El marido equivocado 25 #3
82%

25 #3

La pequeña la ayudó a calentar un poco de sopa y a freír carne conservada en sal.

Era algo austero, pero no podía ofrecerles mucho más.

Cuando la primavera llegase en todo su esplendor, habría más comida en la despensa.

La casa empezó a oler de nuevo a hogar, y pronto se desterró el olor a tierra húmeda que los viajeros traían consigo. Nada que agua y jabón no arreglasen.

La primera en cenar fue Laren. Los adultos le dieron su espacio junto al perro para que no tuviera que compartir mesa con tres fugitivos, y se mantuvieron en silencio: algunos mirándola, y otros asomados con disimulo a la ventana para garantizar que no había dragones alrededor.

Un paso en falso y estarían perdidos.

Edeen prefería no pensar en la locura que estaba cometiendo, en cómo Creyton la reñiría, con razón, por permitir que enemigos de los vencedores se quedasen allá dentro.

En el fondo, sabía que estaba cometiendo un error, pero no podía darle la espalda a su propia sangre.

El tal Cobbie y Laochailan podrían irse a freír espárragos, pero Stewart…

Su hermano la protegía de las pesadillas y de las tormentas, compartía su trozo de bizcocho o le entregaba su huevo duro si ella tenía más hambre de lo normal.

Era su hermano mayor, un excelente cuentacuentos, un magnífico confidente, un gran protector.

Podría haberla dejado a su suerte el día de su boda para alistarse con los jacobitas, mas esperó a acompañarla al altar y prestarle su hombro para que llorase, antes de perseguir sus ideales.

No volvería a estar en paz consigo misma si lo dejaba en la estacada.

Cuando fue el turno de los hombres, Edeen fue a acostar a Laren y se quedó a su lado hasta que se durmió. Sarge se posó a sus pies, custodio, y se ganó una buena caricia entre las orejas.

Por unos momentos, cuando fue a salir del dormitorio, temió encontrarse la cabaña vacía y saqueada.

Confiaba en Stewart y, un poco también, sí, en Laochailan.

Creía que eran hombres decentes y que no le robarían impulsados por el instinto de supervivencia.

Sin embargo, ese hilo de desconfianza tironeó de su esternón.

Las personas desesperadas podían cometer grandes locuras, por no hablar de que esos hombres no eran los que había conocido.

Una guerra lo cambiaba todo, pues la muerte estaba entre tus manos y entre tus ropas.

La pistola le pesó en el delantal, recordándole que estaba ahí y que podía usarla si le quitaba el seguro.

Con el corazón latiéndole apresuradamente, salió al gran espacio, para hallarlos en la mesa en silencio, sin levantar la vista del plato. Todavía les quedaba algo de comida. Estaban tan flacos…, señal de que habían pasado hambre.

—Perdónanos. —Su hermano fue el primero en reparar en ella y en hablar—. No estamos acostumbrados a tanta comida y estamos algo empachados.

—Necesitamos unos minutos de aclimatación —añadió Cobbie, sonriéndole.

Laochailan resopló y gruñó cuando Stewart le increpó.

Edeen se sirvió un poco de sopa en un tazón y los observó.

No parecían tan amigables como de costumbre.

Que ella se viera abandonada por Laochailan parecía haber enfriado bastante su relación: sus miradas eran gélidas, casi de desprecio en el caso de su hermano; no se dirigían la palabra en demasía; parecían hastiados el uno del otro, e incluso se habían sentado lo más lejos posible de la mesa.

Podría sentirse culpable, pero no era así.

Laochailan no se había portado bien. Edeen le perdonaba el desplante, pero no la cobardía de mandar a un mensajero.

Supuso que, a medida que el tiempo fuera pasando y su amor por Creyton fuera aún más sólido, ese resquemor se acabaría marchando por completo.

Edeen tomó su tazón de caldo. Se había quedado frío y le supo a tierra, pero se obligó a tragar el líquido.

—No entiendo que podáis comer con todo lo que ha ocurrido hoy —expuso Laochailan.

Stewart, quien había estado moviendo un pedazo de carne por el plato, dejó el tenedor a un lado.

—¿Crees que no tengo ganas de vomitar? Huelo la sangre y la pólvora desde primera hora de la mañana. No sé si algún día podré librarme de este olor —anunció con los ojos entornados.

Daba… miedo. Stewart era tierno, risueño, pero ahora era una sombra, que hablaba con voz ronca y raspada, autoritaria. Se había curtido. Había salvado la vida, ¿pero qué precio había pagado para que la muerte pasara de largo?

—Todavía no comprendo qué ha pasado. —Laochailan estaba tan frustrado. Se puso de pie, caminó hacia la ventana; regresó a la mesa y luego giró sobre los talones para regresar a la ventana. Parecía un animal enjaulado.

