quién era cuando le había dado cobijo, y confiaba en que supiera que no estaba poniéndose de su parte al tratarlo como si no fuera un violador.
Lo primero fue un error, pero lo segundo… Había hecho lo necesario, en nombre de Laren, de la vida, del futuro.
—¡Eh! —protestó Laochailan, poniendo los brazos en jarras, disgustado porque nadie parecía estar de su lado.
Relajándose al ver que tenía una aliada, Rayo volvió a mirar su comida y empezó a pinchar el tenedor en la carne, ya fría. Ella echó sus pedazos en la mantequilla fundida. No tenía hambre, pero debía disimular.
Sobre todo porque sentía la penetrante mirada de Stewart fija en ella.
Su hermano no era idiota. La conocía bien.
Podía leer su rostro y saber cómo se sentía antes de que Edeen pudiera siquiera hablar consigo misma y desentrañar sus sentimientos.
Era una especie de don; siempre se había librado de expresarse, pero esa noche tal gracia divina podía ser su condena.
—Estamos todos un poco alterados. Lo ocurrido hoy ha sido… superior a nosotros en muchos aspectos. —Cobbie parecía querer aligerar la tensión.
—Mmm-mh —convino Stewart.
Edeen advirtió que su mirada era distinta cuando miraba a Rayo.
Lo estaba analizando…, porque había notado el cambio en ella.
No había podido evitarlo. La había pillado tan desprevenida descubrir quién era, el mote escondido tras el nombre, que había resultado imposible esconder el miedo, la repugnancia, el aborrecimiento.
Por cómo Rayo cambió la forma en que sujetaba el cuchillo, él también había detectado que su amigo ya no estaba tan seguro de su inocencia y la duda empezaba a hacer mella en su mente.
Posiblemente, no creía que fuera cosa de Edeen, sino de Laochailan.
El hombre continuaba caminando de arriba abajo, criticando a su colega.
Parecía haber olvidado que compartieron espacio en barracones y se habían cubierto las espaldas en las batallas, pues cegado por los celos estaba lanzándole insultos velados.
Así pues, los dos hombres podían morir en sus manos, uno por juzgarlo y otro por vilipendiarlo. Sin embargo, ninguno parecía darse cuenta de ello. Rayo había alterado la posición de los dedos sobre el mango del cuchillo, en un gesto que hacía difícil serrar un alimento, pero muy sencillo apuñalarlo.
Lo había hecho con tanta sutileza que solo alguien que estuviera pendiente de cada maldito movimiento lo hubiera notado.
Apartó el cazo del fuego, con la carne lo suficientemente hecha como para ser comida. Por eso mismo la había cortado momentos antes, aunque le había servido como excusa para mantener las manos ocupadas. De reojo, seguía controlando a Rayo.
—Es suficiente, Laochailan. —Edeen habló con voz cortante y dio gracias al cielo de que no le flaqueó. Necesitaba que Rayo volviera a la actitud mansa de antes, que su única preocupación fuera llenar el estómago y descansar para emprender la huida lejos de Escocia.
—Sí, Laochailan. Ya basta —lo increpó Rayo.
Ya no era tan amable como antes. Sonaba molesto; estaba empezando a mostrar su verdadero rostro.
Un hombre que era fuego por dentro y por fuera, cuyos instintos eran venenosos, viles e incontrolables, superiores a su moralidad—.
No toleraré que continúes echando pestes sobre mí, solo porque otro se llevó a tu mujercita.
El diminutivo le escoció. Edeen apretó los dientes.
—Vigila tu tono, Rayo —ordenó Stewart, mordaz.
La tensión empezó a hervir entre los tres hombres. El aire era tan denso que podría cortarse con unas tijeras.
—Debí suponer que te pondrías de su parte.
Stewart no picó el anzuelo, por suerte, y rebajó la voz para sonar más conciliador, aunque se podía ver en su mirada que algo no iba bien.
—Hemos sobrevivido a una guerra, a una matanza, y vamos a emprender un largo viaje juntos. Lo mejor será que nos respetemos.
—¿Por qué no le exiges lo mismo a Laochailan?
—No le deis más vueltas —se interpuso ella, cogiendo la botella de vino y sirviéndoles una copa.
Vio por el rabillo del ojo cómo los dedos de Rayo apretaban con fuerza los cubiertos y que los nudillos se le ponían blancos.
Estaba al filo del precipicio—. Estáis alterados por lo ocurrido en Culloden, tal como ha dicho Cobbie antes.
Es comprensible. Debéis haber sufrido mucho…
Tanto sufrimiento estos meses para nada.
Luchar por nada. Dar la vida por algo superior a uno mismo y recibir golpe tras golpe en vez de una victoria aplastante. Debía ser realmente duro encontrarse en esa situación, donde el cuerpo estaba agotado, la mente derrotada y los ideales de uno reducidos a cenizas.