—¡¿Qué no entiendes?!

—¡Stewart! —lo reprimió ella, poniendo la oreja, mas nada llegó de la habitación de su hija—. Baja la voz. Si despiertas a Laren, te juro que permitiré que Sarge te muerda el trasero.

—Perdón. —Fue un detalle que se mostrase arrepentido de veras—. Joder, Laochailan. Éramos menos y peleábamos con espadas contra fusiles y cañones.

—Y no somos soldados, a diferencia de ellos —añadió Cobbie, apesadumbrado.

Un escalofrío lamió la espalda de Edeen. Si en algún punto había pensado que la batalla en el páramo había podido llegar a ser épica, en igualdad de condiciones, ahora sabía que no había sido así.

Miró a su hermano con otros ojos y es que Stewart, y los dos hombres que estaban acompañándolo, se habían lanzado a la batalla a sabiendas de que posiblemente no saldrían con vida.

El acto de valentía era brutal. Ella no poseía tanto coraje ni tanta fuerza.

No sabría si podría hacer algo así de encontrarse en sus zapatos.

Mareada, aferrándose al tazón como si fuera un punto de apoyo, tomó asiento junto a Cobbie. Se frotó la frente, mas el malestar continuó allí.

—De acuerdo, admito que teníamos las de perder. Pero apenas hemos estado ahí fuera una hora. Meses y meses de victorias se han ido al infierno en una puta hora —protestó Laochailan.

—Deberíamos habernos retirado. Ser más inteligentes y esperar —siseó Stewart, mesándose el pelo grasiento. Su dolor estaba canalizado distinto, pero era el mismo que el de su amigo. Él también detestaba el resultado.

Edeen podía imaginar el miedo que pasó su hermano al verse vulnerable, con una espada, daga y escudo, contra tipos cargando armas de fuego.

Sin saber si una bola de cañón lo haría saltar por los aires de un momento a otro.

Podía imaginar cómo se había resignado a morir, de un modo u otro, y cómo se había sentido de aliviado, contrariado y desolado por tener la opción de huir con vida.

De repente, ante las palabras de Stewart, el ambiente se había cargado. Como si el aire pesase quilos y quilos, lo cual impedía que entrase con facilidad a los pulmones. Intentó aligerar el dolor de su garganta bebiendo un poco de sopa, pero el caldo aún le supo peor que instantes antes.

Parecía ser que lo ocurrido en Culloden era previsible. Un puñado de lairds y mozos no podía pelear con un ejército mayor y mejor armado.

¿Por qué Carlos Estuardo había permitido semejante matanza?

¿Acaso era bobo?, ¿malvado? ¿Tan poco le importaba la vida de su gente?

Los había abocado a una muerte segura. Edeen no sabía si estaba vivo o muerto, pero suponía que había sido el primero en salir por patas al contemplar cómo sus hombres caían, uno tras otro.

¿Sentiría remordimientos por lo que había sucedido?

¿Le perseguirían los fantasmas de esos jacobitas?

¿Oiría los disparos de los cañones antes de acostarse?

¿Podría dormir en paz sabiendo el dolor que había causado en nombre del dinero, del poder, de un trono?

—¿Está bien? —Cobbie le puso una mano en el brazo.

Por algún motivo que no supo comprender, su tacto le quemó. No como cuando Creyton la había acariciado inocentemente antes de acostarse con ella, que todo su cuerpo se incendiaba. Era incomodidad. Era su piel exponiéndole en silencio que aquello no estaba bien.

Se levantó y así se zafó, con disimulo, de su mano.

—Sí, perdón. Todo esto es… demasiado.

Edeen se sirvió un poco de vino. El sabor del tinto se le antojó arcilloso; no le ayudó a quitarse de encima esa sensación de pérdida, de indefensión.

—Mejor pongámonos a cenar. En nuestro plato aún queda cerdo por comer y debemos estar agradecidos de lo que nos está dando —dijo Cobbie, cogiendo sus cubiertos—. No deberíamos hablar de estas cosas en su presencia. Le pido disculpas por nuestra poca educación, señora.

—Vamos, hombre. Está casada.

La amargura con la que Laochailan habló la hizo ponerse tan tensa que temió romperse algún hueso. Lo miró con desprecio. Que estuviera despechado le parecía impresionante a la par que irónico.

—¿Cómo te atreves? —le espetó, irritada.

—No, cómo se atreve él. —Laochailan frunció el ceño y lo señaló con un dedo acusatorio—. Tu fama te precede. Eres un mujeriego, y no te importa la edad ni el estado civil de la mujer. No te acerques a ella, ¿me oyes, Rayo?