Ahora vendría el miedo: a ser encontrados y que les ejecutasen, o bien ser encerrados de por vida en una prisión húmeda e infestada de ratas; a exiliarse lejos del hogar y no poder regresar ni en los últimos días de vida.
—Edeen tiene razón. —Rayo usó su nombre por primera vez.
Una arcada le atravesó la garganta y la disimuló recurriendo al vino.
Stewart se reclinó en la silla.
—¿Estás bien?
—Solo cansada.
—¿Por qué no dejamos a mi hermana cenar con tranquilidad? —sugirió Stewart. Edeen apreció que la espalda estaba tiesa contra el respaldo de la silla; continuaba tan tenso que parecía que los huesos iban a quebrarse de un momento a otro—. Me temo que le estamos dando muchos quebraderos de cabeza.
¡Sí, por favor! Necesitaba que esa comadreja saliera de la cabaña cuanto antes.
No se sentía a salvo dentro de su propia casa.
Aunque no quería que su hermano se quedase a solas con Rayo, pero, dado que llevaban meses juntos, era mejor que se fueran al granero.
Y, de querer enfrentarse, que lo hicieran lejos de Laren.
—Nos iremos al granero a descansar, como hemos dicho.
—A Laochailan no le gustaba el cambio de tema o que su amigo los echase de allí cuando el tema de conversación había caldeado tanto el ambiente.
Así que continuó echando sal a la herida—: No te quitaré los ojos de encima, Rayo.
—Cogió su copa, le dio un trago y la dejó de malos modos sobre la mesa; el líquido desbordó por el gesto abrupto y manchó la mesa—. Haré guardia.
Ella también se mantendría en vela y con la pistola entre las manos. Dispararía primero y preguntaría después si era necesario.
—¿Qué es lo que te preocupa? —El hombre enarcó una ceja—. ¿Que me escurra por la puerta y asalte a tu querida Edeen para gozar de ella? —El corazón de Edeen se detuvo unos segundos y la garganta se le secó por el miedo—. ¿Aunque esté casada y salte a la vista que no me desea?
—He oído rumores.
Edeen dio un respingo y se apartó. Así que las acusaciones de Laochailan no estaban motivadas por celos.
Su espalda chocó con los fogones. Se sujetó en la tabla de la mesa contigua a los fuegos; una de sus manos halló el cuchillo con el que había cortado la carne antes de echarla a la mantequilla.
—Yo también —reconoció en voz baja Stewart.
—¡Mentiras!
La exclamación contenía tanta rabia que Edeen se percató de que Rayo creía que lo que hacía no era ningún crimen. Para él, tomar lo que quería, aunque fuera a la fuerza, era lo que merecía por ser hombre, por ser un soldado entregado.
—¿No te han dicho nunca que, cuando el río suena, es que agua lleva? —Laochailan se apoyó en la mesa, inclinándose hacia él.
Su actitud en ese momento era pura provocación. El muy idiota se creía que podría vencerle en un combate cuerpo a cuerpo. Saltaba a la vista que, a pesar de las heridas de Culloden y el organismo debilitado por el hambre, Rayo estaba más fuerte. Era como intentar vencer a un gigante.
—Los rumores siempre se basan en algo de verdad, ¿no es cierto? —¿Laochailan no sabía mantener la bocota cerrada? ¡Iba a conseguir que le diera una paliza! ¡O peor!
Rayo lanzó una especie de rugido, y Edeen comprendió que no se conformaría con un enfrentamiento verbal o con asestarle un par de puñetazos. Por eso todavía sostenía el cuchillo. Se levantó unos milímetros de su asiento mientras elegía a cuál de los dos eliminaba primero.
Movida por el instinto de supervivencia y por la angustia del momento, Edeen fue mucho más rápida.
No dudó. Hundió su propio cuchillo en la yugular de Rayo desde atrás.
Lo cazó desprevenido al quedar Edeen a su espalda.
Tenerlo sentado le hizo tener más ventaja, así que le resultó sencillísimo clavárselo en la piel con profundidad.
El agua y la sangre del cerdo se mezclaron con la del hombre, más roja, espesa y caliente.
Cobbie soltó un suspiro entre dientes, que sonó a un burbujeo incómodo, mientras sus manos soltaban los cubiertos y sus piernas se estiraban, rígidas.
Intentó mirarla, pero no podía girar el cuello, tan solo ladear la cabeza.
La sorpresa y el menosprecio titilaban en sus pupilas, dilatadas por el dolor.
—Esto es por Laria —musitó. Él levantó las cejas, asombrado—. Y esto por fallarle a Creyton —juró antes de hundir un centímetro más la hoja en la piel abierta.
«Si pisa por aquí…, tú te encargas de matarlo y yo de cavarle el agujero donde lo enterraremos».
—¡Hermana! —Stewart parecía horrorizado; su rostro era ahora un lienzo pálido.
Había sido ella quien había finalmente sesgado su vida, porque con aquella herida era imposible que fuera a sobrevivir. Le había robado a su marido la oportunidad de cumplir con su venganza.
Dios santo.